sábado, 1 de noviembre de 2025

Cuando callaron las campanas

    



   
Parte III (Un hombre sin armadura)


 
La ciudad había vuelto a amanecer con viento otoñal que entraba desde Abdera y se dejaba sentir al caer por la puerta de Bayyana. Traía un aire más fresco de lo habitual para la época que estábamos. -Demasiados días de poniente-, empezaban a decir los más ancianos. Paquillo Mañas apoyado en el pretil de la muralla, con la cota de maya a medio ajustar y las botas llenas de polvo viejo, observaba al puerto con la mirada pensativa y el rostro endurecido. Tras él se alzaba la figura blanca del Sagrado Corazón de Jesús, recién terminada. Con los brazos semi abiertos y la mirada severa ligeramente hacia levante, parecía más un centinela que un salvador. El obispo había bendecido la obra entre incienso y trompetas, jurando que el rostro del Señor infundiría temor en los infieles y esperanza para los suyos. -…esta estatua no detendrá  ni a naide- murmuró Paquillo mientras se retiraba para bajar a la Almedina, dejando allí el olor a cal y yeso que aún desprendía la escultura. 

    Por las calles, hervía un murmullo tenso tras las nuevas traídas por los mensajeros sobre la toma de Granada por los almohades. Dícese que en la Alhambra ya ondean los estandartes del Califato y que tanto viento de poniente no es otra, que el presagio de la mirada puesta por Abd Al Minun en Almería. Hay quien ya se apresuraba a susurrar que podría sentirse los tambores enemigos por las sierras de Baza. Paquillo conocía bien el sonido de la batalla y el eco apagado a redoble una guerra que aún estaba distante. No era el sonido de tambores lo que le retumbaba en su interior, sino la desdicha de un amor que no pudo ser y que aún estaba presente en su corazón. 

   Había terminado la habitual revista del estado de la muralla de Jayran y la ronda del castillo del Cerro San Cristóbal, el cual ha sido construido a contra reloj y no estaba muy convencido del sistema de defensa diseñado por el Gobernador Italiano. 

-Menudo chapú se han marcao- Se decía así mismo con preocupación- Los putos espaguetines nos dejan con el culo al aire y una mierda de castillo que no sirve pa . Claro que ahora las perras están más al norte… ¡Me cago en  lo que se menea!, ¡No les dieran matarile por codiciosos! -. Era ya por la tarde y el mal humor llevaba un buen rato acompañando a nuestro hombre. 

-Dios bendiga al Maestro Constructor por dibujar en su mapa tanta trampa. Falta de altura en puntos vulnerables, escaleras estrechas pa subir a las almenas. El de arriba no puede defender al de abajo y este ni siquiera puede pensar en el de arriba, ósea un chapú. En mi vía había visto tanta piedra suelta…, pero no pasa …, si nos atacan, que nos atacaran, solo va a sobrevivir el bicho este-, dijo mirando la estatua que presidía el cerro.  

   Minutos después entró en la Alcazaba.  Asomado desde lo más alto de la Torre de la Vela podía ver toda Almería extendida como una piel abierta: los tejados de barro del zoco, las callejuelas torcidas de la alcaicería, los minaretes convertidos en campanarios de las viviendas más prominentes, los muros de la ciudad quemados por conquistas pasadas y más allá, en la línea difusa donde le mar se encuentra con la luz melancólica del atardecer, decidió regresar dar por terminada la jornada. 

-...estamos más solos que una, solos a merced de islámicas, solos sin amparo del emperador y mu jodios- pensó 

  Antes de retirarse a la soledad que le ofrecía su hogar, con el paso lento, dejando que sus pasos lo guíen, giró la calle que da salida a la Alcazaba. Fue entonces, justo en el  momento en el que el cielo duda entre quedarse o marcharse, cuando se encuentra allí…, en la calle más alta de la Almedina, en la esquina que lo llevaría a la taberna de  la Herminia, como si necesitase ser golpeado por la nostalgia. No hubo lágrimas, pero si un nudo en la garganta que aprieta, que arde, que lo asfixia. Sabe que ella no va a estar ahí, que no va a cruzar la puerta ni la va a ver a través del ventanal. Solo necesitaba estar cerca como quien se asoma a un sueño perdido que fue real, tan real  como el alboroto y gritos que lo trajeron de vuelta a la tensión de las calles. 

 A pocos metros de donde estaba, dos personas discutían: 

-Pronto esta ciudad caerá- reprochaba un mudéjar con voz amenazante. – Lo sabéis, lo saben vuestros nobles, lo murmura vuestro ejército,… si hasta tiemblan vuestros muros-. 

-Quizás sueñes en tomarla con la fuerza de las armas infieles, que sí, que serán muchas, no lo pongo en duda- responde el cristiano apretando los labios por la rabia – pero no podrá con la fe. El alma de esta ciudad no se rinde y venderá caro su pellejo. Ya lo hicimos antaño.-

- ¿Alma? Replica el más musulmán mofándose –¿Con la de aquellos que os han abandonado?, ¿con los que han dejado las calles solo con la piedra? -citó con tono irónico, con intención de provocar al de la cruz que colgaba del cuello. 

-No, … sino con los que trajeron la justicia de Dios sin imponer la espada como sustento, con la Cruz del Salvador, con la libertad- respondió mientras se inclinaba con intimidación. 

-Bla, bla, bla… kalimat farigha, - Continuaba con la mofa el del turbante, - que el miedo no te nuble las entendederas cristianas. Tu señor no te va a liberar de lo que está por venir.- 

El silencio que sigue se podría cortar con cuchillo, incómodo y breve. Con gestos de odio sacaron a pasear sus aceros a merced de la fe. El cinclineo de la cimitarra con la espada resonaba en las paredes haciéndose más fuerte. Sus armas discutían con fervor. Sus rostros enmudecidos callaban. 

- ¡Detenemos! – sonó la voz del que no teme a espada ni a verbo al acercarse. - ¡Enfundad vuestras espaldas, no hagáis que despierte mía! - dijo Paquillo con tono seco y la mirada fría mientras se llevaba la mano al talabarte. - ¿Ha esto hemos llegado? ¿A ser jueces con espadas? ¿A dictar la paz con el filo envuelto en sangre?... 

¡Tremendo espectáculo, andad y echad  ya! - concluyendo la reyerta con la mirada fijada en el cristiano e invitando al otro a marcharse con un empujón en el hombro. 

“No reconocieron al Señor y así con razón perecieron. 

Con razón estas criaturas hablan de perecer, 

puesto que veneran a Mahoma y no puede librarlos” 

  La ciudad ya dormía, lo hacía como lo hace un animal herido, con ojo abierto. Desde sus aposentos de protector en el interior de la Alcazaba, Paquillo Mañas escuchaba el viento golpear los muros de la torre donde minutos antes había estado asomado. La noche no era especialmente fría, pero él tenía una friolera que le llevó a encender una lámpara de aceite y refugiarse junto al calor de un buen vino, pues los años ya empezaban a pesar y hay que cuidarse o al menos intentarlo. Desnudó la pared de la  luz temblorosa de la lámpara y la dejó encima de la mesa de madera con solemnidad. Se sentó soltando un suspiro y abrió una vieja caja de cuero que sacó del ajado cajón central. El cierre estaba desgastado como su armadura, como sus manos, como sus sueños. Dentro de la caja, envueltas en un paño bordado con un hilo azul yacían una docena de cartas. Ninguna con sello. 

Ninguna enviada. 

