viernes, 10 de octubre de 2025

El oro y el moro

Parte II (El Hombre sin Armadura)

 

   Había amanecido nublado en Almería. El cielo amenazaba con agua sobre las torres y los muros de la ciudad.  Las calles estaban mojadas a causa de una tímida llovizna que visitó la ciudad momentos antes del alba. El fragor de la batalla había cesado hacía apenas dos meses, pero la ciudad aún olía a hierro, sudor y sangre. El olor de la batalla.

Las banderas de Castilla y León ondean orgullosas en lo más alto de la Alcazaba, movidas por el viento que llegaba de poniente. Más abajo del zoco, la Mezquita Mayor se preparaba en riguroso, pero a la vez tenso silencio, para acoger lo que sería el evento del día, el reconocimiento a los valientes de la conquista cristiana. Días atrás había sido desvalijada por el séquito de Emperador Alfonso VII, cuyos tesoros ya iban camino de Burgos. Las columnas de mármol blanco y sus arcos de herradura, intactos están siendo cubiertos por tapices de campaña, cruces improvisadas y pequeños estandartes del Temple enviados un año y medio antes desde Roma por el mismísimo Papa Eugenio III, cuando aprobó el envío de un destacamento de soldados pisamos al apoyo del Emperador de la cristiandad, y como no podía ser de otra manera, debían de ser de Pisa, tierra natal del pontífice.

   Paquillo Mañas pasaba justo por debajo de la torre de los espejos vestido con capa corta, espada al cinto y porte recto. Tatareaba inusualmente alegre, no sé qué leches de extraña melodía, pero en tal caso poco apropiada para el que ha visto el infierno de cerca. Caminaba en dirección al barrio Al Musalla, donde en una de sus calles angostas, se encontraba al resguardo de los ojos del nuevo poder la taberna de la Herminia. Una casa vieja de adobe, con el techo bajo y las vigas retorcidas por lo años, pero había servido de templo de soldados exhaustos durante el asedio y no sólo servía el mejor vino de la comarca, sino que quien lo servía. Esta es la hija de la Herminia, una muchacha de grandes hechuras, prominentes pechos y un pelo negro que le llegaba hasta el culo. Motivo suficiente para comprender la sombra de cansancio sobre los hombros de nuestro hombre.

-Guenos días tengas vuesas mercedes- dijo Paquillo al entrar.

-Siempre ha habido ricos y pobres- soltó sin más la Herminia de forma irónica 

- Y los seguirá habiendo- contestó Paquillo - ¿Qué tenemos hoy pa llenar la tripa? Preguntó a continuación para desviar el asunto 

- ¿Eres tonto o te entrenas por las noches?, ¿has mirao pál cielo?... Migas, ¿que vamos a tener si no? - replicó.

- ¡Chacho!, pos yo que sé. Solo he preguntao na más.

- ¿Qué es lo que es? Pregunto la hija de la tabernera, que al escuchar el barullo salió de la cocina con una resera en la mano.

-Na! Este holgazán que no sabe ni en el día que vive si no está rebanando pescuezo.

Paquillo se disponía a contestar cuando la joven le lanzó una mirada esquiva a los ojos queriendo zanjar el tema – pues eso digo yo…, ¡Na de ná! - dijo este resignado.

-Haya paz entre los hombres de buena voluntad. Demos vino al sediento y pan al hambriento, dijo el Señor- Recitó una mole de tío sentado en una de las mesas del fondo.

- ¿Pero que cajones…? Me cago en to lo que se menea…,si es el hideputa más grande de entre los hideputas!-Bramó Paquillo sorprendido al ver a Gabriel allí sentado-¿Qué coño hases tu aquí que no estás salvando este mundo de infieles?... Pero ven a mis brazos pequeño zascandil. -

   Gabriel se levantó y se abrazaron con la misma euforia que dos hermanos sin verse en años, aunque hacía solo cinco semanas que Gabriel se fue de Almería a tierras catalanas.


“Nadie tiene pereza en servir bajo su mando con jefe tan insigne, hasta las guerras fieras apetece”


– Sea pues una jarra de vino y dos vasos mientras se hasen esas migas, me cago en to.

-Que sean tres vasos- Corrigió el grandullón. - Nuestro amigo en Conde de Barcelona esta al llegar-

- ¿Pero que me comentas? ¿Qué me perdío? ¿El carbonazo de Ramón va a venir y tó? - Hizo una pausa y tras un momento pensativo soltó – Ea! pues ya sabes quien va a pagar, que este de catalán tiene mucho- Ambos se echaron a reír 

   El Conde de Barcelona quiso cobrarse su parte del botín tras la liberación de Almería, teniendo la genial idea de desmantelar la Puerta de Pechina para si, tarea que le ha tenido ocupado estos dos meses no sea que, entre el Emperador, Genoveses y los 100.000 maravedíes que cobraron los pisanos, se quedase sin nada. De ahí el dicho:

“De Almería quiero el oro y el moro”

  Paquillo tamborileaba con los dedos sobre la mesa con una breve pausa, que hubiera parecido una eternidad, mientras miraba pensativo el jubón de aquel enorme soldado impoluto con su león dorado ocupando su pecho y como no podría ser de otra manera, soltó directamente - Venga Gabriel, vamos al arroz, ¿qué te trae hasta aquí de nuevo? -

- ¿No lo sabes? - contestó sorprendido. -Hoy van a hablar de nosotros, de honor, valores, valentía y sacrificio. Es más, hasta nos van a colgar el mérito de la victoria. -

  Paquillo alzó los ojos lentamente y asintió desganado mirando al vacío. Después soltó una risa amarga y dijo - ¿te refieres a nosotros… chacho, ósea tú y yo?, te digo esto porque la contienda fue de muchos más hombres, la mayoría de ellos mu valientes, con un par de guevos …héroes, ¿me sigues?- dijo dando una palmada en la mesa,- los cuales parece ser que ya habitan en el olvido sin pagar alquiler, y si… sí que pagaron caro el presio de su alma. Perdieron el pellejo por la Cruz de nuestro Señor sin pensar en sus hijos y sus mujeres a las que ha dejao al amparo de la Iglesia o a saber de qué nuevo mario. Nosotros querido compare, solo hemos sobrevivío a algo a lo que no se debería sobrevivirse.

-Pues de eso va la cosa amigo mío- casi murmuró Gabriel y continuó con una pizca de desaliento. - Hablaran de nosotros como héroes de la cristiandad, en nombre del mismo Papa, al que hemos hecho mas Papa con estas tierras y las venideras- Hubo un breve silencio y continuó - ¿Sabes que es lo que más me rompe las pelotas?, que dejaran para el olvido a los verdaderos nosotros-… Ahí lo llevas Paquillo, pensó con la incertidumbre de alguna respuesta inapropiada, pero aún así se atrevió a preguntar:

 - ¿Y que vas a hacer cuando digan tu nombre? -

-Pos que voy a haser… sonreír, saludar y tragar saliva mientras me cago en tos sus razas- Contestó con una chispa de rebeldía en su mirada que incomodó a Gabriel en el asiento.

- ¡Brindamos! –

-Sea-

   Cuando alzaban sus vasos, el tintineo del brindis fue interrumpido por la entrada agitada del Conde de Barcelona dando traspiés. La puerta de la taberna se abrió de golpe, sin ceremonia alguna dejando entrar un viento helado que trajo consigo el olor metálico a sangre fresca. Ramón, en el umbral se alzaba desgarbado cubierto de barro, lluvia y heridas. La capa que arrastraba tras de sí humedeció el suelo seco. Su camisa blanca estaba cruzada por tajos carmesí sin saber si eran propios o ajenos. De la mano colgaba un puñal ensangrentado que cubría casi toda la totalidad del acero toledano del que se había forjado, como si fuese una extensión viva de su propia furia.

   La hija de la Herminia empujó con sus hermosas caderas la portezuela de la cocina. Salía con un plato de tomate con ajos en una mano y una hogaza de pan recién hecho, aún humeante en la otra, justo en ese mismo momento y se quedó paralizada al ver aquel hombre. Las viandas dibujaron una parábola para acabar estrelladas en el suelo. El plato se hizo añicos y junto con algunos trozos de tomate le salpicaron las piernas. Paralizada de cuerpo, su rostro se dividía entre el susto, la desesperación y la vergüenza. Paquillo se levantó de golpe para ir a su auxilio, pasando por completo del Conde. La agarró de los brazos y se acerco a su cara para susurrarle sigilosamente que todo ya pasó – no es ná- dijo – tranquila mi vida, estoy aquí – Segundos después ella volvió al mundo de los vivos, suspiró y se agachó con resignación para recoger los restos del desastre. Paquillo se agachó con ella, aprovechando el acto para rozarse las manos e intercambiar miradas de complicidad robadas, mientras la madre desde la barra los miraba sin dar crédito a toda aquella escena dantesca, como menos.

- ¡Vamos nenica, recoge lo del suelo, que a las migas le empiezan a salir las costras! - Ordenó su madre.

Gabriel mientras tanto ya estaba junto al Conde.

- ¿Qué cajones ha pasado Ramón?, déjame ver si estas herido – dijo mientras lo observaba.

-Estoy bien soldado- Contesto el Conde. – Solo he tropezado al entrar por la cajonera que he pillado. Un moro había decidido que debía morir hoy y le he truncado la idea-

-Déjame ver-

-Que estoy bien cullons! -dijo mientras ponía la mano en el hombro del grandullón y prosiguió - si no me crees que se lo digan al hijo de su infiel madre que no sabía que, si alguien iba a morir hoy, ese no sería yo…,bueno dejémoslo ahí, él no te va a poder contestar ya-


“Por doquier a se alzan enemigos como postes en nuestro camino”


- ¡Venga ese vino! - dijo Paquillo de camino a la mesa.

Una vez sentados, Ramón soltó el puñal sobre la mesa produciendo un ruido sordo.

- ¡Limpia y guarda eso, por Dios! - Bramó el más pequeño. – que ya somos bastantes en la mesa- así sacó una sonrisa a la comitiva.

