Hay guerras que comienzan con el estruendo de las armas.
La conquista de Almería comenzó mucho antes.
Empezó el día en que miles de hombres llegaron ante una
ciudad y comprendieron que las murallas no eran el primer obstáculo que debían
vencer. Antes había otro enemigo más peligroso.
El desorden.
Un ejército no podía improvisar un asedio frente a una de
las ciudades más importantes de al-Ándalus. Cada decisión debía responder a un
plan cuidadosamente estudiado. Elegir el terreno, asegurar el abastecimiento,
coordinar contingentes procedentes de distintos reinos, levantar máquinas de
asedio y mantener alimentados a miles de hombres era, por sí solo, un desafío
de enormes proporciones.
La guerra comenzaba mucho antes del primer combate.
Comenzaba sobre un plano imaginario.
Los cronistas nos hablan de reyes, condes y grandes victorias.
Sin embargo, pocas veces se detienen en la inmensa organización que hizo
posible aquella empresa. Porque antes de conquistar una ciudad hubo que
construir otra frente a ella.
No fue una ciudad de piedra. Fue una ciudad de lona, madera
y disciplina.
Mientras el grueso del ejército levantaba su inmenso campamento
en la fértil vega que rodeaba Almería al este, una segunda posición ocupaba las
altura e inmediaciones del cerro Laham, el actual Cerro de San Cristóbal.
Desde allí la ciudad quedaba expuesta; las murallas, la
medina y la Alcazaba.
Cada movimiento de los defensores podía ser observado desde
una posición privilegiada. No era lugar donde descansaban miles de hombres,
simplemente era la primera línea del asedio.
Allí trabajaban los artilleros, los ingenieros y los
primeros hombres encargados de montar y servir las grandes máquinas capaces de
golpear las defensas de la ciudad. Porque aquel campamento tenía una misión muy
concreta. Castigar las murallas y recordarles a los defensores que el asedio
había llegado para quedarse, porque cada pieza de madera, cada cuerda tensada y
cada piedra perfectamente labrada, respondían a un cálculo previo.
El otro campamento debía hacer posible que este emplazamiento
pudiera seguir interviniendo día tras día. Porque entre la primera línea y la
retaguardia existía un movimiento constante que rara vez aparece escrito.
Cada amanecer todo avanzaba hacia el frente. Al salir el sol
comenzaba un incesante ir y venir de hombres y animales: recuas de mulas partían
cargadas con agua. Carros transportando madera llegada por mar gracias a la flota
genovesa. Troncos, tablones y vigas destinados a los carpinteros que levantaban
bastidas y reforzaban las empalizadas. Piedras para alimentar los fundíbulos
que golpeaban los lienzos de muralla. Cuerdas, herramientas y hierro para
reparar las máquinas del asedio. Y también, alimentos destinados a miles de
soldados.
Los herreros apenas conocían el descanso. Reparaban cotas de
malla, enderezaban lanzas, sustituían remaches y devolvían el filo a las
espadas desgastadas por los enfrentamientos o las primeras escaramuzas.
Muy cerca de ellos trabajaban los zapadores. Mientras unos
hombres golpeaban las murallas desde el exterior, otros estudiaban el terreno
buscando el lugar donde abrir una zapa que debilitara los cimientos. Porque
cada oficio tenía su lugar, cada tarea su momento y cada hombre su responsabilidad.
Al caer la tarde, el camino se recorría en sentido contrario.
Herramientas rotas, animales agotados, heridos que necesitaban atención o
mensajeros con nuevas órdenes.
El asedio no solo se mantenía gracias al valor de las huestes
que combatían frente a las murallas. Se sostenía porque detrás de ellos existía
una organización capaz de hacer que nada esencial dejara de llegar cuando era
necesario.
Un ejército de esa magnitud no podía permitirse el lujo de
improvisar. Es por ello que, cualquier mínimo error logístico podía poner en
peligro semanas enteras de preparación. Y a pesar de aquello, la historia hablará
de un emperador, de nobles y grandes victorias, sin recordar a quienes hicieron
posible que todo aquello funcionara, porque incluso hoy, varios siglos después,
las grandes gestas siempre tienen protagonistas visibles mientras que los
grandes organizadores siempre permanecen en silencio.
Aquel campamento no nació por casualidad. Nació por una
discusión.
Porque un gran número de hombres de distintos reinos debían
de convivir durante semanas, meses o años y cada decisión tenía sus
consecuencias.
Construir aquella ciudad de lona exigía algo más que fuerza.
Exigía además experiencia.
No todos los hombres que rodeaban la mesa donde se dibujaba
el campamento habían combatido en los mismos lugares. Algunos conocían las
fortalezas del norte, entre ellos gallegos y navarros. Otros habían aprendido a
organizar largos desplazamientos por la meseta. Los hombres llegados junto a
Ramón Berenguer IV aportaban experiencia en campañas mediterráneas, mientras
los genoveses comprendían mejor que nadie las necesidades de un ejército
abastecido desde el mar.