   Sacó una al azar, como el que no quiere elegir a conciencia. El pergamino estaba amarillento, la tinta ligeramente corrida por la humedad y el salitre, aun así, pudo leer en silencio:” Hoy llovió sobre las calles y pensé en tus manos. En como las llevabas juntas cuando hablabas de Dios y en como sujetabas las bandejas al servir las viandas. Yo ya no creo en nada, pero tus manos si las recuerdo con claridad, tu ternura y cómo nos rezábamos. La tendría que haber besado más y menos guerrear”. Paquillo dejo caer la carta sobre la mesa. Se frotó los ojos y se debatió entre abrir otra o no hacer nada, mientras se secaba la tristeza con el pañuelo que años atrás le entregó al marchar. 

   Finalmente se inclinó sobre la mesa, tomó una pluma, mojó la punta en tinta por necesidad más que por costumbre y escribió: … “si has de saber algo de mí, que sea esto: aún respiro para recordarte y si me quitan el aliento, será con tu nombre en los labios” 

La dobló con cuidado, la ató con la misma cinta de las otras y la colocó junto a las demás. Una más para la caja de las cosas que nunca serían. Dio cuenta del vino de la jarra que se había preparado, apagó la lampara con la templanza de tener claro que aún no era tiempo de morir, se entregó al sueño con el recuerdo de ella aún tibio en su cabeza. 

   Pasarían varias semanas, meses tal vez, con la misma indiferencia del viento que no pide permiso para mover las hojas. La tensión, incertidumbre y el miedo continuaba llenando las calles, ahora con más fuerza. Era algo ya habitual. Es cierto que el mundo estaba cambiando, al menos su mundo, el cual había girado muy rápido, inmutable y el eco de su última carta se perdió en la vastedad de los días, ante lo inaudible. El dolor de su recuerdo dolía distinto, como una cicatriz que todavía se recuerda peo no se le puede permitir que sangre. 

  “Su rostro lo visitaba cada vez que a la vigilia se rendía” 

     Dos soldados apostados al sur de la muralla charlaban durante su turno de guardia: 

-Chacho, recuerdas la Navidad pasá, sentaos aquí mismo- Dijo Luisito, un soldado cualquiera durante el turno de guardia con su compañero Pedro en la cara sur de la Puerta del Mar. 

-Pos no, ¿a qué te refieres? - Dijo Pedro. 

-Joh, tío, la víspera de Noche Buena, el frio que hacía, ¿recuerdas lo que dijiste? - Le reprochó Luisito. 

-Pos no, no recuerdo na, ¿Qué es lo que es? - volvió, a contestar Pedro algo indiferente y distraído como si no fuese con él. 

-, en verdad no es . Solo me ha venio a la mente el frío que hacía, que no paraba de tiritar y tú vas y me dices. “¿Sabes Luis una cosa? ..., que no hace tanto frio, porque el Sol pasa en estas tierras el invierno” 

-Ah, vale. - recordó y dijo- ¿por qué sales ahora con eso, con la que está cayendo, Luisito? - dijo mientras se desabrochaba la armadura por el calor. 

 -, pensaba en que a lo mejor, el Sol habría sido presa de algún hechizo-. Dijo Luisillo mirando hacia el cielo con la palma de la mano haciendo de visera para protegerse. 

-¿Qué hechizo y que pollas ni ? ¿estás bien Luís? - 

-Yo sí, chacho. - respondió mientras se removía incómodo. - Solo que lo mismo, le estoy dando vueltas al tema y el infierno ha hechizao al Sol por quedarse aquí to el año y mira ahora como arde para estar solo en mayo. 

-Mira Luis, cucha con las orejas lo que te voy a decir. Vamos a morir y lo vamos a hacer pronto. Va a ser de tres posibles maneras sin tener el sol na que ver. Una será si somos atravesados por una lanza mora mientras defendemos la entrada con honor, otra será por una flecha en la espalda si nos cagamos del miedo cuando echemos a correr y la tercera será por jartarnos de vino si salimos de esta y reventemos como las botas viejas-. Silencio y risas amortiguadas. 

   Aquella mañana primaveral daría la bienvenida a un verano que se esforzó en llagar antes de lo previsto. 

 Las murallas susurraban rumores de asedio. Los soldados murmuraban plegarias que sonaban a derrota y el cielo se teñía cada tarde con el olor del acero afilándose. - Si hay que morir, lo haremos con dignidad- alentaba Paquillo a sus escasas huestes mientras ajustaba su espada al cinto. – No hay lugar para presagios, ni pollas para los que entre ustedes han de soltar el acero y de ser así, ... que sea este en el pecho del que su amigo nunca será. Valientes sean Vuesas Mercedes y por mis guevos que se lo vamos a poner difícil a los moros que regresan- con estas palabras de aliento, el ambiente se cargó del sonido de las tachuelas de las botas de los hombres que se apostaban alrededor de las murallas. 

Alzando la vista hacia las almenas, pidió a Dios en silencio que no lo despojarse de su argucia. No quería ni gloria, ni una vida larga si iba a vivirla solo. Solo apela a su templada astucia y a su sangre fría que años atrás lo habían acompañado en tantas batallas vencidas. 

   A la mañana siguiente, un emisario informó que las tropas murcianas del rey lobo se habían detenido en Vera dabanse media vuelta, mirando ya para Lorca – “de luego a luego vaya un pijo, me caigo en Dios” soltó “puro moro murciano”. Mientras tanto el rumor del enemigo llegó antes que su estandarte. 

   Una semana más tarde, desde la torre del Homenaje, los vigías avistaban a lo lejos el polvo levantado por cientos de pies. A media tarde las campanas de la iglesia replicaron tres toques largos y dos cortos. Señal de encierro. Como un río cuando se desborda, campesinos, artesanos, mozos de cuadra y ancianos en encorvados por el peso de los años llenaban las calles empedradas en dirección a la Alcazaba. Cada uno cargaba con lo que podía o tenía: panes, pellejos, hijos, objetos de valor y un profundo sentimiento de tristeza. 

  Los soldados cerraban filas con gestos tensionados. Algunos gritaban órdenes, otros las daban a ciegas. Las gentes sólo obedecían resignados. Simultáneamente en el interior, las troneras se abastecían de flechas y en las almenas se dispusieron calderos de aceite y piedras. En los patios del interior, las mujeres remendaban ropas de guerra, otras molían trigo con manos temblorosas y los curas entregaban escapularios bendecidos como si fuesen escudos. 

  Cuando el sol comenzó a hundirse tras las colinas, las puertas de la Alcazaba se cerraron con un golpe seco que resonó como un futuro incierto. La noche cayó sobre la edificación que construyó Abderraman III un siglo atrás. Una luna delgada en el cielo y unas antorchas en la pared ofrecían algo de luz como pequeñas luciérnagas, para quienes no podían dormir que eran muchos. Madres temblorosas, niños asustados, ancianos versados en asedios, soldados afilando sus armas y los más frágiles rezando en voz baja plegarias que no eran suyas. 

   Paquillo recorría el perímetro en una ronda de reconocimiento. Desde las almenas se veía un horizonte no vacío, rojizo como un incendio sin llama por las antorchas del enemigo acampado al otro lado de las colinas, preparando su amanecer. Un cuervo sonó en la lejanía. El destino estaría escrito en breve. 

Al llegar a la torre norte, el vigía más joven de la guarnición, hijo de curtidores, responde al nombre de Juan, con apenas diecisiete años y una barba que se negaba a crecer dormía junto a la tronera. – Por los clavos de Cristo- murmuró Paquillo sin saber  reír o santiguarse al ver unas pequeñas manchas sobre la piedra y el uniforme. – Pos no sa aliviao el crio y cucha como está ahora de gedio- ¡Levanta soldado, por el amor de Dios! - Bramó. 

