domingo, 9 de agosto de 2026

El hombre al que todos llamaban El Gallego.

 

Hay hombres cuyo nombre desaparece con el paso del tiempo o simplemente porque nunca han necesitado uno. No porque fueran insignificantes, sino porque han participado en algo más grande. Esta historia cuenta como la vida termina sustituyendo al hombre mucho más por encima del nombre que acabarían perdiendo.

Cuando llegué a Almería nadie pronunciaba ya en suyo. Solo bastaba con decir:

—Que venga El Gallego.

Y todos sabían de quién se estaba hablando.

Durante mucho tiempo pensé que aquel era su verdadero nombre, aunque es cierto que, nunca me preocupé por preguntarle otro. Con los años comprendí que algunos hombres dejan de permanecer a una familia para convertirse en parte de la memoria de los que lucharon a su lado.

Él era uno de ellos.

Nació muy lejos de Almería. En una pequeña aldea de la costa gallega donde el océano no entiende de promesas ni de compasión. Allí los niños aprenden antes de reconocer el color del cielo que a leer una palabra por el simple hecho de que de ese cielo dependía regresar a casa o no.

Su padre era pescador. Su abuelo también. Y el padre de su abuelo probablemente había vivido mirando el mismo horizonte infinito.

En aquella costa, el mar no formaba parte del paisaje, era una forma de vida, pero en ocasiones era también un juez. Había días en los que llenaba las redes, alimentaba a una familia entera y las despenas. Y había otros en los que devolvía una barca vacía o ni siquiera la devolvía.

Fue allí donde el muchacho cuando apenas levantaba un palmo del suelo aprendió, de la mano de su padre, la primera lección que lo acompañaría toda su vida.

—No se lucha contra el mar... Se aprende a sobrevivir en él —y terminaba diciendo —Mira siempre al mar, muchacho. Nunca el barco.

El niño no entendía nada de aquello por entonces.

Hasta que un invierno lo comprendió.

El cielo se cerró sobre ellos como una puerta de hierro. Las olas comenzaron a levantar la embarcación hasta alturas imposibles para dejarla caer un instante después contra el agua con una violencia que parecía capaz de partirla en dos.

Él quiso agarrarse al borde de la barca, pero su padre se lo impidió.

—No luches contra el mar. Aprende a moverte con él.

Aquella tarde regresaron empapados, agotados y con las redes vacías. Aunque si que volvieron con algo mucho más valioso­: el muchacho había perdido el miedo. Y no porque creyera que el mar podía vencerle, sino porque había comprendido que sobrevivir consistía en respetarlo.

Con los años, las cuerdas endurecieron sus manos. La sal agrietó su piel y el viento terminó de moldear un rostro que jamás volvería a parecer joven.

No necesitó de maestros para aprender disciplina. Su padre y el océano ya se la enseñaban cada mañana al amanecer. Porque una orden mal entendida podría hundir la embarcación o una breve distracción bastaba para no regresar a casa. Y porque allí, donde las olas decidían quién vivía y quién moría, descubrió la lección que le acompañaría durante el resto de su vida.

El valor nunca consistió en no tener miedo. Consistía en remar, aunque lo tuvieras.

Los inviernos fueron sucediéndose uno tras otro. Cada temporada dejaba menos peces y más cruces de madera frente a la iglesia de la aldea.

Una mañana, mientras remendaban las redes, su padre dejó escapar una frase que el muchacho no comprendió hasta no mucho después.

—El mar siempre da, pero nunca promete.

Aquella primavera salió a faenar por última vez junto a él. No hubo tormenta. Tampoco gritos ni una gran tragedia que contar. Simplemente, la pequeña embarcación no regresó.

Durante tres días los vecinos recorrieron la costa buscando restos entre las rocas. Solo encontraron un remo. Su madre nunca volvió a mirar el horizonte del mismo modo.

Él tampoco.

Esa noche, su madre preparó la cena como cualquier otro día. Puso pan sobre la mesa, un poco de pescado y llenó dos cuencos de caldo. No hablaron de la barca. Tampoco de su padre. No era necesario. El muchacho ya tenía sembrada en su cabeza la idea de marcharse y sabía que aquella era probablemente la única forma de traer algo de dinero a casa.

Su madre lo sabía también y por eso fue ella quien rompió el silencio.

—¿Cuándo te vas?

—Mañana —contestó levantando la mirada.

