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domingo, 13 de septiembre de 2026

1157: la conquista almohade y el miedo de una ciudad.

 

—¡Me has engañado!

El grito hizo que varios porteadores dejaran caer las cuerdas.

El mercader tenía una bala de seda entre las manos.

La dejó caer sobre el muelle.

—Ábrela.

—Está abierta.

—La otra.

El patrón de la nave lo miró sin comprender.

—¿Qué estás insinuando?

—Que has mojado la seda.

Durante unos instantes solo se escucharon las gaviotas, el golpear de las olas contra los cascos de las embarcaciones y el crujido de la madera.

El patrón dio un paso hacia él.

—Retira eso.

—No.

—He cruzado el mar para traerte mercancía que vale más que toda tu tienda.

—Yo llevo treinta años comprando seda. Por lo que sé cuánto pesa —contestó el mercader y abrió la bala con su cuchillo.

La hoja rasgó la tela. Sacó un paño y a continuación lo apretó entre sus dedos.

Agua.

Un murmullo recorrió el muelle. El mercader miró fijamente al patrón.

—¿Cuánto querías ganar?

El hombre no respondió.

—Te lo vuelvo a preguntar. ¿Cuánto?

El patrón se acercó hasta quedar frente a él.

—Ten cuidado…

—¿Con qué?

—Con lo que dices.

El mercader sonrió.

—¿O qué?

Entonces el patrón se llevó lentamente la mano hacia el cinturón. El movimiento fue pequeño, pero todos alrededor lo vieron.

El mercader retrocedió un paso e hizo lo mismo.

Los porteadores también retrocedieron. Incluso alguien apartó de un tirón a un muchacho que se había acercado demasiado atraído por el escándalo.

Una mujer gritó desde su puesto y dos marineros bajaron de una embarcación cercana.

Ya nadie trabajaba.

Todos miraban.

El patrón sacó unos centímetros de la hoja y el mercader secundó el gesto. Solo faltaba que uno de los dos terminara de sacar el cuchillo del todo.

Y entonces …

un hombre apareció corriendo por el muelle.

No llevaba armas. No las necesitaba. Venía tan deprisa que tropezó con una cuerda, cayó de rodillas y volvió a levantarse.

—¡Esperad!

Nadie se movió. El hombre miró al patrón, luego al mercader, respiró hondo y finalmente miró hacia las montañas.

—Han llegado noticias.

El patrón bajó lentamente la mano.

—¿Qué noticias?... ¡Hablad!

El hombre intentó recuperar el aliento. Tras unos segundos contestó.

—Han visto hombres armados.

Nadie preguntó quiénes.

Porque todos ya suponían que aquella no era una noticia cualquiera.

El mercader miró su bala de seda. Después miró al mar y el patrón volvió a guardar el cuchillo. La discusión había terminado.

Había algo mucho más importante de lo que preocuparse.

La noticia no tardó en abandonar el puerto. Lo hizo como suelen hacerlo las malas noticias: sin que nadie supiera exactamente quien había sido el primero en pronunciarlas y antes del mediodía ya había llegado al zoco.

Allí tomó otra forma.

—Han visto hombres armados.

—¿Dónde?

—Al otro lado de las montañas.

—¿Cuántos?

El hombre que lo contaba levantó los hombros.

—Muchos.

—¿Cuántos son muchos?

—Los suficientes.

Y aquella respuesta bastaba. Porque nadie necesitaba saber cuántos eran. Necesitaban saber que estaban allí.

Las voces comenzaron a cruzarse entre los puestos. Un vendedor de especias aseguraba que los habían visto avanzar durante la noche. Un curtidor decía que eran exploradores. Otro hombre que había llegado aquella misma mañana desde el interior, afirmaba que se trataba de un ejército.

Nadie sabía de dónde se había sacado aquella última versión, pero fue la que más rápido se extendió. En pocas horas, los hombres armados ya se contaban por decenas. Después, cientos y antes de que terminara el día, alguien aseguró haber visto miles.

Así nacen los ejércitos cuando se cuentan de boca en boca.

Sin embargo, en las tabernas la conversación era distinta. Allí estos temas se hablaban más bajo. Las personas que aseguraban tener cierta certeza eran rodeadas por quienes querían saber algo más.

—¿Habéis oído algo más?

—¿De quién?

—De ellos.

Entonces negaban con la cabeza.

—Solo rumores.

—Pero cuando el rio suena…

Un marinero levantó la cabeza desde una mesa. Bebió un trago de la jarra y dijo:

—En el mar, cuando ves algo a lo lejos, sabes que está ahí. Aquí solo estáis viendo lo que creéis creer.

