lunes, 22 de junio de 2026

Al-Hawd, donde nacían los hombres de mar

   Si un viajero hubiese llegado a Almería a principios del siglo XII buscando el esplendor de una de las ciudades más ricas de Al-Ándalus, probablemente habría dirigido sus pasos hacia el puerto, los mercados o las inmediaciones de la Mezquita Mayor.

No Hacia Al-Hawd.

Porque Al-Hawd no impresionaba a nadie. Al menos no a primera vista. Antes de ver sus calles, el visitante percibía su olor.

Una mezcla de sal, pescado, brea, redes húmedas y humo de leña que el viento empujaba desde la orilla hasta las últimas casas del barrio. No era el aroma de los mercaderes de seda, ni el de los notables que discutían asuntos de gobierno.

Era el olor de la gente que trabajaba.

De quienes salían al mar antes del amanecer y regresaban cuando el sol ya comenzaba a caer sobre las murallas de la ciudad.

Las viviendas se apiñaban cerca de la costa, construidas con más sentido práctico que belleza. Casas modestas, algunas levantadas con piedra y barro, otras ampliadas una y otra vez según crecían las familias. Calles estrechas. Patios pequeños. Corrales donde convivían gallinas, cabras y niños con una naturalidad que hoy resultaría difícil de imaginar. 

Desde las terrazas podía verse el mar. También el puerto. Porque aquella era la paradoja de al-Hawd.

Respiraba junto al corazón comercial de una de las ciudades más prósperas del Mediterráneo occidental, pero rara vez participaba de su riqueza. Los grandes negocios llegaban por barco. Las ganancias casi siempre desembarcaban en otra parte. Sin embargo, allí latía algo que las crónicas apenas mencionaban.

La vida.

La auténtica vida de una ciudad portuaria.

Pescadores remendando redes. Carpinteros reparando embarcaciones. Mujeres negociando el precio de la pesca recién descargada. Muchachos soñando con embarcar algún día rumbo a puertos cuyos nombres casi nadie siquiera sabía pronunciar.

Y entre todos ellos, sin que nadie pudiera sospecharlo todavía, estaba a punto de llegar al mundo un niño a la familia Mañas que llevaría el nombre de Francisco. 

“Paquillo pá los amigos”

Por aquellos días, Martín Mañas solía levantarse antes que el sol. A esa hora, el barrio parecía pertenecer únicamente a los hombres de mar. Las puertas se abrían una tras otra. Se escuchaban pasos apresurados, algún saludo apenas murmurado y el crujido de las embarcaciones esperando junto a la orilla.

Martín poseía, una pequeña nave de cabotaje. Nada extraordinario. No era uno de los grandes mercaderes cuyos nombres aparecían asociados a cargamentos de seda o especias. Su universo era mucho más modesto.

Transportaba pescado, aceite, esparto y cuanto negocio honrado pudiera encontrar entre los puertos de la costa.

Lo suficiente para vivir. No lo suficiente para enriquecerse. Y probablemente por eso dormía mejor que muchos ricos.

Una mañana, como tantas otras, encontró a varios vecinos reunidos juntos a las redes.

No hablaban de pesca. Ni del tiempo. Ni de dinero.

Hablaban de guerra.

Las noticias llegaban despacio, pero siempre llegaban.

Un barco procedente de levante había traído rumores sobre movimientos en Valencia. Otros hablaban de alianzas. Algunos aseguraban que el nieto del Cid preparaba nuevas campañas.

Como ocurría siempre en los puertos, nadie conocía toda la verdad. Y todos conocían una parte.

Martín escuchaba sin intervenir. Los hombres que tienen familia suelen desconfiar de las guerras. No son porque sean cobardes, sino porque saben exactamente lo que pueden perder.

Mientras los demás discutían, su pensamiento regresó inevitablemente a casa. A su esposa. Al hijo que estaba por llegar. Al futuro incierto que aguardaba a cualquier hombre nacido en una ciudad donde el mar traía riqueza, pero también problemas.

Porque Almería era poderosa.

Y las ciudades poderosas tienen una extraña costumbre. La de terminar llamando la atención de alguien.