   La Herminia les llevó el vino. Tardó solo unos segundos al volver con unas tapas de migas y pescado frito que le había quitado de las manos a su hija para que esta no se acercara a la mesa.

-Qué no se te olvide ese tumaca del huerto- reclamó el catalán a la tabernera

   Durante los minutos posteriores no se terció palabra alguna mientras llenaban el buche. De todos es sabido que el ser humano con el estómago lleno ve las cosas de otra manera.

   En el exterior la lluvia se hizo dueña de las calles haciéndose notar en el tejado de la taberna. Algunos parroquianos empezaron a llenar las mesas encontrando refugio en el interior. El día se prestaba a eso y el olor de la cocina ayudaba a decidirse.

El marido de la Herminia cargó de troncos la chimenea. Con un resquicio de ascua con algo de llama, empezó a encender las antorchas de la pared, creando así una atmósfera tenue y atractiva.

   Paquillo miraba atento a la barra para pedir más vino, era el momento de adelantarse antes de que se llene el lugar, porque el murmullo ya se notaba en el ambiente.

En ese momento, la puerta se abrió emitiendo un chirrido que atrajo la atención de nuestro hombre.

-Miren vuesas mercedes quienes se atreven a pisar tierra de hombres- dijo Paquillo con cierta ironía.

- ¿No son los que estaban detrás de nuestras filas el día de la toma? - Dijo Gabriel

-A ver si te confundes con corderos vestidos de seda- contestó Paquillo. – Es que a veces me pregunto qué clase de nobleza crían los reyes-

-Caballeros, antes de perder el juicio, no pongamos entre dicho el coraje de los aliados. Señores míos, deberíamos conocer de buena mano si su posición fue por obra de nuestro Emperador o por decisión propia- dijo el Conde de Barcelona en favor de los nobles mientras que Gabriel alzó la ceja como si le hubiera calado esa reflexión.

Se trataba de Guillermo VI, Conde de Montpellier y Don Álvaro Rodríguez de Castro, noble navarro y nieto de Álver Fáñer, lugarteniente del mismísimo Cid.


“Oigo en efecto decir, que también el famoso Álvar Fáñes subyugó a los pueblos Islamitas”


-Cudiao que habló el noble- se jactó Paquillo. -Y digo yo pa mis adentros, ¿estos también pillaran cacho? Que por muy prospera que fuese la ciudad, el asedio la ha debastao. ¿me sigue usted?... Que no hay chorizo pa tanta boca. -

-Algo pillaran, sino ¿Por qué crees que han venido? Prosiguió el Conde. -Hasta donde yo sé, los pisanos y los genoveses ya tienen su parte, como yo la mía. - giñó un ojo y prosiguió. - Los primeros cobraran un buen dinerito para no sé qué torre quieren hacer en su tierra y el Papa no suelta prenda. De los genoveses, sé que se quedaran una temporada cubriendo la defensa la costa a cambio de otra buena cantidad de maravedíes. Estos han sido mas tercos en el trato, pero no entiendo porque se han conformado con el Santo Catino, que solo una mierda de fuente de esmeralda, pero ellos sabrán. - Concluyendo con las explicaciones.

Gabriel asentía atento.

   Paquillo también atendía las explicaciones de este, pero sin desviar su mirada de vez en cuando para la puerta de la cocina, por si se abría. En cambio, se mofó respondiendo al más noble de los tres.

- De los primeros, pa lo que han hecho, ojalá se les tuerza la puta torre que quieran facer… por flojos. De los otros, que los dineros les sean bien veníos y espero que el día que se vayan le pongan su nombre al cacho de playa donde se han fondeao, porque ellos sí que les han hechao cojones y se lo han currao.

- Bueno, también hoy durante la ceremonia de reconocimiento van a nombrar al genovés Otto de Bonvillano nuevo Gobernador de Almería- Concluyó el Conde.

Gabriel esta vez si se atrevió a decir. – Esos lares son temas de nobles, yo ni me meto, ni me importa. Mi trabajo consiste en matar al enemigo y matar bien.

-Brindemos por ello- propuso Ramón. El cuarto de los Berenguer.

Otra mirada hacia la cocina.


“La lucha para los Francos es la paz, para los moros es la tea famosa, para los españoles es el rocío, en fin, para los combatientes en su costumbre es una porción de plata y es promesa de oro el éxito”


Nadie se percató del chirrido que emanó la silla de Paquillo al levantarse de golpe. Las carcajadas gruesas, el golpeteo de las jarras y que aquí somos de hablar fuerte, ensordeció aquel ruido. Paquillo llevaba un buen rato observando a un tipo regordete, de barba desordenada tambaleándose cerca de la barra, pero muy pendiente a la puerta de la cocina a pesar de los efectos del vino.

-Una flor tan bonita no debería estar trabajando en un antro pestilente como este- dijo el borracho con un tono que empapaba cada palabra en lascivia. – mira que puedo darte abrigo esta noche… “hip” y hasta un poco de oro si eres amable…” hip”

La hija de la Herminia dio un paso atrás con los ojos prendidos en fuego. Paquillo se acercaba con el rostro endurecido y la mirada puesta en el tipejo aquel. Al pasar por al lado de una de las antorchas casi la apaga por el sacudido de su andar decidido. La llama se suavizo, crepitó y volvió a iluminar incluso con más garbo.

- ¡Apártese de allá ya! - dijo con un tono grave que sonaba a peligro.

El Borracho se giró sin conocer aún con quien trataba.

- ¿Y tú quién eres? ¿Su escudero? ¿Su perro guardián? - no le dio tiempo a decir nada más ya que pudo sentir una daga en su garganta firme y decidida a rebanarle el cuello.

-Soy el que te abrirá la garganta si no te vas de aquí cagando leches, ¿me sigues? -

La muchedumbre cayó en silencio enmudeciendo la taberna. Ramon de Berenguer y Gabriel ya tenían empuñadas sus espadas a la espera, con la intención de verse implicados.

El borracho dio un paso atrás, y otro más, su sonrisa se había convertido en una muesca cobarde.

-Bah… mujeres… tanto alboroto por un poco de cariño no merece la pena- soltó sin hipo ninguno pero perfilado de saliva.

 Paquillo soltó el aire contenido al tiempo que se guardó la daga y empujó al tipejo para que se fuera, este tropezó con una silla y cuando torpemente recuperó algo de equilibrio salió por la puerta y no hubo nada más. Quien había desenfundado el acero, también ya lo había enfundado. La reyerta había finalizado. No hubo palabras de amor entre la Hija de la Herminia y su protector. Solo un gesto simple de asentimiento cuando este le preguntó - ¿Tas bien? - Ella sintió con la cabeza.

  Con el rostro aún endurecido se giró para volver a su mesa donde lo aguardaban sus hermanos de armas, pero estos ya no estaban sentados. Los tres vasos aun estaban medios llenos, la silla donde Paquillo había estado sentando se encontraba tumbada un poco mas atrás.  Ramón y Gabriel recogiendo las capas con las armas ya ajustadas y con apenas un gesto, entendió este, que les decía que era hora de marcharse. Justo antes de salir, miró por última vez para la puerta de la cocina. Ella no bajó la mirada como de costumbre, pero tampoco dijo nada, lo que ellos sentían se llevaba en silencio.

   Si más salieron de la taberna dejando allí el calor de la chimenea y el único rostro que lo hacía sentirse humano.

“Hermosa de rostro desprecia el trance supremo del sepulcro”


   A pocos metros de la Mezquita Mayor ya se podía ver el aglomeramiento de los parroquianos. Los vítores y trompetas se escuchaban desde hace rato, pues la hora nona ya estaba próxima.

Al entrar al templo, la suntuosidad del muhrab, bañado en oro y la caligrafía coránica contrastaba con el estruendo de las botas claveteadas que resonaban sobre el suelo de mosaico de los soldados. En la zona Central, sobre una alfombra negra extendida, se encontraba un improvisado altar, presidido por una gran cruz de madera traída desde León. Allí el obispo de Toledo, revestido con una capa pluvial alzaba la voz por encima del canto gregoriano que resonaba en las bóvedas para que los devotos e invitados ya asistentes pudieran escuchar:

-En el nombre de Cristo Rey, bendecimos esta victoria, ganada con el valor y la fe. ¿Qué la ciudad de Almería quede consagrada al Dios verdadero! -


“Es terror de los moros, de la cual Urgi fue luego testigo”


   Finalizado el oficio por parte del obispo, las trompetas anuncian la entrada del Emperador Alfonso VII.

Una vez aminorados los peloteros vivos y los aplausos, el prefecto ordena la presencia de los homenajeados ante el Emperador, el cual empezó su discurso sin dilatar:

-La sangre que se ha derramada no ha sido en vano. Esta ciudad ha sido liberada de la oscuridad y esta vuestra gesta, vivirá por siempre entre los que forjan la historia de la cristiandad, de aquellos que nunca serán vencidos y al igual que las olas de este mar, pudieren siempre ir y venir sin otra creencia que les mande, que no sea la de Dios, nuestro señor-

Aplausos

Haciendo un gesto para que Paquillo y Gabriel se postrasen ante él, continuó:

-De esta honorosa hueste y por la gracia de dios, hago entrega a Don Francisco Mañas, por su entrega, arrojo y honradez, el título de Caballero del Temple y protector de la ciudad… Levanta la cabeza hijo. Que los siglos venideros sepan tu nombre- hizo después una breve pausa y con la dignidad de un rey, coloca su mano sobre el hombro izquierdo del vasallo, ante el silencio de todos los presentes. A continuación, dijo – En nombre de la corona que portamos, te doy las gracias, soldado…Levanta la cabeza que quien sirve con gloria no debe inclinarla. El reino está en deuda. -

Mas aplausos

El monarca ordenó silencio y prosiguió:

-Además, en nombre del trono eterno, del acero que nos guarda y del juramento que nos une, nombro comandante de los ejércitos de las cruzadas a Don Gabriel Villanueva, hijo del deber, forjado en batalla, probado en la perdida como en la victoria y por haber demostrado no solo servir con lealtad a tu rey, tu señor, sino a la causa más sagrada de la cual desde hoy serás su comandante-.

