Parte III (Un hombre sin armadura)

La ciudad había vuelto a amanecer con viento otoñal que entraba desde Abdera y se dejaba sentir al caer por la puerta de Bayyana. Traía un aire más fresco de lo habitual para la época que estábamos. -Demasiados días de poniente-, empezaban a decir los más ancianos. Paquillo Mañas apoyado en el pretil de la muralla, con la cota de maya a medio ajustar y las botas llenas de polvo viejo, observaba al puerto con la mirada pensativa y el rostro endurecido. Tras él se alzaba la figura blanca del Sagrado Corazón de Jesús, recién terminada. Con los brazos semi abiertos y la mirada severa ligeramente hacia levante, parecía más un centinela que un salvador. El obispo había bendecido la obra entre incienso y trompetas, jurando que el rostro del Señor infundiría temor en los infieles y esperanza para los suyos. -…esta estatua no detendrá ná ni a naide- murmuró Paquillo mientras se retiraba para bajar a la Almedina, dejando allí el olor a cal y yeso que aún desprendía la escultura. Por las calles, hervía un murmullo tenso tras las nuevas traídas por los mensajeros sobre la toma de Granada por los almohades. Dícese que en la Alhambra ya ondean los estandartes del Califato y que tanto viento de poniente no es otra, que el presagio de la mirada puesta por Abd Al Minun en Almería. Hay quien ya se apresuraba a susurrar que podría sentirse los tambores enemigos por las sierras de Baza. Paquillo conocía bien el sonido de la batalla y el eco apagado a redoble una guerra que aún estaba distante. No era el sonido de tambores lo que le retumbaba en su interior, sino la desdicha de un amor que no pudo ser y que aún estaba presente en su corazón.
Había terminado la habitual revista del estado de la muralla de Jayran y la ronda del castillo del Cerro San Cristóbal, el cual ha sido construido a contra reloj y no estaba muy convencido del sistema de defensa diseñado por el Gobernador Italiano.
-Menudo chapú se han marcao- Se decía así mismo con preocupación- Los putos espaguetines nos dejan con el culo al aire y una mierda de castillo que no sirve pa ná. Claro que ahora las perras están más al norte… ¡Me cago en tó lo que se menea!, ¡No les dieran matarile por codiciosos! -. Era ya por la tarde y el mal humor llevaba un buen rato acompañando a nuestro hombre.
-Dios bendiga al Maestro Constructor por dibujar en su mapa tanta trampa. Falta de altura en puntos vulnerables, escaleras estrechas pa subir a las almenas. El de arriba no puede defender al de abajo y este ni siquiera puede pensar en el de arriba, ósea un chapú. En mi vía había visto tanta piedra suelta…, pero no pasa ná…, si nos atacan, que nos atacaran, solo va a sobrevivir el bicho este-, dijo mirando la estatua que presidía el cerro.
Minutos después entró en la Alcazaba. Asomado desde lo más alto de la Torre de la Vela podía ver toda Almería extendida como una piel abierta: los tejados de barro del zoco, las callejuelas torcidas de la alcaicería, los minaretes convertidos en campanarios de las viviendas más prominentes, los muros de la ciudad quemados por conquistas pasadas y más allá, en la línea difusa donde le mar se encuentra con la luz melancólica del atardecer, decidió regresar dar por terminada la jornada.
-...estamos más solos que una, solos a merced de islámicas, solos sin amparo del emperador y mu jodios- pensó
Antes de retirarse a la soledad que le ofrecía su hogar, con el paso lento, dejando que sus pasos lo guíen, giró la calle que da salida a la Alcazaba. Fue entonces, justo en el momento en el que el cielo duda entre quedarse o marcharse, cuando se encuentra allí…, en la calle más alta de la Almedina, en la esquina que lo llevaría a la taberna de la Herminia, como si necesitase ser golpeado por la nostalgia. No hubo lágrimas, pero si un nudo en la garganta que aprieta, que arde, que lo asfixia. Sabe que ella no va a estar ahí, que no va a cruzar la puerta ni la va a ver a través del ventanal. Solo necesitaba estar cerca como quien se asoma a un sueño perdido que fue real, tan real como el alboroto y gritos que lo trajeron de vuelta a la tensión de las calles.
