martes, 22 de septiembre de 2026

El cementerio musulmán de Almería: una historia bajo nuestros pasos.

 

La mañana amaneció gris sobre la ciudad.

No era un cielo de lluvia. Llover en Almería hubiera sido noticia. Solo se trataba de unas nubes bajas, arrastradas desde el mar que apenas dejaban pasar una luz pálida que casi conseguía calentar la tierra.

Paquillo Mañas llegó al cementerio cuando los sepultureros aún no habían soltado las palas de sus manos.

Habían abierto tres sepulturas.

Tres nuevas estancias bajo la tierra, donde ninguno de los que las ocuparían volvería a contemplar la luz. Allí abajo comenzaría el último de sus viajes, aquel que, según creen algunos, habría de conducirlos hasta San Pedro.

Los cuerpos aguardaban sobre unas tablas.

El Gallego ocupaba la primera. A su lado descansaban los dos hombres de la guardia que habían caído junto a él durante la noche.

Paquillo se detuvo frente a ellos.

Durante un instante no vio cadáveres, vio hombres. Soldados que habían estado de pie unas horas antes. Hombres que habían hablado, discutido, bebido quizá; sentido el frio de la noche sobre el rostro y escuchado el ruido del mar antes de que la muerte viniera a buscarlos.

Ahora permanecían envueltos en sus mortajas.

El viento levantó unos de los extremos de la tela y dejó al descubierto por un instante una mano.

Paquillo la reconoció.

No dijo nada.

Un soldado se acercó y volvió a cubrirla.

Aquel gesto, sencillo y casi doméstico, le pareció más doloroso que cualquier lamento.

El Gallego, hombre de mar, había recorrido una distancia que otros habrían considerado suficiente para llenar una vida y, con todo, encontró la muerte precisamente allí, en una ciudad que seguramente nunca hubiera pensado en sentirla suya.

El capitán bajó la mirada.

No existía gloria en una muerte como aquella. Tampoco deshonra. Solo una ausencia. La falta de un hombre gruñón que se había forjado viendo muchos horizontes, que sabía mirar al mar como nadie y que ahora dejaba un vacío considerable.

El sacerdote comenzó las oraciones.

Las palabras se elevaron sobre las sepulturas y se perdieron enseguida entre el viento. Algunos hombres inclinaron la cabeza. Otros continuaron impertérritos mirando la tierra.

Paquillo no apartaba los ojos de los muertos. Había aprendido durante muchos años que los soldados acostumbraban a hablar de la muerte antes de encontrarla y que después, cuando esta llegaba, casi nunca tienen nada que decir.

Una de las palas entró en la tierra. El golpe seco rompió el silencio y la primera palada empezó a caer sobre el hombre.

Paquillo escuchó el sonido sin moverse. Aquello era todo. Otro hombre desaparecía bajo unas cuantas palabras que solo perduraría durante algún tiempo en la memoria de quienes lo conocieron.

Entonces, escuchó un grito.

Un grito que no procedía de ninguna de las tres sepulturas.

Unos pasos más atrás, junto a la tumba de unos de los hombres de la guardia, una mujer se desplomó de rodillas.

Era joven. Demasiado joven, pensó Paquillo, aunque la muerte nunca tiene consideración con la edad.

Era la esposa.

Había intentado mantenerse en pie mientras enterraban a su marido, pero las fuerzas la abandonaron cuando el manto de tierra comenzó a ejercer de abrigo.

La mujer se llevó las manos al rostro. El llanto le salió sin medida, como si hubiera estado aguardando hasta aquel momento para romper todo cuanto todavía le mantenía en pie.

Junto a ella, un anciano que parecía pertenecer a la familia tenía los hombros vencidos por los años y una cicatriz en el rostro que le atravesaba la mejilla. El acero que la había dibujado debió de acariciarle con la misma delicadeza con que un enemigo acaricia aquello que pretende destruir.

El hombre conocía otras guerras. Eso se veía también en sus manos y en sus ojos. Pero, sobre todo, en la forma en que permanecía junto a aquella mujer sin intentar detener su llanto. Sabía que, en ciertas situaciones es mejor no interrumpir las lágrimas.

