Hoy, quien camina por la calle General Luque y entra en la
Iglesia de San Juan quizá no se imagine que bajo sus muros, estuvo uno de los
lugares más importantes de la Almería musulmana.
La Mezquita Mayor.
Cómo tantos otros lugares que desaparecen o simplemente
sobreviven al tiempo, San Juan nos muestra algo más extraño aún: cambió de
nombre, de religión, de tiempo y, sin embargo, parte de aquella mezquita aún
permanece.
Durante siglos, miles de hombres entraron por sus puertas
para rezar. Allí se escucharon versos de Corán, se cerraron negocios entre comerciantes, se
anunciaron noticias y se lloraron a los muertos. Y posiblemente, más de una vez,
alguien entró buscando refugio de una ciudad que no siempre fue tranquila.
En otoño de 1147, aquellas puertas contemplaron algo que no
habían visto jamás.
Almería había caído.
Entre los hombres que habían llegado con Alfonso VII había
uno que no llevaba espada. Vestía el hábito de un monje benedictino.
Se llamaba Domingo.
El emperador acababa de poner sobre sus hombros una responsabilidad
que probablemente pesaba tanto como cualquier armadura: convertirse en el
obispo de una ciudad que acababa de cambiar de manos.
No sabemos cuánto tiempo permaneció allí, ni conocemos todos
sus pasos. La Historia ha sido especialmente avara con su vida. Pero sí sabemos
algo. Domingo estuvo en Almería vinculado a ella durante casi diez años, entre
1147 y 1157.
Y quizá por eso, merece la pena detenerse un instante ante
las piedras de ese edificio. Porque cuando hoy miramos el mihrab que todavía se
conserva en San Juan, no estamos mirando solamente un resto arqueológico.
Estamos mirando lo que quedó de una ciudad que conoció a su primer obispo.
Cuando Domingo entró en aquella mezquita, la guerra todavía
estaba demasiado presente. Las calles no habían recuperado su ritmo. En las
casas quedaban habitaciones vacías. En los mercados faltaban hombres y en las
murallas aún podían verse las huellas de los combates.
Almería había sido conquistada.
Pero una ciudad no cambia de dueño en el momento que cae su
muralla. Cambian antes los hombres y mucho más tarde, lo hacen las piedras.
Domingo tenía una misión que no aparecía en ningún campo de
batalla. Debía organizar la vida cristiana en la nueva Almería.
La mezquita mayor era el lugar natural para comenzar.
Durante generaciones había sido el corazón religioso de la ciudad musulmana.
Ahora debía convertirse en el corazón de la comunidad cristiana que acababa de
llegar.
No sabemos qué pensó Domingo cuando cruzó por primera vez el
patio, ni qué palabras pronunció. Las Historia no nos la ha conservado, aunque
sí podemos imaginar al monje deteniéndose un instante antes de continuar.
No tenía delante un templo vacío. Lo que encontró era la evidencia
de que miles de hombres que habían rezado antes que él y fue entonces cuando
entendió que gobernar una ciudad no consistía solamente en ocupar sus edificios,
sino que había que aprender a vivir con lo que aquellos edificios significaban.
Durante los años que permaneció en Almería, Domingo fue algo
más que un hombre de Iglesia. Fue el encargado de dar forma a una comunidad. Porque si Alfonso VII necesitaba soldados para
conquistar ciudades, también necesitaba hombres capaces de conseguir que una
ciudad volviera a tener vida.
Domingo pertenecía a esa segunda batalla. La más difícil. La
que no aparece en los relatos de las grandes campañas. La que se libra cada
mañana con una iglesia que necesita sacerdotes. Con familias que necesitan un
lugar donde poder rezar. Con muertos pidiendo sepultura y con niños que tienen
que aprender nuevas palabras.
Y es por eso que su historia me interesa. Porque mientras
otros hombres aparecen en las crónicas empuñando espadas… otros, como Domingo, aparecen
cuando estas empiezan a guardarse. Y ese trabajo, aunque menos glorioso también
forma parte de la conquista.
Los siguientes años Almería tuvo que cambiar. Los soldados
que habían llegado con Alfonso VII levantaron nuevas defensas y ocuparon
posiciones estratégicas. El Cerro de San Cristóbal se convirtió en uno de esos
puntos desde los que se dominaba la ciudad y el puerto.
Pero ya hemos hablado de ello y de las murallas. Lo
verdaderamente interesante estaba allí abajo… en las calles. En las Casas. Y,
sobre todo, en aquel edificio de culto.
Para nosotros, aquellos diez años, vistos desde la distancia,
parecen apenas un instante. Pero para los que vivieron allí fue otra cosa. Niños
nacieron, personas fallecieron, mercados que volvieron a abrir, comerciantes
que regresaron, casas que volvieron a ocuparse y dos sonidos inconfundibles
para nosotros, pero que, para ellos empezaron a formar parte del paisaje sonoro:
el bullicio de las tabernas al atardecer y el de las campanas llamando a la
oración desde sus alminares.
Pero la Historia tenía otros planes.
A principios de 1157, apenas diez años después de la
conquista, los almohades recuperaron Almería. Y con ellos regresó el islam.