Ella asintió y continuó comiendo como si acabara de preguntarle que haría al día siguiente. Se levantó, recogió los cuencos y desapareció durante unos instantes en la habitación.

Cuando regresó llevaba entre las manos una pequeña medalla.

—Era de tu padre.

El muchacho la tomó.

—¿De dónde la sacó?

—No lo sé. Nunca me lo dijo.

La mujer se acercó y cosió la medalla en el interior de la camisa, Sus dedos temblaron una sola vez. Después continuó cosiendo como si nada hubiera ocurrido.

—No quiero que la pierdas.

—No la perderé —contestó el muchacho.

Su madre levantó la cabeza y estuvo a punto de decir algo, pero no lo hizo. Solo apoyó una mano sobre su mejilla y añadió:

—Tu padre siempre decía que el mar devuelve lo que se lleva.

El muchacho bajó los ojos.

—A mi no me lo ha devuelto.

Ella tardó unos segundos en responder.

—No.

Sin quererlo, ambos reconocieron esa noche en voz alta que, quizá su padre no volvería.

Con apenas dieciocho años supo que la pesca ya no podía sostener a la familia. Tampoco quedaba tiempo para lamentarse. Un mercader de Santiago buscaba hombres para embarcar en una nave que comerciaba con sal, vino, hierro y lana a lo largo de la costa atlántica.

No preguntaban si sabían leer. Preguntaban si soportaban al mar. Y él llevaba toda la vida respondiendo a esa pregunta.  A la mañana siguiente subió a bordo con una muda de ropa, un cuchillo, una manta de lana y la pequeña medalla del Apóstol que su madre cosió en el interior de la camisa.

—No puedo protegerte allí donde vas. Pero Él si —fue todo lo que dijo antes de verlo partir.

Cuando el barco comenzó a alejarse de la costa, el muchacho buscó a su madre entre las personas que se habían acercado al puerto. No lloraba, levantó una mano y él hizo lo mismo. Cuando la distancia empezó a borrar su rostro, se llevó la mano al pecho y tocó la pequeña medalla cosida bajo la camisa.

Comprendió algo que tardaría en olvidar: Hay hombres que se marchan de casa y casas que se marchan con ellos.

Los primeros meses casi no hablaba con nadie. Era el último en acostarse y el primero en subir a cubierta. Aprendió a coser velas rasgadas. A cambiar un timón en plena navegación. A distinguir un banco de niebla de una tormenta. A dormir con el balanceo del barco sin despertarse y, sobre todo, aprendió a observar.

Los viejos marineros gritaban, discutían y maldecían al viento. Él escuchaba. Descubrió que el mejor capitán no era el que daba órdenes. Era quien sabía cuáles no hacía falta repetir.

Con el tiempo, puerto tras puerto, invierno tras invierno, dejaría de ser el muchacho nuevo para convertirse en un marinero al que nadie necesitaba vigilar. Los veteranos comenzaron a confiar en él cuando había que realizar maniobras difíciles. No porque fuera el más fuerte o el más valiente, sino porque, incluso cuando todos perdían la calma, él seguía mirando el horizonte, como le había enseñado su padre.

El miedo es contagioso…, pero la calma también.

Fue durante una travesía hacia la costa de Aquitania cuando el mar decidió poner a prueba a toda la tripulación. El amanecer había sido limpio. El viento soplaba constante. Las velas estaban bien cazadas y el capitán calculaba llegar a puerto antes del anochecer.

A media mañana el horizonte desapareció. No tras una montaña. Tras una pared de nubes negras.

—No me gusta ese cielo —dijo uno de los marineros.

—A mi tampoco —respondió el capitán sin dejar de mirar al frente.

Pero ya era tarde.

La tormenta llegó con la violencia de un ejército. El viento arrancó una vela como si fuera un trozo de tela vieja. El palo mayor crujió. Las olas empezaron a golpear la cubierta con tanta fuerza que varios hombres fueron derribados.

Las órdenes dejaron de escucharse. Solo existía el ruido del océano.

Un golpe de mar lanzó al capitán contra la borda. Cuando consiguieron levantarlo apenas podía mantenerse en pie. Tenía la pierna destrozada. El timonel intentó gobernar la nave, pero otra ola lo arrojó al agua. Desapareció sin un solo grito.