La joven levantó la cabeza.

—No puede ser que esté muerto —dijo.

El anciano no respondió. Miró la sepultura y después a ella. Apoyó una mano sobre su hombro y no dijo nada. No existen palabras para aquello. Para un hombre como él curtido en otras tierras y ante otras tumbas, hablar solo servía para hacer más ruido alrededor del dolor.

Cuando todo terminó, Paquillo, se quedó unos instantes más observando la escena. Después se volvió y dejó atrás las tumbas, al sacerdote, a los soldados y a la mujer que aún lloraba junto a la sepultura de su marido. Y mientras se alejaba, comprendió que aquello no era solamente un lugar donde acaban los hombres de la guardia.

Era otra ciudad… Un lugar junto a las murallas, interrumpido aquí y allá por piedras, matorrales y pequeñas elevaciones donde se abrían otras tumbas. Muchas a lo sumo.

Algunas recientes. Otras tan antiguas que nadie recordaría ya quien había removido la tierra para recibirlas.

Las familias que llegaban hasta allí siempre lo hacían desde el mismo camino. Hombres que acudían solos. Mujeres que llevaban a sus hijos de la mano. Ancianos que caminaban despacio hasta encontrar una tumba conocida.

Paquillo continuó caminando.

El camino se extendía junto al exterior de la muralla. Él también lo había recorrido muchas veces. Se detuvo frente a una sepultura antigua. La piedra que la señalaba estaba inclinada y a duras penas conservaba unas marcas que el tiempo se entretuvo en ir borrando. Nadie había colocado flores. Nadie se arrodillaba allí y nadie parecía recordar el nombre de quien yacía debajo.

Paquillo pasó los dedos por la superficie áspera.

—También tuvo a alguien que lo esperara —murmuró.

No supo por qué lo había dicho.

Tal vez porque resultaba difícil imaginar que un hombre pudiera desaparecer de la memoria con tanta facilidad. Aquel muerto también tuvo una madre, una esposa, un hijo o alguien que, en algún momento, hubiera esperado escuchar sus pasos al otro lado de una puerta.

Pero el tiempo no guarda las ausencias con la misma fidelidad que quienes las padecen. La vida seguía pasando junto a los que ya no están sin pedirle permiso y es posible que esa sea la mayor diferencia entre unos y otros.

Entre los vivos que tienen prisa y los muertos que ya no la necesitan.

Lo que se veía allí era otra urbe que, durante las últimas generaciones, estuvo en continuo crecimiento. Y con ella, también lo había hecho aquel lugar extramuros. Porque las murallas podrían proteger a los vivos, pero en ese terreno era donde la ciudad recibía a sus muertos.

Paquillo volvió la cabeza hacia Almería.

La ciudad ya despertaba.

En sus calles se abrían puertas. En el puerto comenzaban las primeras tareas y los soldados ocupaban sus lugares habituales de vigilancia. Dentro de aquellas murallas, la vida reclamaba su espacio.

Y unos y otros formaban parte de la misma ciudad.

Aunque todavía nadie podía saberlo, llegaría un tiempo en que las murallas perderían su función, las casas cambiarían de dueño y las calles volverían a trazarse de nuevo sobre las huellas de quienes vivieron allí.

El cementerio, no obstante, permanecería.

No como permanecen las fortalezas, desafiando al tiempo con la soberbia de sus piedras, sino de una manera más silenciosa: bajo los pies de los hombres. Oculto por capas de tierra, nuevas construcciones y ese olvido que suele acompañar a los que ya no pueden reclamar su lugar entre los vivos. Pero eso ocurriría bastante después.

Mientras tanto, la ciudad crecía y con ella, aumentaba también el número de los que acudían a aquel lugar.

Porque la tierra los recibía a todos.

No preguntaba por su oficio, por su riqueza ni por el nombre que hubieran llevado mientras caminaba. Bajo aquella tierra, las diferencias que tanto importaban arriba comenzaban a perder su sentido. Y, una ciudad que no dejaba de crecer, con sus límites desplazándose y una actividad que encontraba un espacio distinto, el cementerio quedaba un poco más cerca de la vida cotidiana.

