Herminia sabía que su hija mentía desde antes de que la muchacha aprendiera a hacerlo.
No necesitaba preguntas. Le bastaba observar cómo entraba en la taberna.
Si dejaba la puerta abierta, venía con prisa. Si la cerraba de un golpe, alguien había conseguido enfadarla. Cuándo atravesaba el salón sin mirar a nadie y recorría el pasillo hacía su estancia en silencio, Herminia sabía que era mejor esperar.
Pero aquella mañana hizo algo distinto.
Entró sonriendo.
—¿Quién es? —preguntó Herminia mientras secaba una jarra.
La muchacha se detuvo.
—¿Quién es quién?
Herminia continuó frotando el barro cocido con el paño.
—Entonces es un hombre.
Su hija abrió la boca.
—No sé de que me hablas.
—Y es bastante mayor que tú.
Esa vez la jarra estuvo a punto de caérsele de las manos. Pero Herminia sonrió.
Las madres poseen conocimientos que ningún sabio se ha molestado en escribir.
La muchacha intentó escapar hacía el pasillo.
—Tengo cosas que hacer.
—¿Seguro?
Herminia dejó la jarra sobre la mesa.
—Muchas cosas.
Su hija se detuvo con un pie ya metido en el pasillo y giró lentamente la cabeza.
—Madre...
—Yo no he dicho nada.
—Precisamente —volvió a dejar entrever un sonrisa de acierto.
Había aprendido hacía muchos años que, con los hijos, el silencio bien utilizado conseguía mejores confesiones que cien preguntas.
Esperó.
Su hija aguantó tres respiraciones... Cuatro. A la quinta regresó hasta la barra.
—No es lo que piensas.
Herminia tomó otra jarra.
—No estoy pensando nada.
—Si estás pensando.
—Entonces no me necesitas para mantener esta conversación.
La muchacha apoyó los codos sobre la madera y escondió el rostro entre las manos. La madre, en cambio, tuvo que contener la risa. Había vivido aquella escena otras veces... No exactamente esa, claro está, porque los problemas cambian con los años.
Primero había sido una muñeca de trapo destrozada. Después una disputa con otra niña. Más tarde llegaron los secretos, las preguntas pronunciadas a media voz y aquellas conversaciones que siempre comenzaban cuando la taberna quedaba vacía.
Herminia nunca obligaba a su hija a hablar. Simplemente estaba allí. Y su hija terminaba hablando.
Quizá porque algunas personas tienen el extraño don de convertirse en refugio sin construir murallas.
—Es mayor —admitió finalmente la muchacha.
La mano de Herminia se detuvo sobre la jarra... Solo un instante.
—¿Cuánto?
La hija levantó la cabeza.
—¿Importa?
Herminia levantó la cabeza.
Claro que importaba. Importaba todo; su edad, su nombre, donde vivía, a que se dedicaba y que intenciones tenía. Importaba además, cómo la miraba..., sobre todo eso, cómo la miraba.
Quería saberlo todo.
Pero había enterrado a demasiadas personas como para no haber aprendido que el miedo, cuando se disfraza de amor, puede llegar a apretar demasiado. Así que dejó la jarra. Rodeó la barra y se sentó junto a su hija.
—Empieza por el principio.
La muchacha sonrió.
Herminia también.
Durante los siguientes minutos escuchó. No interrumpió cuando quiso hacerlo. No preguntó cuando las preguntas se amontonaban en su cabeza. Y no juzgó cuando algunas respuestas no fueron las que la madre habría elegido.
Se limitó a escuchar.
Porque criar a una hija era una tarea extraña. Durante años le había enseñado a caminar procurando que no cayera. Ahora debía aprender a verla caminar sabiendo que ya no siempre podría sujetarla.
La conversación terminó cuando el primer cliente empujó la puerta.
Herminia se levantó.
Su hija también.
No necesitaron decir nada.
Una ocupó su lugar tras la barra mientras la otra recogía las jarras que habían quedado sobre una mesa. Llevaban tantos años trabajando juntas que habían aprendido a no estorbarse. Herminia sabía cuándo su hija necesitaba pasar antes incluso de sentirla a su espalda. La muchacha, por su parte, apartaba los platos del fuego justo antes de que su madre comenzara a protestar porque nadie en aquella casa parecía entender que la cosas tenían su sitio.
—Eso no va aquí.
—Lleva ahí toda la mañana.
—Pues lleva toda la mañana mal puesto.
Su hija sonrió.
Herminia no.
Al menos, hasta darse la vuelta.
La taberna fue despertando. Entraron dos hombres buscando vino antes de que el día justificara beberlo. Después un mercader que siempre pedía comida mientras aseguraba no tener hambre. Más tarde, tres soldados ocuparon la mesa junto a la pared y comenzaron a discutir sobre una guerra en la que, a juzgar por sus palabras, cada uno de ellos habría derrotado solo a cualquier ejército.
Herminia los escuchaba mientras trabajaba. Había conocido demasiados hombres que hablaban de la guerra antes de marchar. Los que regresaban hablaban mucho menos.
—Madre.