Entonces cuando nadie daba órdenes y nadie sabía quién debía de darlas, ocurrió algo extraño. El barco quedó a merced del mar durante unos instantes y, a veces, esos segundos bastan para morir. El joven marinero avanzó hasta el timón sin pedir permiso. Simplemente apoyó ambas manos sobre la madera empapada y recordó las palabras de su padre:

“Mira siempre el mar… nunca el barco”

No intentó luchar contra las olas. Buscó su ritmo. Esperó el momento justo y giró el timón cuando cualquiera habría luchado contra él. La embarcación dejó de enfrentarse al océano y contra pronóstico, comenzó a navegar con él.

El resto de hombres lo observaban sin comprender. Durante horas nadie habló. Solo obedecían cada gesto de aquel muchacho que parecía conocer el pensamiento del mar. Luego entendieron que no estaba salvando el barco. Estaba salvándolo de ellos.

Al caer la noche divisaron una pequeña ensenada protegida por los acantilados. Entraron casi sin gobierno porque la nave estaba destrozada, pero seguía flotando. Y todos seguían vivos.

Cuando el primer rayo de luz apareció entre las nubes, nadie celebró la llegada del día. Estaban demasiado cansados. Algunos ya dormían sobre la cubierta y otros permanecían sentados contra el mástil, abrazados a sí mismo, incapaces de creer que seguían vivos.

El viejo contramaestre se acercó despacio. Observó al muchacho, todavía con las manos aferradas al timón.

—Deberías dormir.

Él no respondió.

—Has salvado al barco.

—No —esta vez si respondió—. El barco todavía está aquí.

El marinero frunció el ceño.

—Muchacho… ¿Cómo demonios te llamas?

Él abrió la boca para responder mientras se llevaba la mano por debajo de la camisa empapada en busca de la medalla que su madre le había cosido, cuando otro marinero habló antes.

—¿Para qué quiere saberlo? Hoy nos ha salvado… el gallego.

Hubo un instante de silencio. Después comenzaron alguas risas. Por primera vez en varios años, el miedo desapareció de la cubierta y desde aquel día nadie volvió a llamarlo por su nombre.

Los años siguieron pasando.

El muchacho que un día embarcó con una manta al hombro, terminó convirtiéndose en uno de los hombres de mayor confianza de la tripulación. Sin saberlo transformó aquel mercante en algo mucho más que un barco. En una escuela.

El gallego era el hombre al que acudían los demás cuando el capitán dudaba. No necesitaba levantar la voz. Bastaba una mirada para que cada marinero supiera cuál era su sitio. Los puertos cambiaban. Las caras también. Pero él seguía siendo el mismo; el que nunca abandonaba la cubierta mientras los demás descansaban y si dormía poco, hablaba menos.

Cuando el viejo capitán decidió retirarse, los armadores reunieron a toda la tripulación. No hubo votación, ni discurso, pero uno tras otro, todos señalaron al mismo hombre. Y a partir de ese día fue quien gobernó la nave.

Durante los siguientes años ninguna embarcación bajo su mando se perdió en el mar. Aquella fama comenzó a viajar de puerto a puerto. Incluso los comerciantes hablaban de un capitán capaz de mantener la calma donde otros encontraban el caos.

Tras una larga temporada de navegación llevó la nave de regreso a Santiago.

En las tabernas se hablaba de una frontera que avanzaba hacia el sur, de fortalezas conquistadas y de un emperador que necesitaba hombres capaces de soportar el cansancio, el hambre y el miedo.

Un viejo capitán, que había servido tiempo atrás en las campañas de Castilla, fue quien cambió su destino.

—El mar te ha enseñado todo lo que podía enseñarte —le dijo mientras compartían un jarro de vino—. Ahora hay otros hombres que necesitan a alguien que no pierda la calma cuando todo se derrumba.

Fue entonces cuando un emisario del emperador Alfonso VII llegó hasta el puerto. Buscaba hombres acostumbrados a mandar. No nobles ni caballeros, sino hombres.

El viejo capitán señaló al gallego.

—Si buscáis un hombre que sepa llevar a otros hasta casa… no encontraréis a otro mejor.

El emisario lo observó en silencio.

—¿Aceptarías cambiar el mar por los caminos?

El gallego miró por última vez el océano y sonrió para adentro.

—Los hombres no son tan distintos de las olas, Si aprendes a escucharlos… también saben mostrarte el rumbo.