Así que, con el paso del tiempo, aquello que había estado fuera de las murallas terminó integrado en su crecimiento.

Los vivos avanzaban hacia los muertos.

Pero los muertos no fueron llevados a otro lugar. Fueron cubiertos por el mundo de los vivos.

Y, durante un tiempo, el cementerio continuó allí, al otro lado de las murallas, recibiendo a quienes iban a emprender su último viaje.

La ciudad, sin embargo, no sabía permanecer quieta. Almería seguía avanzando con la misma obstinación con la que los hombres levantaban sus casas, abrían nuevos caminos y buscaban un lugar donde establecerse.

Cada nueva construcción acercaba un poco más la vida a las sepulturas. Y con ellas, llegó el ruido de las personas, ajenas ya al tiempo de Paquillo.

Pero el cementerio no desapareció de un día para otro. Continuó ofreciendo su servicio a quienes acudían a buscar a los suyos y la ciudad fue ocupando lentamente el terreno que lo rodeaba, como lo hace el agua cuando termina llegando a la orilla sin necesidad de anunciar su llegada.

Con el paso de los siglos, las murallas cambiaron, los caminos se transformaron y la ciudad siguió extendiéndose más allá de los límites que en otro tiempo parecían suficientes para protegerla.

En 1489, con la llegada de los Reyes Católicos, Almería entraría en otra historia. No solo cambiarían sus gobernantes. También cambiarían sus costumbres, los lugares de culto y la manera en que una ciudad se relaciona con sus muertos.

Aquel terreno, que durante generaciones recibió a los fallecidos de la ciudad musulmana, dejaría de ser el lugar que antaño fue. La nueva población necesitaría sus propios espacios y allí donde antes se acudía a rezar por los que ya no estaban, se levantarían las nuevas señales de una ciudad diferente.

El cementerio no desapareció de un solo golpe. Fue perdiendo su lugar en la superficie, como si la ciudad al crecer hubiera decidido avanzar sin detenerse a preguntar qué descansaba bajo sus nuevos cimientos. Y la tierra, que no sabe distinguir entre vencedores y vencidos, siguió guardando a los que fueron confiados a ella.

Con el tiempo, los vivos terminaron caminando sobre los muertos.

No como una metáfora que aquellos hombres pudieran comprender, sino como el resultado inevitable de una ciudad que necesitaba más espacio.

Hoy, quien recorre la zona de la Puerta de Purchena o se acerca a la iglesia de San Sebastián encuentra una ciudad distinta. El tráfico, los comercios, los edificios y el ritmo de quienes van y vienen han ocupado ese espacio que durante siglos estuvo alejado del centro de la vida cotidiana.

Es difícil imaginar aquel lugar sin el ruido de la ciudad actual. Y más difícil todavía pensar que, bajo una parte de ese paisaje hubo un terreno destinado a recibir a los difuntos.

Allí no se escuchaban motores. No se conocían escaparates ni aceras llenas de personas que caminaban con prisa. Había tierra removida, piedras, silencio y llantos, unos más contenidos que otros.

Hoy caminamos sobre ese mismo lugar sin detenernos a pensar en ellos. Puede que esa sea la forma más silenciosa en que un extinto continúa viviendo entre nosotros. No en las estatuas ni en los nombres grabados sobre la piedra, sino bajo nuestros pasos.

Y aún así, el capricho del destino ha querido colocar una estatua en la plaza de San Sebastián. Una mujer sentada, tranquila, con las manos descansando sobre su regazo.

Se llama La Espera.

No sabemos a quien espera. Tal vez a alguien que prometió volver o tal vez simplemente representa a quien lleva tanto tiempo esperando que ya parece pertenecer a aquel lugar. Porque resulta curioso que, durante siglos, en ese mismo lugar hubo hombres y mujeres esperando algo mucho más sencillo: que regresaran los suyos, que terminaran las guerras o que llegara el momento de enterrar a quien no había podido volver.

Ahora la gente pasa junto a ella sin detenerse demasiado. Unos cruzan la plaza creyendo que llegan tarde a su destino. Otros lo hacen mirando el teléfono y muy pocos se sientan cerca para descansar.