Nadie discutía por imponer su criterio. Discutían porque
cada decisión podía costar vidas.
¿Debían situarse las cocinas junto al agua para facilitar el
trabajo diario o alejarlas del campamento principal para reducir el riesgo de
incendios?
¿Dónde proteger los caballos destinados a una carga
inmediata sin dificultar su salida?
¿En qué lugar almacenar las armas de reserva para que
permanecieran seguras y, al mismo tiempo, pudieran repartirse con rapidez si
una salida inesperada obligaba a reorganizar las líneas?
Ni siquiera los animales ocupaban un espacio elegido al
azar. Proporcionaban alimento, transporte y fuerza de tiro, pero también
poseían una cualidad que cualquier veterano conocía bien. Percibían el peligro
antes que los hombres. Una noche silenciosa podía romperse por el nerviosismo
de las mulas mucho antes de que un centinela alcanzara a distinguir movimiento
alguno entre la oscuridad.
Tampoco faltaba una pregunta que ningún comandante deseaba
formular en voz alta.
¿Y si el asedio fracasaba?
Todo campamento bien diseñado debía prever una retirada
ordenada. No por cobardía, sino por inteligencia. Porque un ejército derrotado
podía volver a luchar. Uno atrapado por su propio campamento dejaba de existir.
Responder a todas aquellas preguntas no era tarea de un solo
hombre. En torno a los planos del campamento cada uno veía problemas que los
demás no advertían y precisamente por eso aquellas diferencias se convertían en
una fortaleza. La mejor solución casi nunca nacía de una única idea. Nacía de
muchas experiencias puestas al servicio de un mismo objetivo.
Junto al cerro y, antes de que el sol se despertara, el
campamento de primera línea permanecía atento a cualquier movimiento sobre el
adarve de la muralla. Los primeros en romper el silencio no eran los soldados. Eran
los artesanos. El golpe seco de los herreros devolvía el filo a las espadas. Los
carpinteros ajustaban las vigas de una bastida mientras otros revisaban las
cuerdas de las catapultas, tensadas para soportar una jornada de bombardeo. Los
zapadores preparaban herramientas que, lejos de la épica de las crónicas,
podían resultar tan decisivas como una carga de caballería.
A esa misma hora comenzaba el verdadero pulso del
campamento.
Desde la vega partían recuas de abastecimiento siguiendo
itinerarios previamente establecidos. Nadie elegía el camino más corto, sino el
más seguro. Un carro detenido en un paso estrecho podía bloquear el suministro
de agua o retrasar la llegada de cualquier otro material imprescindible.
Cada recorrido estaba pensado.
Cada movimiento tenía su motivo.
Cada decisión respondía a una pregunta formulada días antes.
Mientras tanto, la batalla aún no había comenzado y, sin
embargo, la guerra llevaba horas en marcha.
A pocos metros de distancia, un gallego compartía pan con un
catalán al que apenas entendía. Un navarro discutía con un castellano sobre la
mejor manera de reforzar una empalizada. Un genovés señalaba hacia el puerto
mientras intentaba hacerse comprender con gestos.
Las diferencias seguían existiendo, pero el campamento
empezaba a transformarlas en algo mucho más útil.
Confianza.
Porque cualquier operativa se sostiene cuando miles de
hombres aceptan que, durante un tiempo, el éxito del compañero será también el
suyo.
Quizá esa fue la mayor obra levantada frente a Almería.
No las bastidas, ni los fundíbulos. Ni siquiera las
empalizadas. La verdadera construcción fue invisible. Consistió en convertir
miles de voluntades distintas en un único propósito.
Solo entonces comenzó realmente el asedio.
Hoy al contemplar una muralla medieval, solemos preguntarnos
quién consiguió derribarla. Con menos frecuencia nos preguntamos qué
inteligencia decidió dónde clavar la primera estaca, cómo organizar el primer
almacén o qué camino recorrería cada medio de transporte para hacer llegar los
suministros.
Cuando subo al Cerro de San Cristóbal y contemplo los restos
de aquella muralla, me resulta imposible imaginar que, hace casi nueve siglos,
allí se encontraba la primera línea del asedio. Después dirijo la mirada al
este y, dónde hoy la vega aparece cubierta de modernas construcciones y al otro
lado del río un inmenso número de invernaderos, mi imaginación levanta miles de
tiendas.
Ya no pienso en la batalla.
Pienso en hombres que probablemente nunca empuñaron una
espada, pero cuyo trabajo permitió que todo lo demás pudiera suceder. Entonces
es cuando comprendo que la Historia no solo avanza gracias a quienes aparecen
en ella, también en quienes la preparan.
Y quizá esa sea la lección mas hermosa que aún conserva este
paisaje.