Semanas después, abandonó definitivamente el barco. No llevaba más riquezas que las cicatrices de sus manos. Pero el emperador acababa de ganar mucho más que un capitán. Acababa de encontrar al hombre que terminaría mandando a las tropas gallegas durante la campaña de Almería.

Alfonso VII sabía que conquistar Almería exigía algo más que un ejército. Exigía dominar el mar, leer una costa antes que un mapa y saber organizar un desembarco. Las galeras genovesas serían el corazón de aquella expedición. Nadie en Occidente conocía mejor el Mediterráneo. Pero la prudencia del emperador no podía dejar que el destino de toda una campaña recayera en manos de quienes, antes que guerreros, eran comerciantes.

Y precisamente por eso necesitaba hombres propios. Marinos capaces de comprender el leguaje del viento, de las corrientes y de los puertos. Hombres que, si las circunstancias cambiaban, supieran mantener el control sin depender de nadie.

La presencia del emisario en el puerto de Santiago no fue una casualidad.

Durante las semanas previas a su marcha, el gallego descubrió que la tierra también tenía mareas, solo que aquí estaban formadas por soldados. Aprendió a mover columnas igual que antes movía velas. A mantener la distancia entre compañías como quien mantiene la separación entre embarcaciones durante un temporal. Y comprendió algo que nunca había imaginado: El miedo sonaba exactamente igual en tierra que en el mar.

Ese poco tiempo de instrucción bastó para que los soldados gallegos lo siguieran con la misma confianza con la que antes lo habían hecho los marineros. No porque gritara más ni porque castigara con dureza, la clave estaba en no pedirles avanzar hacia un lugar donde él no estuviera dispuesto a entrar el primero.

Por ello, cuando la gran expedición hacia Almería empezó a reunirse, nadie discutía ya quién debía de ponerse al frente del contingente gallego.

Había dejado atrás el Atlántico, pero el océano nunca lo abandonó a él. Cada decisión seguía tomándola como le había enseñado su padre, muchos años atrás.

“Mira siempre el mar, muchacho. Nunca el barco.”

Y quizá por eso, cuando contempló por primera vez el inmenso campamento levantado frente a Almería, no vio miles de tiendas, catapultas ni estandartes. Vio una enorme embarcación a punto de enfrentarse a la mayor tormenta de su historia.

Respiró hondo. Se ajustó el tahalí de la espada y echó a andar hacia la estancia del emperador.

Allí, sin saberlo, estaba a punto de conocer al hombre que cambiaría el resto de su vida. Un hombre al que todos llamaban Paquillo.

 

 

lunes, 3 de agosto de 2026

Los cosarios que aterrorizaron Almería en el siglo XII

 El mar estaba en calma. Demasiado para una ciudad recién conquistada.

Paquillo Mañas apoyó los antebrazos sobre el parapeto de la muralla y dejó que la mirada recorriera lentamente la bahía. Hacía apenas unos meses aquel mismo horizonte había aparecido cubierto por centenares de velas cristianas. Ahora solo algunas galeras de aquel ejercito esperan el regreso de algunos pesqueros tras una noche de faenar y la llegada de algún mercante que buscara refugio antes de la caída del sol.

Nada hacía presagiar peligro alguno.

Precisamente por eso, Paquillo desconfiaba. Desde la conquista, había aprendido que el enemigo rara vez anunciaba su llegada con tambores.

El vigía rompió el silencio.

—¡Velas al sur!

No gritó. No hacía falta. Bastó el tono de voz suficiente para que los hombres abandonaran herramientas, conversaciones y mercancías. Los albañiles dejaron las piedras sobre el andamio de la muralla. Los estibadores soltaron los fardos, incluso los porteadores volvieron la cabeza hacia el mar al mismo tiempo.

Paquillo ya corría.

Subió los últimos escalones de la torre de vigilancia de dos en dos.

Allí estaban.

Tres embarcaciones pequeñas y demasiado ligeras para ser mercantes. No llevaban estandartes. Porque este tipo de naves nunca los llevan.

—¿Otra vez…? —murmuró unos de los soldados.

Paquillo no respondió. No era la primera incursión pirata y todos sabían que tampoco sería la última.

