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viernes, 10 de octubre de 2025

El oro y el moro

Parte II (El Hombre sin Armadura)

 

   Había amanecido nublado en Almería. El cielo amenazaba con agua sobre las torres y los muros de la ciudad.  Las calles estaban mojadas a causa de una tímida llovizna que visitó la ciudad momentos antes del alba. El fragor de la batalla había cesado hacía apenas dos meses, pero la ciudad aún olía a hierro, sudor y sangre. El olor de la batalla.

Las banderas de Castilla y León ondean orgullosas en lo más alto de la Alcazaba, movidas por el viento que llegaba de poniente. Más abajo del zoco, la Mezquita Mayor se preparaba en riguroso, pero a la vez tenso silencio, para acoger lo que sería el evento del día, el reconocimiento a los valientes de la conquista cristiana. Días atrás había sido desvalijada por el séquito de Emperador Alfonso VII, cuyos tesoros ya iban camino de Burgos. Las columnas de mármol blanco y sus arcos de herradura, intactos están siendo cubiertos por tapices de campaña, cruces improvisadas y pequeños estandartes del Temple enviados un año y medio antes desde Roma por el mismísimo Papa Eugenio III, cuando aprobó el envío de un destacamento de soldados pisamos al apoyo del Emperador de la cristiandad, y como no podía ser de otra manera, debían de ser de Pisa, tierra natal del pontífice.

   Paquillo Mañas pasaba justo por debajo de la torre de los espejos vestido con capa corta, espada al cinto y porte recto. Tatareaba inusualmente alegre, no sé qué leches de extraña melodía, pero en tal caso poco apropiada para el que ha visto el infierno de cerca. Caminaba en dirección al barrio Al Musalla, donde en una de sus calles angostas, se encontraba al resguardo de los ojos del nuevo poder la taberna de la Herminia. Una casa vieja de adobe, con el techo bajo y las vigas retorcidas por lo años, pero había servido de templo de soldados exhaustos durante el asedio y no sólo servía el mejor vino de la comarca, sino que quien lo servía. Esta es la hija de la Herminia, una muchacha de grandes hechuras, prominentes pechos y un pelo negro que le llegaba hasta el culo. Motivo suficiente para comprender la sombra de cansancio sobre los hombros de nuestro hombre.

-Guenos días tengas vuesas mercedes- dijo Paquillo al entrar.

-Siempre ha habido ricos y pobres- soltó sin más la Herminia de forma irónica 

- Y los seguirá habiendo- contestó Paquillo - ¿Qué tenemos hoy pa llenar la tripa? Preguntó a continuación para desviar el asunto 

- ¿Eres tonto o te entrenas por las noches?, ¿has mirao pál cielo?... Migas, ¿que vamos a tener si no? - replicó.

- ¡Chacho!, pos yo que sé. Solo he preguntao na más.

- ¿Qué es lo que es? Pregunto la hija de la tabernera, que al escuchar el barullo salió de la cocina con una resera en la mano.

-Na! Este holgazán que no sabe ni en el día que vive si no está rebanando pescuezo.

Paquillo se disponía a contestar cuando la joven le lanzó una mirada esquiva a los ojos queriendo zanjar el tema – pues eso digo yo…, ¡Na de ná! - dijo este resignado.

-Haya paz entre los hombres de buena voluntad. Demos vino al sediento y pan al hambriento, dijo el Señor- Recitó una mole de tío sentado en una de las mesas del fondo.

- ¿Pero que cajones…? Me cago en to lo que se menea…,si es el hideputa más grande de entre los hideputas!-Bramó Paquillo sorprendido al ver a Gabriel allí sentado-¿Qué coño hases tu aquí que no estás salvando este mundo de infieles?... Pero ven a mis brazos pequeño zascandil. -

   Gabriel se levantó y se abrazaron con la misma euforia que dos hermanos sin verse en años, aunque hacía solo cinco semanas que Gabriel se fue de Almería a tierras catalanas.