En otras circunstancias hubiera recibido un buen castigo, pero no hubo ni siquiera reproche. Paquillo sabía la tensión de la gente y entendió que mientas algunos rezaban, otros afilaban sus cuchillos, el joven simplemente se vació. – Al menos uno de entre nosotros no pensaba en la muerte- pensó con sarcasmo mientras seguía con la ronda. 

“Si la corte no va a venir, que nos queda, se preguntó. Una estatua, unas murallas devastadas y unos cuantos hombres viejos, cansados y con más heridas que ganas”. 

   El rey no va a venir- dijo de nuevo para sus adentros. Sin saber si para él esta guerra tendría sentido, sus pensamientos regresó a la última carta que había escrito noches antes. Guardada con las demás, sabía que ninguna iba a llegar... Ni una. Pero ni a ella ni a nadie. Tampoco las había recibido y memos que ahora los mensajeros librarán labores más al norte, donde se librarán alianzas nuevas, compromisos sellados con sangre noble y linajes sin memoria, en la cual su amada caminará entre lujosos tapices, salones dorados, y él mientras tanto, morirá en un pedazo de tierra olvidado, bajo una estatua y frente al mar. 

El rey no va a venir volvió a pensar 

-“Amada mía, hoy vi una garza sobre el mar. Volaba como tu caminabas, sin esfuerzo. No se si lo que se avecina es guerra o castigo. Si razas aún, no lo hagas por mi alma, hazlo por esta ciudad que e hunde como un barco sin capitán. El deber nos separó y es por ello que te prometo que, si muero, no será con el nombre del Rey en mis labios, sino el tuyo. “ 

Tu tampoco vendrás 

   El amanecer llegó sin gloria todavía. Eso sí, había una claridad poco habitual que vencía a las pálidas sombras. Paquillo subía muralla arriba como cada mañana. Desde lo alto de la Alcazaba se divisaba al sur el enemigo más antiguo de Almería, el mar. Al norte, llegados desde Guadix, los primeros almohades apostados donde antaño lo habían hecho los suyos. Apoyo las manos en la piedra que aún conservaba el frío de la noche y recordó entonces a Gabriel. Su amigo y compañero en la última gran contienda de la ciudad, donde pelearon hombro con hombro por un mundo que parecía joven y por una fe que ofrecía tantas otras cosas. 

  -Si vamos a morir que sea con un buen vino en el cuerpo- le decía Paquillo al grandullón. Lo había visto abrir camino a caballo con su lanza como un loco con capa, guiando a sus hombres. En tierra, juntos habían compartido mucha sangre, más del enemigo que la suya. 

“Hermano, lo siento. Los bastiones de Tórtosa no me permitieron estar en esta guerra contigo. Perdóname si morí. Estoy solo, igual que ahora lo estas tú. Guarda bien la ciudad si puedes, y sino quémala antes de entregarla”. 

Almería, a 26 de enero del año de nuestro señor 1157. 

   La bruma del amanecer se alzaba lentamente sobre las murallas de la Alcazaba, espesa como la duda en el corazón de quienes aún resistían. Alrededor, el estandarte negro de los almohades ondeaba como una sombra de muerte, cercando el último reducto cristiano de la ciudad. 

Paquillo desde la torre más alta, con la certeza de no poder resistir un día más, observaba a los almohades, fanáticos y disciplinados, experimentados y aprendidos de guerras pasadas, apostaban catapultas, zapadores y hombres dispuestos a darlo todo por Alá y él en cambio defendía una plaza, un viejo reducto que ya no lo creía suyo. 

   Sesenta y tres días de polvo, sol y acero cuando las catapultas callaron. Distraído por el único ruido producido de los cuervos más confiados que picoteaban los restos apilados sin vida en los patios interiores. 

Entonces lo vio. 

   Cubriéndose los ojos del sol de levante, divisó la pequeña comitiva llegando desde el norte. No traían insignias de guerra ni lanzas alzadas, solo equipados por una bandera blanca y en el centro montado con pesadez, venía el emperador Alfonso VII de León, “El Sultanillo”, el mismo que años atrás prometía que Almería sería bastión cristiano en la frontera sur. Pero ahora venía a rendirla. A entregar la ciudad al califa Abd al- Mumin, señor de los almohades, para evitar una masacre y salvar con ello toda alma cristiana y no cristiana que quisiera ser salvada. 

Paquillo no lloró, no gritó y no maldijo nada, solo bajó de la torre, recorrió pasillos vacíos, pisó piedras que ya no tenían memoria y al llegar a la puerta principal, donde los soldados toledanos lo esperaban, se quedó quieto un instante, con la espada envainada por primera vez en los dos últimos meses. Pensó en los hombres que perdieron la vida por aquella ciudad que nadie vendría a salvar y que ahora venían a negociar lo que él había jurado proteger. 

   Un grupo de soldados cabizbajos, mugrientos y delgaduchos se pararon junta a él. Entre ellos, Juan el hijo del curtidor, le dirigió una mirada de orgullo y admiración por haber servido bajo su mando. Paquillo también lo miro unos segundos, y con la experiencia de soldado viejo le dijo al más joven: 

-Muchacho, ¿sabes que es lo peor de perder? - Murmuró. -Que cuando por fin entiendes por qué luchabas… ya no queda nada por lo que pelear. - y allí se quedó parado, de píe, mirando hacia el interior devastado de la Alcazaba. 

“La muchedumbre está armada y se halla toda cubierta de yelmos. 

El tintinear de los aceros y los relinches de los corceles ensordecen los montes.  

Por todas partes dejan exhaustas las fuentes.” 

  Las campanas de Almería ya no sonaban, callaban. Las que quedaban en pie, estaban siendo desmontadas por el Califa y cargadas en mulos rumbo a Cádiz.  Las gentes, en cambio, a cada paso que daban hacia el norte se debatían entra la tristeza de abandonar su hogar y la suerte de  seguir con vida. Paquillo sentía que no solo se alejaba de su ciudad, sino de sí mismo. Tanto los soldados como otros paisanos que regresaban no hablaban, marchaban cabizbajos en silencio. Solo se oía el crujido de los carros y el murmullo de los pájaros. Algunos estaban heridos, otros dormían en las carretas, como si el polvo del camino sintiera compasión. Paquillo cabalgaba rezagado, cerrando el convoy. Llevaba la cabeza tapada por la capucha raída de su manto. Su espada, sin brillo colgaba del cinto inerte, sin vida, sin símbolo de nada. 

Juan, se descolgó de la comitiva para esperarlo. Portaba su odre hasta arriba de agua fresca. 

- ¿Un buchito, mi señor? - Ofreció Juan a su idolatrado oficial. - está recién rellená. 

-Gracias soldado, no tengo sed- contesto 

-Con su permiso, creo que debería beber. ¿Ha visto que calor hace? - 

El gesto que Paquillo le ofreció, no necesitó oratoria alguna. Juan regresó con el grupo de rezagados, volviendo la mirada atrás una vez más. 

   El cielo tomó un tono plomizo. Anunciaba lluvia, aún no llovía peo lo haría más tarde. La tierra, agrietada y triste, olía a sequedad, a campo abandonado, como si también ella se hubiese rendido. Salían de la provincia cunado acamparon. El estandarte imperial, con ese león bordado en oro, igual al que días atrás brillaba en los muros de Almería, ahora colgaba de una carreta en el centro, pero nadie lo miraba. La derrota los había vaciado, no por perder, sino por ver cómo se entregaba. 