-Que así sea-

Pausa y concluye:

-Que la paz, sellada ante Dios y los hombres, perdure más allá de nuestras vidas. Servid a la justicia, guardad fidelidad… No olvidéis que la fe es más fuerte que el acero… Con la bendición   del altísimo …os dejo en paz. - Se dio media vuelta y abandonó la Mezquita ante los “¡Dios guarde al Rey!” de todos.

   Sentado sobre una piedra junto a la empalizada temporal, Paquillo contempla en silencio el perfil inclinado de la muralla que se proyecta hasta El Cerro de San Cristóbal como promesa de protección hecha a la corona, para la continuación desde Jayrán. Alfonso VII en persona le había confiado la misión antes de abandonar Almería. Esa honra le pesaba más que una segunda cota de malla. La idea del Emperador era aumentar la seguridad de la ciudad, ya que, aunque no había guerra declarada, de todos es sabido que la paz es un velo frágil. Así es como piensa un soldado que conoce la guerra de primera mano. Entero, firme, leal.

Esa mañana primaveral no había enemigo a la vista, pero sí una batalla lenta contra algunos insurgentes y algún amigo de lo ajeno que rondaba en la sombra ante la escasez que la guerra dejó. Con la mirada perdida y el ceño fruncido, Paquillo no pensaba en gloria, ni cantares. Su mente estaba lejos de allí.

El sol tamizado por algunas nubes grises proyectaba sombras largas como los pensamientos que lo asediaban. No cargaba solo con la defensa de la muralla, sino con el peso de lo que no pudo ser. La ciudad crecería y como es de ley, se alzarían más almenas y torres, pero en su pecho lo que habitaba estaba en ruinas. Allí se llevó la mano, junto al broche de su capa donde aún llevaba el pañuelo que la hija de la Herminia le dio el día que se despidió. La pobre desdichada no tuvo elección. Desde el desafortunado incidente de la taberna y no me refiero al borracho, la madre le dio a elegir: “velo o corona”.

O unirse al convento de las Hermanas del silencio como novicia.

O marcharse el sequito de la reina como dama de servicio.

Ambas opciones eran condenas disfrazadas de honra. Ella resignada eligió sequito. Se fue sin beso, sin carta, sin promesa. Solo el pañuelo que le dejó en la mano con una gota de cera fresca, como un sello sin escudo.

Desde entonces él ya no era el mismo. Su corazón es el que quedaría amurallado de por vida. Mientras los demás pensaban que defendía los muros, nadie sabía que en realidad estaba defendiendo su recuerdo.


“Te llevaré en el pecho mientras respire”


   Ensimismado e inmóvil como una imagen tallada, perdido entre el eco de un amor imposible, oyó el ritmo de cascos contra la piedra. Alzó la mirada y su mano fue instintivamente a la empuñadura de su espada, no por amenaza, sino por costumbre de soldado viejo. Sus sentidos se agudizaron como en los días de contienda, cuando cualquier jinete venía con noticias de vida o de muerte.

El caballo era un alazán oscuro con la crin enredada y algo de sudor en sus flancos. El jinete, envuelto en su capa de conde detuvo su montura con un suave tirón de riendas y desmontó con aire cansado.

- Ramón...- murmuró Paquillo al ponerse en pie.

- ¿aún sabes cómo mira un centinela?... Al verte pensé que te habrías vuelto piedra del todo- Soltó el Conde de Barcelona Ramón Berenguer IV, dejando escapar una breve risa alegre y amarga a la vez.

-Por mis santos cojones…lo que ves mis ojos, y yo que pensaba pa mis adentros que te habías io a morir con los otros gabachos a las cataluñas. -

-Casi, no te vayas a creer que no vi la muerte de cerca, pero esta me encontró demasiado aburrido y me ha dado cita para otro día. -

Ramón se acercó y los dos hombres se encontraron con un fuerte apretón de abrazos.

-¿Qué viento te trae por aquí, compare? Preguntó Paquillo

Ramón, sacando un rollo de pergamino del interior de su cota dijo -vengo con un real, me temo. Las nuevas que en traigo no te van a gustar. -

-Ea, dispara pues y lo que tenga que ser…que sea-

Ramón le echó el brazo por los hombros y caminaron juntos hacia la muralla quitándose del montón de piedras amontonadas.

-Gabriel a muerto en Tortosa. - Hizo una pausa y continuó con tono ahogado – estábamos al pie de la muralla norte, las catapultas acababan de abrir una brecha y dí la orden de avanzar. El fue el primero en entrar, siempre lo era porque como tu bien sabes, su alma no sabía de miedo-

- ¿Murió rápido? -

-No. Una flecha lo alcanzó en el costado mientras se batía con dos moros y siguió luchando como si el hierro no lo hubiera tocado. Cayó al fin, entre un montón de escudos rotos. Cuando llegué aún respiraba. Tenía la boca ensangrentada, pero aún así sonreía. Me miro y me dijo: “Mi señor… no deje que la victoria me robe el honor de morir aquí”- El Conde cerró los ojos un instante, como si reviviese la escena con dolor.

Paquillo tomó la mano del Conde y llamándolo por su nombre dijo: -Ramón, ese día no murió un soldado, murió un buen hombre… el mejor que me he podio echar a la cara-

- ¡Vive Dios que así es! -- Gritó el noble

Una hora mas tarde estaban dando cuenta de una jarra de vino.

- ¿Estás seguro amigo?- Preguntó Ramón a su amigo de soslayo

-Tan seguro como estoy vivo, ¿Y tú? - respondió Paquillo con un semblante serio y firme.

- Yo es por ti, Paquillo-

- Pue la verdad que no lo estoy, pero to sea por ti y por Gabriel, que en gloria esté-

Así fue como cruzaron el umbral de la taberna de la Herminia sin mas palabras. El murmullo se apagó apenas entraron. Paquillo no había vuelto a pisar la taberna desde…. Y pocas veces un conde pisaba una taberna sin escolta ni ropas de gala. Tras el mostrador Herminia los observó con dureza, a uno mas que al otro.

-Una madre no olvida- Dijo el conde acercándose al oído de Paquillo

- Ni yo tampoco- contestó este devolviéndole la mirada a la tabernera. – pero hoy hemos venío a brindar por un hombre que murió con honor- ¿me sigues?

 

“En un futuro poco mas que incierto, cuando los hombres encierren sus armas, quizás entonces y solo entonces que los hombres y mujeres puedan cerrar los ojos sin contar los pasos del enemigo. Quizá, en ese tiempo aún por nacer, el hierro deje de hablar mas alto que la razón, porque las cicatrices no deben sangrar por la fe”.

 

 

Conquisté ciudades,

alzamos murallas donde hubo miedo

Mi nombre cabalgará en las canciones,

mis hazañas cruzan de boca en boca

como leyenda de acero.

En lo alto de la torre

el viento cesa,

los estandartes caen

solo queda el eco

de quien no volverá.

Uno fue hermano sin sangre,

espada cargada de gloria

yace ahora sin aliento

donde los campos son de nadie.

La otra,

 la voz callada en una taberna

el deber me la negó

la honra me arrebató.

Combatí sin querer gloria,

sin deseo de cantico o corona.

Luché por quien lloraba tras los muros,

por los que rezaban sin saber a quién.

Dicen que los buenos soldados no desean la paz,

que la guerra es su hogar.

Pero yo…

deseo sin trompetas llegar

sin firma ni escudo que dar,

Deseo una noche sin vigilia

por los que ya no volverán

la paz les sirva de arcilla

y nadie le quite el pan.

Uno que amó

Uno que perdió

Uno que a la muerte

no temió

Uno que por dentro

se rompió.

 

lunes, 15 de mayo de 2023

VALDEPRADO


     El silbato sonó de forma simultánea con las señales horarias emitidas por el discreto reloj que presidía con orgullo la pared de la estación intermodal de Almería. A su lado se podía ver el cartel que anunciaba la dársena número diez. Ocupada por un autobús con el motor a ralentí de forma transitoria, esperaba la inminente entrada de quien ocuparía la mayoría de sus asientos.

    En el cielo, el Sol se disponía a abandonar lo más alto de su pedestal celeste. Hoy despejado de obstáculos. Aquella tarde mostraba todo su esplendor.  Inició con solemnidad un majestuoso descenso y es por ello, que la temperatura se había hecho notar contra pronóstico, por lo que viajeros, además de sus equipajes, llevaban en sus manos abrigos y chaquetas.

   Ramón agradeció la climatización que ofrecía el interior del vehículo. Tras su corta espera en el exterior, el sistema termorregulador le invitó a frotar los brazos justo antes de acomodarse en el asiento junto a la ventanilla, ocho filas detrás del conductor. Depositó encima de él, una única mochila como compañera de viaje, …su viaje.

    Pocos minutos después, el ruido producido por el cierre de las puertas del autobús advertía de su esperada puesta en movimiento, abandonando así la estación. Ya no habría marcha atrás, tampoco es que la deseara. Dejaba tras de él una vida que no deseaba recordar. A través del cristal se proyectaba una ciudad en movimiento. Viviendas, árboles y personas desfilaban fugazmente sin tiempo para despedirse.  Solo aquellos edificios que frecuentaba habitualmente se descubrían sus tejados, a modo de reverencia, para despedirlo lo más cortés posible, pero no pudo percatarse de ello porque su cabeza había iniciado otro viaje. Un viaje  hacia las montañas donde habitan los sentimientos. De haber sido consciente, hubiera dado por bueno un “hasta pronto” para saciar su consciencia, pero ya era demasiado tarde.  Sin ningún prejuicio se adentró en el mundo de los sueños durante las siguientes horas.

   Con el paso de las horas, las cervicales te suelen avisar de que es el momento de regresar al mundo de los vivos y Ramón no iba a ser diferente. Las pantallas del bus proyectaban los títulos de crédito de la segunda película que habría entretenido a una escasa minoría de viajeros expectantes, aunque no era su caso. Su cuello pedía a gritos un poquito de estiramientos rotatorios, pero decidió posponerlos para más tarde, ya que aún quedaban alrededor de  dos horas y cuarenta minutos para llegar a su destino.

-Psssss, psssss, ¡señor!