La voz de su hija la devolvió a la taberna. Herminia tenía una jarra entre las manos. Llevaba demasiado tiempo secándola.
—¿Qué?
La muchacha señaló el barro cocido.
—Cómo sigas así, vas a atravesarla.
Herminia miró la jarra. Después a su hija.
—Ocúpate de tus cosas.
—Eso hago.
—Pues hazlo más lejos.
Herminia dejó el paño sobre la barra y fingió estar molesta. Era más sencillo así. Mucho más sencillo. Porque su hija conocía casi todos sus secretos.
Casi.
Había cosas que una madre no contaba. No porque desconfiara de sus hijos. Sino porque algunas penas, cuando se pronuncian en voz alta, encuentran la manera de instalarse también en quien escucha. Y por eso mismo, había decidido hacía mucho tiempo que las suyas morirían con ella.
O eso creía.
A veces bastaba una jarra entre las manos y tres hombres hablando de guerras para que los muertos encontraran el camino de regreso.
Primero fue su marido. La enfermedad no necesitó espada. Ni ejército. Ni estandarte. Cuándo murió, la taberna quedó en sus manos.
También tres hijos; el mayor y los gemelos que precedían a su hija, reclamados por un mundo en guerra. Y una vida que no le preguntó si estaba preparada para continuar.
Continuó.
Porque eso era lo que hacía Herminia.
Al principio hubo quien pensó en que no duraría. No se lo dijeron a la cara. La gente rara vez tiene el valor de pronunciar ciertas cosas delante de la persona de la que está hablando.
Pero Herminia escuchaba.
Escuchaba a los proveedores discutir los precios con ella de una forma que jamás habían utilizado con su marido. A los hombres pedir hablar con el dueño. A algún cliente explicar cómo debía llevar una taberna una mujer que llevaba más años sirviendo vino de los que él llevaba bebiéndolo.
Herminia los dejaba hablar.
Había descubierto que los hombres necesitaban hacerlo.
Después fijaba el precio. Pagaba lo acordado y señalaba la puerta cuando era necesario.
No tardaron demasiado en aprender. La taberna siguió abriendo cada mañana. El vino continuó llegando. Las mesas permanecieron ocupadas y quienes al principio preguntaban por el dueño, terminaron preguntando por Herminia.
No fue sencillo.
Una mujer sola debía conocer muy bien el mundo en el que vivía. Tenía que saber cuándo sonreír. Cuándo levantar la voz y sobre todo, cuándo no hacer ninguna de las dos cosas.
Aprendió a reconocer al hombre que buscaba vino del que buscaba problemas. Al mercader que pretendía negociar del que simplemente esperaba aprovecharse. Al soldado cansado del que llevaba demasiadas jarras y comenzaba a olvidar dónde terminaban sus derechos.
Herminia no era la mujer más fuerte de la taberna. Nunca lo necesitó. Conocía algo más útil. Sabía exactamente hasta dónde estaba dispuesta a permitir que llegara cada hombre.
Y ninguno llegó mas lejos.
Su hija creció observándola.
Desde pequeña la vio cargar barriles que pesaban demasiado, discutir por una moneda y cerrar la taberna cuándo el último cliente decidía que todavía no tenía suficiente vino en el cuerpo.
Pero también la vio reír. Bailar alguna noche detrás de la barra. Cantar mientras preparaba la comida creyendo que nadie escuchaba. Porque Herminia se había negado a permitir que las ausencias decidieran la clase de mujer en la que debía convertirse.
Había perdido seres queridos, pero no pensaba perderse en sí misma.
Su hija había aprendido a conocerla de otra manera. No necesitaba verla cargar un barril ni discutir con un mercader para saber que su madre era fuerte. Eso lo sabía cualquiera que hubiese cruzado dos palabras con Herminia.
Ella conocía lo que los demás no veían. Sabía cuándo le dolía la espalda por la forma en que apoyaba una mano sobre la barra. Cuándo había dormido mal porque ordenaba dos veces las mismas ideas. Y cuándo necesitaba que alguien la hiciera reír, aunque Herminia insistiera en que no estaba para tonterías.
Especialmente entonces.
—Madre.
—¿Qué?
—Nada.
—Para eso me llamas?
—Si.
—¿Para nada?
—Exactamente.
Herminia negó con la cabeza.
—Algún día conseguirás volverme loca.
La muchacha sonrió.
—Entonces todavía queda tiempo.
Herminia intentó mantener el gesto serio. No Pudo. Y lo peor era que aquello ocurría con frecuencia.
Su hija poseía una habilidad especial para encontrar una grieta justo cuando Herminia había decidido que aquel día no pensaba en sonreír.
No era algo que hubieran aprendido, simplemente se conocían. Habían compartido tantas horas detrás de aquella barra que, con los años, desarrollaron una forma de entenderse que desconcertaba a los demás; una mirada podría significar que faltaba vino. Otra, que el hombre de la mesa del fondo empezaba a resultar pesado.
Había una especialmente útil que ambas utilizaban cuando algún cliente contaba una historia difícil de creer. En esos casos evitaban mirarse, porque si lo hacían, estaban perdidas.