“Nadie tiene pereza en servir bajo su mando con jefe tan insigne, hasta las guerras fieras apetece”


– Sea pues una jarra de vino y dos vasos mientras se hasen esas migas, me cago en to.

-Que sean tres vasos- Corrigió el grandullón. - Nuestro amigo en Conde de Barcelona esta al llegar-

- ¿Pero que me comentas? ¿Qué me perdío? ¿El carbonazo de Ramón va a venir y tó? - Hizo una pausa y tras un momento pensativo soltó – Ea! pues ya sabes quien va a pagar, que este de catalán tiene mucho- Ambos se echaron a reír 

   El Conde de Barcelona quiso cobrarse su parte del botín tras la liberación de Almería, teniendo la genial idea de desmantelar la Puerta de Pechina para si, tarea que le ha tenido ocupado estos dos meses no sea que, entre el Emperador, Genoveses y los 100.000 maravedíes que cobraron los pisanos, se quedase sin nada. De ahí el dicho:

“De Almería quiero el oro y el moro”

  Paquillo tamborileaba con los dedos sobre la mesa con una breve pausa, que hubiera parecido una eternidad, mientras miraba pensativo el jubón de aquel enorme soldado impoluto con su león dorado ocupando su pecho y como no podría ser de otra manera, soltó directamente - Venga Gabriel, vamos al arroz, ¿qué te trae hasta aquí de nuevo? -

- ¿No lo sabes? - contestó sorprendido. -Hoy van a hablar de nosotros, de honor, valores, valentía y sacrificio. Es más, hasta nos van a colgar el mérito de la victoria. -

  Paquillo alzó los ojos lentamente y asintió desganado mirando al vacío. Después soltó una risa amarga y dijo - ¿te refieres a nosotros… chacho, ósea tú y yo?, te digo esto porque la contienda fue de muchos más hombres, la mayoría de ellos mu valientes, con un par de guevos …héroes, ¿me sigues?- dijo dando una palmada en la mesa,- los cuales parece ser que ya habitan en el olvido sin pagar alquiler, y si… sí que pagaron caro el presio de su alma. Perdieron el pellejo por la Cruz de nuestro Señor sin pensar en sus hijos y sus mujeres a las que ha dejao al amparo de la Iglesia o a saber de qué nuevo mario. Nosotros querido compare, solo hemos sobrevivío a algo a lo que no se debería sobrevivirse.

-Pues de eso va la cosa amigo mío- casi murmuró Gabriel y continuó con una pizca de desaliento. - Hablaran de nosotros como héroes de la cristiandad, en nombre del mismo Papa, al que hemos hecho mas Papa con estas tierras y las venideras- Hubo un breve silencio y continuó - ¿Sabes que es lo que más me rompe las pelotas?, que dejaran para el olvido a los verdaderos nosotros-… Ahí lo llevas Paquillo, pensó con la incertidumbre de alguna respuesta inapropiada, pero aún así se atrevió a preguntar:

 - ¿Y que vas a hacer cuando digan tu nombre? -

-Pos que voy a haser… sonreír, saludar y tragar saliva mientras me cago en tos sus razas- Contestó con una chispa de rebeldía en su mirada que incomodó a Gabriel en el asiento.

- ¡Brindamos! –

-Sea-

   Cuando alzaban sus vasos, el tintineo del brindis fue interrumpido por la entrada agitada del Conde de Barcelona dando traspiés. La puerta de la taberna se abrió de golpe, sin ceremonia alguna dejando entrar un viento helado que trajo consigo el olor metálico a sangre fresca. Ramón, en el umbral se alzaba desgarbado cubierto de barro, lluvia y heridas. La capa que arrastraba tras de sí humedeció el suelo seco. Su camisa blanca estaba cruzada por tajos carmesí sin saber si eran propios o ajenos. De la mano colgaba un puñal ensangrentado que cubría casi toda la totalidad del acero toledano del que se había forjado, como si fuese una extensión viva de su propia furia.