-¡Ey!, su parada. Debe bajarse aquí. Así fue despertado tras haberse quedado profundamente dormido por un señor vestido con el atuendo típico para asistir a un funeral. Zapatos, traje, corbata y sombrero todo de negro, solo la camisa era de color blanco. Su piel era pálida, sus ojos oscuros no transmitían nada y su rostros carecía de alma.-¡Cómo para no despertarse!

   A sus espaldas el autobús reanudó la marcha dejando una estela de polvo que se disipó rápidamente. Ramón sacó del bolsillo su billete y comprobó que en él estaba impreso la misma parada: SO-P-1124. Frente a él se abría el único acceso hacia Valdeprado. Se trata de un tétrico camino que ya a su inicio, está vigilado por el Cementerio Municipal asentado en lo alto de una loma. Defendido por dos esbeltos y vigorosos cipreses apostados en la puerta, proyectan una actitud desafiante, a pesar de haber sido testigos de mucha tristeza y alguna que otra alegría.

   A medida que sus pasos disminuían la distancia hacia el pueblo, el entorno se preparaba para recibirlo. El aire ofrecía una brisa cada vez más fresca, el cielo se teñía de tonos grises al avanzar la tarde. Bajo sus pies, las piedras se deshacían en arenisca, acolchando el pavimento a cada paso. Los árboles entonaban una dulce, a la vez que cínica melodía al girar sus mejores ramas, cuya intención era la de señalar a nuestro forastero la dirección hacia la entrada de la calle principal. Ramón no fué consciente en ningún momento del interés que se había tomado todo el entorno para no tomar dirección hacia Cigudosa, localidad vecina sin atractivo para los lugareños y menos aún para los extraños.  

   Las primeras edificaciones con las que se encontró trataban de un almacén de cereales y un corral de ganado, ambos abandonados con las marcas típicas del olvido. Resulta evidente una falta de engalanado para darme la Bienvenida, pensó. Calle adentro, Ramón observaba con atención las viviendas, la gran mayoría construidas en piedra con un mismo patrón y la huella de algún constructor fallecido hace ya más de un par de siglos. El pueblo estaba desértico, las ventanas todas cerradas con las persianas y cortinas echadas. Todo apuntaba como si al encargado de poner las calles esta mañana se le hubiera olvidado poner las farolas, algunos vehículos aparcados o incluso sus gentes. Ahora si estaba en lo cierto de que no habría comitiva de recibimiento. ¡Una lástima!. Más arriba, la calle se ensanchaba a la derecha a modo de plazoleta donde se paró para comprobar desde su teléfono móvil la dirección exacta de la vivienda que la Consejería de Educación le había concedido a cambio de sus servicios en la escuela comarcal.

¡Mierda! - Sin señal en los confines de la tierra.

   ¿Lo ves?, ¡Ya te lo dije! Deberías haber imprimido la adjudicación. Así es como se la jugó el subconsciente hasta el momento que recordó que en la galería de su teléfono debería de contener una foto guardada. 

Se trataba de la única vivienda con la fachada lisa, haciendo esquina en el interior de la plazoleta en la que se encontraba, justo frente a él. Dos ventanales en la planta de arriba sobresalen proporcionando una especie de porche que daba a la entrada. Debajo del macetero de la izquierda debería encontrarse con la llave que lo adentrará a su nuevo hogar.

  El cielo se cubrió de un ejército de nubes que iban adoptando forma de gárgolas. La escasa luz que quedaba, regalaba a los árboles una tenue silueta bastante alargada, excepto la de Ramón,  que se escondía bajo la suela de sus deportivas mientras estaba apostado frente a la vivienda, pusilánime ante el vacío del último minuto, antes de echar a dormir su pasado.

¡Vamos! Se dijo así mismo y se dirigió hasta el escondite de la llave. Al agacharse para cogerla percibió una brisa helada que le erizó la piel, pero más frío sintió cuando la puerta se abrió lentamente ante sus ojos y con las manos aún desnudas. Una vez dentro, una espesa bruma subía hacia la plazoleta ocupando toda la calle, dejando todo el pueblo sumido en un escenario espectral.

   Dentro todo en orden, según el pliego de características que semanas atrás había leído. Planta baja con recibidor, pasillo, cocina equipada con lo básico y un pequeño patio al fondo. Al subir la escalera debería encontrarse con dos habitaciones, un baño y el acceso a la azotea.

Perfecto! Mañana iré descubriendo los detalles, hoy no tengo el cuerpo para emociones fuertes. 

   Dejó la mochila sobre una silla de las cuatro que rodeaba la mesa que ocupaba el centro de la cocina. Presidía la mesa una especie de cazuela de barro que contenía en su interior fruta fresca. Entre el mantel que cubría la mesa y el frutero había una especie de tapiz bordado que sujetaba el extremo de una hoja escrita a mano donde se podía leer en su cabecera la palabra “Consideraciones” La miró pero su cabeza dijo con cierta ironía ...-¡Ma ña na!-

Subía en busca del dormitorio a través de unas escaleras construidas con peldaños de madera tan centenaria que ya no ofrecía ningún tipo de crujido al subir.- ¡Genial! Gracias, gracias, gracias por no molestar.- Se desplomó en la cama sin descalzarse donde permanecería en la misma postura hasta que las alarmas de su estómago reclaman una pronta ingesta de viandas.

   -¡Arriba! Hora de regresar al averno de los mortales. El lado contiguo de la cama donde  había permanecido impertérrito estaba aún caliente y con síntomas evidentes de haber pasado una locomotora. Bajo su cuerpo, las sábanas por el contrario estaban bastante más frías, aunque no quiso darle importancia a ese detalle. Ducha y desayuno en el bar…¡Planazo!

   A su paso, el reloj de la iglesia marcaba las seis menos cuarto de la tarde. -Pues merienda sea jajajaja- se dijo. 

  El bar se presentaba con la cancela echada. El suelo, de escaso medio metro, separaba la cancela de la puerta de cristal que daba entrada al local.  Este pequeño espacio estaba cubierto de polvo, alguna carta y unos cuantos ejemplares de periódicos, además de la basura acumulada y arrastrada por el paso del tiempo, pero no por ello, sin compartir ese mugriento espacio con dignidad. 

Intentó mirar a través de la puerta, pero solo pudo ver torpemente una ajada pizarra donde apenas se podía leer el anuncio de la retransmisión del encuentro de fútbol entre el Club Atlético Osasuna y el recién ascendido Numancia. ¡Partidazo!

   Desconcertado por la fecha del evento deportivo, su atención fue atraída por el reflejo en el polvoriento cristal de la figura de una mujer que cruzaba tras de él. Se giró bruscamente y solo pudo ver una calle sin alma, reino del tedio y las moradas atrincheradas por unos habitantes a falta de atractivos.

 -Juraría haber visto una mujer, por extraño que parezca- Miró arriba y abajo perplejo. Volvió su mirada hacia el herrumbroso cristal como si esperase volver a ver algo alguien y por ver, no vió ni su propio reflejo. 

-Pues nada,… ni nadie!- Pensó. Allí se quedó durante unos minutos mientras intentaba recomponerse.

-Es más-, se dijo. -Desde que salí de casa tengo la extraña sensación de ser observado- 

Para sensaciones, las de un estómago vacío que sabe bastante del tema y reclamaba ahora su atención como si con él no tuviera nada que ver el asunto. Sin bar y sin chica, la mejor opción que podía barajar, más bien la única, era la de volver sobre sus pasos y comprobar que entre la alacena y el frigorífico podría saciar al monstruo que llevaba dentro de su abdomen.

   Lechón asado y apio encurtido bastó para continuar en el mundo de los que dominan el arte de no pensar en nada durante un momento determinado. Arte que practicaba cada vez con más frecuencia desde que Sandra, su ex, lo dejó para siempre. El día que ella se despidió, se llevó en el corazón un viaje sin retorno, dejando entre sus recuerdos, un billete roto para el olvido unido por imperdibles.

Y así cenó, acompañado de sus propios diretes.

    Por delante tenía la ardua misión de organizar el día de mañana, dadas las opciones que podía barajar. Dadas las actividades que ofrecía un pueblo al que se le había arrebatado el alma, mejor discurrir desde la cama, que según un estudio leído no sé dónde, afirmaba que tumbado, las neuronas interactúan a más velocidad. 

   Ya en la cama, en posición supina, dos de las neuronas más activas desafían la equidistancia en su cuerpo. La que vaga por el cerebro dirigió su atención hacia la ventana abierta que daba a la plaza. A través de ella se proyectaba la noche ya instaurada y teñida de una oscuridad imperfecta a pesar de que esa semana la luna gozaba del exilio. La otra neurona es la causante de provocar cierta erección en su miembro, responsable en ocasiones, de una mirada desafiante pidiendo ser saciada, pero en este momento su miembro mantenía la extinta mirada hacia otro lado. -Es hora de dormir-.

  El aliento de un nuevo día entró por la ventana tocando diana. - ¡Joder!- Bramó al incorporarse. Sentado en el filo de la cama, buscó torpemente a ciegas la manera de vestir sus pies con las zapatillas. Detrás de él la cama nuevamente alborotada quedó desapercibida. Se levantó desnudo con la intención de darse una ducha cuando volvió a percibir una brisa helada por todo el cuerpo que le hizo pensar que no estaba solo en la habitación. Giró la cabeza en todas direcciones encontrando la soledad como respuesta y unos restos de semen seco alrededor de sus genitales. ¡Ducha!

-No te rayes Ramón. Un buen desayuno, eso sí, hoy a su hora y bien merecido tras el homenaje de anoche o eso creo, en todo caso, café con leche y pan tostado con mantequilla para empezar el día, ¿no?...  ¡Pues eso!   