Nadie respondió.

Porque quizá ese hombre de mar tuviera razón.

Pero aquella noche, cuando las tabernas comenzaron a cerrar y los últimos comerciantes recogieron sus mercancías, fueron muchos los que levantaron la mirada hacia las montañas antes de regresar a sus casas. Y ninguno quiso ser el primero en admitir que tenía miedo.

Durante los días siguientes no ocurrió nada fuera de lo normal. Y quizá eso fue lo peor.

El puerto siguió recibiendo embarcaciones. Los porteadores cargaban sacos, ánforas y fardos de mercancías. Los pescadores continuaron saliendo antes del amanecer. En el zoco volvieron a discutirse precios, calidades y deudas. Y aunque el rumor no había desaparecido, en las tabernas se recuperaron las voces.

Voces que aprendieron a hablar más bajo y gestos que adquirieron formas diferentes. 

Los primeros en cambiar fueron los comerciantes. Algunos empezaron a preguntar cuánto tardaría en llegar un barco desde Málaga. Otros querían saber si todavía había embarcaciones dispuestas a navegar hacia el este.

Ninguno decía por qué. Pero tampoco hacía falta.

En las casas comenzaron a guardarse algunas provisiones más de las habituales; grano, aceite, agua. Cosas que podían parecer prudentes en cualquier momento, pero que, acumuladas, empezaban a decir algo.

Los hombres que tenían familia fuera de las murallas enviaban mensajes. Los que tenían familia dentro querían traerla dentro. Y los que no tenían a nadie empezaron a preguntarse qué harían si llegaba el momento de marcharse.

En el zoco había días en los que alguien levantaba la cabeza al escuchar un ruido de cascos. No importaba que fuera un solo caballo. Durante unos segundos, todas las miradas buscaban la misma dirección. Después, cuando comprobaban que no era nada, la vida continuaba. Pero ya no exactamente igual.

La ciudad no había cambiado. Habían cambiado sus ojos, porque ahora, todos miraban un poco más lejos. Hacia las montañas. Incluso en las tabernas, donde antes una disputa por una deuda podía terminar con un vaso roto y dos hombres empujándose contra la pared, las conversaciones empezaban a interrumpirse cuando alguien pronunciaba una palaba.

Almohades.

Entonces bajaban las voces.

Pero por alguna razón, siempre aparecía alguien que sabía más que los demás.

Y ese hombre era el más peligroso. Porque nunca necesitaba palabras.

—Mi primo los ha visto.

—¿Dónde?

—Más al sur.

—¿Cuántos?

—Los suficientes.

Otra vez aquella respuesta. Parecía que toda la ciudad había aprendido aquellas palabras.

Mientras tanto, en las murallas, los soldados recibían las primeras órdenes. Las espadas volvieron a afilarse. Los arcos se revisaron. Las correas de los escudos fueron sustituidas y los caballos permanecían ensillados durante más tiempo.

Nadie había pronunciado todavía la orden de prepararse para una guerra, pero todos se estaban preparando para ella.

Y entonces, una mañana, los soldados de la muralla vieron algo sobre la colina. Al principio fue una sola silueta. Un poco después se podían contar cinco o seis.

Permanecían inmóviles. A caballo. Mirando hacia Almería. Y esta vez nadie tuvo que inventar un rumor.

Estaban allí.

Durante unos instantes nadie de la muralla supo que hacer.

Los jinetes permanecían inmóviles. Tanto que parecían formar parte del propio relieve. No llevaban estandartes ni trompetas. Tampoco había una formación de soldados detrás de ellos, Solo cinco o seis hombres a caballo que estaban demasiado lejos para haber llegado hasta allí por casualidad y demasiado cerca para que alguien pudiera ignorarlos.

El capitán de la guardia los observaba desde la muralla.

Uno de los jinetes levantó ligeramente el brazo. No parecía un saludo. Tampoco una amenaza. Señaló hacia la ciudad y después volvió a bajar la mano.

El hombre de la muralla sintió que se le tensaba la mandíbula.

—¿Qué hacemos? —preguntó uno de los soldados.

Tardó en responder.

—Nada.

—¿Nada?

—Todavía no.

Los jinetes seguían allí. Mirando… y esperando.

El capitán conocía aquella clase de silencio. No era la clase de silencio de quien se había perdido. Era el de quién había venido a observar.

Se volvió hacia sus hombres y dijo:

—Necesito saber quiénes son.

Dos soldados se adelantaron.

—Vosotros.

Señaló hacia la colina.

—Bajad por el camino del este. No os acerquéis más de lo necesario. Mirad cuantos son en total y hacia dónde se dirigen.