“Tierra mía. No me viste nacer, pero en tu seno crecí, si algún día vuelvo, haz que tus ojos me busquen, antes de que mis pies toquen tierra” 

       A la mañana siguiente tomaron rumbo a Jaén cuando el Sol aún no había salido, pero los gallos ya llevaban un rato cantando. Paquillo ya se había adelantado. Se encontraba un poco por delante, en lo alto de una colina. No por deformación profesional, sino porque tenía la necesidad de gritar lo que pensaba:

- ¿Por qué no viniste antes? ¿Y por qué lo hiciste solo? - 

- ¿Por qué llegaste sin armadura, solo con capa diplomática? - 

¿Y ahora qué?, ¿Qué soy Yo? - gritó aún con mas fuerza mientras se arrodilló llevándose las manos al rostro. 

Juan lo vió y con el descaro de un muchacho joven, se acercó hasta él. A pesar de su juventud, entendía lo duro que debe ser que un soldado condecorado por el emperador, con una gloria marchitándose, debía cabalgar al lado de quien no cruzó las líneas para luchar junto a los que creyeron en él. 

-A la orden mi señor? - saludó el joven 

-¿A la orden de qué?... A la orden de - Respondió con desgana. - ¿qué se te ofrece ahora, chaval? - 

-Na de na, mi señor- respondió sin titubear. -Solo que lo he visto aquí en lo alto de la loma esta y al verlo así, he pensado que podría pasar algo- Concluyó con la compostura de un soldado. 

   El hombre que aún porta la insignia de Caballero del Tempe se levantó, se recompuso, le puso una mano en el hombro al joven y dijo con serenidad. -Cada uno se levanta y hace lo que le viene en gana, cierto?, Lo mismo que durante la guardia hay quien le paze hacer lo que no debería. ¿Me sigues? Dijo guiñando un ojo al joven, el cual se ruborizó al recordar el incidente de la muralla cuando estaba de servicio. 

   Juan, avergonzado bajaba para juntarse con su grupo cuando Paquillo lo llamó con voz ronca, mientras se giraba y lo acompañaba colina abajo: 

-Dime muchacho… ¿por qué te hiciste soldado? No pareces de los que nacen con una espada en la mano y tampoco de los que han visto morir a un amigo. 

Juan se quedó pensativo, no supo que responder. Aquella afirmación le llegó por sorpresa al no esperar conversación del idolatrado paladín veterano. 

Con la mirada al suelo, apretó su lanza, sacó coraje y respondió. 

-Porque mi señor, en esta vida que me ha tocado, solo puedes morir de hambre, de frío o en batalla. Y pensé que al menos, en la guerra moriría, si no lo hacía el miedo, moriría con el estómago lleno, las manos ocupadas y un motivo. 

-Sabias palabras chaval- dijo mientras soltaba una risa seca mientras pensaba que el que lo decía aún no había sentido el filo de una espada en su carne. - ¿Crees que morir con la espada en la mano lo hace más leve? - 

-No lo sé, …Pero prefiero que el acero me halle de pie y no encogido junto a un brasero vacío, llegado el momento. - respondió con resignación. 

Paquillo se paró, suspiró mirando al horizonte y le preguntó - ¿y ahora qué? - 

-Pues no lo sé, mi señor. Por ahora aún respiro y mientras continúe respirando habrá alguna guerra que ganar y otros sitios que defender. - 

-Muchacho, …la guerra nunca se gana, solo se sobrevive lo bastante para contarlo. Recuérdalo y ten en cuenta que cuando te encuentres frente al enemigo, el valor no está en no temer a la muerte, sino en temerla y seguir avanzando. 

   Al llegar al campamento, el viento apagó una chispa del fuego. Ambos se separaron en silencio. El aire olía a humo. El cuerno de un soldado anunciaba la puesta en 

marcha. 

 La comitiva se puso en marcha. Paquillo volvió a quedarse rezagado. No porque no quisiera ir delante junto a Alfonso VII, sino porque tenía la necesidad de pensar en lo que pasaría al llegar a Toledo. Allí estaría ella, la hija de la Herminia que diez años atrás partió con este mismo ejército. 

Toledo. 

Y en Toledo ella: 

¿Qué será de ella? 

 ¿Seguirá viva? 

¿Se habrá casado? 

¿Me recordará? 

Él se decía a si mismo que no debía esperar nada, aparecería como un fantasma y con suerte agradecer a dios, si la veía. 

¡Mi señor! - Resonó la voz de un soldado que se acercaba a toda prisa sacándolo de sus pensares. 

Cuando la estela de polvo del camino se disipó, Paquillo contestó. - ¿Qué ocurre soldado? - 

-Su Majestad, El Emperador, no se encuentra bien- Balbuceó 

   Como soldado viejo, siempre en alerta, soltó las manos que reposaban despreocupadas sobre el pomo de la silla, agarró con firmeza las riendas y afianzó las botas en los estribos. Con el cuerpo echado ligeramente hacia adelante, clavó espuelas. El caballo respondió inmediatamente y con un resoplido mas una sacudida de cabeza soltó la fuerza contenida a la vez que empezó a galopar. 

Al llegar a la altura del emperador, este alzó la mano para detener el convoy. Afligido, con gesto cansado, gordo, le ordenó a Paquillo: -Hoy dormiremos en Jaén, elija unos cuantos hombres y asegure el castillo. No me fio de quienes allí lo defienden- 

-A la orden Su Majestad! - Respondió como soldado de honor y no se cuestionó nada. 

     Paquillo cumplió sus órdenes, aunque esa noche no durmió, por un momento se olvidó de todo y prefirió montar guardia junto a sus hombres. 

Por la mañana el emperador no dio orden de partir hasta bien entrado el día. Su aspecto era deplorable, la corona mal colocada, la barba sin arreglar y un tono amarillento en la piel que asustaba mas que su espada. Antes de maitines había adelantado a cinco soldados equipados con los corceles más veloces, para llevar una misiva a Toledo, con la orden de que los physicos estuviesen preparados a su llegada. 

-Pa lo suyo si le corre las priesas al gachón- Pensó Paquillo al enterarse. 

  Llevarían alrededor de cuatro horas de camino cuando pararon en el paraje de La Fresneda de Santa Elena. El emperador paró en seco. Pidió ayuda para desmontar y lo recostaron con la espalda apoyada en una encina. 

Un ayudante se acercó a Paquillo y le dijo con voz entristecida- Su Majestad pregunta por vos- 

Al llegar, lo que vio, fue al Emperador de la Cristiandad, al que una vez juró servir, más parecido a un niño cansado que a un monarca. La palidez de su rostro y la sequedad de su boca presagiaban lo inminente. 

El emperador alzó una mano temblorosa como si fuese a tocar algo que solo él veía cuando se dirigió a Paquillo con voz quebrada: 

-Tú, …tu estuviste en la muralla, el día que tomemos Almería… hace una década. 

Paquillo asintió. No respondió. 

-Fuiste el que organizó la toma con argucia… y el primero en combatir. Te nombré Caballero de la orden del Temple y protector… - la tos no le dejó continuar. 

-Si, Majestad entré junto con el comandante Gabriel, que el señor lo tenga en su gloria y don Ramón de Berenguer IV, buenos hombres y vasallos. Y fui también el último en salir. 

- ¿Te dieron también la cruz del león dorado? - 

-No mi señor, eso no dieron y si me la hubiera dado, la hubiera enterrado por el camino- respondió más por el rencor contenido. 

-Hubieras hecho bien- dijo el Monarca y tosió a continuación. No iba a cuestionar eso, asintió con al cabeza mientras seguía tosiendo y aceptó el reproche. 

Se tomó una pausa para recomponerse y continuó: 

-No fui a salvaros- confesó- ¿lo sabías verdad? Paquillo no respondió. 

Tras firmar el Tratado de Tudilén, enriquecí a mis nobles. Castilla, Galicia, Navarra, Murcia... – más tos- …, pensando en lo mejor para el imperio y sus intereses. Así los tendría a todos comprados, pero la codicia nos cambia a todos. 