   Al salir a la calle, el pueblo le ofrecía el mismo bullicio que un yacimiento arqueológico esperando a ser descubierto a pesar de tener la sensación de que una o dos ventanas fueron cerradas a cal y canto a su paso por la calle que daba a la iglesia. Giró a la izquierda por la calle donde hace años hubo una panadería. Se adentró en ella siguiendo el deslucido cartel de madera que indicaba el sendero que lo llevaría al arroyo, lugar donde además de la quietud de una inmensa belleza, sería el enclave donde encontraría más vida junta desde que llegó al pueblo. Perfecto para pasar la mañana. El lugar gozaba de una inmensa belleza. El río bajaba con sus aguas relajadas acariciando algunas rocas de la orilla. Los árboles  miraban coquetamente su reflejo en el agua aprovechando para retocarse las hojas alborotas por el viento. Ramón, decidió sentarse un rato en una de las piedras redondeadas de la orilla que ofrecía la posibilidad de meter los pies en el agua. Al acercarse, sus botas se hundían por la humedad del terreno, aunque las huellas desaparecían al instante. Sentado en la roca observaba con atención la presencia de peces. El reflejo del paisaje ofrecía una imagen en movimiento digna de los mejores pintores. Curiosamente su rostro no se reflejaba en el agua.

-¡Mejor así!, así no estropeo el cuadro- Segundos después soltó un par de carcajadas, las cuales provocaron el alboroto de una familia de alondras.

Al marcharse el río se paralizó por completo. El agua estancada se tenía, por momentos, de tonos oscuros  y en la superficie empezaron a flotar algunos esturiones. En pocos minutos todo se cubrió de una gélida y grisácea niebla.

   La tarde la fue consumiendo en casa, trabajando frente al portátil la presentación del curso y adaptando los contenidos a la nueva reforma educativa. Así fue atrapado por la oscura envoltura estrellada de una nueva noche. Sacó de la nevera una tupper de lechazo confitado del kit de bienvenida y una botella de vino de la tierra. -¿Una o dos copas?- pensó con ironía mientras preparaba la mesa para cenar.

   Ya en la cama, el vino le ayudó en la búsqueda de una respuesta racional a la concatenación de variopintas situaciones surrealistas de las que ha estado expuesto desde que llegó, sobre todo a esa extraña sensación de estar acompañado en la profunda soledad que el lugar le proporciona. Al no encontrar solución ecuánime, dejó rienda suelta al vino ingerido y optó por hacerse el amor, esta vez con la lucidez suficiente que otorga el sublime acto en sí y el más excelso de sus dotes. 

   Nada ocurrió tal y como él y su miembro esperaban. Un intenso frío entró por la ventana provocando una bajada de temperatura que arruinó el festín. Llevaría como dos horas dormido cuando su subconsciente deseaba acabar lo empezado mientras estaba lúcido.  Toda una batalla con desenlace incierto a no ser que a esa hora de la madrugada y con tal inquietud haya un giro inesperado de los acontecimientos. Y es cierto que lo hubo. Nuevamente la sensación de frío se apoderó de él.  En esta ocasión la brisa venía impregnada con un suave perfume de mujer que lo desveló. Sin abrir aún los ojos, notó el calor de unos labios en su cuello y la cálida respiración de quien lo estaba besando. Se despertó bruscamente con un desconcierto del copón.

 -¿Qué carajo está pasando? Se preguntó atónito. 

Llevó la mirada por toda la habitación sin respuesta. Involuntariamente sus manos corrieron hacia sus partes más viriles y lo único que allí encontró era la prueba evidente de que había habido sexo reciente, -¿qué carajo?- se volvió a preguntar. Fue directamente al baño para adecentar su cuerpo de los restos de lujuria, no sin antes detenerse frente al espejo para examinar su cuello en busca de no sé qué quería encontrar, pero en todo caso, escudriñar la zona antes de empezar a elaborar una extensa lista de incógnitas.

Nunca había tenido sexo tan continuo, por lo menos consciente de ello, por lo que tanta lascivia, empezaba a preocuparle más que el mero echo del surrealismo al que no daba crédito. -¿Machote yo?...¡No!...o…¿N0?-

   El operario que hoy había puesto las calles, lo había hecho dándole un color más vivo a las fachadas de las viviendas. La temperatura es primaveral a pesar de estar a finales de agosto. La bóveda celeste estaba presidida de un sol radiante y feliz que exaltaba de un brillo especial a la calzada. Algunas viviendas dejaban pasar el espléndido día a través de sus ventanas abiertas de par en par. Otras se resisten y permanecen herméticas a la existencia. A lo lejos se oía el cantar de unos pájaros y no estoy del todo seguro, pero creo haber escuchado el sonido de un coche en marcha. Si Ramón hubiera salido hoy a la calle se hubiera encontrado con un pueblo con ganas de recuperar la vida, pero decidió quedarse en casa todo el día. Tenía el presentimiento de que algo extraño iba a suceder hoy y quería estar allí para contemplarlo, pues estaba convencido de que no estaba solo. Vestido solo con las zapatillas como único atuendo, se paseaba de un lado a otro por toda la casa. Sujetaba una copa de vino de una nueva botella que había descorchado con el pretexto de estar más unido al lugar o eso creía. Sentado junto a la mesita que presidía la cocina, dedicó una tímida mirada desinteresada hacia la nota escrita que aún estaba sujeta por el frutero, a espera de ser leída, que para eso se había escrito, pero no le prestó mayor atención, como a casi todo lo del resto del día. Lo más heavy a lo que se enfrentó fue a mantenerse en equilibrio sobre la delgada línea que separa el tedio del aburrimiento.

   A través de la ventana se asomó la noche de la mano de una luna en ascenso que empezaba a roncar. Sin llegar a molestar, ocupaba con ilusión el lado de la cama con las sábanas más frías. El efecto sedante del vino no se hizo esperar ayudando a Ramón a conciliar el sueño, rehusando así a cualquier formato pragmático, ¡total!, a nadie parecía que le pudiera importar si se sumergía en el mundo del olvido, cerraba la puerta y tiraba la llave.

   En algún lugar del mundo sonaría la alarma de un reloj cualquiera a las una y medía de la madrugada. Paralelamente, en la habitación de Ramón, un extraño fenómeno le robó el sueño, trayéndolo de vuelta para efectuar un viaje a donde habitan los enamorados sin pagar más alquiler que el ardor.  La respiración paulatinamente aumenta hasta convertirse en jadeo. Al abrir los ojos, su mirada quedó extasiada por los movimientos oscilantes de una cabeza cubierta de cabellos rubios. Su alma más erguida se encontraba atrapada por la calidez que otorgan unos labios lascivos. Poseído por el aura de placer que ofrece el sexo, no se atrevía a preguntar y mucho menos que aquello parase. Sin tener la oportunidad de cuestionar nada, ella se colocó sobre su miembro respondiendo toda duda. En ese momento él solamente quería seguir dentro y ella no quería que saliera. 

   El alba se los encontró abrazados. La habitación olía aún a sexo reciente cuyo aroma era portador de buenos augurios, o eso parecía.  Aquella desconocida mujer se levantó del lecho pragmàtico y tomó dirección hacia el baño donde desapareció tras la puerta. Su silueta dibujaba una exuberante figura que eriza el cuerpo, de las que te obligan a asegurar el corazón a todo riesgo y con las que a su lado se paraliza el tiempo.

 Extasiado por los acontecimientos, pero más aún, hastiado por la larga espera de la diosa Freya, supuestamente aún en el baño, Ramón se quedó dormido acostando con él su silencio mientras que Valdeprado despierta vagamente.

   A medida que avanza la mañana, las calles se llenan de actividad. Unos críos correteando detrás de un balón. Un perro los acompaña con ladridos de júbilo. Dos señoras se paran para conversar. Una de ellas se alivia del peso de la reciente compra despachada en el colmado, ya que la tertulia parece que promete. Una motocicleta irrumpe con el estruendo que emana el escape oxidado. Las campanas de la iglesia dan las señales horarias para unos oídos entrenados en el arte del paso del tiempo a pesar de que dos vehículos discuten a golpe de claxon con sus ventanillas cerradas.

   Alrededor de las cuatro de la tarde Valdeprado se dejaba seducir por la hora de la siesta. Ramón, por el contrario, empezaba a dar señales de vida. Miró a su derecha y solo se encontró con el espacio de la cama vacío y revuelto. La segunda mirada la dirigió hacia su miembro. Su órgano más viril, ahora flácido, dormitaba ausente del resto del mundo sumido en el recuerdo de su reciente estancia en aquella húmeda cavidad, de la cual aún estaba impregnado, ahora sin el brillo de horas pasadas.

 Ramón se debatía en una batalla contra la incredulidad y la ficción, de las cuales no tardaría en salir victorioso. Solo tuvo que oler el aroma de mujer tras el gesto involuntario de llevarse la mano a la nariz, tras haber pasado por sus partes más nobles…Gesto muy habitual en algunos hombres independientemente de su cuna.

Se levantó sin la mínima intención de buscar las zapatillas y descalzo se dirigió hacia el baño en busca de no sabe qué. El baño estaba vacío, tal y como lo dejó antes de tumbarse en la cama. Bajó las escaleras sin prisa, pero sin pausa en busca de algún vestigio que le ayudarse a dilucidar la visita nocturna de aquella misteriosa mujer, más bien una diosa, sin llegar a entender si cabe, los extraños fenómenos que saciaban su inusual actividad sexual mientras dormía.

   No encontró indicio alguno de una segunda persona, ni forma humana en toda la parte baja de la vivienda. Se sentó junto a la mesa de la cocina incrédulo del surrealismo en el que se estaba viendo inmerso. Con la mirada fijada en el vacío, cogió una manzana del frutero que sujetaba aún la hoja de papel y se la llevó a la boca. El helor de la forja del respaldo de la silla y el vientecillo que entraba a través de la puerta abierta del patio no tardarían en recordarle que seguía desnudo…el cuerpo humano es muy sabio en muchas ocasiones,… en otras no tanto.

Pasó lo que quedaba de día dejando pasar el tiempo, aunque es cierto que seguramente estaría pensando en cómo gestionar lo vivido en los últimos días, ya que es evidente que se dispuso a enumerar más cantidad de preguntas que posibles respuestas.