Uno de los hombres asintió. El otro miró de nuevo a los jinetes.

—¿Y si nos ven?

El capitán sostuvo su mirada.

—Entonces procurad que no sepan que los estéis observando.

Poco después, sus caballos comenzaron a descender por la ladera hasta que la pendiente comenzó a ocultarlos. Y durante el resto de la mañana, la noticia permaneció solo en aquellas murallas.

Aunque no tardaría en bajar de ellas.

Primero llegó al zoco, más tarde al puerto y finalmente alcanzó Al-Hawd.

Allí las cosas eran diferentes.

En aquel barrio, donde los hombres del mar habían aprendido a vivir entre mercancías, lenguas extranjeras y noticias distintas que llegaban con cada embarcación, los rumores no provocaban siempre el mismo efecto.

La primera discusión comenzó junto a una de las tabernas.

—Los han enviado a la colina —dijo un hombre.

—¿A quién?

—A dos soldados.

—¿Y?

—No han vuelto.

Un marinero que estaba sentado sobre un barril levantó la cabeza.

—¿Quizá se hayan perdido?

Hubo algunas risas.

—¿Dos soldados?

—Dos hombres pueden perderse, pero no cuando llevan caballos.

El marinero se encogió de hombros.

—Entonces quizá no quieran volver.

Esta vez nadie rió.

Un instante después el tabernero sonrió.

—¿Qué?

—Nada.

—Hablas como si supieras algo.

El tabernero dejó una jarra sobre la barra antes de responder.

—Como marinero, deberías saber que cuando el mar empieza a traer la misma noticia desde varios puertos, es conveniente escucharla.

—¿Y que noticia me he perdido?

El tabernero soltó también el trapo que sostenía y salió de detrás de la barra.

—Yo solo os digo que aquí, en esta parte de la ciudad, hay hombres que ya no tienen miedo a nada.

Aquellas palabras provocaron un silencio alrededor, porque todos sabían a que se refería.

Durante los días anteriores, algunos hombres de Al-Hawd habían empezado a comportarse de una manera que no pasaba desapercibida. Sobre todo, los musulmanes.

Se reunían en las esquinas. Hablaban más alto de lo habitual y cuando alguien mencionaba a los almohades, no bajaban la voz. Al contrario…, parecían esperar que alguien los escuchara.

Aquella tarde, un grupo de jóvenes salió de una casa de té dando voces. Uno llevaba algo en la mano y otro golpeaba la puerta con el puño mientras caminaba.

—¡Volverán!

—¡Volverán!

El grito fue respondido desde otra calle.

—¡Almería volverá a ser nuestra!

—¡Callaos! —soltó un comerciante mientras cerraba su puesto.

—¿Por qué? —reprochó uno de los jóvenes que se acercó.

—Porque hay niños.

El muchacho miró alrededor. Vio algunas puertas entreabiertas y algunas caras que observaban desde las ventanas.

—Precisamente —respondió—. Para que aprendan.

—¿Qué tienen que aprender?

El joven sonrió.

—Que Allah es el verdadero dueño de esta ciudad.

—Esta ciudad ya tiene dueño —dijo el comerciante.

—Por ahora.

Y aquella última palabra quedó flotando entre ellos.

Al caer la tarde, cuando el sol ya descendido de su pedestal empezaba a retirarse detrás de la sierra, un barco que venía del oeste entró en el puerto. Los hombres que lo vieron entrar reconocieron enseguida que algo no iba bien.

No por la carga ni las velas, sino en la manera que navegaba. Demasiado deprisa.

El capitán apenas había puesto un pie en tierra cuando comenzaron las preguntas.

—¿Qué ocurre?

—¿De dónde vienes?

—¿Qué has visto?

El hombre pidió agua.

Bebió.

Miró alrededor.

—¿Habéis oído hablar de Málaga?

Nadie respondió. No hacía falta.

—¿Ha caído?

El capitán volvió a beber.

—Eso dicen.

—¿Quién lo dice?

—Los que vienen del oeste.

—¿Lo has visto?

—No.

—Entonces no sabes si es verdad.

El capitán levantó los ojos y suspiró.

—Tampoco sabía que aquellos hombres estaban sobre la colina?

—¿Qué hombres?

El capitán tardó unos segundos en responder.

—Los que ahora todos dicen haber visto.

El silencio fue inmediato.

Entonces alguien, desde el fondo, gritó:

—¡Málaga ha caído!

En las calles cercanas comenzaron a escucharse el sonido de las puertas cerrarse. Una mujer retiró a sus hijos de la ventana y un anciano hizo la señal de protección que acostumbraba a hacer cuando tenía miedo.