   La hija de la Herminia empujó con sus hermosas caderas la portezuela de la cocina. Salía con un plato de tomate con ajos en una mano y una hogaza de pan recién hecho, aún humeante en la otra, justo en ese mismo momento y se quedó paralizada al ver aquel hombre. Las viandas dibujaron una parábola para acabar estrelladas en el suelo. El plato se hizo añicos y junto con algunos trozos de tomate le salpicaron las piernas. Paralizada de cuerpo, su rostro se dividía entre el susto, la desesperación y la vergüenza. Paquillo se levantó de golpe para ir a su auxilio, pasando por completo del Conde. La agarró de los brazos y se acerco a su cara para susurrarle sigilosamente que todo ya pasó – no es ná- dijo – tranquila mi vida, estoy aquí – Segundos después ella volvió al mundo de los vivos, suspiró y se agachó con resignación para recoger los restos del desastre. Paquillo se agachó con ella, aprovechando el acto para rozarse las manos e intercambiar miradas de complicidad robadas, mientras la madre desde la barra los miraba sin dar crédito a toda aquella escena dantesca, como menos.

- ¡Vamos nenica, recoge lo del suelo, que a las migas le empiezan a salir las costras! - Ordenó su madre.

Gabriel mientras tanto ya estaba junto al Conde.

- ¿Qué cajones ha pasado Ramón?, déjame ver si estas herido – dijo mientras lo observaba.

-Estoy bien soldado- Contesto el Conde. – Solo he tropezado al entrar por la cajonera que he pillado. Un moro había decidido que debía morir hoy y le he truncado la idea-

-Déjame ver-

-Que estoy bien cullons! -dijo mientras ponía la mano en el hombro del grandullón y prosiguió - si no me crees que se lo digan al hijo de su infiel madre que no sabía que, si alguien iba a morir hoy, ese no sería yo…,bueno dejémoslo ahí, él no te va a poder contestar ya-


“Por doquier a se alzan enemigos como postes en nuestro camino”


- ¡Venga ese vino! - dijo Paquillo de camino a la mesa.

Una vez sentados, Ramón soltó el puñal sobre la mesa produciendo un ruido sordo.

- ¡Limpia y guarda eso, por Dios! - Bramó el más pequeño. – que ya somos bastantes en la mesa- así sacó una sonrisa a la comitiva.

   La Herminia les llevó el vino. Tardó solo unos segundos al volver con unas tapas de migas y pescado frito que le había quitado de las manos a su hija para que esta no se acercara a la mesa.

-Qué no se te olvide ese tumaca del huerto- reclamó el catalán a la tabernera

   Durante los minutos posteriores no se terció palabra alguna mientras llenaban el buche. De todos es sabido que el ser humano con el estómago lleno ve las cosas de otra manera.

   En el exterior la lluvia se hizo dueña de las calles haciéndose notar en el tejado de la taberna. Algunos parroquianos empezaron a llenar las mesas encontrando refugio en el interior. El día se prestaba a eso y el olor de la cocina ayudaba a decidirse.

El marido de la Herminia cargó de troncos la chimenea. Con un resquicio de ascua con algo de llama, empezó a encender las antorchas de la pared, creando así una atmósfera tenue y atractiva.

   Paquillo miraba atento a la barra para pedir más vino, era el momento de adelantarse antes de que se llene el lugar, porque el murmullo ya se notaba en el ambiente.

En ese momento, la puerta se abrió emitiendo un chirrido que atrajo la atención de nuestro hombre.

-Miren vuesas mercedes quienes se atreven a pisar tierra de hombres- dijo Paquillo con cierta ironía.

- ¿No son los que estaban detrás de nuestras filas el día de la toma? - Dijo Gabriel

-A ver si te confundes con corderos vestidos de seda- contestó Paquillo. – Es que a veces me pregunto qué clase de nobleza crían los reyes-

-Caballeros, antes de perder el juicio, no pongamos entre dicho el coraje de los aliados. Señores míos, deberíamos conocer de buena mano si su posición fue por obra de nuestro Emperador o por decisión propia- dijo el Conde de Barcelona en favor de los nobles mientras que Gabriel alzó la ceja como si le hubiera calado esa reflexión.

