¿Qué es lo primero que pierde una ciudad cuando es
conquistada?
Las ciudades no siempre desaparecen cuando caen sus
murallas. A veces comienzan a desaparecer cuando otros se llevan lo que las
hacían únicas.
Podríamos pensar en sus murallas, en sus gobernantes y quizá
en las gestas de sus soldados.
Sin embargo, la Historia demuestra que una ciudad empieza a
cambiar mucho antes de que sus edificios dejen de estar. Comienzan perdiendo aquello
que guarda su memoria.
Sus tesoros.
Porque una conquista no terminaba cuando cesaban los
combates. Para los vencedores, ese era precisamente el momento en el que daba comienzo
otra operación, menos violenta, pero igual de trascendental: el reparto del botín.
No era un acto de codicia improvisada. Era parte de la
guerra.
Los reyes que habían reunido sus ejércitos, las repúblicas
marítimas que habían aportado sus flotas, las órdenes militares que habían
combatido en primera línea y la iglesia que había bendecido aquella empresa
sabían, incluso antes de iniciar la campaña, cuál sería la recompensa por el
esfuerzo realizado.
Todo estaba pactado.
Almería era una ciudad extraordinariamente rica.
Durante siglos había prosperado gracias al comercio con el
Mediterráneo, a sus talleres de seda, a sus arsenales y a un puerto que
conectaba al al-Ándalus con el norte de África, Oriente y las principales
ciudades italianas. Esa prosperidad no solo llenó sus mercados, también
contribuyó a acumular riquezas en sus edificios, en la Alcazaba, en la Mezquita
Mayor, en sus almacenes y en las casas más destacadas habitadas por sus
gobernantes.
Cuando la ciudad cayó un 17 de octubre de 1147, comenzó una
empresa tan meticulosa como el propio asedio.
Había llegado el momento de repartir una ciudad.
Entre los innumerables objetos que abandonaron Almería, hubo
uno cuyo valor no podía medirse por el oro ni por las piedras preciosas que
pudiera contener. Se trataba de un sencillo recipiente de piedra verde.
La primera Crónica General lo describe como “un vaso de
piedra esmeralda del tamaño de una escudilla”. Según esta crónica, Alfonso
VII lo entregó a los genoveses como parte de la recompensa por la decisiva
ayuda prestada durante el asedio.
A partir de ese
momento, la historia del objeto comenzó a recorrer un camino tan fascinante
como controvertido.
Una vez en Génova, aquel recipiente fue identificado con el
Sacro Catino, una reliquia que la tradición genovesa relacionaba con la toma de
Cesarea durante la primera cruzada. Con el paso de los siglos, la leyenda
creció hasta convertirlo en el plato utilizado por Jesucristo durante la Última
Cena y, para muchos, en una de las reliquias asociadas al Santo Grial.
Las fuentes medievales, en cambio, no coinciden sobre su
procedencia.
Mientras la tradición de Génova sitúa su origen en Tierra
Santa, las crónicas castellanas recuerdan que, tras la conquista de Almería, un
extraordinario vaso de esmeralda pasó a manos de los genoveses como parte del
reparto del botín.
Quizá nunca sepamos si ambos relatos hablan exactamente del
mismo objeto, pero resulta difícil no detenerse un instante a pensar que una de
las reliquias más célebres conservadas hoy en la Catedral de Génova aparece vinculada,
al menos por una parte de las fuentes medievales, con la conquista de Almería.
A veces, los tesoros no solo cambian de dueño… También
cambian la historia.
Y no todos los tesoros podían guardarse en un cofre. Algunos
estaban a la vista de todos.
Durante siglos, las puertas de Almería habían sido mucho más
que simples accesos a la ciudad. Eran el símbolo de una comunidad que había
prosperado al abrigo de sus murallas. Cada viajero que llegaba por tierra o por
mar, cruzaba alguno de esos umbrales antes de adentrarse en una de las ciudades
con mayor comercio del Mediterráneo Occidental.
Abrirlas significaba comerciar.
Cerrarlas era proteger la ciudad.
Pero, tras la conquista de 1147, aquellas puertas dejaron de
pertenecer a Almería.
Las fuentes medievales y la tradición histórica señalan que
algunas de ellas fueron entregadas también como parte del botín. Entre los
beneficiarios aparece Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona y no de los
grandes protagonistas de la campaña.
Puede parecer una recompensa extraña.
¿Por qué llevarse una puerta cuando existían monedas, joyas
o tejidos de un valor mucho mayor?
Porque una puerta no era solo madera reforzada con hierro.
Era un trofeo.
Aquellas enormes hojas de madera, reforzadas con cuero y
tachonadas con clavos de bronce, habían resistido durante siglos el ir y venir
de mercaderes, peregrinos y soldados. Tras la conquista emprendieron un viaje
muy distinto: el del vencedor que desea mostrar a todos el recuerdo tangible de
su victoria.
Representaba el momento exacto en que una ciudad deja de
poder defenderse. Arrancarla de sus goznes era demostrar que aquel lugar tenía
un nuevo dueño.