   El Sol hacía ya varias horas que se había echado a dormir cuando decidió volver a la habitación. Fue directamente hacia la ventana del dormitorio con la intención de cerrarla, pero no antes de asomarse durante un momento para respirar el aroma de la noche. Las calles estaban vacías, las casas cerradas como fortalezas antiguas inexpugnables sin nada que ofrecer, por lo que procedió a cerrar la ventana tal y como se había propuesto momentos antes. En ese preciso instante, aquella brisa fresca volvía a envolver su cuello y erizar toda la piel que recubre su cuerpo.

-Ya es la hora-, pensó. Se tumbó en la cama y esperó. No hizo falta esperar a quedarse dormido. El sonido que produce el crujir de los peldaños de la escalera al ser pisados se oía cada vez más cerca. Aquel sonido venía acompañado de una luz que se hacía más intensa a medida que se acercaba. No tardó en aparecer una hermosa mujer vestida de blanco sujetando una vela en su mano izquierda. El vestido era descubierto por arriba, con unas delgadas tirantes que sujetaban el resto de una tela fina que dejaba entrever el maravilloso cuerpo de quien era su portadora. Ramón se levantó enseguida y fue en su búsqueda.  Ella se adelantó anticipándose a él, como si supiera sus intenciones. Le pidió silencio llevando el dedo a su boca. Acto seguido selló sus labios besándolo con la pasión de unos enamorados. Ramón quiso resistirse, necesitaba respuestas ahora, pero no pudo. Los besos se acentuaban sin cesar. Con una fuerza poco habitual para una mujer de su corpulencia lo fue arrastrando hasta la cama donde hicieron el amor con el ardor de unos jóvenes apasionados. Ramón la miraba con atención, acariciaba incrédulo todo su cuerpo en busca de evidencias que le otorgara la certeza de que todo aquello era real, de que aquella mujer era real y de que no estaba perdiendo las entendederas en vano. Es más, aprovechó el momento más álgido del fulgor de la situación para apoderarse de una muestra de pelo ajeno como si lo tuviera planeado con antelación. ¿La verdad, no sé para qué?

Toda bacanal tiene su final y esta no iba a ser menos, pues hay que estar muy versado en el arte de la cópula para no dedicar un merecido tiempo de descanso. Freya se quedó encima de él mientras recuperaba la respiración. Ramón no quería perder ni un solo segundo más sin respuestas comenzando su interrogatorio de la forma más sutil posible.

-¿Quién eres?, ¿Vives en esta casa?, ¿Cómo te llamas?, ¿Por qué……..-

¡Silencio!

Sus miradas se enfrentaron durante un momento con la misma tensión que se mantiene durante un duelo del lejano oeste parándose el tiempo, hasta que las lágrimas empezaron a romperse al caer sobre el pecho de Ramón precedente de los inmensos ojos de quien seguía sobre él.

-¡No!, no, no por el amor de Díos, no llores…, solo dime algo, por favor.

-¡Adíos Ramón!, Hasta siempre. Respondió con eco helado de una voz casi sobrenatural y se desvaneció hasta convertirse en éter. 

Ramón aún sentía el calor de sus manos que apenas un instante habían estado presionando su pecho hasta el momento de desaparecer justo encima de él.

-¿Adios?, ¿cómo que adios?,…y ¿ya está?,…¿eso es todo?. Ramón no llegaba a entender nada. Se levantó y buscó por toda la casa como el que busca desesperadamente un atisbo esencial para la supervivencia, dejando la vivienda como si hubiera pasado por ella una estampida de búfalos enfadados.

Se dirigió hacia la entrada, abrió la puerta y lo único que pudo contemplar fue como la luz del alba recién salida se apagaba lentamente, oscureciendo las calles dejando al pueblo en un estado fantasmagórico, frío e inerte. 

-Pero ¿qué carajo está pasando aquí?- bramó con fuerza.

   Han pasado ya tres días desde el último encuentro con Freya o quien quisiera que fuese aquella misteriosa mujer. Ramón no se había movido de la cama desde entonces. Abandonado por el paso del tiempo, consumido por la falta de motivos, lo que quedaba de él estaba a punto de fundirse con sus recuerdos. En un último suspiro notó el frescor de aquella conocida brisa que le ponía toda la piel de gallina y se puso en píe con un estoico derroche de fuerzas. Por la ventana la noche se convertía de nuevo en día y a través de ella el ruido de un coche atrajo su atención. Retiró la cortina y allí estaba ella, …esbelta, hermosa, reluciente con un vestido ceñido de color rojo, pelo rubio largo con rizos adornado con un tocado coral inclinado a la izquierda, guantes blancos hasta los codos y zapatos de tacón a juego con el tocado.  Se disponía a subirse al taxi cuando notó una extraña  presencia que la observaba a través de la ventana de la habitación del primer piso. Ramón le brindaba un tímido saludo con la mano y el gesto de una tierna sonrisa antes de que abandonara  Valdeprado para siempre. 

Un mes más tarde, Ramón bajó de la habitación donde había sido recluido por perder la batalla contra la razón. Creyó haber escuchado el ruido de personas abajo. Al bajar se encontró solo, aunque tenía la sensación de no estarlo. Se sentó en la cocina frente al frutero. Cogió una manzana fresca y crujiente, cuando se la llevó a la boca miró la nota sujeta por frutero de barro y leyó con delicadeza:

“Querida Isabel;

Nos complace saber que vas a ocupar la vacante en nuestro modesto colegio. Elogiamos tu decisión a pesar del trágico acontecimiento ocurrido tras el accidente del autobús que se llevó la vida de tantas personas, entre ellas la de Ramón, tu predecesor. No ha debido ser fácil tomar tu decisión y es por ello que Valdeprado y sus gentes te damos la bienvenida”


lunes, 24 de abril de 2023

LA OLVIDADA


 

   Todo comenzó con una copa de vino mientras esperaba que llegara la hora de mi cita. La explosión de sabores y olores activó todos mis sentidos, incluso aquellos que un tiempo atrás eché a dormir, por lo que pedí otra copa al camarero.

Había viajado desde Almería hasta las Tierras Altas de la Rioja Alavesa con el único motivo de encontrarme con ella. El reloj colgado en la pared acababa de emitir el sonido que anunciaba las siete de la tarde. La cita era a las nueve y ya me invadía un sentimiento de impaciencia, a pesar de aquel caldo de dioses.

¿Qué tal el vino, señor? ¿Es de su agrado?,- preguntó el camarero que amablemente se pasó por la mesa que tenía reservada junto al ventanal que daba a la calle.

- ¡Excelente! - muchas gracias, respondí. Una cosa por favor, espero a alguien, ¿podría avisar de que estoy esperando aquí?

-Si señor, por supuesto, no se preocupe. - Respondió amablemente,

-Gracias, es importante para mí, … una cosa más ¿Qué vino es? -  Le pregunté mientras sujetaba la copa.

-7 cepas, cosecha propia elaborada con mucho cariño y mucha tradición-.

La noche ya se había apoderado de La Guardia, a través de la ventana se podía ver como empezaba a lloviznar cubriendo las aceras de una humedad que le otorgaba cierto encanto. Dentro, el local se impregnaba de olor a cena, guisos, carnes y brasas. Todo era perfecto. Ya casi estaba el aforo completo.

De pronto, la vi.  Vestía de color oscuro y collar granate que realzaba la figura de su cuello. Debía de ser importante en el lugar, pues el mismo Sumiller la acompañaba sujetándola con el brazo. Varios comensales giraban la cabeza a su paso.

Al llegar a la mesa me levanté para recibirla cordialmente. Diego, el Sumiller hizo las presentaciones y nos sentamos uno frente al otro. No podía dejar de observarla. Su rostro tenía rasgos fenicios y era evidente que su perfume afrutado presentaba matices a frutos rojos perceptibles a esa distancia.

Mientras servían la cena le pregunte por su origen. Tomé un sorbo de vino y con un tono delicado me susurró:

-Nací en Rioseco, una pedanía años atrás olvidada. Mi familia se esforzó en recuperarla. Trabajó muy duro y supo sacarle lo mejor a aquellas tierras arcillosas. El fruto de su esfuerzo más una delicada educación…- perdón no quisiera ser egocéntrica- se disculpó con modestia, pero la verdad que mis hermanas y yo rozamos la excelencia. -

Sus palabras recorrieron todo mi cuerpo y supe en ese momento que, a pesar de su nombre, nunca la olvidaría.

Años más tarde, en mi ciudad natal, tierra también de buen vino, recibí por sorpresa la inesperada visita de mi amigo Valcavada. EL Sol lucía como de costumbre, pues de todos es conocido que el astro rey es aquí donde pasa el invierno.

- ¿Qué tal está mi viejo amigo? - fue su forma de saludarme.

Dejé a un lado el vaso de palo-cortado para recibirlo, como se reciben a los buenos amigos, y le pregunté que le había traído hasta aquí.

- “La Olvidada-” me respondió.

El silencio se podía cortar y luego unir con imperdibles. Pasados unos minutos empezó a contarme:

-          Cómo ya sabes, desde hace unos años desaparece como arte de magia nada más empezar la temporada de recolección. Eso ya viene preocupando a la familia pues nos gustaría que estuviese entre nosotros más tiempo. Pero lo peor de todo, es que la semana pasada hubo un terrible asesinato en una casa respetable de Logroño. Los agentes se llevaron una copa de vino del lugar del crimen para analizarla y aunque no encontraron ni huellas ni restos de ADN, el informe de la científica reveló que en el interior, la copa contenía unas propiedades únicas en el mundo y dada su pureza y combinación de elementos solo podría apuntar hacía un solo ser, ella.

No quise que siguiera hablando del tema, pues ya me había informado en las noticias, así que lo único que se me ocurrió fue:

- ¡Querido amigo! no debes de preocuparte, ya que no hay indicios-. Solté con cierta muesca de ironía para suavizar.

- ¿Cómo qué no?, me reprochó… -ella estaba allí-

-Normal, ¿sabes por qué?

¡No!

-Porque es excelente-

 

lunes, 20 de septiembre de 2021

Letras donde hay sombras


 

Fallecí apenas unos días antes del cambio de año como consecuencia de un atragantamiento de jamón. No solo cambiaría un infausto año, sino que también nos asomábamos de lleno a un nuevo siglo y con ello toda una concatenación de nuevas transformaciones que dejaría atrás un viejo y oxidado mundo. Quienes lo vivieron lo recuerdan ahora con cierta ironía, pues el mundo avanza a gran velocidad, aunque a estas alturas de la vida no tenga claro en qué dirección…-demasiado bonito para ser bello-. 