Se trataba de Guillermo VI, Conde de Montpellier y Don Álvaro Rodríguez de Castro, noble navarro y nieto de Álver Fáñer, lugarteniente del mismísimo Cid.


“Oigo en efecto decir, que también el famoso Álvar Fáñes subyugó a los pueblos Islamitas”


-Cudiao que habló el noble- se jactó Paquillo. -Y digo yo pa mis adentros, ¿estos también pillaran cacho? Que por muy prospera que fuese la ciudad, el asedio la ha debastao. ¿me sigue usted?... Que no hay chorizo pa tanta boca. -

-Algo pillaran, sino ¿Por qué crees que han venido? Prosiguió el Conde. -Hasta donde yo sé, los pisanos y los genoveses ya tienen su parte, como yo la mía. - giñó un ojo y prosiguió. - Los primeros cobraran un buen dinerito para no sé qué torre quieren hacer en su tierra y el Papa no suelta prenda. De los genoveses, sé que se quedaran una temporada cubriendo la defensa la costa a cambio de otra buena cantidad de maravedíes. Estos han sido mas tercos en el trato, pero no entiendo porque se han conformado con el Santo Catino, que solo una mierda de fuente de esmeralda, pero ellos sabrán. - Concluyendo con las explicaciones.

Gabriel asentía atento.

   Paquillo también atendía las explicaciones de este, pero sin desviar su mirada de vez en cuando para la puerta de la cocina, por si se abría. En cambio, se mofó respondiendo al más noble de los tres.

- De los primeros, pa lo que han hecho, ojalá se les tuerza la puta torre que quieran facer… por flojos. De los otros, que los dineros les sean bien veníos y espero que el día que se vayan le pongan su nombre al cacho de playa donde se han fondeao, porque ellos sí que les han hechao cojones y se lo han currao.

- Bueno, también hoy durante la ceremonia de reconocimiento van a nombrar al genovés Otto de Bonvillano nuevo Gobernador de Almería- Concluyó el Conde.

Gabriel esta vez si se atrevió a decir. – Esos lares son temas de nobles, yo ni me meto, ni me importa. Mi trabajo consiste en matar al enemigo y matar bien.

-Brindemos por ello- propuso Ramón. El cuarto de los Berenguer.

Otra mirada hacia la cocina.


“La lucha para los Francos es la paz, para los moros es la tea famosa, para los españoles es el rocío, en fin, para los combatientes en su costumbre es una porción de plata y es promesa de oro el éxito”


Nadie se percató del chirrido que emanó la silla de Paquillo al levantarse de golpe. Las carcajadas gruesas, el golpeteo de las jarras y que aquí somos de hablar fuerte, ensordeció aquel ruido. Paquillo llevaba un buen rato observando a un tipo regordete, de barba desordenada tambaleándose cerca de la barra, pero muy pendiente a la puerta de la cocina a pesar de los efectos del vino.

-Una flor tan bonita no debería estar trabajando en un antro pestilente como este- dijo el borracho con un tono que empapaba cada palabra en lascivia. – mira que puedo darte abrigo esta noche… “hip” y hasta un poco de oro si eres amable…” hip”

La hija de la Herminia dio un paso atrás con los ojos prendidos en fuego. Paquillo se acercaba con el rostro endurecido y la mirada puesta en el tipejo aquel. Al pasar por al lado de una de las antorchas casi la apaga por el sacudido de su andar decidido. La llama se suavizo, crepitó y volvió a iluminar incluso con más garbo.

- ¡Apártese de allá ya! - dijo con un tono grave que sonaba a peligro.

El Borracho se giró sin conocer aún con quien trataba.

- ¿Y tú quién eres? ¿Su escudero? ¿Su perro guardián? - no le dio tiempo a decir nada más ya que pudo sentir una daga en su garganta firme y decidida a rebanarle el cuello.

-Soy el que te abrirá la garganta si no te vas de aquí cagando leches, ¿me sigues? -

La muchedumbre cayó en silencio enmudeciendo la taberna. Ramon de Berenguer y Gabriel ya tenían empuñadas sus espadas a la espera, con la intención de verse implicados.