A pocos metros de donde estaba, dos personas discutían:
-Pronto esta ciudad caerá- reprochaba un mudéjar con voz amenazante. – Lo sabéis, lo saben vuestros nobles, lo murmura vuestro ejército,… si hasta tiemblan vuestros muros-.
-Quizás sueñes en tomarla con la fuerza de las armas infieles, que sí, que serán muchas, no lo pongo en duda- responde el cristiano apretando los labios por la rabia – pero no podrá con la fe. El alma de esta ciudad no se rinde y venderá caro su pellejo. Ya lo hicimos antaño.-
- ¿Alma? Replica el más musulmán mofándose –¿Con la de aquellos que os han abandonado?, ¿con los que han dejado las calles solo con la piedra? -citó con tono irónico, con intención de provocar al de la cruz que colgaba del cuello.
-No, … sino con los que trajeron la justicia de Dios sin imponer la espada como sustento, con la Cruz del Salvador, con la libertad- respondió mientras se inclinaba con intimidación.
-Bla, bla, bla… kalimat farigha, - Continuaba con la mofa el del turbante, - que el miedo no te nuble las entendederas cristianas. Tu señor no te va a liberar de lo que está por venir.-
El silencio que sigue se podría cortar con cuchillo, incómodo y breve. Con gestos de odio sacaron a pasear sus aceros a merced de la fe. El cinclineo de la cimitarra con la espada resonaba en las paredes haciéndose más fuerte. Sus armas discutían con fervor. Sus rostros enmudecidos callaban.
- ¡Detenemos! – sonó la voz del que no teme a espada ni a verbo al acercarse. - ¡Enfundad vuestras espaldas, no hagáis que despierte mía! - dijo Paquillo con tono seco y la mirada fría mientras se llevaba la mano al talabarte. - ¿Ha esto hemos llegado? ¿A ser jueces con espadas? ¿A dictar la paz con el filo envuelto en sangre?...
¡Tremendo espectáculo, andad y echad pá ya! - concluyendo la reyerta con la mirada fijada en el cristiano e invitando al otro a marcharse con un empujón en el hombro.
“No reconocieron al Señor y así con razón perecieron.
Con razón estas criaturas hablan de perecer,
puesto que veneran a Mahoma y no puede librarlos”
La ciudad ya dormía, lo hacía como lo hace un animal herido, con ojo abierto. Desde sus aposentos de protector en el interior de la Alcazaba, Paquillo Mañas escuchaba el viento golpear los muros de la torre donde minutos antes había estado asomado. La noche no era especialmente fría, pero él tenía una friolera que le llevó a encender una lámpara de aceite y refugiarse junto al calor de un buen vino, pues los años ya empezaban a pesar y hay que cuidarse o al menos intentarlo. Desnudó la pared de la luz temblorosa de la lámpara y la dejó encima de la mesa de madera con solemnidad. Se sentó soltando un suspiro y abrió una vieja caja de cuero que sacó del ajado cajón central. El cierre estaba desgastado como su armadura, como sus manos, como sus sueños. Dentro de la caja, envueltas en un paño bordado con un hilo azul yacían una docena de cartas. Ninguna con sello.
Sacó una al azar, como el que no quiere elegir a conciencia. El pergamino estaba amarillento, la tinta ligeramente corrida por la humedad y el salitre, aun así, pudo leer en silencio:” Hoy llovió sobre las calles y pensé en tus manos. En como las llevabas juntas cuando hablabas de Dios y en como sujetabas las bandejas al servir las viandas. Yo ya no creo en nada, pero tus manos si las recuerdo con claridad, tu ternura y cómo nos rezábamos. La tendría que haber besado más y menos guerrear”. Paquillo dejo caer la carta sobre la mesa. Se frotó los ojos y se debatió entre abrir otra o no hacer nada, mientras se secaba la tristeza con el pañuelo que años atrás le entregó al marchar.