   Hoy nos separan casi veinte años de aquello y de tantas otras cosas. Unas más bonitas que otras y otras no tanto. Es por eso que mandé venir a mi querido amigo Gabriel, la única persona que entendería el periplo de mi vida durante estos años… muerto, además de ser el único que verdaderamente ha estado ahí, en las duras y en las maduras. ¡El único!  

 

   El día se había despertado gris. Las luces de los coches más madrugadores junto con los primeros rótulos de algunos negocios, pintaban tímidamente de color lo que anunciaba un día apático. El cielo encapotado amenazaba con lluvia, pero no parecía importarles a las gentes con o sin rumbo u objetivo, ni a sus tétricas sombras que dibujan a su paso frente al ancho ventanal del café Los Leones. 

   El local está decorado al estilo irlandés, con su madera ajada, dispensadores de café a granel y algunas fotos del comercio marítimo de finales del siglo XVIII. Una réplica muy bien conseguida del Irish Tavenr O'Connors en North Wall del Puerto de Dublín. Sentado en la tercera fila de mesas más cercana a la pared frente a la barra observo los cuadros de las columnas como si de ellos quisiera obtener alguna información de interés mientras espero con deliberada paciencia la llegada de Gabriel. 

 

-Buenos días, ¿qué le pongo al señor? - Dijo la amable camarera mientras sujeta su block de comandas para tomar nota del presunto desayuno. 

-Al señor le pone usted un par de velas. A mi, un café con leche y tostada de aceite- pensé con ironía, cuyo sarcasmo provocó una leve sonrisa que relajó la tensión de mi rostro por un instante. 

-Espero a una persona. En un momento le pediremos. ¡Muchas gracias! - Conteste finalmente. 

-Perfecto, no hay problema- Ofreciendo su mejor sonrisa se retiró amablemente, no antes sin provocar que mi mirada se dirigiera de forma involuntaria al espectacular contorno que ofrecían sus vaqueros descoloridos pero muy bien ajustados a sus caderas. Aquel trasero, por un momento, se convirtió en heraldo de sueños dormidos, grandes escotes tentadores y alguna que otra alma acariciada que me apartaron fugazmente de los pensares que ofrecieron los cuadros colgados momentos atrás.  Busqué con la mirada a la que se había convertido en la portadora de recuerdos acostados en silencio y por los cuales me encontraba allí sentado, esperando a Gabriel como si por cada paso que daba hacia el café, la vida se alejaba cien. 

 

   -” No puedo asegurar lo que pasará en el futuro, pero estoy totalmente seguro que pase lo que pase, te amaré mientras viva. Nosotros siempre seremos uno”-. 

 

 Estas palabras retumbaban en mi cabeza sin querer comprender que existe una apisonadora que pasa sobre ellas constantemente hacia adelante y hacia atrás y viceversa cuando las personas no se quedan para siempre. 

   Afuera empezaba a lloviznar. La calle se coloreaba de paraguas y el tráfico se condenaba por momentos. Frenazos y el lenguaje enfurecido a fuerza de claxon inundó la quietud que reinaba instantes antes. 

- ¡Llueve en Almería!, hoy migas- Pensé resignado vaticinando el menú del día al estilo Pepe Céspedes. 

 

   La puerta del café se abrió. Dirigí la mirada hacia ella para recibir a mi amigo y hacer alguna chanza sobre una larga espera. Sin embargo, fui yo el que me adelanté a la cita y una vez resignado ví como entraba una pareja sacudiéndose el agua entre risas gestos de frío. La chica vestía en tejanos y una sudadera donde se podía leer “ Todas las mujeres son creadas iguales, pero solo las mejores nacen en….”, no puede ver la última línea. Me llamó la atención sus zapatillas primaverales de color blanco con los cordones sin atar y empapadas de agua. En todo caso inapropiadas para este día invernal. El, sin embargo, vestía más formal, con zapatos negros, pantalón azul marino, camisa blanca y americana gris en la mano. Se percibía cierta diferencia de edad, la cual se disipaba por los gestos de dos personas enamoradas. Se dirigieron hacia una mesita situada al fondo del local, junto a la entrada de los servicios. Aun así, el sitio era ideal como el altar de misa para confinarse uno en el mundo del otro. Vi a Marisa, la camarera, acercarse a tomar nota. Solicitaron sus desayunos sin soltar sus manos, estas apoyadas sobre el centro de la mesa. Aquello me recubrió de un aura de melancolía que me atravesó el corazón con una daga tan afilada, que me di cuenta del dolor, una vez de regreso del pasado.  

 

-Dos cafés con leche, uno de ellos corto de café con la leche bajada al infierno hasta que se derrita a cucharilla, el otro templado, por favor y dos tostadas de jamón serrano con queso fundido sobre pan de cereales.  

 

   Ensimismado por la parejita no vi entrar a Gabriel. Se quitaba su gabardina Buberry para colgarla en el galán de la entrada. Con sumo mimo deslizó la mano por el ala del Borselino marca Fedora del que tanto presumía para sacudir los vestigios de la lluvia y se acomodó el pelo para liberarlo de la presión del sombrero. Pantalón y camisa Tommy Hiljiger, zapatos Salvatore Ferragamo culminaba su atuendo. Genio y figura.  

   - ¡Buenos días Gabriel, querido amigo! ¡Has venido! Gracias por acudir a mi llamada- Me apresuré a decir a la vez que me levantaba para recibirlo. 

   - ¿Buenos días?¡Venga ya! ...Espero que lo que tengas que decir sea importante y por tu bien espero que no sea una de tus artimañas de trilero. - 

   -Lo es. Es sumamente importante. - 

   - ¡Pues eah, dispara!... Seré todo oídos, pero eso sí, solo después de un buen café. - 

Tras unos segundos atrapados por un silencio, los mecanismos de mi cabeza luchaban por encontrar la manera idónea para empezar. Dirigí la mirada por el local en busca de Ana, la camarera. Levanté la mano reclamando su atención, la cual tuvo como respuesta a mi demanda un gesto de asentimiento con la cabeza. 

   - ¿Qué tal Gabriel? ¿Cómo te va? - Rompí el silencio mientras esperábamos la llegada de Ana para evitar un posible conato de estado de desidia de mi amigo. 

   - ¿Qué tal? mis cojones. Mira, …espero que sea tan importante como dices ser, pues a pesar del mal tiempo con el que ha amanecido el día, he cancelado lo que presumía ser una espectacular cita con una chica cuyo cuerpo rompe todo estereotipo de belleza. Lo pillas, ¿verdad? - 

   -Lo es- Contesté sin dudar. 

   -Eah- pues, dispara, antes de que me arrepienta de haber acudido-. 

Me tomé unos segundos y me apresuré a comenzar: 

   -He muerto querido Gabriel. - 

   - ¡Venga ya! ¡No me jodas! ¿Para eso me has hecho venir? Cuéntame algo que no sepa, no sé, algo así como que te ha dejado embarazado un pez pene mientras te bañabas en la playa. 

   -Buenos días. Ya estoy con ustedes- Irrumpió la camarera con su libretita de tomar notas en la mano. - ¿Qué van a tomar los caballeros? - 

   -Café con leche y media tostada de Lorenzana, por favor- Mi desayuno habitual. Gabriel, sin embargo, se tomó un poco de tiempo antes de pedir para radiografiar la silueta de Ana, adoptando en su asiento una postura de depredador de corazones y con su mejor sonrisa: - Te rojo con unas gotas de leche desnatada, queso fresco y aguacate regado con un toque de aceite de oliva sobre una rebanada de pan de molde integral. - 

   -Perfecto- afirmó la camarera.  

   - ¡Perdón!, Una cosa más señorita- Reclamó Gabriel evitando la marcha de la camarera. -  

   -Usted dirá- Dijo la camarera con una sonrisa cordial. 

   - ¿Su nombre, por favor? - Preguntó Gabriel de forma seductora. 

   -Ana- contestó 

   - Encantado Ana. Yo me llamo Gabriel. No quisiera parecer grosero y le pido disculpas por adelantado..., desearía si es tan amable que junto al desayuno me dejara una servilleta con su número de teléfono anotado. No se lo tome a mal Ana, pero estoy convencido de que le daría un toque especial a la comanda. - 

   -Veré que puedo hacer. En cocinas están a tope y no le aseguro nada- Dijo Ana mientras guiñaba el ojo. 

   -Menudo embaucador estás hecho. ¡No pierdas el tiempo! - 

   -Querido amigo, si de algo puedo presumir es de tiempo. Además, en el arte de la caza, el cazador nunca tiene prisa si la pieza es de arte mayor. - 

 

   Escuchar las palabras de Gabriel provocó una sensación de inquietud en mi interior que no sabría explicar. Tan solo sé que me desconcertó por un instante, aunque no tardaría en recuperarme. Gabriel miraba atento hacia la ventana de detrás del mostrador que daba a la cocina. ¡Mantenía su peculiar pose erguida y semblante altivo con el que se regodeaba mientras alimentaba su propio ego tras alguna de sus parrafadas... Dios!, cómo me molestaba tanto ego

. 

“Llévame a la morada donde no existe el tiempo”

 

   Aproveché su pérdida de conciencia efímera que deja el vacío momento de disfrutar su gloria para observar, llevado por alguna extraña sensación, a la parejita de enamorados dispuestos a meterle mano a sus respectivos desayunos. Desde nuestra mesa, a pesar de la distancia, se podría ver el brillo cortejo de sus miradas, sobre todo la de ella. Él lo notaba y su corazón lo sabía, por   eso mantenía aún sus manos cogidas y dibujaba corazones sobre su piel con el pulgar de forma delicada. 

   Me tomé un momento para imaginar cómo se habrían conocido. Él sin duda sería su jefe y ella una recién llegada a la oficina con las heridas aún abiertas por una reciente separación y devorada por un entorno hostil que la abnegaba como mujer. Pasados unos pocos días recibiría el encargo de tener acabados unos informes para la hora del almuerzo. 