El borracho dio un paso atrás, y otro más, su sonrisa se había convertido en una muesca cobarde.

-Bah… mujeres… tanto alboroto por un poco de cariño no merece la pena- soltó sin hipo ninguno pero perfilado de saliva.

 Paquillo soltó el aire contenido al tiempo que se guardó la daga y empujó al tipejo para que se fuera, este tropezó con una silla y cuando torpemente recuperó algo de equilibrio salió por la puerta y no hubo nada más. Quien había desenfundado el acero, también ya lo había enfundado. La reyerta había finalizado. No hubo palabras de amor entre la Hija de la Herminia y su protector. Solo un gesto simple de asentimiento cuando este le preguntó - ¿Tas bien? - Ella sintió con la cabeza.

  Con el rostro aún endurecido se giró para volver a su mesa donde lo aguardaban sus hermanos de armas, pero estos ya no estaban sentados. Los tres vasos aun estaban medios llenos, la silla donde Paquillo había estado sentando se encontraba tumbada un poco mas atrás.  Ramón y Gabriel recogiendo las capas con las armas ya ajustadas y con apenas un gesto, entendió este, que les decía que era hora de marcharse. Justo antes de salir, miró por última vez para la puerta de la cocina. Ella no bajó la mirada como de costumbre, pero tampoco dijo nada, lo que ellos sentían se llevaba en silencio.

   Si más salieron de la taberna dejando allí el calor de la chimenea y el único rostro que lo hacía sentirse humano.

“Hermosa de rostro desprecia el trance supremo del sepulcro”


   A pocos metros de la Mezquita Mayor ya se podía ver el aglomeramiento de los parroquianos. Los vítores y trompetas se escuchaban desde hace rato, pues la hora nona ya estaba próxima.

Al entrar al templo, la suntuosidad del muhrab, bañado en oro y la caligrafía coránica contrastaba con el estruendo de las botas claveteadas que resonaban sobre el suelo de mosaico de los soldados. En la zona Central, sobre una alfombra negra extendida, se encontraba un improvisado altar, presidido por una gran cruz de madera traída desde León. Allí el obispo de Toledo, revestido con una capa pluvial alzaba la voz por encima del canto gregoriano que resonaba en las bóvedas para que los devotos e invitados ya asistentes pudieran escuchar:

-En el nombre de Cristo Rey, bendecimos esta victoria, ganada con el valor y la fe. ¿Qué la ciudad de Almería quede consagrada al Dios verdadero! -


“Es terror de los moros, de la cual Urgi fue luego testigo”


   Finalizado el oficio por parte del obispo, las trompetas anuncian la entrada del Emperador Alfonso VII.

Una vez aminorados los peloteros vivos y los aplausos, el prefecto ordena la presencia de los homenajeados ante el Emperador, el cual empezó su discurso sin dilatar:

-La sangre que se ha derramada no ha sido en vano. Esta ciudad ha sido liberada de la oscuridad y esta vuestra gesta, vivirá por siempre entre los que forjan la historia de la cristiandad, de aquellos que nunca serán vencidos y al igual que las olas de este mar, pudieren siempre ir y venir sin otra creencia que les mande, que no sea la de Dios, nuestro señor-

Aplausos

Haciendo un gesto para que Paquillo y Gabriel se postrasen ante él, continuó:

-De esta honorosa hueste y por la gracia de dios, hago entrega a Don Francisco Mañas, por su entrega, arrojo y honradez, el título de Caballero del Temple y protector de la ciudad… Levanta la cabeza hijo. Que los siglos venideros sepan tu nombre- hizo después una breve pausa y con la dignidad de un rey, coloca su mano sobre el hombro izquierdo del vasallo, ante el silencio de todos los presentes. A continuación, dijo – En nombre de la corona que portamos, te doy las gracias, soldado…Levanta la cabeza que quien sirve con gloria no debe inclinarla. El reino está en deuda. -

Mas aplausos

El monarca ordenó silencio y prosiguió:

-Además, en nombre del trono eterno, del acero que nos guarda y del juramento que nos une, nombro comandante de los ejércitos de las cruzadas a Don Gabriel Villanueva, hijo del deber, forjado en batalla, probado en la perdida como en la victoria y por haber demostrado no solo servir con lealtad a tu rey, tu señor, sino a la causa más sagrada de la cual desde hoy serás su comandante-.