Todos fueron llamados a las armas para caer sobre Almería de nuevo, cobrando así el imperio, el pacto firmado. Tenlo muy claro, te lo juro por Dios… Mhan abandonado. - ¿Lo sabías? 

-Hijo, solo, ¿qué podía hacer? - continuaba quebradizo. No me podía permitir tantas muertes. Solo me quedaba rendir la ciudad y salvar toda vida que quisiera ser salvada. 

-Paquillo seguía sin decir nada. 

El monarca lo agarró con las pocas fuerzas que le quedaban y dejó pasar un leve silencio 

-Tú necesitas creer- dijo el emperador. – Para que yo pueda seguir gobernando, necesito que me creas y no que me juzgues, porque el día de mañana…. 

Y así se quedó sin habla ni respiración, apoyado en una encina, sin armadura, sin himnos, sin rendición, en un pedazo de tierra que por lo menos era regido por la ley de Dios. 

   La mañana que Paquillo cruzó las puertas de Toledo, no traía estandartes. Traía un cuerpo envuelto en lino sobre una sencilla carreta. Nadie tocó trompetas. Nadie gritó “¡El rey ha vuelto!”. Porque ya no era ni rey ni emperador. Era solo un hombre sin vida. 

Lo llevó hasta el monasterio de San Servando. Allí lo dejaron en reposo, en una sala de piedra donde las velas eran numerosas y el olor a incienso se consumía despacio. Nadie hizo preguntas. Las campanas habían callado. Paquillo salió aún cubierto de polvo, con la ropa gastada y el alma sin reposo. 

En la plaza, la vio. 

   La mujer que amó antes de la guerra. La que prometió querer siempre. Diez años de distancia, asedios, promesas olvidadas en cartas jamás enviadas, pero allí estaba, con el rostro más cansado y los ojos más sabios. 

No se dijeron nada. 

No se acercaron.   

Pero se miraron. 

En esa mirada estaba todo: 

La promesa rota. 

La esperanza intacta. 

Y el cantico final de una guerra que no lo había vencido todo. 

  

Dicen que cantó la luna 

cuando esta niña nació, 

en un rincón de Almería, 

cerca del viejo Benizalón. 

La niña nació entre aromas, 

y al hacerse flor de día, 

con su belleza perfumaba 

la taberna más sombría. 

Su hermosura era farol 

de las noches sin consuelo, 

donde el alma del que amaba 

se perdía entre los cielos. 

Tengo el alma destrozada, 

triste llora el corazón, 

como herida que no cierra 

que sangra en su propio dolor. 

No fue tu culpa ni mía, 

solo el destino impío 

yo me quedé entre las sombras 

llorando tu nombre al frio. 

Cuando las campanas callaron, 

avivé mi pena perdida, 

dibujando entre la piedra 

tu rostro… mi despedida. 



viernes, 10 de octubre de 2025

El oro y el moro

Parte II (El Hombre sin Armadura)

 

   Había amanecido nublado en Almería. El cielo amenazaba con agua sobre las torres y los muros de la ciudad.  Las calles estaban mojadas a causa de una tímida llovizna que visitó la ciudad momentos antes del alba. El fragor de la batalla había cesado hacía apenas dos meses, pero la ciudad aún olía a hierro, sudor y sangre. El olor de la batalla.

Las banderas de Castilla y León ondean orgullosas en lo más alto de la Alcazaba, movidas por el viento que llegaba de poniente. Más abajo del zoco, la Mezquita Mayor se preparaba en riguroso, pero a la vez tenso silencio, para acoger lo que sería el evento del día, el reconocimiento a los valientes de la conquista cristiana. Días atrás había sido desvalijada por el séquito de Emperador Alfonso VII, cuyos tesoros ya iban camino de Burgos. Las columnas de mármol blanco y sus arcos de herradura, intactos están siendo cubiertos por tapices de campaña, cruces improvisadas y pequeños estandartes del Temple enviados un año y medio antes desde Roma por el mismísimo Papa Eugenio III, cuando aprobó el envío de un destacamento de soldados pisamos al apoyo del Emperador de la cristiandad, y como no podía ser de otra manera, debían de ser de Pisa, tierra natal del pontífice.

   Paquillo Mañas pasaba justo por debajo de la torre de los espejos vestido con capa corta, espada al cinto y porte recto. Tatareaba inusualmente alegre, no sé qué leches de extraña melodía, pero en tal caso poco apropiada para el que ha visto el infierno de cerca. Caminaba en dirección al barrio Al Musalla, donde en una de sus calles angostas, se encontraba al resguardo de los ojos del nuevo poder la taberna de la Herminia. Una casa vieja de adobe, con el techo bajo y las vigas retorcidas por lo años, pero había servido de templo de soldados exhaustos durante el asedio y no sólo servía el mejor vino de la comarca, sino que quien lo servía. Esta es la hija de la Herminia, una muchacha de grandes hechuras, prominentes pechos y un pelo negro que le llegaba hasta el culo. Motivo suficiente para comprender la sombra de cansancio sobre los hombros de nuestro hombre.

-Guenos días tengas vuesas mercedes- dijo Paquillo al entrar.

-Siempre ha habido ricos y pobres- soltó sin más la Herminia de forma irónica 

- Y los seguirá habiendo- contestó Paquillo - ¿Qué tenemos hoy pa llenar la tripa? Preguntó a continuación para desviar el asunto 

- ¿Eres tonto o te entrenas por las noches?, ¿has mirao pál cielo?... Migas, ¿que vamos a tener si no? - replicó.

- ¡Chacho!, pos yo que sé. Solo he preguntao na más.

- ¿Qué es lo que es? Pregunto la hija de la tabernera, que al escuchar el barullo salió de la cocina con una resera en la mano.

-Na! Este holgazán que no sabe ni en el día que vive si no está rebanando pescuezo.

Paquillo se disponía a contestar cuando la joven le lanzó una mirada esquiva a los ojos queriendo zanjar el tema – pues eso digo yo…, ¡Na de ná! - dijo este resignado.

-Haya paz entre los hombres de buena voluntad. Demos vino al sediento y pan al hambriento, dijo el Señor- Recitó una mole de tío sentado en una de las mesas del fondo.

- ¿Pero que cajones…? Me cago en to lo que se menea…,si es el hideputa más grande de entre los hideputas!-Bramó Paquillo sorprendido al ver a Gabriel allí sentado-¿Qué coño hases tu aquí que no estás salvando este mundo de infieles?... Pero ven a mis brazos pequeño zascandil. -

   Gabriel se levantó y se abrazaron con la misma euforia que dos hermanos sin verse en años, aunque hacía solo cinco semanas que Gabriel se fue de Almería a tierras catalanas.


“Nadie tiene pereza en servir bajo su mando con jefe tan insigne, hasta las guerras fieras apetece”


– Sea pues una jarra de vino y dos vasos mientras se hasen esas migas, me cago en to.