Finalmente se inclinó sobre la mesa, tomó una pluma, mojó la punta en tinta por necesidad más que por costumbre y escribió: … “si has de saber algo de mí, que sea esto: aún respiro para recordarte y si me quitan el aliento, será con tu nombre en los labios”
La dobló con cuidado, la ató con la misma cinta de las otras y la colocó junto a las demás. Una más para la caja de las cosas que nunca serían. Dio cuenta del vino de la jarra que se había preparado, apagó la lampara con la templanza de tener claro que aún no era tiempo de morir, se entregó al sueño con el recuerdo de ella aún tibio en su cabeza.
Pasarían varias semanas, meses tal vez, con la misma indiferencia del viento que no pide permiso para mover las hojas. La tensión, incertidumbre y el miedo continuaba llenando las calles, ahora con más fuerza. Era algo ya habitual. Es cierto que el mundo estaba cambiando, al menos su mundo, el cual había girado muy rápido, inmutable y el eco de su última carta se perdió en la vastedad de los días, ante lo inaudible. El dolor de su recuerdo dolía distinto, como una cicatriz que todavía se recuerda peo no se le puede permitir que sangre.
“Su rostro lo visitaba cada vez que a la vigilia se rendía”
Dos soldados apostados al sur de la muralla charlaban durante su turno de guardia:
-Chacho, recuerdas la Navidad pasá, sentaos aquí mismo- Dijo Luisito, un soldado cualquiera durante el turno de guardia con su compañero Pedro en la cara sur de la Puerta del Mar.
-Pos no, ¿a qué te refieres? - Dijo Pedro.
-Joh, tío, la víspera de Noche Buena, el frio que hacía, ¿recuerdas lo que dijiste? - Le reprochó Luisito.
-Pos no, no recuerdo na, ¿Qué es lo que es? - volvió, a contestar Pedro algo indiferente y distraído como si no fuese con él.
-Ná, en verdad no es ná. Solo me ha venio a la mente el frío que hacía, que no paraba de tiritar y tú vas y me dices. “¿Sabes Luis una cosa? ..., que no hace tanto frio, porque el Sol pasa en estas tierras el invierno”
-Ah, vale. - recordó y dijo- ¿por qué sales ahora con eso, con la que está cayendo, Luisito? - dijo mientras se desabrochaba la armadura por el calor.
-Ná, pensaba en que a lo mejor, el Sol habría sido presa de algún hechizo-. Dijo Luisillo mirando hacia el cielo con la palma de la mano haciendo de visera para protegerse.
-¿Qué hechizo y que pollas ni ná? ¿estás bien Luís? -
-Yo sí, chacho. - respondió mientras se removía incómodo. - Solo que lo mismo, le estoy dando vueltas al tema y el infierno ha hechizao al Sol por quedarse aquí to el año y mira ahora como arde para estar solo en mayo.
-Mira Luis, cucha con las orejas lo que te voy a decir. Vamos a morir y lo vamos a hacer pronto. Va a ser de tres posibles maneras sin tener el sol na que ver. Una será si somos atravesados por una lanza mora mientras defendemos la entrada con honor, otra será por una flecha en la espalda si nos cagamos del miedo cuando echemos a correr y la tercera será por jartarnos de vino si salimos de esta y reventemos como las botas viejas-. Silencio y risas amortiguadas.
Aquella mañana primaveral daría la bienvenida a un verano que se esforzó en llagar antes de lo previsto.
Las murallas susurraban rumores de asedio. Los soldados murmuraban plegarias que sonaban a derrota y el cielo se teñía cada tarde con el olor del acero afilándose. - Si hay que morir, lo haremos con dignidad- alentaba Paquillo a sus escasas huestes mientras ajustaba su espada al cinto. – No hay lugar para presagios, ni pollas para los que entre ustedes han de soltar el acero y de ser así, ... que sea este en el pecho del que su amigo nunca será. Valientes sean Vuesas Mercedes y por mis guevos que se lo vamos a poner difícil a los moros que regresan- con estas palabras de aliento, el ambiente se cargó del sonido de las tachuelas de las botas de los hombres que se apostaban alrededor de las murallas.