-Que así sea-

Pausa y concluye:

-Que la paz, sellada ante Dios y los hombres, perdure más allá de nuestras vidas. Servid a la justicia, guardad fidelidad… No olvidéis que la fe es más fuerte que el acero… Con la bendición   del altísimo …os dejo en paz. - Se dio media vuelta y abandonó la Mezquita ante los “¡Dios guarde al Rey!” de todos.

   Sentado sobre una piedra junto a la empalizada temporal, Paquillo contempla en silencio el perfil inclinado de la muralla que se proyecta hasta El Cerro de San Cristóbal como promesa de protección hecha a la corona, para la continuación desde Jayrán. Alfonso VII en persona le había confiado la misión antes de abandonar Almería. Esa honra le pesaba más que una segunda cota de malla. La idea del Emperador era aumentar la seguridad de la ciudad, ya que, aunque no había guerra declarada, de todos es sabido que la paz es un velo frágil. Así es como piensa un soldado que conoce la guerra de primera mano. Entero, firme, leal.

Esa mañana primaveral no había enemigo a la vista, pero sí una batalla lenta contra algunos insurgentes y algún amigo de lo ajeno que rondaba en la sombra ante la escasez que la guerra dejó. Con la mirada perdida y el ceño fruncido, Paquillo no pensaba en gloria, ni cantares. Su mente estaba lejos de allí.

El sol tamizado por algunas nubes grises proyectaba sombras largas como los pensamientos que lo asediaban. No cargaba solo con la defensa de la muralla, sino con el peso de lo que no pudo ser. La ciudad crecería y como es de ley, se alzarían más almenas y torres, pero en su pecho lo que habitaba estaba en ruinas. Allí se llevó la mano, junto al broche de su capa donde aún llevaba el pañuelo que la hija de la Herminia le dio el día que se despidió. La pobre desdichada no tuvo elección. Desde el desafortunado incidente de la taberna y no me refiero al borracho, la madre le dio a elegir: “velo o corona”.

O unirse al convento de las Hermanas del silencio como novicia.

O marcharse el sequito de la reina como dama de servicio.

Ambas opciones eran condenas disfrazadas de honra. Ella resignada eligió sequito. Se fue sin beso, sin carta, sin promesa. Solo el pañuelo que le dejó en la mano con una gota de cera fresca, como un sello sin escudo.

Desde entonces él ya no era el mismo. Su corazón es el que quedaría amurallado de por vida. Mientras los demás pensaban que defendía los muros, nadie sabía que en realidad estaba defendiendo su recuerdo.


“Te llevaré en el pecho mientras respire”


   Ensimismado e inmóvil como una imagen tallada, perdido entre el eco de un amor imposible, oyó el ritmo de cascos contra la piedra. Alzó la mirada y su mano fue instintivamente a la empuñadura de su espada, no por amenaza, sino por costumbre de soldado viejo. Sus sentidos se agudizaron como en los días de contienda, cuando cualquier jinete venía con noticias de vida o de muerte.

El caballo era un alazán oscuro con la crin enredada y algo de sudor en sus flancos. El jinete, envuelto en su capa de conde detuvo su montura con un suave tirón de riendas y desmontó con aire cansado.

- Ramón...- murmuró Paquillo al ponerse en pie.

- ¿aún sabes cómo mira un centinela?... Al verte pensé que te habrías vuelto piedra del todo- Soltó el Conde de Barcelona Ramón Berenguer IV, dejando escapar una breve risa alegre y amarga a la vez.

-Por mis santos cojones…lo que ves mis ojos, y yo que pensaba pa mis adentros que te habías io a morir con los otros gabachos a las cataluñas. -

-Casi, no te vayas a creer que no vi la muerte de cerca, pero esta me encontró demasiado aburrido y me ha dado cita para otro día. -

Ramón se acercó y los dos hombres se encontraron con un fuerte apretón de abrazos.