Pero Al-Hawd pertenecía a otro mundo.

Todavía hoy, al recorrer las calles de Pescadería – La Chanca, resulta difícil no imaginar algo de aquel viejo barrio. Porque los barrios, igual que las personas, conservan memoria. Y algunas historias continúan respirando mucho después de quienes las protagonizaron hayan desaparecido.

Al-Hawd era de quienes hacían posible que todo funcionara al precio de lo que pudieran lograr al termino de cada jornada. Quizá por eso desarrolló sus propias reglas.

Separado parcialmente de la ciudad por sus defensas y por una forma distinta de entender la vida, el barrió terminó convirtiéndose en un pequeño mundo dentro de otro más grande.

Las autoridades vigilaban el puerto. Los comerciantes controlaban los mercados. Los jueces almorávides administraban la justicia. Pero las cosas rara vez resultaban tan sencillas. Allí circulaban mercancías que no siempre aparecían registradas. No necesariamente se trataba de delincuencia. A veces era siempre supervivencia.

Otras, pura oportunidad.

Pescado descargado lejos de las miradas más curiosas. Mercancías adquiridas a marineros que preferían evitar ciertos impuestos y objetos llegados en barcos procedentes de puertos lejanos cuyo origen era mejor no preguntar.

El mar no entendía de normas escritas y los que vivían de él tampoco siempre podían permitirse hacerlo.

Entre tabernas, almacenes, talleres y embarcaciones varadas sobre la arena, Al-Hawd se convirtió en un lugar donde casi todo podía encontrarse si se conocía a la persona adecuada.

También noticias.

Porque mucho antes de que existieran los pregoneros o las gacetas, eran los quienes traían el mundo consigo. Y en pocas partes de Almería se escuchaban tantas historias como en aquel rincón junto al mar.

Al caer la tarde, era cuando el barrio mostraba su verdadera personalidad. Los pescadores regresaban del mar. Las embarcaciones quedaban varadas sobre la arena. Las redes se extendían para sacarse mientras grupos de hombres comentaban las capturas del día sentados sobre cajones o piedras desgastadas por años de uso. Las mujeres iban y venían entre los puestos improvisados y loa niños corrían descalzos por callejuelas dónde terminaba una vivienda y comenzaba el taller de un artesano.

Desde algunas casas, a pesar de la hora temprana, llegaba el olor a guisos. Desde otras, el sonido de discusiones que probablemente callarían antes del alba y se repetirían a la misma hora la tarde siguiente.

La vida era intensa y también extraordinariamente divertida. Bastaba recorrer unas pocas calles para cruzarse con pescadores nacidos en Almería, marineros procedentes de otros puertos de Al-Ándalus, comerciantes que hablaban lenguas diferentes y viajeros que permanecían unas jornadas antes de continuar su camino.

El barrio era cuna además de mucho arte. El carisma y costumbre de un estilo de vida, aún latente hoy en día, se mezclaban con nuevas palabras y diferentes formas de entender el mundo. Por eso, aunque los poderosos rara vez prestaban atención al barrio, Al-Hawd sabía muchas más cosas de las que aparentaba.

Los siglos pasaron y con ellos cambiaron los gobernantes, cambiaron las lenguas y cambiaron las banderas que ondean sobre las murallas.

El puerto creció. La ciudad se transformó. Y, sin embargo, algunas cosas permanecieron.

Permaneció la relación con el mar.

Permaneció el carácter de sus gentes.

Permaneció esa mezcla de orgullo, sacrificio y supervivencia que durante generaciones había definido a quienes vivían en aquel lugar de Almería.

El viejo Al-Hawd acabaría convirtiéndose con el paso del tiempo en el barrio que hoy conocemos como Pescadería-La Chanca. Un nombre distinto para un que sigue mirando al mar con los mismos ojos con los que lo hicieron sus antepasados, haca ya casi nueve siglos.

Quizá también sobrevivió algo menos visible. Algo que no aparece en las ni en los registros de los mercaderes.

El carácter de sus gentes.