Alzando la vista hacia las almenas, pidió a Dios en silencio que no lo despojarse de su argucia. No quería ni gloria, ni una vida larga si iba a vivirla solo. Solo apela a su templada astucia y a su sangre fría que años atrás lo habían acompañado en tantas batallas vencidas.
A la mañana siguiente, un emisario informó que las tropas murcianas del rey lobo se habían detenido en Vera y dabanse media vuelta, mirando ya para Lorca – “de luego a luego vaya un pijo, me caigo en Dios” soltó “puro moro murciano”. Mientras tanto el rumor del enemigo llegó antes que su estandarte.
Una semana más tarde, desde la torre del Homenaje, los vigías avistaban a lo lejos el polvo levantado por cientos de pies. A media tarde las campanas de la iglesia replicaron tres toques largos y dos cortos. Señal de encierro. Como un río cuando se desborda, campesinos, artesanos, mozos de cuadra y ancianos en encorvados por el peso de los años llenaban las calles empedradas en dirección a la Alcazaba. Cada uno cargaba con lo que podía o tenía: panes, pellejos, hijos, objetos de valor y un profundo sentimiento de tristeza.
Los soldados cerraban filas con gestos tensionados. Algunos gritaban órdenes, otros las daban a ciegas. Las gentes sólo obedecían resignados. Simultáneamente en el interior, las troneras se abastecían de flechas y en las almenas se dispusieron calderos de aceite y piedras. En los patios del interior, las mujeres remendaban ropas de guerra, otras molían trigo con manos temblorosas y los curas entregaban escapularios bendecidos como si fuesen escudos.
Cuando el sol comenzó a hundirse tras las colinas, las puertas de la Alcazaba se cerraron con un golpe seco que resonó como un futuro incierto. La noche cayó sobre la edificación que construyó Abderraman III un siglo atrás. Una luna delgada en el cielo y unas antorchas en la pared ofrecían algo de luz como pequeñas luciérnagas, para quienes no podían dormir que eran muchos. Madres temblorosas, niños asustados, ancianos versados en asedios, soldados afilando sus armas y los más frágiles rezando en voz baja plegarias que no eran suyas.
Paquillo recorría el perímetro en una ronda de reconocimiento. Desde las almenas se veía un horizonte no vacío, rojizo como un incendio sin llama por las antorchas del enemigo acampado al otro lado de las colinas, preparando su amanecer. Un cuervo sonó en la lejanía. El destino estaría escrito en breve.
Al llegar a la torre norte, el vigía más joven de la guarnición, hijo de curtidores, responde al nombre de Juan, con apenas diecisiete años y una barba que se negaba a crecer dormía junto a la tronera. – Por los clavos de Cristo- murmuró Paquillo sin saber sí reír o santiguarse al ver unas pequeñas manchas sobre la piedra y el uniforme. – Pos no sa aliviao el crio y cucha como está ahora de gedio- ¡Levanta soldado, por el amor de Dios! - Bramó.
En otras circunstancias hubiera recibido un buen castigo, pero no hubo ni siquiera reproche. Paquillo sabía la tensión de la gente y entendió que mientas algunos rezaban, otros afilaban sus cuchillos, el joven simplemente se vació. – Al menos uno de entre nosotros no pensaba en la muerte- pensó con sarcasmo mientras seguía con la ronda.
“Si la corte no va a venir, que nos queda, se preguntó. Una estatua, unas murallas devastadas y unos cuantos hombres viejos, cansados y con más heridas que ganas”.
El rey no va a venir- dijo de nuevo para sus adentros. Sin saber si para él esta guerra tendría sentido, sus pensamientos regresó a la última carta que había escrito noches antes. Guardada con las demás, sabía que ninguna iba a llegar... Ni una. Pero ni a ella ni a nadie. Tampoco las había recibido y memos que ahora los mensajeros librarán labores más al norte, donde se librarán alianzas nuevas, compromisos sellados con sangre noble y linajes sin memoria, en la cual su amada caminará entre lujosos tapices, salones dorados, y él mientras tanto, morirá en un pedazo de tierra olvidado, bajo una estatua y frente al mar.