Mientras el oro podía fundirse y las telas terminar
desgastándose con el tiempo, una puerta conservaba para siempre el recuerdo de
una victoria.
Era Historia convertida en objeto.
Quizá por eso, en la Edad Media, algunos de los trofeos más
valiosos no eran los más caros. Eran los más simbólicos.
Sin embargo, el verdadero tesoro de Almería no se encontraba
junto a sus murallas. Se alzaba sobre la colina que dominaba la bahía.
La Alcazaba.
Desde allí se gobernaba la ciudad, se administraban sus
recursos y se protegía aquel puerto del Mediterráneo tan codiciado.
Sus dependencias albergaban riquezas acumuladas durante
generaciones. Objetos de lujo, armas, tejidos, documentos, metales preciosos…
El fruto de una ciudad que supo convertir el comercio en la base principal de
su prosperidad.
Tras la conquista, todos esos bienes también entraron en el
reparto previamente acordado.
Cada aliado recibió la parte que le correspondía. Y cada uno
emprendió el camino de regreso con una pequeña parte de Almería.
Unas riquezas navegaron hacia Génova y hacia Pisa.
Otras atravesaron caminos que conducían a Castilla junto con
el Emperador. El rey García Ramirez
llegó a Pamplona con sus huestes y mucho dinero en sus arcones. Algunas incluso
viajaron más lejos de la mano de Guillermo VI de Montpellier.
Además, hubo que compensar a quienes habían combatido bajo
la cruz, como las órdenes militares del Temple, que tuvieron un papel esencial
en la defensa de la nueva frontera y de la Iglesia, encargada entonces de
reorganizar la vida religiosa de la ciudad.
La conquista de Almería, en definitiva, fue una victoria de
muchos propietarios cuya magnitud de la alianza forjada, exigía además de una
recompensa, un compromiso.
Los genoveses consolidaron privilegios comerciales que
reforzarían su presencia en el Mediterráneo Occidental.
Los distintos reinos participantes obtuvieron riquezas,
prestigio y el reconocimiento de haber contribuido a una de las mayores
victorias cristianas del siglo XII.
La Iglesia recuperó el culto cristiano en una ciudad que
había permanecido durante siglos bajo dominio musulmán. Comenzó entonces la
reorganización religiosa de Almería, la recuperación de templos, entre ellos la
Mezquita Mayor rebautizada como la Iglesia de San Juan y la creación de nuevas instituciones
eclesiásticas al mando de Domingo, monje benedictino consagrado en obispo directamente
por el emperador Alfonso VII.
Las órdenes miliares, entre ellas la del Temple, continuaron
su misión mucho después de la campaña. La defensa de las fortalezas, la
vigilancia de caminos y la protección de una frontera todavía invisible formaban
parte de la nueva realidad nacida tras la conquista.
Cada uno obtuvo algo distinto porque cada uno había aportado
algo diferente. Y, es por ello que, la victoria no solo se celebrada.
También se repartía.
En cambio, hubo un hombre cuya recompensa era distinta.
Mientras las galeras abandonaban el puerto cargadas de
mercancías y los carros emprendían el camino de regreso hacia los distintos
reinos, Alfonso VII permanecía en Almería.
El emperador también recibió parte del botín. Era lo pactado
y era el derecho por la conquista. Pero su verdadera recompensa no podía
envolverse en un paño ni transportarse sobre una carreta.
Era la propia ciudad.
Almería no era una plaza cualquiera. Su puerto abría las
puertas de Mediterráneo. Su Alcazaba era símbolo de dominio. Sus murallas la protegían
y controlaban la bahía.
Quien gobernara Almería no solo controlaba una ciudad.
Controlaba una ruta marítima, un puerto estratégico capaz de generar riqueza
durante generaciones y un símbolo de poder cuya conquista había resonado por
toda Europa.
Esa fue la mayor ambición del emperador. No la de conquistar
Almería sino la de conservarla. Y ese era el tesoro más difícil de guardar.
Conservar una ciudad recién conquistada era una tarea mucho
más compleja que tomar sus murallas. Las tropas vencedoras no podían permanecer
indefinidamente. Los aliados regresarían a sus hogares. Las galeras volverían a
surcar el mar. Y Almería seguiría allí. Rodeada por un territorio que
continuaba siendo musulmán y expuesta a nuevos ataques.
La conquista había terminado, pero la verdadera prueba
acababa de comenzar. Porque las victorias militares pueden decidirse en unas
semanas. Gobernar una ciudad conquistada exige años de esfuerzo, inteligencia y
determinación.
Alfonso VII lo sabía.
Por eso, antes de abandonar Almería necesitaba encontrar a
alguien capaz de custodiar el mayor tesoro que había obtenido en toda la
campaña.
No buscaba al caballero más famoso.
Ni al más rico.
Necesitaba un hombre capaz de resistir donde otros ya habían
partido.
Ese hombre se llamaba…
Otton de Bonvillano.