Esa forma de vivir a medio camino entre la dureza y la alegría. Entre el trabajo y la celebración. Entre el esfuerzo cotidiano y la necesidad de encontrar siempre un motivo para reunirse. Porque los que viven junto al mar aprenden pronto que la vida puede cambar de un día para otro. Y quizá sea por eso qué aprenden también a cantar, a bailar y convertir cualquier rincón en un lugar de encuentro.

Tal vez exista un hilo invisible que una a aquellos pescadores, marineros, y artesanos de Al-Hawd con la pasión por el arte y la convivencia que todavía hoy forman parte de la identidad de Pescadería y la Chanca.

Cuando paseamos hoy por sus calles, resulta difícil distinguir dónde termina la historia y comienza la memoria. Porque los barrios, igual que las personas, no desaparecen del todo, simplemente aprenden a llamarse de otra manera.

domingo, 14 de junio de 2026

Playa de Los Genoveses

    ¿Por qué una playa de Almería se llama Los Genoveses?

   Hay lugares que conservan la memoria mejor que los libros. No parecen gran cosa. Una playa, una colinas, algunas dunas o una calle cualquiera. El tiempo les cambia el aspecto, los hombres les cambian las piedras y las generaciones terminan olvidando quién estuvo allí primero. Pero, a veces, el nombre permanece.

   Y cuando eso ocurre, el pasado encuentra la manera de seguir hablando.

   La Playa de los Genoveses, en el parque Natural de Cabo de Gata, es uno de esos lugares.

    Miles de personas la visitan cada año atraídas por su arena, sus dunas, y ese paisaje que parece resistirse a los siglos. Caminan junto al mar, extienden sus toallas y regresan a casa con fotografías de unos de los rincones más bellos del Mediterráneo. Sin embargo, muy pocos se preguntan quiénes eran aquellos genoveses que acabaron dando nombre a una de las playas más conocidas de Almería. Menos aún imaginan que la respuesta obliga a viajar casi nueve siglos atrás, a una época en la que los destinos de Roma, Toledo, Génova y Almería quedaron unidos por una guerra.

   Porque hubo un tiempo en que aquella playa no recibió bañistas.

   Recibió barcos.

   Y detrás de esos barcos, había un papa que necesitaba cruzados, un emperador que necesitaba galeras y unos comerciantes italianos que nunca desaprovechaban una oportunidad cuando se presenta en el horizonte.

   Corría el año 1147 y cada uno de ellos estaba a punto de encontrar exactamente lo que buscaba.

   Europa se preparaba para una nueva cruzada y, mientras muchos ojos miraban hacia Jerusalén, otros empezaban a fijarse en una ciudad musulmana situada en el extremo sur de la península Ibérica.

   Una ciudad rica, próspera y difícil de conquistar.

   Su nombre era al-Mariyya.

   En la primavera de 1147, Roma tenía preocupaciones mucho más grandes que una ciudad situada al otro lado del mar.

   O eso parecía.

   En el palacio de Letrán, el papa Eugenio III escuchaba a obispos, cardenales y legados que llegaban de todos los rincones de la Cristiandad. Las noticias no eran buenas. Tierra Santa seguía reclamando hombres, dinero y barcos. Los estados cruzados resistían con más fe que recursos y, como ocurría a menudo, cada príncipe cristiano parecía más interesado en sus disputas vecinales que en los grandes problemas de la Iglesia.

   Nada nuevo bajo el sol.

   Uno de los consejeros desplegó un mapa sobre la mesa.

—Jerusalén necesita refuerzos.

   Otro señaló el Mediterráneo occidental.

—También Hispania.

   Cuando aquel nombre aparecía, lo hacía acompañado de cierta confusión entre quienes jamás habían puesto un pie en la Península. Para algunos era una frontera lejana. Para otros, una cruzada permanente.

   Eugenio III permaneció en silencio.

   Sabía que la Cristiandad tenía una extraña costumbre: cuando el peligro estaba lejos, todos hablaban de él; cuando estaba cerca, cada cual esperaba que fuese el de al lado quien lo resolviera.

—¿Y Alfonso? —preguntó finalmente. No necesitó añadir nada más.

   Todos comprendieron de quién hablaba.

   Alfonso VII, emperador de León y Castilla.