-Que sean tres vasos- Corrigió el grandullón. - Nuestro amigo en Conde de Barcelona esta al llegar-

- ¿Pero que me comentas? ¿Qué me perdío? ¿El carbonazo de Ramón va a venir y tó? - Hizo una pausa y tras un momento pensativo soltó – Ea! pues ya sabes quien va a pagar, que este de catalán tiene mucho- Ambos se echaron a reír 

   El Conde de Barcelona quiso cobrarse su parte del botín tras la liberación de Almería, teniendo la genial idea de desmantelar la Puerta de Pechina para si, tarea que le ha tenido ocupado estos dos meses no sea que, entre el Emperador, Genoveses y los 100.000 maravedíes que cobraron los pisanos, se quedase sin nada. De ahí el dicho:

“De Almería quiero el oro y el moro”

  Paquillo tamborileaba con los dedos sobre la mesa con una breve pausa, que hubiera parecido una eternidad, mientras miraba pensativo el jubón de aquel enorme soldado impoluto con su león dorado ocupando su pecho y como no podría ser de otra manera, soltó directamente - Venga Gabriel, vamos al arroz, ¿qué te trae hasta aquí de nuevo? -

- ¿No lo sabes? - contestó sorprendido. -Hoy van a hablar de nosotros, de honor, valores, valentía y sacrificio. Es más, hasta nos van a colgar el mérito de la victoria. -

  Paquillo alzó los ojos lentamente y asintió desganado mirando al vacío. Después soltó una risa amarga y dijo - ¿te refieres a nosotros… chacho, ósea tú y yo?, te digo esto porque la contienda fue de muchos más hombres, la mayoría de ellos mu valientes, con un par de guevos …héroes, ¿me sigues?- dijo dando una palmada en la mesa,- los cuales parece ser que ya habitan en el olvido sin pagar alquiler, y si… sí que pagaron caro el presio de su alma. Perdieron el pellejo por la Cruz de nuestro Señor sin pensar en sus hijos y sus mujeres a las que ha dejao al amparo de la Iglesia o a saber de qué nuevo mario. Nosotros querido compare, solo hemos sobrevivío a algo a lo que no se debería sobrevivirse.

-Pues de eso va la cosa amigo mío- casi murmuró Gabriel y continuó con una pizca de desaliento. - Hablaran de nosotros como héroes de la cristiandad, en nombre del mismo Papa, al que hemos hecho mas Papa con estas tierras y las venideras- Hubo un breve silencio y continuó - ¿Sabes que es lo que más me rompe las pelotas?, que dejaran para el olvido a los verdaderos nosotros-… Ahí lo llevas Paquillo, pensó con la incertidumbre de alguna respuesta inapropiada, pero aún así se atrevió a preguntar:

 - ¿Y que vas a hacer cuando digan tu nombre? -

-Pos que voy a haser… sonreír, saludar y tragar saliva mientras me cago en tos sus razas- Contestó con una chispa de rebeldía en su mirada que incomodó a Gabriel en el asiento.

- ¡Brindamos! –

-Sea-

   Cuando alzaban sus vasos, el tintineo del brindis fue interrumpido por la entrada agitada del Conde de Barcelona dando traspiés. La puerta de la taberna se abrió de golpe, sin ceremonia alguna dejando entrar un viento helado que trajo consigo el olor metálico a sangre fresca. Ramón, en el umbral se alzaba desgarbado cubierto de barro, lluvia y heridas. La capa que arrastraba tras de sí humedeció el suelo seco. Su camisa blanca estaba cruzada por tajos carmesí sin saber si eran propios o ajenos. De la mano colgaba un puñal ensangrentado que cubría casi toda la totalidad del acero toledano del que se había forjado, como si fuese una extensión viva de su propia furia.

   La hija de la Herminia empujó con sus hermosas caderas la portezuela de la cocina. Salía con un plato de tomate con ajos en una mano y una hogaza de pan recién hecho, aún humeante en la otra, justo en ese mismo momento y se quedó paralizada al ver aquel hombre. Las viandas dibujaron una parábola para acabar estrelladas en el suelo. El plato se hizo añicos y junto con algunos trozos de tomate le salpicaron las piernas. Paralizada de cuerpo, su rostro se dividía entre el susto, la desesperación y la vergüenza. Paquillo se levantó de golpe para ir a su auxilio, pasando por completo del Conde. La agarró de los brazos y se acerco a su cara para susurrarle sigilosamente que todo ya pasó – no es ná- dijo – tranquila mi vida, estoy aquí – Segundos después ella volvió al mundo de los vivos, suspiró y se agachó con resignación para recoger los restos del desastre. Paquillo se agachó con ella, aprovechando el acto para rozarse las manos e intercambiar miradas de complicidad robadas, mientras la madre desde la barra los miraba sin dar crédito a toda aquella escena dantesca, como menos.

- ¡Vamos nenica, recoge lo del suelo, que a las migas le empiezan a salir las costras! - Ordenó su madre.

Gabriel mientras tanto ya estaba junto al Conde.

- ¿Qué cajones ha pasado Ramón?, déjame ver si estas herido – dijo mientras lo observaba.

-Estoy bien soldado- Contesto el Conde. – Solo he tropezado al entrar por la cajonera que he pillado. Un moro había decidido que debía morir hoy y le he truncado la idea-

-Déjame ver-

-Que estoy bien cullons! -dijo mientras ponía la mano en el hombro del grandullón y prosiguió - si no me crees que se lo digan al hijo de su infiel madre que no sabía que, si alguien iba a morir hoy, ese no sería yo…,bueno dejémoslo ahí, él no te va a poder contestar ya-


“Por doquier a se alzan enemigos como postes en nuestro camino”


- ¡Venga ese vino! - dijo Paquillo de camino a la mesa.

Una vez sentados, Ramón soltó el puñal sobre la mesa produciendo un ruido sordo.

- ¡Limpia y guarda eso, por Dios! - Bramó el más pequeño. – que ya somos bastantes en la mesa- así sacó una sonrisa a la comitiva.

   La Herminia les llevó el vino. Tardó solo unos segundos al volver con unas tapas de migas y pescado frito que le había quitado de las manos a su hija para que esta no se acercara a la mesa.

-Qué no se te olvide ese tumaca del huerto- reclamó el catalán a la tabernera

   Durante los minutos posteriores no se terció palabra alguna mientras llenaban el buche. De todos es sabido que el ser humano con el estómago lleno ve las cosas de otra manera.

   En el exterior la lluvia se hizo dueña de las calles haciéndose notar en el tejado de la taberna. Algunos parroquianos empezaron a llenar las mesas encontrando refugio en el interior. El día se prestaba a eso y el olor de la cocina ayudaba a decidirse.

El marido de la Herminia cargó de troncos la chimenea. Con un resquicio de ascua con algo de llama, empezó a encender las antorchas de la pared, creando así una atmósfera tenue y atractiva.

   Paquillo miraba atento a la barra para pedir más vino, era el momento de adelantarse antes de que se llene el lugar, porque el murmullo ya se notaba en el ambiente.

En ese momento, la puerta se abrió emitiendo un chirrido que atrajo la atención de nuestro hombre.

-Miren vuesas mercedes quienes se atreven a pisar tierra de hombres- dijo Paquillo con cierta ironía.

- ¿No son los que estaban detrás de nuestras filas el día de la toma? - Dijo Gabriel

-A ver si te confundes con corderos vestidos de seda- contestó Paquillo. – Es que a veces me pregunto qué clase de nobleza crían los reyes-

-Caballeros, antes de perder el juicio, no pongamos entre dicho el coraje de los aliados. Señores míos, deberíamos conocer de buena mano si su posición fue por obra de nuestro Emperador o por decisión propia- dijo el Conde de Barcelona en favor de los nobles mientras que Gabriel alzó la ceja como si le hubiera calado esa reflexión.

Se trataba de Guillermo VI, Conde de Montpellier y Don Álvaro Rodríguez de Castro, noble navarro y nieto de Álver Fáñer, lugarteniente del mismísimo Cid.