Normalmente las primeras voces de un día cualquiera comenzaban mucho antes del amanecer y no eran la de los soldados. Eran las de los mercaderes. Porque en el barrio de al-Hawd, los escribanos ya habían desplegado sus mesas junto a los almacenes. Uno anotaba la llegada de un cargamento de aceite procedente de Cartagena y otro discutía con un comerciante genovés el importe de los derechos portuarios establecidos por el nuevo gobernador. Más allá, a pie de puerto, varios estibadores descargaban sacos de trigo mientras un grupo de carpinteros calafateaba el casco de una galera dañada por la travesía.

Almería volvía a parecer una ciudad próspera… Al menos durante las próximas horas.

Paquillo hubiera observado aquel movimiento cotidiano apoyado sobre la empuñadura de su espada. Ya no era el soldado que había luchado entre los hombres del emperador. Ahora mandaba una compañía encargada de proteger la ciudad. No era un destino glorioso. Era mucho más importante de lo que parecía y sabía que, si el puerto caía en el caos, toda la ciudad lo haría detrás.

Fue entonces, cuando seguía la dirección del dedo del vigía que apuntaba hacia las embarcaciones sin estandarte, cunado sintió que un nudo en el estómago se apoderó de él mientras comprendía que los cosarios habían vuelto.

El segundo grito llegó desde el espigón.

—¡Velas!

Durante un instante nadie se movió. El grito atravesó el puerto como una flecha.

Los comerciantes dejaron de regatear. Los escribanos cerraron apresuradamente los libros de cuentas. Un mercader señaló el horizonte mientras discutía con un funcionario del puerto sobre el pago de unos derechos.

El gobernador Otton de Bonvillano interrumpió la conversación.

—¿Qué ocurre?

—Tres… no… cuatro embarcaciones.

Otton dio un paso hacia el muelle.

—¡Tocad a rebato!

Nadie se movió.

—¡¿Dónde está el capitán?! —miró a un soldado.

—¡Buscad a ese hombre!

Sin embargo, Paquillo no buscaba al gobernador. Llevaba varios minutos preparando ya la defensa. Los albañiles siguieron levantando la muralla como si nada ocurriera. Los pescadores continuaron remendando redes y los estibadores descargaban sacos de trigo con la misma naturalidad. Solo los soldados cambiaban discretamente de posición.

Dos junto al espigón. Cuatro entre los almacenes. Seis ocultos tras los carros del muelle y los arqueros desaparecieron de la vista para ocupar las troneras.

—¿Y las campanas? —preguntó un oficial.

Paquillo negó con la cabeza.

—Ni una.

—Pero capitán…

—Si el puerto entra en pánico, habremos perdido antes de empezar.

Las embarcaciones no redujeron la velocidad hasta encontrarse a menos de doscientos pasos del espigón. Entonces los remos cayeron casi al mismo tiempo. Durante unos segundos solo se oyó el rumor de las olas golpeando los cascos.

El hombre que ocupaba la proa sonrió. No escuchó campanas. No veía soldados corriendo de un lado para otro y no había ni una sola puerta cerrada.

—Llegamos antes de que pudieran reaccionar —dijo unos de los cosarios.

El jefe asintió.

—Llevémonos lo que podamos y partiremos con la misma rapidez.

Cuando las quillas rozaron la arena, los primeros hombres saltaron al agua con las espadas aún envainadas. No esperaban resistencia. Creían haber llegado a un puerto indefenso.

Avanzaron unos pasos y entonces ocurrió: el escribano dejó el pergamino y agarró una ballesta ya armada bajo la mesa. Los albañiles soltaron las paletas y empuñaron unas lanzas ocultas entre los andamios. El carro de madera se cruzó en mitad del muelle, cerrando el paso hacia los almacenes. Y desde las troneras de la muralla surgieron los primeros arqueros.

—¡Ahora! —gritó Paquillo.

La primera lluvia de flechas no pretendía matar. Cayó sobre la propia playa antes de que los cosarios comprendieran que todo había sido una trampa.

Dos cosarios cayeron sobre la arena. Los demás levantaron los escudos casi por instinto y aquella vacilación bastó.

—¡Lanceros! ¡Adelante!

Los soldados salieron de entre los almacenes formando una línea cerrada. No corrieron. Avanzaron despacio escudo contra escudo con la lanza hacia adelante como una única pared de hierro.

Los cosarios dudaron. Aquello no era el caos que esperaban encontrar. Intentaron abrirse paso hacia las mercancías junto al muelle, pero el carro atravesado les cerraba el camino. A su espalda seguían cayendo flechas desde la muralla.