   El hombre que llevaba años empujando la frontera hacia el sur.

   Uno de los presentes respondió:

—Desea tomar Almería.

   La respuesta provocó algunas miradas. 

   Almería no era Jerusalén.

   Pero tampoco una ciudad cualquiera.

   Era rica.

   Era un puerto.

   Y era musulmana.

   Tres cualidades que, dependiendo de quién las observara, podían interpretarse como una amenaza o como una oportunidad.

   El Papa juntó las manos.

   Durante unos instantes nadie habló.

   Después formuló la pregunta que acabaría cambiando el destino de la playa almeriense.

—¿Tiene barcos?

   La respuesta tardaría varias semanas en recorrer caminos, puertos y cancillerías. Pero, incluso antes de que llegara a Roma, Alfonso VII ya conocía el problema.

   Lo tenía desplegado sobre una mesa.

   En Toledo, la conversación era mucho menos espiritual. Nadie hablaba de indulgencias, ni de la salvación de almas. Tampoco de Jerusalén.

   Hablaban de barcos.

   Y de dinero.

   Sobre una gran mesa de madera descansaban varios mapas. Las rutas marítimas aparecían marcadas con tinta oscura. al-Mariyya ocupaba el centro de todas ellas como una araña en mitad de su tela.

   Uno de los consejeros señaló la costa.

—Por tierra podemos llegar.

   Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, negó con la cabeza.

Por tierra podemos cercarla.

   Ese matiz era importante. 

   Llevaba demasiado tiempo guerreando para confundir ambas cosas.

   Una ciudad como esta no caería únicamente por un ejército frente a sus murallas. Mientras el puerto permaneciera abierto, seguirían entrando provisiones, hombres y noticias.

   Es necesario cerrar también el mar. Pero para eso hacían falta galeras. 

   Muchas galeras.

   Más de las que Castilla, León o Aragón podían reunir por sí solos.

   Uno de los presentes, gallego, hombre hecho al mar, terminó pronunciando el nombre que todos tenían ya en la cabeza.

—Génova.

   La palabra quedó suspendida en la sala.

   No era una ciudad cualquiera. Era una potencia marítima. Sus comerciantes navegaban por todo el Mediterráneo. Sus marinos conocían puertos que la mayoría de los nobles castellanos apenas sabían situar en un mapa. Y, cuando era necesario, aquellos mercaderes podían convertirse en guerreros con sorprendente facilidad.

   Alfonso que había permanecido callado, apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¿Qué piden?

   La pregunta provocó algunas sonrisas discretas, siempre lo hace cuando se trata de costes.

   Pero aquí, la respuesta era sencilla.

   Los genoveses querían exactamente lo mismo que han querido siempre.

   Comercio.

   Privilegios.

   Beneficios.

   Y si era posible, las tres cosas al mismo tiempo.

   A diferencia de los clérigos, los mercaderes rara vez hablaban de gloria. Preferían hablar de cuentas. Por lo que esta vez, los intereses de todos parecían dirigirse al mismo lugar.

   Roma quería una cruzada.

   Alfonso quería una ciudad.

   Y Génova quería una oportunidad.

   Al sur, ajena todavía a todas aquellas conversaciones, Almería seguía contemplando el mar desde sus murallas. Sin saber que en distintos rincones de Europa comenzaban a ponerse en movimiento hombres, barcos y decisiones que acabarían cambiando sus destino.

   Mientras en Roma se discutía sobre indulgencias y en Toledo sobre murallas, en Génova la conversación fue mucho más sencilla.

—¿Qué ganamos nosotros?

   Porque los genoveses respetaban profundamente la fe cristiana, pero sentían una devoción aún mayor por los buenos negocios.

   Alcanzado el acuerdo, las galeras comenzaron a reunirse en el puerto. lo que para unos era una cruzada, para otros una campaña militar y para algunos una operación comercial, terminaría convirtiéndose en una de las mayores expediciones navales vistas hasta entonces en el Mediterráneo occidental.

  Meses después, los lugareños de la costa almeriense levantaron la vista al mar.