“Oigo en efecto decir, que también el famoso Álvar Fáñes subyugó a los pueblos Islamitas”


-Cudiao que habló el noble- se jactó Paquillo. -Y digo yo pa mis adentros, ¿estos también pillaran cacho? Que por muy prospera que fuese la ciudad, el asedio la ha debastao. ¿me sigue usted?... Que no hay chorizo pa tanta boca. -

-Algo pillaran, sino ¿Por qué crees que han venido? Prosiguió el Conde. -Hasta donde yo sé, los pisanos y los genoveses ya tienen su parte, como yo la mía. - giñó un ojo y prosiguió. - Los primeros cobraran un buen dinerito para no sé qué torre quieren hacer en su tierra y el Papa no suelta prenda. De los genoveses, sé que se quedaran una temporada cubriendo la defensa la costa a cambio de otra buena cantidad de maravedíes. Estos han sido mas tercos en el trato, pero no entiendo porque se han conformado con el Santo Catino, que solo una mierda de fuente de esmeralda, pero ellos sabrán. - Concluyendo con las explicaciones.

Gabriel asentía atento.

   Paquillo también atendía las explicaciones de este, pero sin desviar su mirada de vez en cuando para la puerta de la cocina, por si se abría. En cambio, se mofó respondiendo al más noble de los tres.

- De los primeros, pa lo que han hecho, ojalá se les tuerza la puta torre que quieran facer… por flojos. De los otros, que los dineros les sean bien veníos y espero que el día que se vayan le pongan su nombre al cacho de playa donde se han fondeao, porque ellos sí que les han hechao cojones y se lo han currao.

- Bueno, también hoy durante la ceremonia de reconocimiento van a nombrar al genovés Otto de Bonvillano nuevo Gobernador de Almería- Concluyó el Conde.

Gabriel esta vez si se atrevió a decir. – Esos lares son temas de nobles, yo ni me meto, ni me importa. Mi trabajo consiste en matar al enemigo y matar bien.

-Brindemos por ello- propuso Ramón. El cuarto de los Berenguer.

Otra mirada hacia la cocina.


“La lucha para los Francos es la paz, para los moros es la tea famosa, para los españoles es el rocío, en fin, para los combatientes en su costumbre es una porción de plata y es promesa de oro el éxito”


Nadie se percató del chirrido que emanó la silla de Paquillo al levantarse de golpe. Las carcajadas gruesas, el golpeteo de las jarras y que aquí somos de hablar fuerte, ensordeció aquel ruido. Paquillo llevaba un buen rato observando a un tipo regordete, de barba desordenada tambaleándose cerca de la barra, pero muy pendiente a la puerta de la cocina a pesar de los efectos del vino.

-Una flor tan bonita no debería estar trabajando en un antro pestilente como este- dijo el borracho con un tono que empapaba cada palabra en lascivia. – mira que puedo darte abrigo esta noche… “hip” y hasta un poco de oro si eres amable…” hip”

La hija de la Herminia dio un paso atrás con los ojos prendidos en fuego. Paquillo se acercaba con el rostro endurecido y la mirada puesta en el tipejo aquel. Al pasar por al lado de una de las antorchas casi la apaga por el sacudido de su andar decidido. La llama se suavizo, crepitó y volvió a iluminar incluso con más garbo.

- ¡Apártese de allá ya! - dijo con un tono grave que sonaba a peligro.

El Borracho se giró sin conocer aún con quien trataba.

- ¿Y tú quién eres? ¿Su escudero? ¿Su perro guardián? - no le dio tiempo a decir nada más ya que pudo sentir una daga en su garganta firme y decidida a rebanarle el cuello.

-Soy el que te abrirá la garganta si no te vas de aquí cagando leches, ¿me sigues? -

La muchedumbre cayó en silencio enmudeciendo la taberna. Ramon de Berenguer y Gabriel ya tenían empuñadas sus espadas a la espera, con la intención de verse implicados.

El borracho dio un paso atrás, y otro más, su sonrisa se había convertido en una muesca cobarde.

-Bah… mujeres… tanto alboroto por un poco de cariño no merece la pena- soltó sin hipo ninguno pero perfilado de saliva.

 Paquillo soltó el aire contenido al tiempo que se guardó la daga y empujó al tipejo para que se fuera, este tropezó con una silla y cuando torpemente recuperó algo de equilibrio salió por la puerta y no hubo nada más. Quien había desenfundado el acero, también ya lo había enfundado. La reyerta había finalizado. No hubo palabras de amor entre la Hija de la Herminia y su protector. Solo un gesto simple de asentimiento cuando este le preguntó - ¿Tas bien? - Ella sintió con la cabeza.

  Con el rostro aún endurecido se giró para volver a su mesa donde lo aguardaban sus hermanos de armas, pero estos ya no estaban sentados. Los tres vasos aun estaban medios llenos, la silla donde Paquillo había estado sentando se encontraba tumbada un poco mas atrás.  Ramón y Gabriel recogiendo las capas con las armas ya ajustadas y con apenas un gesto, entendió este, que les decía que era hora de marcharse. Justo antes de salir, miró por última vez para la puerta de la cocina. Ella no bajó la mirada como de costumbre, pero tampoco dijo nada, lo que ellos sentían se llevaba en silencio.

   Si más salieron de la taberna dejando allí el calor de la chimenea y el único rostro que lo hacía sentirse humano.

“Hermosa de rostro desprecia el trance supremo del sepulcro”


   A pocos metros de la Mezquita Mayor ya se podía ver el aglomeramiento de los parroquianos. Los vítores y trompetas se escuchaban desde hace rato, pues la hora nona ya estaba próxima.

Al entrar al templo, la suntuosidad del muhrab, bañado en oro y la caligrafía coránica contrastaba con el estruendo de las botas claveteadas que resonaban sobre el suelo de mosaico de los soldados. En la zona Central, sobre una alfombra negra extendida, se encontraba un improvisado altar, presidido por una gran cruz de madera traída desde León. Allí el obispo de Toledo, revestido con una capa pluvial alzaba la voz por encima del canto gregoriano que resonaba en las bóvedas para que los devotos e invitados ya asistentes pudieran escuchar:

-En el nombre de Cristo Rey, bendecimos esta victoria, ganada con el valor y la fe. ¿Qué la ciudad de Almería quede consagrada al Dios verdadero! -


“Es terror de los moros, de la cual Urgi fue luego testigo”


   Finalizado el oficio por parte del obispo, las trompetas anuncian la entrada del Emperador Alfonso VII.

Una vez aminorados los peloteros vivos y los aplausos, el prefecto ordena la presencia de los homenajeados ante el Emperador, el cual empezó su discurso sin dilatar:

-La sangre que se ha derramada no ha sido en vano. Esta ciudad ha sido liberada de la oscuridad y esta vuestra gesta, vivirá por siempre entre los que forjan la historia de la cristiandad, de aquellos que nunca serán vencidos y al igual que las olas de este mar, pudieren siempre ir y venir sin otra creencia que les mande, que no sea la de Dios, nuestro señor-

Aplausos

Haciendo un gesto para que Paquillo y Gabriel se postrasen ante él, continuó:

-De esta honorosa hueste y por la gracia de dios, hago entrega a Don Francisco Mañas, por su entrega, arrojo y honradez, el título de Caballero del Temple y protector de la ciudad… Levanta la cabeza hijo. Que los siglos venideros sepan tu nombre- hizo después una breve pausa y con la dignidad de un rey, coloca su mano sobre el hombro izquierdo del vasallo, ante el silencio de todos los presentes. A continuación, dijo – En nombre de la corona que portamos, te doy las gracias, soldado…Levanta la cabeza que quien sirve con gloria no debe inclinarla. El reino está en deuda. -

Mas aplausos

El monarca ordenó silencio y prosiguió:

-Además, en nombre del trono eterno, del acero que nos guarda y del juramento que nos une, nombro comandante de los ejércitos de las cruzadas a Don Gabriel Villanueva, hijo del deber, forjado en batalla, probado en la perdida como en la victoria y por haber demostrado no solo servir con lealtad a tu rey, tu señor, sino a la causa más sagrada de la cual desde hoy serás su comandante-.