El rey no va a venir volvió a pensar
-“Amada mía, hoy vi una garza sobre el mar. Volaba como tu caminabas, sin esfuerzo. No se si lo que se avecina es guerra o castigo. Si razas aún, no lo hagas por mi alma, hazlo por esta ciudad que e hunde como un barco sin capitán. El deber nos separó y es por ello que te prometo que, si muero, no será con el nombre del Rey en mis labios, sino el tuyo. “
El amanecer llegó sin gloria todavía. Eso sí, había una claridad poco habitual que vencía a las pálidas sombras. Paquillo subía muralla arriba como cada mañana. Desde lo alto de la Alcazaba se divisaba al sur el enemigo más antiguo de Almería, el mar. Al norte, llegados desde Guadix, los primeros almohades apostados donde antaño lo habían hecho los suyos. Apoyo las manos en la piedra que aún conservaba el frío de la noche y recordó entonces a Gabriel. Su amigo y compañero en la última gran contienda de la ciudad, donde pelearon hombro con hombro por un mundo que parecía joven y por una fe que ofrecía tantas otras cosas.
-Si vamos a morir que sea con un buen vino en el cuerpo- le decía Paquillo al grandullón. Lo había visto abrir camino a caballo con su lanza como un loco con capa, guiando a sus hombres. En tierra, juntos habían compartido mucha sangre, más del enemigo que la suya.
“Hermano, lo siento. Los bastiones de Tórtosa no me permitieron estar en esta guerra contigo. Perdóname si morí. Estoy solo, igual que ahora lo estas tú. Guarda bien la ciudad si puedes, y sino quémala antes de entregarla”.
Almería, a 26 de enero del año de nuestro señor 1157.
La bruma del amanecer se alzaba lentamente sobre las murallas de la Alcazaba, espesa como la duda en el corazón de quienes aún resistían. Alrededor, el estandarte negro de los almohades ondeaba como una sombra de muerte, cercando el último reducto cristiano de la ciudad.
Paquillo desde la torre más alta, con la certeza de no poder resistir un día más, observaba a los almohades, fanáticos y disciplinados, experimentados y aprendidos de guerras pasadas, apostaban catapultas, zapadores y hombres dispuestos a darlo todo por Alá y él en cambio defendía una plaza, un viejo reducto que ya no lo creía suyo.
Sesenta y tres días de polvo, sol y acero cuando las catapultas callaron. Distraído por el único ruido producido de los cuervos más confiados que picoteaban los restos apilados sin vida en los patios interiores.
Cubriéndose los ojos del sol de levante, divisó la pequeña comitiva llegando desde el norte. No traían insignias de guerra ni lanzas alzadas, solo equipados por una bandera blanca y en el centro montado con pesadez, venía el emperador Alfonso VII de León, “El Sultanillo”, el mismo que años atrás prometía que Almería sería bastión cristiano en la frontera sur. Pero ahora venía a rendirla. A entregar la ciudad al califa Abd al- Mumin, señor de los almohades, para evitar una masacre y salvar con ello toda alma cristiana y no cristiana que quisiera ser salvada.
Paquillo no lloró, no gritó y no maldijo nada, solo bajó de la torre, recorrió pasillos vacíos, pisó piedras que ya no tenían memoria y al llegar a la puerta principal, donde los soldados toledanos lo esperaban, se quedó quieto un instante, con la espada envainada por primera vez en los dos últimos meses. Pensó en los hombres que perdieron la vida por aquella ciudad que nadie vendría a salvar y que ahora venían a negociar lo que él había jurado proteger.
Un grupo de soldados cabizbajos, mugrientos y delgaduchos se pararon junta a él. Entre ellos, Juan el hijo del curtidor, le dirigió una mirada de orgullo y admiración por haber servido bajo su mando. Paquillo también lo miro unos segundos, y con la experiencia de soldado viejo le dijo al más joven:
-Muchacho, ¿sabes que es lo peor de perder? - Murmuró. -Que cuando por fin entiendes por qué luchabas… ya no queda nada por lo que pelear. - y allí se quedó parado, de píe, mirando hacia el interior devastado de la Alcazaba.
