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viernes, 21 de agosto de 2026

Otton de Bonvillano: lo que la Historia no contó sobre la conquista de Almería

En la novela, “Un hombre sin armadura”, Otton de Bonvillano no es un hombre dispuesto a morir por Almería.

Cuando los primeros rumores sobre la llegada de los almohades comenzaban a recorrer la ciudad, comprendió que algo estaba a punto de pasar. No esperó a comprobar si el peligro se dibujaría nuevamente sobre las murallas. Sabía que las guerras no siempre avisan con el estrépito de las armas. A veces llegan antes, disfrazadas de rumores, de silencios demasiado largos, de comerciantes que hacen cambios inesperados en su forma de negociar y, sobre todo, en los hombres que miran demasiado hacia el horizonte.

Entonces, hizo lo que quizá mejor sabía hacer: calcular el peligro.

Reunió a los hombres que todavía le eran fieles, tomó cuanto pudo llevarse consigo y preparó la partida de la ciudad. Después abandonó Almería sin esperarse a saber si la amenaza era del todo cierta.

Para quienes se quedaron, su marcha fue algo más que una huida. Fue una traición. Almería perdió a unos de sus hombres de gobierno y, con él, una parte de aquello que todavía mantenía en pie la nueva ciudad cristiana.

Atrás quedaron las murallas, el puerto y parte de la riqueza que durante unos años había pasado por sus manos. Y, sobre todo, las personas que habían confiado en él.

Pero para Otton, quizá solo fue la decisión de un hombre que supo reconocer cuando había llegado el momento de marcharse. Y por eso es posible que, para él, no hubiera nada de heroico ni deshonroso en aquella decisión. Simplemente llegaría a la conclusión de que morir por una ciudad que puede volver a cambiar de dueño no fuese una forma inteligente de morir.

Sin embargo, Otton no era un personaje inventado, nacido en las páginas de la novela “Un hombre sin armadura”:

Es un hombre que calcula el peligro. Que elige cuando debe marcharse y el hombre que, cuando llega la hora de escoger entre Almería y su propia supervivencia, escoge su camino.

Aunque hay algo más que convierte a Otton en un personaje especialmente incómodo para quien escribe una novela histórica.

Existió.

No nació de nuestra imaginación.

Y estuvo en Almería.

Aquí es donde nuestra historia deja de ser un momento de la ficción en la que dejamos a un lado al Otton que hemos construido y buscamos al hombre que aparece detrás de ese nombre.

En las crónicas y en los documentos encontramos una historia diferente. No necesariamente mejor ni necesariamente peor... Solo una historia incompleta.

Y, por eso mismo, creo que es una historia mucho más fascinante.

En 1147, cuando la flota genovesa llegó frente a las costas de Almería, Otton de Bonvillano ya no era un hombre cualquiera dentro de una expedición. Tenía la suficiente autoridad para representar los intereses de Génova ante Alfonso VII.

Aquella circunstancia lo colocó, antes incluso de que empezara el asedio, en un lugar que nos permite seguir sus pasos.

La expedición necesitaba encontrarse con Alfonso VII. Pero el emperador aún no había llegado. Se encontraba en las inmediaciones de Baeza, esperando reunir las huestes y los genoveses enviaron entonces a Otton como emisario para encontrarlo.

No sabemos que palabras intercambiaron el emperador y él. Lo que sí sabemos es que regresó con lo que la expedición necesitaba: el acuerdo para seguir adelante con la campaña. 

Lo demás desaparece. No conocemos qué argumentos empleó, ni que esperaba encontrar al otro lado de aquella negociación. Ni siquiera sabemos que impresión produjo en el emperador aquel hombre que había llegado desde Génova.

Los documentos solo conservan el resultado. No la conversación.

Pero podemos imaginar a Otton entrando en la tienda de Alfonso VII y detenernos un instante antes de ponerle algunas palabras en la boca.  A partir de ahí cualquier certeza sería solo nuestra… y eso importa.

Porque una cosa es escribir una novela y otra muy distinta es fingir que la Historia ha dicho lo que nunca dijo.

Otton regresó.

Alfonso VII se incorporó a la campaña.

Y poco después, Almería cayó.

El 17 de octubre de 1147, la ciudad pasó a manos de los conquistadores.

Para Otton, en cambio, no fue el final de su historia en Almería. No regresó inmediatamente a Génova.

Se quedó.

Los genoveses no habían atravesado el Mediterráneo para contemplar la caída de una ciudad. Habían venido por unos intereses concretos.

Privilegios, comercio y riqueza. Más una parte de la ciudad que, después de la conquista, pasaría a quedar bajo su influencia, ya que una tercera parte de Almería quedó vinculada a Génova. Y Otton quedó encargado de aquellos intereses en Almería. Con hombres bajo su mando y una ciudad que mantener, aquella concesión lo situaba ante una tarea menos espectacular que la conquista, pero probablemente, mucho más compleja: hacer que aquello que se había conquistado siguiera funcionando.

Ya no bastaban las armas. Había que mantener hombres, organizar y administrar los recursos para, ante todo, proteger los intereses genoveses.

Es en este momento cuando la imagen de Otton empieza a cambiar. El emisario que había llegado ante el emperador, que había comandado la flota genovesa que asedió la ciudad desde el mar, ahora tenía que permanecer en ella. Y eso significa que no fue, por tanto, simplemente uno de los nombres que conquistaron Almería. Durante un tiempo, también fue uno de los hombres encargados de conservarla.