-¿Qué viento te trae por aquí, compare? Preguntó Paquillo

Ramón, sacando un rollo de pergamino del interior de su cota dijo -vengo con un real, me temo. Las nuevas que en traigo no te van a gustar. -

-Ea, dispara pues y lo que tenga que ser…que sea-

Ramón le echó el brazo por los hombros y caminaron juntos hacia la muralla quitándose del montón de piedras amontonadas.

-Gabriel a muerto en Tortosa. - Hizo una pausa y continuó con tono ahogado – estábamos al pie de la muralla norte, las catapultas acababan de abrir una brecha y dí la orden de avanzar. El fue el primero en entrar, siempre lo era porque como tu bien sabes, su alma no sabía de miedo-

- ¿Murió rápido? -

-No. Una flecha lo alcanzó en el costado mientras se batía con dos moros y siguió luchando como si el hierro no lo hubiera tocado. Cayó al fin, entre un montón de escudos rotos. Cuando llegué aún respiraba. Tenía la boca ensangrentada, pero aún así sonreía. Me miro y me dijo: “Mi señor… no deje que la victoria me robe el honor de morir aquí”- El Conde cerró los ojos un instante, como si reviviese la escena con dolor.

Paquillo tomó la mano del Conde y llamándolo por su nombre dijo: -Ramón, ese día no murió un soldado, murió un buen hombre… el mejor que me he podio echar a la cara-

- ¡Vive Dios que así es! -- Gritó el noble

Una hora mas tarde estaban dando cuenta de una jarra de vino.

- ¿Estás seguro amigo?- Preguntó Ramón a su amigo de soslayo

-Tan seguro como estoy vivo, ¿Y tú? - respondió Paquillo con un semblante serio y firme.

- Yo es por ti, Paquillo-

- Pue la verdad que no lo estoy, pero to sea por ti y por Gabriel, que en gloria esté-

Así fue como cruzaron el umbral de la taberna de la Herminia sin mas palabras. El murmullo se apagó apenas entraron. Paquillo no había vuelto a pisar la taberna desde…. Y pocas veces un conde pisaba una taberna sin escolta ni ropas de gala. Tras el mostrador Herminia los observó con dureza, a uno mas que al otro.

-Una madre no olvida- Dijo el conde acercándose al oído de Paquillo

- Ni yo tampoco- contestó este devolviéndole la mirada a la tabernera. – pero hoy hemos venío a brindar por un hombre que murió con honor- ¿me sigues?

 

“En un futuro poco mas que incierto, cuando los hombres encierren sus armas, quizás entonces y solo entonces que los hombres y mujeres puedan cerrar los ojos sin contar los pasos del enemigo. Quizá, en ese tiempo aún por nacer, el hierro deje de hablar mas alto que la razón, porque las cicatrices no deben sangrar por la fe”.

 

 

Conquisté ciudades,

alzamos murallas donde hubo miedo

Mi nombre cabalgará en las canciones,

mis hazañas cruzan de boca en boca

como leyenda de acero.

En lo alto de la torre

el viento cesa,

los estandartes caen

solo queda el eco

de quien no volverá.

Uno fue hermano sin sangre,

espada cargada de gloria

yace ahora sin aliento

donde los campos son de nadie.

La otra,

 la voz callada en una taberna

el deber me la negó

la honra me arrebató.

Combatí sin querer gloria,

sin deseo de cantico o corona.

Luché por quien lloraba tras los muros,

por los que rezaban sin saber a quién.

Dicen que los buenos soldados no desean la paz,

que la guerra es su hogar.

Pero yo…

deseo sin trompetas llegar

sin firma ni escudo que dar,

Deseo una noche sin vigilia

por los que ya no volverán

la paz les sirva de arcilla

y nadie le quite el pan.

Uno que amó

Uno que perdió

Uno que a la muerte

no temió

Uno que por dentro

se rompió.