Más de una vez Herminia tenía que desaparecer en la cocina mientras su hija atendía al pobre hombre con una seriedad admirable.
Después se encontraban detrás.
—Era verdad —decía la muchacha.
—Por supuesto.
—Le atacaron seis hombres.
—Siete. Uno estaba escondido.
Y entonces reían. A veces demasiado. Aquella era la parte de Herminia que pocos conocían. Para casi todos era la mujer de la taberna. La que sabía poner a un borracho en la calle sin necesidad de levantar una jarra.
Para su hija era simplemente su madre. Y quizá por eso era la única persona ante la que Herminia no necesitaba demostrar que podía con todo.
Hubo un tiempo en que Herminia conocía todas las historias de su hija, Sabía quien la había hecho llorar. Con quien había discutido. Qué había comido. Incluso aquellas cosas que la muchacha juraba no haber hecho y que, por supuesto, había hecho.
Después empezaron a faltar pequeños pedazos.
Nada importante.
Una conversación que Herminia conocía a medias.
Un nombre mencionado demasiado deprisa.
Alguna sonrisa cuyo origen desconocía.
Al principio no le dio importancia.
O eso se dijo.
Una tarde, mientras preparaban la comida, su hija comenzó a contarle algo. Su madre escuchaba mientras cortaba unas verduras. La muchacha hablaba deprisa, saltando de una cosa a otra como acostumbraba cuando estaba entusiasmada.
De pronto se detuvo.
—Bueno... eso ya te lo contaré.
Herminia dejó de cortar.
—¿Por qué?
—Porque sí.
—Magnifica explicación.
Su hija sonrió.
—La aprendí de ti.
Herminia volvió al cuchillo.
—Yo explico perfectamente las cosas.
—Claro.
—¿Qué significa ese "claro"?
—Nada.
Herminia la miró.
Su hija sostuvo la mirada.
Durante unos segundos permanecieron así. Después ambas sonrieron, pero aquella vez Herminia perdió.
No hubo confesión.
La muchacha tomó una escudilla y salió de la cocina.
Herminia se quedó mirando la puerta. No estaba enfadada. Tampoco preocupada. Era una sensación mucho más difícil de explicar. Durante años, su hija había corrido hacia ella para contarle el mundo. Ahora empezaba a descubrir algunas partes sin necesitar hacerlo. Apoyó las manos sobre la mesa. Sonrió. Solo un poco.
Después continuó cortando.
Porque las madres pasan media vida enseñando a sus hijos a tener una vida propia. Lo extraño es que nadie les explica qué hacer cuando lo consiguen.
Aquella noche la taberna tardó en quedarse vacía.
Herminia recogió las últimas jaras, apagó una de las lámparas y comenzó a colocar las mesas. Su hija se había retirado hacía rato.
O eso creía.
—Se llama...
Herminia no se volvió. Continuó limpiando la barra.
—Ya era hora.
Silencio.
A continuación escuchó los pasos acercándose.
—¿Lo sabías?
—Lo intuía.
—Entonces...
Herminia dejó el paño.
—Soy tu madre. No necesito saber las cosas para tener razón.
Su hija soltó una carcajada.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Cuándo tengas hijos lo entenderás.
—Pues espero que falte mucho.
—Yo también.
Aquella vez ninguna rio. Se miraron un instante y la muchacha se sentó frente a la barra y comenzó a hablar.
Su madre escuchó.
Su nombre. Dónde se habían conocido. Las primeras palabras. Luego las siguientes. Y todas aquellas pequeñas cosas que, para quien las cuenta, parecen enormes y para quien las escucha resultan importantes únicamente porque hacen feliz a la persona que tienen delante.
Herminia hizo preguntas. Menos de las que quería. Más de las que su hija esperaba. Y cuando la conversación terminó, la noche había avanzado mucho más de lo que ambas creían.
—Madre.
—¿Qué?
—Nada.
—Anda, vete a dormir.
Su hija rodeó la barra y la abrazó. No fue un abrazo distinto de otros. Por eso Herminia no intentó recordarlo. Los seres humanos tenemos la mala costumbre de memorizar únicamente aquellos momentos que sabemos importantes. Y casi nunca sabemos cuales serán.
La muchacha se dirigió a su estancia al fondo del pasillo. Herminia esperó hasta escuchar cerrarse la puerta. Después apagó la última lámpara.
Durante años había creído que proteger a sus hijos consistía en mantenerlos cerca. La vida le había enseñado demasiadas veces que la distancia entre dos personas no siempre se medía con pasos. Aún así, aquella noche, mientras cruzaba lentamente el pasillo, Herminia estaba convencida de algo: Si alguna vez llegaba el momento de tomar una decisión difícil para su hija, sabía qué hacer.
Elegiría lo mejor para ella.
Aunque doliera.
Aunque tuviera que verla marchar.
Herminia todavía no sabía que las decisiones más difíciles de una madre no son aquellas en las que debe elegir entre amar a un hijo o no hacerlo. Son aquellas en las que todas las opciones nacen del amor. Y que a veces, queriendo proteger aquello que más queremos, elegimos el camino que más lejos lo lleva de nosotros.