“La muchedumbre está armada y se halla toda cubierta de yelmos.
El tintinear de los aceros y los relinches de los corceles ensordecen los montes.
Por todas partes dejan exhaustas las fuentes.”
Las campanas de Almería ya no sonaban, callaban. Las que quedaban en pie, estaban siendo desmontadas por el Califa y cargadas en mulos rumbo a Cádiz. Las gentes, en cambio, a cada paso que daban hacia el norte se debatían entra la tristeza de abandonar su hogar y la suerte de seguir con vida. Paquillo sentía que no solo se alejaba de su ciudad, sino de sí mismo. Tanto los soldados como otros paisanos que regresaban no hablaban, marchaban cabizbajos en silencio. Solo se oía el crujido de los carros y el murmullo de los pájaros. Algunos estaban heridos, otros dormían en las carretas, como si el polvo del camino sintiera compasión. Paquillo cabalgaba rezagado, cerrando el convoy. Llevaba la cabeza tapada por la capucha raída de su manto. Su espada, sin brillo colgaba del cinto inerte, sin vida, sin símbolo de nada.
Juan, se descolgó de la comitiva para esperarlo. Portaba su odre hasta arriba de agua fresca.
- ¿Un buchito, mi señor? - Ofreció Juan a su idolatrado oficial. - está recién rellená.
-Gracias soldado, no tengo sed- contesto
-Con su permiso, creo que debería beber. ¿Ha visto que calor hace? -
El gesto que Paquillo le ofreció, no necesitó oratoria alguna. Juan regresó con el grupo de rezagados, volviendo la mirada atrás una vez más.
El cielo tomó un tono plomizo. Anunciaba lluvia, aún no llovía peo lo haría más tarde. La tierra, agrietada y triste, olía a sequedad, a campo abandonado, como si también ella se hubiese rendido. Salían de la provincia cunado acamparon. El estandarte imperial, con ese león bordado en oro, igual al que días atrás brillaba en los muros de Almería, ahora colgaba de una carreta en el centro, pero nadie lo miraba. La derrota los había vaciado, no por perder, sino por ver cómo se entregaba.
“Tierra mía. No me viste nacer, pero en tu seno crecí, si algún día vuelvo, haz que tus ojos me busquen, antes de que mis pies toquen tierra”
A la mañana siguiente tomaron rumbo a Jaén cuando el Sol aún no había salido, pero los gallos ya llevaban un rato cantando. Paquillo ya se había adelantado. Se encontraba un poco por delante, en lo alto de una colina. No por deformación profesional, sino porque tenía la necesidad de gritar lo que pensaba:
- ¿Por qué no viniste antes? ¿Y por qué lo hiciste solo? -
- ¿Por qué llegaste sin armadura, solo con capa diplomática? -
¿Y ahora qué?, ¿Qué soy Yo? - gritó aún con mas fuerza mientras se arrodilló llevándose las manos al rostro.
Juan lo vió y con el descaro de un muchacho joven, se acercó hasta él. A pesar de su juventud, entendía lo duro que debe ser que un soldado condecorado por el emperador, con una gloria marchitándose, debía cabalgar al lado de quien no cruzó las líneas para luchar junto a los que creyeron en él.
-A la orden mi señor? - saludó el joven
-¿A la orden de qué?... A la orden de ná- Respondió con desgana. - ¿qué se te ofrece ahora, chaval? -
-Na de na, mi señor- respondió sin titubear. -Solo que lo he visto aquí en lo alto de la loma esta y al verlo así, he pensado que podría pasar algo- Concluyó con la compostura de un soldado.
El hombre que aún porta la insignia de Caballero del Tempe se levantó, se recompuso, le puso una mano en el hombro al joven y dijo con serenidad. -Cada uno se levanta y hace lo que le viene en gana, cierto?, Lo mismo que durante la guardia hay quien le paze hacer lo que no debería. ¿Me sigues? Dijo guiñando un ojo al joven, el cual se ruborizó al recordar el incidente de la muralla cuando estaba de servicio.