   Lo primero que vieron fueron velas. No muchas. Los primeros barcos no causaron demasiada alarma. El mar llevaba siglos viendo mercaderes, corsarios y pescadores cruzar sus aguas. Pero aquellos hombres no parecían comerciantes. Ni tampoco venía a vender nada.

   A medida que la mañana avanzaba, el horizonte comenzó a poblarse de mástiles. Primero unos pocos. Después decenas. Finalmente tantos que el mar pareció convertirse en un bosque de madera y velamen. La Galeras avanzaban impulsadas por el viento, mostrando sus largas velas latinas. Bajo ellas se elevaban los palos mayores y las mesanas, mientras las entenas inclinadas dibujaban extrañas geometrías contra el cielo.

   Algunos pescadores dejaron las redes sobre la arena. Otros simplemente miraban. No porque comprendieran lo que veían, sino porque intuían que aquello era demasiado grande para imaginarlo.

   A mediodía ya nadie trabajaba cerca de la costa. Las redes quedaron abandonadas. Los corrales abiertos. Las cabras sin vigilancia. Incluso la playa pareció perder importancia. Porque por primera vez en generaciones estaba llegando algo mucho más grande que ella.

   Al principio nadie comprendió lo que estaba ocurriendo; los barcos no se limitaron a pasar frente a la costa. Tampoco buscaron mar abierto. Uno tras otro comenzaron a internarse en la bahía. las velas fueron cayendo lentamente. las anclas descendieron hacia el fondo y entonces aparecieron las primeras embarcaciones menores que bajaban desde las galeras cargadas de hombres. Pequeñas manchas oscuras que crecían a medida que se acercaban a la arena.

   Los pescadores y algún pastor curioso, observaban desde la distancia.

   Los más ancianos aseguraban no haber visto jamás nada parecido. Ni sus padres, ni los padres de sus padres. Porque aquello no parecía una flota, sino una ciudad navegando sobre el mar.

   Golpes de madera.

   Órdenes gritadas en lenguas desconocidas.

   El chirrido de los cabos tensándose.

   El golpe seco de los remos entrando en el agua y después llagaron los hombres.

   Centenares.

    Luego miles.

   Algunos vestían cotas de malla que relucían bajo el sol. Otros cargaban herramientas. Muchos parecían más acostumbrados a las cubiertas de un barco que a un campo de batalla y, entre ellos los genoveses: marineros, comerciantes y guerreros.

   Mientras sus botas hundían la arena a cada paso, pocos podías imaginar que aquella playa acabaría llevando su nombre muchos siglos después.

   Durante los días siguientes la playa dejó de parecer una playa.

   Las tiendas comenzaron a multiplicarse por la arena. Aparecieron corrales improvisados para caballos y junto a ellos, los herreros levantaron sus fraguas. Loa carpinteros reparaban remos, mástiles y cascos dañados por la travesía-

   Cada mañana nuevas embarcaciones alcanzaban la costa cargadas de provisiones, soldados y materiales. Por las noches centenares de hogueras iluminaban la bahía. Vistas desde la distancia, parecían una constelación caída sobre la tierra.

   Lo que durante siglos había sido una ensenada tranquila de pescadores se había convertido en el corazón de una expedición militar esperando ser activada.

   Sin embargo, la guerra parecía demorarse.

   Los días pasaban.

   Después semanas.

   Los barcos seguían llegando.

   Los campamentos crecían.

   Mientras tanto, Almería continuaba resistiendo al otro lado del horizonte.

   Era la calma que precede las cual los hombres piensan y algunos toman decisiones.

   Fue entonces cuando un jinete llegó al campamento.

   Cabalgó desde el norte portando una misiva cuyo contenido no ha llegado hasta nosotros, pero contenía las instrucciones urgidas en una mesa de una sala, rodeada por las personas que tomaron la decisión de cómo se tenían que hacer las cosas.

   Lo que sí sabemos es que, poco después, tras dos meses en aquellas playa, la inmensa  maquinaria que llevaba semanas reuniéndose junto a la bahía comenzó finalmente a moverse. Y con ella empezó la historia que acabaría dando nombre para siempre a aquella playa.

   La historia de la playa de los genoveses.