-Que así sea-

Pausa y concluye:

-Que la paz, sellada ante Dios y los hombres, perdure más allá de nuestras vidas. Servid a la justicia, guardad fidelidad… No olvidéis que la fe es más fuerte que el acero… Con la bendición   del altísimo …os dejo en paz. - Se dio media vuelta y abandonó la Mezquita ante los “¡Dios guarde al Rey!” de todos.

   Sentado sobre una piedra junto a la empalizada temporal, Paquillo contempla en silencio el perfil inclinado de la muralla que se proyecta hasta El Cerro de San Cristóbal como promesa de protección hecha a la corona, para la continuación desde Jayrán. Alfonso VII en persona le había confiado la misión antes de abandonar Almería. Esa honra le pesaba más que una segunda cota de malla. La idea del Emperador era aumentar la seguridad de la ciudad, ya que, aunque no había guerra declarada, de todos es sabido que la paz es un velo frágil. Así es como piensa un soldado que conoce la guerra de primera mano. Entero, firme, leal.

Esa mañana primaveral no había enemigo a la vista, pero sí una batalla lenta contra algunos insurgentes y algún amigo de lo ajeno que rondaba en la sombra ante la escasez que la guerra dejó. Con la mirada perdida y el ceño fruncido, Paquillo no pensaba en gloria, ni cantares. Su mente estaba lejos de allí.

El sol tamizado por algunas nubes grises proyectaba sombras largas como los pensamientos que lo asediaban. No cargaba solo con la defensa de la muralla, sino con el peso de lo que no pudo ser. La ciudad crecería y como es de ley, se alzarían más almenas y torres, pero en su pecho lo que habitaba estaba en ruinas. Allí se llevó la mano, junto al broche de su capa donde aún llevaba el pañuelo que la hija de la Herminia le dio el día que se despidió. La pobre desdichada no tuvo elección. Desde el desafortunado incidente de la taberna y no me refiero al borracho, la madre le dio a elegir: “velo o corona”.

O unirse al convento de las Hermanas del silencio como novicia.

O marcharse el sequito de la reina como dama de servicio.

Ambas opciones eran condenas disfrazadas de honra. Ella resignada eligió sequito. Se fue sin beso, sin carta, sin promesa. Solo el pañuelo que le dejó en la mano con una gota de cera fresca, como un sello sin escudo.

Desde entonces él ya no era el mismo. Su corazón es el que quedaría amurallado de por vida. Mientras los demás pensaban que defendía los muros, nadie sabía que en realidad estaba defendiendo su recuerdo.


“Te llevaré en el pecho mientras respire”


   Ensimismado e inmóvil como una imagen tallada, perdido entre el eco de un amor imposible, oyó el ritmo de cascos contra la piedra. Alzó la mirada y su mano fue instintivamente a la empuñadura de su espada, no por amenaza, sino por costumbre de soldado viejo. Sus sentidos se agudizaron como en los días de contienda, cuando cualquier jinete venía con noticias de vida o de muerte.

El caballo era un alazán oscuro con la crin enredada y algo de sudor en sus flancos. El jinete, envuelto en su capa de conde detuvo su montura con un suave tirón de riendas y desmontó con aire cansado.

- Ramón...- murmuró Paquillo al ponerse en pie.

- ¿aún sabes cómo mira un centinela?... Al verte pensé que te habrías vuelto piedra del todo- Soltó el Conde de Barcelona Ramón Berenguer IV, dejando escapar una breve risa alegre y amarga a la vez.

-Por mis santos cojones…lo que ves mis ojos, y yo que pensaba pa mis adentros que te habías io a morir con los otros gabachos a las cataluñas. -

-Casi, no te vayas a creer que no vi la muerte de cerca, pero esta me encontró demasiado aburrido y me ha dado cita para otro día. -

Ramón se acercó y los dos hombres se encontraron con un fuerte apretón de abrazos.

-¿Qué viento te trae por aquí, compare? Preguntó Paquillo

Ramón, sacando un rollo de pergamino del interior de su cota dijo -vengo con un real, me temo. Las nuevas que en traigo no te van a gustar. -

-Ea, dispara pues y lo que tenga que ser…que sea-

Ramón le echó el brazo por los hombros y caminaron juntos hacia la muralla quitándose del montón de piedras amontonadas.

-Gabriel a muerto en Tortosa. - Hizo una pausa y continuó con tono ahogado – estábamos al pie de la muralla norte, las catapultas acababan de abrir una brecha y dí la orden de avanzar. El fue el primero en entrar, siempre lo era porque como tu bien sabes, su alma no sabía de miedo-

- ¿Murió rápido? -

-No. Una flecha lo alcanzó en el costado mientras se batía con dos moros y siguió luchando como si el hierro no lo hubiera tocado. Cayó al fin, entre un montón de escudos rotos. Cuando llegué aún respiraba. Tenía la boca ensangrentada, pero aún así sonreía. Me miro y me dijo: “Mi señor… no deje que la victoria me robe el honor de morir aquí”- El Conde cerró los ojos un instante, como si reviviese la escena con dolor.

Paquillo tomó la mano del Conde y llamándolo por su nombre dijo: -Ramón, ese día no murió un soldado, murió un buen hombre… el mejor que me he podio echar a la cara-

- ¡Vive Dios que así es! -- Gritó el noble

Una hora mas tarde estaban dando cuenta de una jarra de vino.

- ¿Estás seguro amigo?- Preguntó Ramón a su amigo de soslayo

-Tan seguro como estoy vivo, ¿Y tú? - respondió Paquillo con un semblante serio y firme.

- Yo es por ti, Paquillo-

- Pue la verdad que no lo estoy, pero to sea por ti y por Gabriel, que en gloria esté-

Así fue como cruzaron el umbral de la taberna de la Herminia sin mas palabras. El murmullo se apagó apenas entraron. Paquillo no había vuelto a pisar la taberna desde…. Y pocas veces un conde pisaba una taberna sin escolta ni ropas de gala. Tras el mostrador Herminia los observó con dureza, a uno mas que al otro.

-Una madre no olvida- Dijo el conde acercándose al oído de Paquillo

- Ni yo tampoco- contestó este devolviéndole la mirada a la tabernera. – pero hoy hemos venío a brindar por un hombre que murió con honor- ¿me sigues?

 

“En un futuro poco mas que incierto, cuando los hombres encierren sus armas, quizás entonces y solo entonces que los hombres y mujeres puedan cerrar los ojos sin contar los pasos del enemigo. Quizá, en ese tiempo aún por nacer, el hierro deje de hablar mas alto que la razón, porque las cicatrices no deben sangrar por la fe”.

 

 

Conquisté ciudades,

alzamos murallas donde hubo miedo

Mi nombre cabalgará en las canciones,

mis hazañas cruzan de boca en boca

como leyenda de acero.

En lo alto de la torre

el viento cesa,

los estandartes caen

solo queda el eco

de quien no volverá.

Uno fue hermano sin sangre,

espada cargada de gloria

yace ahora sin aliento

donde los campos son de nadie.

La otra,

 la voz callada en una taberna

el deber me la negó

la honra me arrebató.

Combatí sin querer gloria,

sin deseo de cantico o corona.

Luché por quien lloraba tras los muros,

por los que rezaban sin saber a quién.

Dicen que los buenos soldados no desean la paz,

que la guerra es su hogar.

Pero yo…

deseo sin trompetas llegar

sin firma ni escudo que dar,

Deseo una noche sin vigilia

por los que ya no volverán

la paz les sirva de arcilla

y nadie le quite el pan.

Uno que amó

Uno que perdió

Uno que a la muerte

no temió

Uno que por dentro

se rompió.