Paquillo no levantó la espada. Levantó la mano.

—¡No los persigáis!

Un soldado, llevado por su ímpetu, dio dos pasos hacia la playa.

—¡He dicho que no!

El hombre se detuvo.

Los cosarios comenzaron a retroceder hacia las barcas.

Uno de los soldados más jóvenes sonrió.

—¡Huyen!

Paquillo negó lentamente.

—No… se retiran para volver mañana.

Aquellas palabras apagaron cualquier intento de celebración. En cambio, bajaron las armas, pero sin que nadie abandonara su puesto.

Los cosarios empujaron las embarcaciones hasta ganar profundidad. Antes de subir, el que parecía su jefe volvió la vista hacia el puerto.

No había conseguido nada. Solo había descubierto algo que no esperaba. A una ciudad que ya no era la misma desde que había sido conquistada por Alfonso VII.

Ahora tenía hombres capaces de defenderla.

Cuando la última embarcación desapareció tras el espigón, el gobernador apareció por fin en el puerto, acompañado por varios hombres de su guardia personal. Miró la playa, las flechas clavadas en la arena y los dos cuerpos que el mar empezaba a mecer. Después buscó con la mirada al capitán.

Paquillo seguía dando órdenes. Mandó recoger las flechas aprovechables. Reforzar la guardia en el muelle. Continuar con las obras de la muralla y abrir de nuevo los almacenes.

El gobernador se acercó lentamente.

—¿Ha acabado?

Paquillo miró un instante la bahía.

—No, mi señor. Solo ha empezado.

Aquella misma noche parecía que el puerto permanecía dormido. La luna apenas iluminaba la ciudad. Las últimas hogueras ardían sobre la muralla, demasiado lejos unas de las otras para romper la oscuridad que envolvía la bahía. Desde el adarve, el mar parecía una inmensa mancha negra donde el cielo y el agua se confundían.

Todo permanecía en silencio.

Paquillo llevaba más de una hora caminando lentamente por la muralla. No buscaba barcos, buscaba hombres. Sabía que los cosarios habían aprendido la lección de la mañana y no volverían a intentar tomar el puerto a plena luz del día.

Vendrían cuando nadie pudiera verlos.

Se detuvo junto a una pequeña poterna que descendía hasta las rocas. Era un lugar discreto. Apenas utilizado. El tipo de acceso que un marino experimentado descubriría con solo observar la costa durante unas horas.

Apagó la antorcha.

—Esperad.

Los soldados obedecieron sin hacer preguntas.

El viento traía olor a sal y a algo más.

Paquillo cerró los ojos. El agua se movía contra la piedra muy despacio, como si alguien intentara no hacer ruido. Entonces apareció una mano. Después otra. Los dedos buscaron apoyo entre las juntas de las piedras.

Un rostro cubierto de agua emergió lentamente. Tras él apareció un segundo hombre. Y luego un tercero.

Ninguno llevaba armadura. Solo cuchillos curvos, una pequeña hacha colgada del cinturón y una espada corta envuelta en cuero para que el agua salada no la delatara con reflejos.

El primero apoyó una rodilla sobre el adarve. Nunca volvió a levantarse.

—Ahora.

La oscuridad estalló. No hubo gritos. Solo acero. El golpe de un hacha partió un escudo de madera. Una daga apareció tan deprisa que un soldado casi no tuvo tiempo de apartar el cuello. El filo le abrió el pescuezo y la sangre cayó caliente sobre la piedra.

El espacio era pequeño y estrecho para grandes movimientos. Ni siquiera las espadas podían describir un arco. Aunque el verdadero combate era la lucha por respirar.

Un corsario embistió a Paquillo con el hombro. Los dos chocaron contra el muro. El olor a agua salada se mezcló con el del hierro recién derramado. El hombre intentó sacar la daga, pero Paquillo le sujetó la muñeca con ambas manos. Sintió la fuerza desesperada de quien sabe que solo tiene una oportunidad.

La daga cayó entre los dos. Rodó sobre la piedra a la vez que el cosario lanzó un cabezazo. Paquillo respondió con el pomo de la espada. El crujido fue seco, sin épica ni gloria, solo un acto de supervivencia. El hacha apareció otra vez. En esta ocasión demasiado cerca para detenerla con la espada. Retrocedió un paso y el filo golpeó la piedra arrancando una lluvia de chispas.