Juan, avergonzado bajaba para juntarse con su grupo cuando Paquillo lo llamó con voz ronca, mientras se giraba y lo acompañaba colina abajo:
-Dime muchacho… ¿por qué te hiciste soldado? No pareces de los que nacen con una espada en la mano y tampoco de los que han visto morir a un amigo.
Juan se quedó pensativo, no supo que responder. Aquella afirmación le llegó por sorpresa al no esperar conversación del idolatrado paladín veterano.
Con la mirada al suelo, apretó su lanza, sacó coraje y respondió.
-Porque mi señor, en esta vida que me ha tocado, solo puedes morir de hambre, de frío o en batalla. Y pensé que al menos, en la guerra moriría, si no lo hacía el miedo, moriría con el estómago lleno, las manos ocupadas y un motivo.
-Sabias palabras chaval- dijo mientras soltaba una risa seca mientras pensaba que el que lo decía aún no había sentido el filo de una espada en su carne. - ¿Crees que morir con la espada en la mano lo hace más leve? -
-No lo sé, …Pero prefiero que el acero me halle de pie y no encogido junto a un brasero vacío, llegado el momento. - respondió con resignación.
Paquillo se paró, suspiró mirando al horizonte y le preguntó - ¿y ahora qué? -
-Pues no lo sé, mi señor. Por ahora aún respiro y mientras continúe respirando habrá alguna guerra que ganar y otros sitios que defender. -
-Muchacho, …la guerra nunca se gana, solo se sobrevive lo bastante para contarlo. Recuérdalo y ten en cuenta que cuando te encuentres frente al enemigo, el valor no está en no temer a la muerte, sino en temerla y seguir avanzando.
Al llegar al campamento, el viento apagó una chispa del fuego. Ambos se separaron en silencio. El aire olía a humo. El cuerno de un soldado anunciaba la puesta en
La comitiva se puso en marcha. Paquillo volvió a quedarse rezagado. No porque no quisiera ir delante junto a Alfonso VII, sino porque tenía la necesidad de pensar en lo que pasaría al llegar a Toledo. Allí estaría ella, la hija de la Herminia que diez años atrás partió con este mismo ejército.
Él se decía a si mismo que no debía esperar nada, aparecería como un fantasma y con suerte agradecer a dios, si la veía.
¡Mi señor! - Resonó la voz de un soldado que se acercaba a toda prisa sacándolo de sus pensares.
Cuando la estela de polvo del camino se disipó, Paquillo contestó. - ¿Qué ocurre soldado? -
-Su Majestad, El Emperador, no se encuentra bien- Balbuceó
Como soldado viejo, siempre en alerta, soltó las manos que reposaban despreocupadas sobre el pomo de la silla, agarró con firmeza las riendas y afianzó las botas en los estribos. Con el cuerpo echado ligeramente hacia adelante, clavó espuelas. El caballo respondió inmediatamente y con un resoplido mas una sacudida de cabeza soltó la fuerza contenida a la vez que empezó a galopar.
Al llegar a la altura del emperador, este alzó la mano para detener el convoy. Afligido, con gesto cansado, gordo, le ordenó a Paquillo: -Hoy dormiremos en Jaén, elija unos cuantos hombres y asegure el castillo. No me fio de quienes allí lo defienden-
-A la orden Su Majestad! - Respondió como soldado de honor y no se cuestionó nada.
Paquillo cumplió sus órdenes, aunque esa noche no durmió, por un momento se olvidó de todo y prefirió montar guardia junto a sus hombres.
Por la mañana el emperador no dio orden de partir hasta bien entrado el día. Su aspecto era deplorable, la corona mal colocada, la barba sin arreglar y un tono amarillento en la piel que asustaba mas que su espada. Antes de maitines había adelantado a cinco soldados equipados con los corceles más veloces, para llevar una misiva a Toledo, con la orden de que los physicos estuviesen preparados a su llegada.
-Pa lo suyo si le corre las priesas al gachón- Pensó Paquillo al enterarse.