Y la mujer continúa esperando.

Al menos ella tiene una silla.

Los muertos del antiguo cementerio, en cambio, no tuvieron tanta suerte.

Tampoco es que ya tengan ninguna prisa.

domingo, 13 de septiembre de 2026

1157: la conquista almohade y el miedo de una ciudad.

 

—¡Me has engañado!

El grito hizo que varios porteadores dejaran caer las cuerdas.

El mercader tenía una bala de seda entre las manos.

La dejó caer sobre el muelle.

—Ábrela.

—Está abierta.

—La otra.

El patrón de la nave lo miró sin comprender.

—¿Qué estás insinuando?

—Que has mojado la seda.

Durante unos instantes solo se escucharon las gaviotas, el golpear de las olas contra los cascos de las embarcaciones y el crujido de la madera.

El patrón dio un paso hacia él.

—Retira eso.

—No.

—He cruzado el mar para traerte mercancía que vale más que toda tu tienda.

—Yo llevo treinta años comprando seda. Por lo que sé cuánto pesa —contestó el mercader y abrió la bala con su cuchillo.

La hoja rasgó la tela. Sacó un paño y a continuación lo apretó entre sus dedos.

Agua.

Un murmullo recorrió el muelle. El mercader miró fijamente al patrón.

—¿Cuánto querías ganar?

El hombre no respondió.

—Te lo vuelvo a preguntar. ¿Cuánto?

El patrón se acercó hasta quedar frente a él.

—Ten cuidado…

—¿Con qué?

—Con lo que dices.

El mercader sonrió.

—¿O qué?

Entonces el patrón se llevó lentamente la mano hacia el cinturón. El movimiento fue pequeño, pero todos alrededor lo vieron.

El mercader retrocedió un paso e hizo lo mismo.

Los porteadores también retrocedieron. Incluso alguien apartó de un tirón a un muchacho que se había acercado demasiado atraído por el escándalo.

Una mujer gritó desde su puesto y dos marineros bajaron de una embarcación cercana.

Ya nadie trabajaba.

Todos miraban.

El patrón sacó unos centímetros de la hoja y el mercader secundó el gesto. Solo faltaba que uno de los dos terminara de sacar el cuchillo del todo.

Y entonces …

un hombre apareció corriendo por el muelle.

No llevaba armas. No las necesitaba. Venía tan deprisa que tropezó con una cuerda, cayó de rodillas y volvió a levantarse.

—¡Esperad!

Nadie se movió. El hombre miró al patrón, luego al mercader, respiró hondo y finalmente miró hacia las montañas.

—Han llegado noticias.

El patrón bajó lentamente la mano.

—¿Qué noticias?... ¡Hablad!

El hombre intentó recuperar el aliento. Tras unos segundos contestó.

—Han visto hombres armados.

Nadie preguntó quiénes.

Porque todos ya suponían que aquella no era una noticia cualquiera.

El mercader miró su bala de seda. Después miró al mar y el patrón volvió a guardar el cuchillo. La discusión había terminado.

Había algo mucho más importante de lo que preocuparse.

La noticia no tardó en abandonar el puerto. Lo hizo como suelen hacerlo las malas noticias: sin que nadie supiera exactamente quien había sido el primero en pronunciarlas y antes del mediodía ya había llegado al zoco.

Allí tomó otra forma.

—Han visto hombres armados.

—¿Dónde?

—Al otro lado de las montañas.

—¿Cuántos?

El hombre que lo contaba levantó los hombros.

—Muchos.

—¿Cuántos son muchos?

—Los suficientes.

Y aquella respuesta bastaba. Porque nadie necesitaba saber cuántos eran. Necesitaban saber que estaban allí.

Las voces comenzaron a cruzarse entre los puestos. Un vendedor de especias aseguraba que los habían visto avanzar durante la noche. Un curtidor decía que eran exploradores. Otro hombre que había llegado aquella misma mañana desde el interior, afirmaba que se trataba de un ejército.

Nadie sabía de dónde se había sacado aquella última versión, pero fue la que más rápido se extendió. En pocas horas, los hombres armados ya se contaban por decenas. Después, cientos y antes de que terminara el día, alguien aseguró haber visto miles.