Pero hay algo que no hemos podido encontrar en los documentos.

Sabemos dónde estuvo. Conocemos sus responsabilidades e incluso podemos seguir el rastro de algunas de sus decisiones. Lo que permanece fuera de nuestro alcance es la forma en que vivió la ciudad y cómo fueron sus relaciones con quienes compartieron una con él la tarea de gobernarla.

Es precisamente en este espacio donde vuelve a entrar nuestra historia.

Porque en “Un hombre sin armadura”, Otton no estaba solo. Al otro lado de aquella ciudad aparece Paquillo Mañas. Personaje al que Alfonso VII nombró capitán protector de la ciudad.

Paquillo no es un hombre que podamos encontrar en las crónicas de 1147. Es nuestro personaje. Una figura nacida de la ficción que, una vez situada dentro de aquella ciudad, su presencia empieza a resultar casi inevitable. Porque si Otton debía velar por los intereses de Génova, Paquillo tenía una preocupación distinta:

Almería.

No eran enemigos, aunque tampoco llegaron a ser amigos. Simplemente aprendieron a convivir y cada uno respondía ante hombres distintos porque cada uno tenía sus propios asuntos.

Y, aunque ambos sabían que necesitaban al otro, nunca llegaron a mirar la ciudad exactamente de la misma manera: uno veía una posesión que había que conservar y otro entendía que aquel lugar necesitaba ser protegido.

Puede parecer una diferencia pequeña, pero no lo era. Hay momentos en los que conservar y proteger dejan de significar lo mismo y durante un tiempo, esa distancia puede quedar oculta bajo una rutina:

El puerto seguía funcionando.

Los hombres vigilaban las murallas.

Los comerciantes volvían a abrir sus puestos.

Una nueva ciudad que intentaba acostumbrarse a quienes habían llegado con las armas.

Y mientras trabajaban en la difícil tarea de hacer que la ciudad volviera a vivir, otras campañas, al otro lado del Mediterráneo, preparaban su regreso.

Primero fueron solo voces.

Después llegaron noticias.

Y más tarde, el miedo.

Los almohades se acercaban.

Y quizá fue por ello que, Otton recordó todo lo que había visto desde que desembarcó casi una década atrás y decidió no terminar sus días junto al Mediterráneo.

Su rastro no desapareció con Almería, continuó tierra adentro. Años después de que Almería fuera tomada por los almohades en 1157, aparece relacionado con la actual Villamanrique de Tajo.

Albuher.

Una fortaleza próxima a esta localidad donde ahora la Historia lo sitúa con un nuevo título.

Conde

El hombre que había llegado desde el mar había terminado dejando sus huellas muy lejos de él. Y entre una cosa, y otra hay un espacio que los documentos no consiguen llenar.

No sabemos qué pensaba mientras veía alejarse de las murallas que había ayudado a conquistar. Tampoco sabemos si aquella riqueza procedía de Almería, ni qué se llevó consigo cuando abandonó la ciudad.

Esta es seguramente la pregunta que más nos interesa. Porque en nuestra novela sabemos lo que ocurrió: cuando Otton abandonó Almería, no se marchó con las manos vacías.

Pero ¿Qué ocurrió con aquel dinero? ¿Terminó convertido en tierras? ¿en nuevas propiedades? ¿en alianzas?

No lo sabemos.

No podemos afirmar que la riqueza de Almería terminara convertida en las posesiones que aparecen vinculadas después en su vida. Eso sería convertir una posibilidad atractiva en un hecho certero. Y eso no nos pertenece. Pero si podemos hacernos la pregunta de porqué la Historia, a veces, no decide darnos una respuesta y solo nos ofrece una puerta entreabierta para entrar, con prudencia, en aquello que dejó sin contar.

Tal vez esa sea una de las razones por las que algunos personajes de la novela consiguen sobrevivir a los documentos. No porque sepamos mucho de ellos, sino porque sabemos lo suficiente como para empezar a preguntarnos qué ocurrió en todo aquello que no ha quedado escrito.

Con Otton sucede algo parecido. Sabemos que estuvo en Almería, que participó en aquel momento decisivo de la Historia y que, después de la conquista, permaneció allí. Conocemos también que su nombre siguió apareciendo lejos de las murallas y es a partir de aquí, cuando Almería quedó atrás, el punto en el que su rastro se vuelve más tenue.

Precisamente la existencia de una distancia entre ambos puntos es donde da comienzo nuestra historia.

No las Historia con mayúsculas.

La otra.

La que pudo suceder mientras los cronistas miraban hacia otro lado.

La que no quedó registrada porque quizá nadie consideró necesario escribirla.

La que transcurrió entre una decisión y sus consecuencias.

La que he querido contar en “Un hombre sin armadura”

No para corregir a la Historia, sino para conocer una  Almería durante una etapa que quedó atrapada entre dos mundos. Y en ese escenario es donde aparece Otton.

Pero también aparece Paquillo Mañas… El nuestro. El que hemos creado para mirar aquella ciudad desde otro lugar.

Dos hombres.

Dos maneras de entender lo que significa conservar una ciudad.

Una novela que se atreve a contar una historia.