Llevarían alrededor de cuatro horas de camino cuando pararon en el paraje de La Fresneda de Santa Elena. El emperador paró en seco. Pidió ayuda para desmontar y lo recostaron con la espalda apoyada en una encina.
Un ayudante se acercó a Paquillo y le dijo con voz entristecida- Su Majestad pregunta por vos-
Al llegar, lo que vio, fue al Emperador de la Cristiandad, al que una vez juró servir, más parecido a un niño cansado que a un monarca. La palidez de su rostro y la sequedad de su boca presagiaban lo inminente.
El emperador alzó una mano temblorosa como si fuese a tocar algo que solo él veía cuando se dirigió a Paquillo con voz quebrada:
-Tú, …tu estuviste en la muralla, el día que tomemos Almería… hace una década.
Paquillo asintió. No respondió.
-Fuiste el que organizó la toma con argucia… y el primero en combatir. Te nombré Caballero de la orden del Temple y protector… - la tos no le dejó continuar.
-Si, Majestad entré junto con el comandante Gabriel, que el señor lo tenga en su gloria y don Ramón de Berenguer IV, buenos hombres y vasallos. Y fui también el último en salir.
- ¿Te dieron también la cruz del león dorado? -
-No mi señor, eso no dieron y si me la hubiera dado, la hubiera enterrado por el camino- respondió más por el rencor contenido.
-Hubieras hecho bien- dijo el Monarca y tosió a continuación. No iba a cuestionar eso, asintió con al cabeza mientras seguía tosiendo y aceptó el reproche.
Se tomó una pausa para recomponerse y continuó:
-No fui a salvaros- confesó- ¿lo sabías verdad? Paquillo no respondió.
Tras firmar el Tratado de Tudilén, enriquecí a mis nobles. Castilla, Galicia, Navarra, Murcia... – más tos- …, pensando en lo mejor para el imperio y sus intereses. Así los tendría a todos comprados, pero la codicia nos cambia a todos.
Todos fueron llamados a las armas para caer sobre Almería de nuevo, cobrando así el imperio, el pacto firmado. Tenlo muy claro, te lo juro por Dios… Me han abandonado. - ¿Lo sabías?
-Hijo, solo, ¿qué podía hacer? - continuaba quebradizo. No me podía permitir tantas muertes. Solo me quedaba rendir la ciudad y salvar toda vida que quisiera ser salvada.
-Paquillo seguía sin decir nada.
El monarca lo agarró con las pocas fuerzas que le quedaban y dejó pasar un leve silencio
-Tú necesitas creer- dijo el emperador. – Para que yo pueda seguir gobernando, necesito que me creas y no que me juzgues, porque el día de mañana….
Y así se quedó sin habla ni respiración, apoyado en una encina, sin armadura, sin himnos, sin rendición, en un pedazo de tierra que por lo menos era regido por la ley de Dios.
La mañana que Paquillo cruzó las puertas de Toledo, no traía estandartes. Traía un cuerpo envuelto en lino sobre una sencilla carreta. Nadie tocó trompetas. Nadie gritó “¡El rey ha vuelto!”. Porque ya no era ni rey ni emperador. Era solo un hombre sin vida.
Lo llevó hasta el monasterio de San Servando. Allí lo dejaron en reposo, en una sala de piedra donde las velas eran numerosas y el olor a incienso se consumía despacio. Nadie hizo preguntas. Las campanas habían callado. Paquillo salió aún cubierto de polvo, con la ropa gastada y el alma sin reposo.
La mujer que amó antes de la guerra. La que prometió querer siempre. Diez años de distancia, asedios, promesas olvidadas en cartas jamás enviadas, pero allí estaba, con el rostro más cansado y los ojos más sabios.
En esa mirada estaba todo:
Y el cantico final de una guerra que no lo había vencido todo.
cerca del viejo Benizalón.
La niña nació entre aromas,
y al hacerse flor de día,
de las noches sin consuelo,
donde el alma del que amaba
se perdía entre los cielos.
Tengo el alma destrozada,
como herida que no cierra
que sangra en su propio dolor.
yo me quedé entre las sombras
llorando tu nombre al frio.
Cuando las campanas callaron,
dibujando entre la piedra