-Espero que los tengas listos para mi regreso de la reunión con la dirección. Por favor, cuando los acabes los pones sobre mi mesa, ¿entendido? - 

-No se preocupe. Allí los tendrá antes de su regreso. - 

-De acuerdo. Confío en usted. - 

-Gracias-. 

- ¡Ah!, otra cosa... Echa un vistazo de vez en cuando por la oficina para que no se desmadren esta pandilla de holgazanes. - Salió por la puerta giñando un ojo y una sonrisa cómplice. 

Unas horas más tarde, tras la volver de la reunión, vería como no podría ser de otra manera, los informes sobre su mesa.  Tras leerlos, la haría llamar para comentar un tema de interés. 

- ¡Buen trabajo! Solo una cosa: ¿No se te ha pasado por la cabeza que este tipo de documento debe de ir impreso en un folio corporativo? 

Aquello pillaría por sorpresa a la chica, cuyo desconcierto le ocasionó romper a llorar de forma inexorable. 

-Eh, eh, ¡¡¡eh!!! … Que el trabajo está bien, solo que debería ser corporativo, nada más. 

-Lo siento- Contestó la chica entre sollozos tras echar a dormir su silencio sin poder dejar atrás su reciente decepción. 

Como si mirase a través de la ventana de un tren de alta velocidad se dio cuenta que en el mundo de los necios él sería el mercachifle de lo inoportuno, así que sin dudarlo la abrazó como portador del arrepentimiento a modo de intentó de exoneración.  Suspenso en el arte de la empatía, continuó abrazándola, pero esta vez con más delicadeza y ahí, en ese preciso momento, fue cuando saltó del detonador por el que quedó embriagado del aroma de su piel.

 

 “Entrégame tu tristeza, yo sabré que hacer con ella” 

 

¡Snap!, ¡Snap!, ¡Snap! ¡Vuelve de entre los muertos querido amigo! -  Frente a mí, Gabriel chasqueaba los dedos demandando mi atención y sacarme de mi estado ensimismado. 

-Perdón- dije excusándome. 

-Perdón, mis cojones. El desayuno se enfría y no tengo todo el día. 

Ana había traído nuestros desayunos durante el instante que había estado distraído sin haberme dado cuenta de ello. Gabriel doblaba con sumo cuidado un trozo de papel cuyo contenido imaginé enseguida, dado el gesto extasiado de su rostro que nuevamente se vestía con el traje embaucador de la mentira y un corazón asegurado a todo riesgo. 

   En la calle, la llovizna quería dar paso educadamente a una tormenta arrastrada por el paso de unas nubes que viajaban en contra de la dirección del viento y que indudablemente le habían robado las horas a la calma de un día presumiblemente soleado contra pronóstico. 

-Miénteme si lo crees necesario o firma un pacto con la nada, ya que a nadie vas a inquietar por ello, pues como ya sabes, mi alma está de momento parada, pero eso no quita que esté aquí para ver eso tan importante que tienes que contarme- Dijo Gabriel sagazmente. 

   Un vacío en su mirada presagiaba que iba a ser un monologo en una sola dirección- Pero no me importaba, mi corazón estaba roto en mil pedazos y aun sabiendo que era imposible recomponer, me habría hecho amigo del mismo averno si con ello ponía algo de cordura a una felicidad inexistente. 

 

 “Mantener una conversación sería lo más parecido a un crimen” 

 

   Me llevó poco más de diez minutos resumir con delicados detalles siete años de una relación de amor y pasión como bandera, donde los cuerpos se despojaban de la vestimenta de la mentira y el vacío de las circunstancias lo llenaban de ilusión unas sabanas frías. Lo más difícil de describir fue hacerle entender que a diario necesitaba besar sus labios, no solo porque han sido los que me han proporcionado calor en invierno y frescor en verano, sino porque son los únicos que me han llevado a viajar al lugar donde habitan los enamorados. 

- ¿Entiendes ahora cuando te digo que me quiero morir?, ¡Joder! No te he hecho venir por tener miedo a la muerte, pues ya estoy muerto, ¿Me entiendes? 

Un instante de silencio 

- ¡Joder tío! Si que pinta mal el tema-. Dijo al fin – Lo peor, dado como te encuentras, no es hacerte entender que la felicidad no existe, esto se da en primero de carrera en pareja, sino que a ver cómo te hago entender que lo que te pasa es que esa chica se te ha quedado clavada en el alma y eso, te guste o no, te acompañará mientras respires- Levantó la mano en busca de Ana, la camarera- 

- ¿Qué necesitan los señores? 

-Por favor, un par de copas generosas de brandy, pero no cualquiera, la situación requiere un Conde de los Andes o un Napoleón. 

 

   Mientras saboreábamos el coñac añejo no pude evitar dirigir mi atención nuevamente hacia la parejita. En esta ocasión me los imaginaba de viaje de trabajo. La empresa les había reservado habitaciones individuales separadas, conservando la ética moral del resto de compañeros, aunque una de ellas se quedaría sin utilizar, por supuesto. 

Al finalizar la jornada de trabajo saciaban la necesidad de juntar sus cuerpos en la febril sazón de la lujuria. A él le gustaba, como preámbulo, asomarme a las mismas puertas de la creación. Allí se quedaba hasta notar como el pulso se aceleraba y el aumento de temperatura que hacía fluir los torrentes de magma que la llevaría a una inminente erupción. Adepto al elixir de su interior le hacía sentir veinte años menor. Unos segundos recostados sobre su vientre le armaba de la fuerza viril necesaria para posteriormente fundir sus cuerpos hasta convertirse en arte.

A las pocas semanas, la misma escena se convertiría en algo habitual cada día tras el cierre de la oficina. Atrapados por la pasión, con el tiempo, alquilaban alguna habitación para salir de la rutina y alimentar la relación con la ilusión futura de una relación estable venidera. Quise imaginar como vivirían y la imaginación viajó por un instante a una casa de campo donde él se levantaba cada mañana para hacerle el desayuno, tortitas de maíz, churros caseros, zumo de naranja y café. Paseo por la montaña y baño posterior en la piscina. Desnudos en las hamacas, harían el amor antes de preparar el almuerzo en un constante afán de superar la receta del día anterior. Una vez en el sofá, harían el amor nuevamente antes de quedarse dormidos. Por la noche... por la noche, mejor dejar rienda suelta a lo que depara un cielo estrellado, dos copas de vino y el crepitar del fuego de una barbacoa que dibuja la sombra de ella ofreciendo una silueta que eriza el cuerpo de cualquier hombre.

 

 “Yo solo quiero estar dentro y ella no quiere que salga” 

- ¡Otra! - 

-Perdón- 

- ¿Qué si quieres otro coñac? - Preguntó Gabriel con cierto desconcierto. 

-Si...si por favor. - Balbuceé 

-Querido amigo, - ya sabes que el señor me dotó de belleza, dinero e inteligencia, pero se olvidó de los sentimientos, no por ello dejo de defenderme muy bien en el arte del amor, como tú ya sabes, pero…- se tomó un instante y continuó-..., ¿no crees que para hacer frente a tus tinieblas primero debes afrontar la oscuridad? 

- ¿Qué quieres decir en eso Gabriel?, ¿Otra de tus celebres frasecitas? - 

-Lo que pretendo decir es que, aunque estés tan enamorado como me has contado, en realidad no es suficiente, pues quizás, tú no dispongas de lo que realmente ella necesita, ¿te lo has preguntado en algún momento? 

- ¿Insinúas que mis sentimientos son el eufemismo de una simple aventura atraída por la lujuria y atrapada por un deseo obsesivo? - 

-Ups!! ... ¿quizás sea una afirmación retorica? Dijo encogiéndose de hombros desinteresadamente, pero con cierto matiz irónico. 

 

   No quería escuchar las duras y certeras palabras Gabriel, así que las dejé madurar en mi cabeza para más tarde, mientras que volvía a dirigir mi atención hacia la parejita. Para mi sorpresa esta se estaba levantando de la mesa para irse. Todavía las palabras de Gabriel resonaban en mi cabeza cuando la pareja pasó por nuestro lado y en ese momento ella se detuvo solo el justo instante para dirigirme una sonrisa a la vez que me giñó un ojo. 

 

 “El brillo de su sonrisa despertó en mi la perversión que solo anhelo saciar con ella”. 

 

   Desconcertado, notaba como el pulso se iba acelerando notoriamente a la vez que inundaba mis sentidos un perfume conocido. El roce de unos labios besó mi mejilla.

- ¿Vamos amor?

- Si, si enseguida voy- De repente estaba cogido del brazo de la chica con la sudadera que anunciaba que era la mejor. Cuando disponía a abrir la puerta del bar para salir a la calle, dirigí la mirada hacia la tercera fila de mesas, pegadas a la pared, cercana a la barra y observé que todas estaban completamente vacías excepto donde había estado sentado con Gabriel, ahora ocupada por un señor de negro, con capucha descubierta. De tez grisácea y sin brillo, mantenía la mirada fija hacía mí. Sus ojos negros, sin vida provocaron un extraño escalofrío que recorrió todo mi cuerpo.

-Salgamos de aquí cariño- balbucee mientras abría la puerta del local

La tormenta había desaparecido, las calles estaban completamente secas. Una brisa fresca primaveral acompañaba a un sol reluciente que dominaba la ciudad. Tomamos acera abajo en dirección a la oficina cuando sonó el teléfono móvil. La pantalla anunciaba la llamada entrante de Gabriel. Solté la mano de mi compañía para contestar.

-Dime- Dije al descolgar.

- ¡Dime, mis cojones! - Respondió Gabriel.

Mientras hablaba con mi querido amigo andando calle abajo, la muchacha se perdía entre la muchedumbre a la vez que mis pies se iban despegando lentamente del suelo entrando por un sendero acolchado de nubes que iban en ascenso, Poco a poco me fuí adentrando en el azul reluciente del cielo hasta convertirme en olvido.

 

“caminaré y caminaré hasta que mi cuerpo se vuelva éter”