En Al-Hawd, en cambio, la noticia produjo algunos vivas contenidos.

Esa misma tarde, el jefe militar recibió dos noticias casi al mismo tiempo.

La primera llegó desde la puerta oriental.

—Los exploradores no han regresado.

El jefe permaneció unos segundos en silencio.

—¿Habéis enviado a alguien a buscarlos?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no sabíamos a donde enviarlos.

Aquella respuesta no le gustó y ordenó el envío de otros dos.

—Señor…—el soldado dudó.

—¿Qué?

—Nadie quiere ir.

El jefe militar lo miró fijamente sin necesidad de preguntar por qué.

La segunda noticia llegó poco después. Un comerciante acababa de regresar del puerto asegurando que varios marineros hablaban de la caída de Málaga.

Nadie podía confirmarlo, pero tampoco había nadie que pudiera negarlo.

El jefe militar se acercó hasta una de las ventanas. Desde allí podía ver parte del puerto cuando las velas empezaban a desaparecer entre la penumbra. Y, entonces, tomó una decisión.

—Convocadlos.

—¿A quiénes?

—A todos los que tengan algo que decir.

Aquella misma noche, una sala próxima a la residencia del gobernador comenzó a llenarse.

El gobernador no estaba. Su ausencia pesaba más que cualquiera de los hombres que ocupaban la mesa.

Estaba Paquillo Mañas jefe militar encargado de la defensa de la ciudad. Le acompañaba un noble afincado en la ciudad, amigo directo de Ramón Berenguer IV. A su lado se sentaban dos de los comerciantes más ricos de Almería y frente a ellos, Fray Domingo en representación de la Iglesia. El obispo en esta ocasión no vino a rezar.

También había una cara desconocida. Se trataba de Álvaro Fáñez Enviado del emperador tras los primeros rumores meses atrás, cuando los primeros informes situaban a las tribus almohades organizándose en el norte de África y ni siquiera habían llegado aún a Algeciras.

Todos habían llegado a aquella estancia en busca de respuestas. Pero lo que encontraron fue una gran preocupación y una pregunta que ninguno se atrevió a formular.

¿Y si aquello que estaban esperando ya había comenzado realmente?

Muy lejos de aquella sala, en Málaga, nadie necesitaba hacerse ya esa pregunta. Allí el movimiento había comenzado. Antes del amanecer, cuando todavía quedaba oscuridad sobre las calles, comenzaron a encenderse los primeros fuegos y los hombres se levantaban en silencio.

Los caballos fueron ensillados, las correas se ajustaron sobre los lomos y las armas ocuparon si lugar natural. Los sacos de grano fueron cargados sobre las mulas y los odres de agua pasaron de un carro a otro. Nadie necesitaba gritar. Los que habían recibido órdenes sabían lo que tenían que hacer y poco a poco, Málaga comenzó a vaciarse.

Primero salieron los exploradores, después los jinetes y tras ellos hombres con lanzas. Atrás, carros, animales de carga y hombres a pie con el rostro cubierto y cotas de malla que protegían su piel.

El ejército avanzó.

La ciudad quedó atrás.

Delante comenzaba el camino.

Almería estaba hacia el este.

Los cascos golpeaban la tierra húmeda de la mañana. Los carros chirriaban por el polvo suspendido. Las correas crujían, el metal de las armas chocaba unas con otras y por encima de todo aquello se escuchaba la respiración de los animales.

Después salió el sol.

La luz comenzó a caer sobre los cascos, las lanzas y las hojas de las cimitarras. El polvo empezó a levantarse bajo los pies de los hombres y poco a poco aquella columna comenzó a avanzar envuelta en una niebla amarillenta que ocultaba a los últimos hombres.

Desde lejos ya no parecía un ejército. Parecía una tierra que se movía. Una línea interminable que avanzaba lentamente entre las montañas.

Los primeros jinetes desaparecían tras la loma y cuando volvían a aparecer, detrás de ellos surgían otros. Y otros. Y otros más. Como si nadie pudiera ver dónde terminaba la columna.

Nadie se detenía más de lo necesario.

Porque el camino era largo.

Y delante había una ciudad que tomar.

Almería.

En Almería, mientras tanto, los rumores habían terminado.

La amenaza ya tenía un ejército.

Y sabían que avanzaba hacia ellos.

 

P.D.

Si esta historia te ha dejado con ganas de saber que ocurrió después…

muy pronto podrás seguir caminando por las calles de aquella Almería.

Un hombre sin armadura

Muy pronto en librerías