Paquillo aprovechó el desequilibrio para empujarlo. No hizo falta más. El cosario desapareció en la oscuridad y un instante después llegó el sonido del cuerpo golpeando contra las rocas.

Luego… El mar volvió a tragárselo.

Un momento después solo se escuchaba las respiraciones agitadas y el rumor constante de las olas. Paquillo supo que aquella noche había vencido. Limpió lentamente la hoja de la espada. Miró el agua y en su cabeza se quedó la idea de que el mar siempre devolvía a los suyos y que, tarde o temprano… los cosarios regresarían.

A bordo de la embarcación cosaria, el oficial golpeó la borda con el puño.

—¡Volvamos!¡Solo son unos pocos!

El jefe permanecía de pie observando lo sucedido. Las primeras luces del amanecer comenzaban a dibujar la silueta de Almería. Durante un rato no respondió. Después habló casi en un susurro.

—No.

—Han matado a ocho de los nuestros… Y matarían a ocho más.

—¡Podemos tomar ese puerto! — volvió a decir el oficial.

El jefe negó lentamente.

—No.

Podríamos saquearlo, pero tomarlo… es otra guerra. Anoche no luchamos contra unos soldados. Luchamos contra un capitán que sabía cómo hacer su trabajo.

El oficial calló.

—Izad la bandera-blanca —añadió el jefe.

El oficial lo miró desconcertado.

—¿Vamos a rendirnos?

—No —respondió el jefe —. Vamos a recoger a nuestros muertos.

La marea había descendido varios pasos desde la noche anterior. Entre las rocas permanecían inmóviles los cuerpos de los que no regresaron a sus embarcaciones.

Sobre la muralla nadie hablaba. Los soldados observaban el mar con las armas todavía en la mano.

Fue entonces cuando una pequeña barca se separó de la nave cosaria. Solo llevaba tres hombres; uno remaba, otro sostenía un palo del que colgaba un trapo blanco y un tercero se distinguía de pie en la proa.

—¿Será una trampa? —preguntó un soldado sin apartar la vista del agua.

—Puede —respondió Paquillo —. Pero si vienen con una bandera blanca… bajaremos solo los necesarios.

En ese instante apareció Otton, todavía con la capa sobre los hombros. Había acudido deprisa, alertado por la llegada de la embarcación.

—No pienso abrir las puertas de mi ciudad.

Paquillo lo miró sin desafío y le contestó con calma.

—Si hoy les negamos que puedan honrar a sus muertos… mañana puede que no nos permitan recoger a los nuestros.

Otton guardó silencio. Miró al mar. Luego miró los cuerpos y después asintió con un leve movimiento de cabeza.

La pequeña puerta del puerto se abrió solo lo suficiente para dejar pasar solo a tres hombres. Los cosarios desembarcaron despacio. Sin espadas desenvainadas y sin decir una sola palabra. Cada uno caminó directamente hacia los caídos. Los levantaban con el mismo cuidado con el que un padre sostiene a un hijo dormido.

Uno de ellos cerró los ojos de un compañero antes de envolverlo en su capa. Otro recuperó una daga que todavía se encontraba clavada en la arena.

Cuando terminaron, el jefe corsario se acercó hasta donde esperaba Paquillo. Los dos hombres permanecieron frente a frente durante unos instantes. Ninguno necesitó llevar la mano a la espada. El combate había terminado horas antes.

El cosario habló primero.

—Has defendido bien tu puerto.

Paquillo sostuvo la mirada.

—Vos habéis luchado con valor.

El hombre inclinó apenas la cabeza. No como una reverencia, sino con el reconocimiento que solo un guerrero concede a otro y después dio media vuelta.

Los tres empujaron la barca hacia el agua y comenzaron a remar sin volver la vista atrás.

Desde la muralla, un joven soldado observó cómo las siluetas se alejaban hacia las naves ancladas frente a la bahía.

—¿Volverán? —preguntó en voz baja.

Paquillo no contestó de inmediato. Contempló el horizonte, donde el sol empezaba a teñir al Mediterráneo de un rojo apagado.

—Mientras el mar siga trayéndoles riqueza… —… siempre volverán.

Y durante unos instantes nadie dijo nada más. Porque todos entendieron que la batalla de aquella noche había terminado, pero la guerra por conservar Almería acababa de empezar.