Domingo se tuvo que marchar y no se supo nada más de él.
Las cruces que habían llegado con los conquistadores
desaparecieron. La ciudad volvió a ser musulmana. Y aquella mezquita volvió a
escuchar las voces que había escuchado durante siglos.
Pero las piedras permanecieron.
Eso es lo fascinante de ese lugar.
Tuvieron que pasar más de tres siglos para que la Historia
volviera a llamar a su puerta. Hablamos de 1489, cuando las tropas de los Reyes
Católicos entraron nuevamente en Almería.
Ya nadie hablaba de Domingo ni de Alfonso VII. Tampoco de
los hombres que participaron en la conquista anterior. La mezquita recuperó su
función. Las voces cambiaron y con ellas los nombres. Los niños que habían
visto entrar a los cristianos envejecieron y murieron. Después murieron sus
hijos y también los hijos de sus hijos.
Quienes rezaron allí durante el dominio almohade ni siquiera
sabían que, mucho tiempo atrás, en aquel mismo lugar se oró en otra lengua.
Esta vez, los cristianos no llegaron para una incursión o
una campaña que duraría unos pocos años. Llegaron para quedarse.
La vieja mezquita volvió a encontrarse frente a una nueva
religión.
En 1492, con la restauración de la diócesis de Almería,
aquella antigua mezquita se convirtió en la primera sede catedralicia de la
ciudad. Y durante un tiempo, bajo aquellas mismas piedras que habían escuchado
las oraciones de los musulmanes y las palabras de Domingo, comenzó a organizarse
la Iglesia en la nueva ciudad de Almería.
La mezquita se había convertido en Catedral.
Pero la historia no había terminado con ella. Porque en 1522
la ciudad sufrió uno de los mayores terremotos de su historia. Y entonces
aquellas piedras volvieron a enfrentarse a su enemigo más peligroso. La Tierra.
El 22 de septiembre de aquel año, Almería no tembló. No fue
un simple movimiento de tierra.
El terremoto destruyó
buena parte de la ciudad y causó graves daños en su catedral. La propia
Diócesis señala que el templo quedó seriamente dañado y que, finalmente se decidió
construir una nueva catedral en otro lugar.
Pero hay algo que resulta increíble. De aquel edificio que
apenas quedó en pie, conservó algunos de sus elementos más antiguos.
El muro de la quibla y el mihrab.
Dos fragmentos de una historia que se negaba a desaparecer.
La nueva catedral no se concibió únicamente para rezar.
También debía proteger. Almería no era solo una ciudad cristiana. Era una
ciudad que había aprendido. Y, que además seguía expuesta al mar y a los
ataques de los piratas berberiscos que formaban parte de una amenaza que no
había desaparecido.
Con muros gruesos, torres, contrafuertes y una cubierta
preparada para la defensa, la nueva Catedral de la Encarnación nació con
aspecto de fortaleza.
La vieja mezquita no desapareció del todo. Esperó paciente
para volver a levantarse a comienzos del siglo XVII sobre los restos de aquel
antiguo espacio, dejando de nuevo que los siglos acariciaran sus piedras.
Hasta que, en el siglo XX alguien volvió a mirar con
atención.
El arquitecto Leopoldo Torres Balbás descubrió el antiguo mihrab y en su interior observó que todavía sobrevivía la decoración almohade del siglo XII... Más de ochocientos años después, Almería volvía a encontrar una parte de sí misma.
Después llegarían nuevas guerras. Nuevos hombres y nuevos
nombres. San Juan debía enfrentarse a una última prueba.
En 1938 durante la
Guerra Civil, las bombas alcanzaron el edificio y perdió su antigua cubierta
mudéjar. El edificio quedó a cielo descubierto, herido y nuevamente abandonado durante
décadas. Hasta que en 1979 volvió a abrir sus puertas al culto y una vez más,
la vida regresó al mismo lugar.
Si embargo, hoy sigue latiendo y es por todo eso lo que más me impresiona. Que nunca terminó de irse.
Porque todavía hoy, cuando alguien cruza su puerta, hay algo
de todas aquellas vidas que vuelve a respirar.
Miles de personas han pasado por allí. Algunas llegaron para
rezar. Otras para despedirse o para celebrar que la vida comenzaba. Y otras,
simplemente, para mirar.
Cada una dejó algo: una voz, una mirada, un instante. Porque
los lugares sagrados deben de ser eso... Lugares donde el tiempo no consigue
marcharse del todo.
Por eso me gusta pensar que San Juan todavía guarda algo. No
sé qué le depararan los próximos siglos, pero después de todo lo que ha visto,
cuesta creer que esta historia termine aquí.
Es posible que vuelva a cambiar.
Es posible que vuelva a caer.
Y, es posible que algún día tenga que volver a levantarse.
Pero sospecho que, mientras quede alguien dispuesto a abrir su
puerta, San Juan seguirá esperando. Porque sus piedras no son solamente
piedras.
Son memoria.
Porque historias como esta, por mucho que intentemos
enterrarlas, siempre encuentran la manera de volver a respirar.