¿Por qué una playa de Almería se llama Los Genoveses?
Hay lugares que conservan la memoria mejor que los libros. No parecen gran cosa. Una playa, una colinas, algunas dunas o una calle cualquiera. El tiempo les cambia el aspecto, los hombres les cambian las piedras y las generaciones terminan olvidando quién estuvo allí primero. Pero, a veces, el nombre permanece.
Y cuando eso ocurre, el pasado encuentra la manera de seguir hablando.
La Playa de los Genoveses, en el parque Natural de Cabo de Gata, es uno de esos lugares.
Miles de personas la visitan cada año atraídas por su arena, sus dunas, y ese paisaje que parece resistirse a los siglos. Caminan junto al mar, extienden sus toallas y regresan a casa con fotografías de unos de los rincones más bellos del Mediterráneo. Sin embargo, muy pocos se preguntan quiénes eran aquellos genoveses que acabaron dando nombre a una de las playas más conocidas de Almería. Menos aún imaginan que la respuesta obliga a viajar casi nueve siglos atrás, a una época en la que los destinos de Roma, Toledo, Génova y Almería quedaron unidos por una guerra.
Porque hubo un tiempo en que aquella playa no recibió bañistas.
Recibió barcos.
Y detrás de esos barcos, había un papa que necesitaba cruzados, un emperador que necesitaba galeras y unos comerciantes italianos que nunca desaprovechaban una oportunidad cuando se presenta en el horizonte.
Corría el año 1147 y cada uno de ellos estaba a punto de encontrar exactamente lo que buscaba.
Europa se preparaba para una nueva cruzada y, mientras muchos ojos miraban hacia Jerusalén, otros empezaban a fijarse en una ciudad musulmana situada en el extremo sur de la península Ibérica.
Una ciudad rica, próspera y difícil de conquistar.
Su nombre era al-Mariyya.
En la primavera de 1147, Roma tenía preocupaciones mucho más grandes que una ciudad situada al otro lado del mar.
O eso parecía.
En el palacio de Letrán, el papa Eugenio III escuchaba a obispos, cardenales y legados que llegaban de todos los rincones de la Cristiandad. Las noticias no eran buenas. Tierra Santa seguía reclamando hombres, dinero y barcos. Los estados cruzados resistían con más fe que recursos y, como ocurría a menudo, cada príncipe cristiano parecía más interesado en sus disputas vecinales que en los grandes problemas de la Iglesia.
Nada nuevo bajo el sol.
Uno de los consejeros desplegó un mapa sobre la mesa.
—Jerusalén necesita refuerzos.
Otro señaló el Mediterráneo occidental.
—También Hispania.
Cuando aquel nombre aparecía, lo hacía acompañado de cierta confusión entre quienes jamás habían puesto un pie en la Península. Para algunos era una frontera lejana. Para otros, una cruzada permanente.
Eugenio III permaneció en silencio.
Sabía que la Cristiandad tenía una extraña costumbre: cuando el peligro estaba lejos, todos hablaban de él; cuando estaba cerca, cada cual esperaba que fuese el de al lado quien lo resolviera.
—¿Y Alfonso? —preguntó finalmente. No necesitó añadir nada más.
Todos comprendieron de quién hablaba.
Alfonso VII, emperador de León y Castilla.
El hombre que llevaba años empujando la frontera hacia el sur.
Uno de los presentes respondió:
—Desea tomar Almería.
La respuesta provocó algunas miradas.
Almería no era Jerusalén.
Pero tampoco una ciudad cualquiera.
Era rica.
Era un puerto.
Y era musulmana.
Tres cualidades que, dependiendo de quién las observara, podían interpretarse como una amenaza o como una oportunidad.
El Papa juntó las manos.
Durante unos instantes nadie habló.
Después formuló la pregunta que acabaría cambiando el destino de la playa almeriense.
—¿Tiene barcos?
La respuesta tardaría varias semanas en recorrer caminos, puertos y cancillerías. Pero, incluso antes de que llegara a Roma, Alfonso VII ya conocía el problema.
Lo tenía desplegado sobre una mesa.
En Toledo, la conversación era mucho menos espiritual. Nadie hablaba de indulgencias, ni de la salvación de almas. Tampoco de Jerusalén.
Hablaban de barcos.
Y de dinero.
Sobre una gran mesa de madera descansaban varios mapas. Las rutas marítimas aparecían marcadas con tinta oscura. al-Mariyya ocupaba el centro de todas ellas como una araña en mitad de su tela.
Uno de los consejeros señaló la costa.
—Por tierra podemos llegar.
Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, negó con la cabeza.
—Por tierra podemos cercarla.
Ese matiz era importante.
Llevaba demasiado tiempo guerreando para confundir ambas cosas.
Una ciudad como esta no caería únicamente por un ejército frente a sus murallas. Mientras el puerto permaneciera abierto, seguirían entrando provisiones, hombres y noticias.
Es necesario cerrar también el mar. Pero para eso hacían falta galeras.
Muchas galeras.
Más de las que Castilla, León o Aragón podían reunir por sí solos.
Uno de los presentes, gallego, hombre hecho al mar, terminó pronunciando el nombre que todos tenían ya en la cabeza.
—Génova.
La palabra quedó suspendida en la sala.
No era una ciudad cualquiera. Era una potencia marítima. Sus comerciantes navegaban por todo el Mediterráneo. Sus marinos conocían puertos que la mayoría de los nobles castellanos apenas sabían situar en un mapa. Y, cuando era necesario, aquellos mercaderes podían convertirse en guerreros con sorprendente facilidad.
Alfonso que había permanecido callado, apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿Qué piden?
La pregunta provocó algunas sonrisas discretas, siempre lo hace cuando se trata de costes.
Pero aquí, la respuesta era sencilla.
Los genoveses querían exactamente lo mismo que han querido siempre.
Comercio.
Privilegios.
Beneficios.
Y si era posible, las tres cosas al mismo tiempo.
A diferencia de los clérigos, los mercaderes rara vez hablaban de gloria. Preferían hablar de cuentas. Por lo que esta vez, los intereses de todos parecían dirigirse al mismo lugar.
Roma quería una cruzada.
Alfonso quería una ciudad.
Y Génova quería una oportunidad.
Al sur, ajena todavía a todas aquellas conversaciones, Almería seguía contemplando el mar desde sus murallas. Sin saber que en distintos rincones de Europa comenzaban a ponerse en movimiento hombres, barcos y decisiones que acabarían cambiando sus destino.
Mientras en Roma se discutía sobre indulgencias y en Toledo sobre murallas, en Génova la conversación fue mucho más sencilla.
—¿Qué ganamos nosotros?
Porque los genoveses respetaban profundamente la fe cristiana, pero sentían una devoción aún mayor por los buenos negocios.
Alcanzado el acuerdo, las galeras comenzaron a reunirse en el puerto. lo que para unos era una cruzada, para otros una campaña militar y para algunos una operación comercial, terminaría convirtiéndose en una de las mayores expediciones navales vistas hasta entonces en el Mediterráneo occidental.
Meses después, los lugareños de la costa almeriense levantaron la vista al mar.
Lo primero que vieron fueron velas. No muchas. Los primeros barcos no causaron demasiada alarma. El mar llevaba siglos viendo mercaderes, corsarios y pescadores cruzar sus aguas. Pero aquellos hombres no parecían comerciantes. Ni tampoco venía a vender nada.
A medida que la mañana avanzaba, el horizonte comenzó a poblarse de mástiles. Primero unos pocos. Después decenas. Finalmente tantos que el mar pareció convertirse en un bosque de madera y velamen. La Galeras avanzaban impulsadas por el viento, mostrando sus largas velas latinas. Bajo ellas se elevaban los palos mayores y las mesanas, mientras las entenas inclinadas dibujaban extrañas geometrías contra el cielo.
Algunos pescadores dejaron las redes sobre la arena. Otros simplemente miraban. No porque comprendieran lo que veían, sino porque intuían que aquello era demasiado grande para imaginarlo.
A mediodía ya nadie trabajaba cerca de la costa. Las redes quedaron abandonadas. Los corrales abiertos. Las cabras sin vigilancia. Incluso la playa pareció perder importancia. Porque por primera vez en generaciones estaba llegando algo mucho más grande que ella.
Al principio nadie comprendió lo que estaba ocurriendo; los barcos no se limitaron a pasar frente a la costa. Tampoco buscaron mar abierto. Uno tras otro comenzaron a internarse en la bahía. las velas fueron cayendo lentamente. las anclas descendieron hacia el fondo y entonces aparecieron las primeras embarcaciones menores que bajaban desde las galeras cargadas de hombres. Pequeñas manchas oscuras que crecían a medida que se acercaban a la arena.
Los pescadores y algún pastor curioso, observaban desde la distancia.
Los más ancianos aseguraban no haber visto jamás nada parecido. Ni sus padres, ni los padres de sus padres. Porque aquello no parecía una flota, sino una ciudad navegando sobre el mar.
Golpes de madera.
Órdenes gritadas en lenguas desconocidas.
El chirrido de los cabos tensándose.
El golpe seco de los remos entrando en el agua y después llagaron los hombres.
Centenares.
Luego miles.
Algunos vestían cotas de malla que relucían bajo el sol. Otros cargaban herramientas. Muchos parecían más acostumbrados a las cubiertas de un barco que a un campo de batalla y, entre ellos los genoveses: marineros, comerciantes y guerreros.
Mientras sus botas hundían la arena a cada paso, pocos podías imaginar que aquella playa acabaría llevando su nombre muchos siglos después.
Durante los días siguientes la playa dejó de parecer una playa.
Las tiendas comenzaron a multiplicarse por la arena. Aparecieron corrales improvisados para caballos y junto a ellos, los herreros levantaron sus fraguas. Loa carpinteros reparaban remos, mástiles y cascos dañados por la travesía-
Cada mañana nuevas embarcaciones alcanzaban la costa cargadas de provisiones, soldados y materiales. Por las noches centenares de hogueras iluminaban la bahía. Vistas desde la distancia, parecían una constelación caída sobre la tierra.
Lo que durante siglos había sido una ensenada tranquila de pescadores se había convertido en el corazón de una expedición militar esperando ser activada.
Sin embargo, la guerra parecía demorarse.
Los días pasaban.
Después semanas.
Los barcos seguían llegando.
Los campamentos crecían.
Mientras tanto, Almería continuaba resistiendo al otro lado del horizonte.
Era la calma que precede las cual los hombres piensan y algunos toman decisiones.
Fue entonces cuando un jinete llegó al campamento.
Cabalgó desde el norte portando una misiva cuyo contenido no ha llegado hasta nosotros, pero contenía las instrucciones urgidas en una mesa de una sala, rodeada por las personas que tomaron la decisión de cómo se tenían que hacer las cosas.
Lo que sí sabemos es que, poco después, tras dos meses en aquellas playa, la inmensa maquinaria que llevaba semanas reuniéndose junto a la bahía comenzó finalmente a moverse. Y con ella empezó la historia que acabaría dando nombre para siempre a aquella playa.
La historia de la playa de los genoveses.
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