Así nacen los ejércitos cuando se cuentan de boca en boca.

Sin embargo, en las tabernas la conversación era distinta. Allí estos temas se hablaban más bajo. Las personas que aseguraban tener cierta certeza eran rodeadas por quienes querían saber algo más.

—¿Habéis oído algo más?

—¿De quién?

—De ellos.

Entonces negaban con la cabeza.

—Solo rumores.

—Pero cuando el rio suena…

Un marinero levantó la cabeza desde una mesa. Bebió un trago de la jarra y dijo:

—En el mar, cuando ves algo a lo lejos, sabes que está ahí. Aquí solo estáis viendo lo que creéis creer.

Nadie respondió.

Porque quizá ese hombre de mar tuviera razón.

Pero aquella noche, cuando las tabernas comenzaron a cerrar y los últimos comerciantes recogieron sus mercancías, fueron muchos los que levantaron la mirada hacia las montañas antes de regresar a sus casas. Y ninguno quiso ser el primero en admitir que tenía miedo.

Durante los días siguientes no ocurrió nada fuera de lo normal. Y quizá eso fue lo peor.

El puerto siguió recibiendo embarcaciones. Los porteadores cargaban sacos, ánforas y fardos de mercancías. Los pescadores continuaron saliendo antes del amanecer. En el zoco volvieron a discutirse precios, calidades y deudas. Y aunque el rumor no había desaparecido, en las tabernas se recuperaron las voces.

Voces que aprendieron a hablar más bajo y gestos que adquirieron formas diferentes. 

Los primeros en cambiar fueron los comerciantes. Algunos empezaron a preguntar cuánto tardaría en llegar un barco desde Málaga. Otros querían saber si todavía había embarcaciones dispuestas a navegar hacia el este.

Ninguno decía por qué. Pero tampoco hacía falta.

En las casas comenzaron a guardarse algunas provisiones más de las habituales; grano, aceite, agua. Cosas que podían parecer prudentes en cualquier momento, pero que, acumuladas, empezaban a decir algo.

Los hombres que tenían familia fuera de las murallas enviaban mensajes. Los que tenían familia dentro querían traerla dentro. Y los que no tenían a nadie empezaron a preguntarse qué harían si llegaba el momento de marcharse.

En el zoco había días en los que alguien levantaba la cabeza al escuchar un ruido de cascos. No importaba que fuera un solo caballo. Durante unos segundos, todas las miradas buscaban la misma dirección. Después, cuando comprobaban que no era nada, la vida continuaba. Pero ya no exactamente igual.

La ciudad no había cambiado. Habían cambiado sus ojos, porque ahora, todos miraban un poco más lejos. Hacia las montañas. Incluso en las tabernas, donde antes una disputa por una deuda podía terminar con un vaso roto y dos hombres empujándose contra la pared, las conversaciones empezaban a interrumpirse cuando alguien pronunciaba una palaba.

Almohades.

Entonces bajaban las voces.

Pero por alguna razón, siempre aparecía alguien que sabía más que los demás.

Y ese hombre era el más peligroso. Porque nunca necesitaba palabras.

—Mi primo los ha visto.

—¿Dónde?

—Más al sur.

—¿Cuántos?

—Los suficientes.

Otra vez aquella respuesta. Parecía que toda la ciudad había aprendido aquellas palabras.

Mientras tanto, en las murallas, los soldados recibían las primeras órdenes. Las espadas volvieron a afilarse. Los arcos se revisaron. Las correas de los escudos fueron sustituidas y los caballos permanecían ensillados durante más tiempo.

Nadie había pronunciado todavía la orden de prepararse para una guerra, pero todos se estaban preparando para ella.

Y entonces, una mañana, los soldados de la muralla vieron algo sobre la colina. Al principio fue una sola silueta. Un poco después se podían contar cinco o seis.

Permanecían inmóviles. A caballo. Mirando hacia Almería. Y esta vez nadie tuvo que inventar un rumor.

Estaban allí.

Durante unos instantes nadie de la muralla supo que hacer.

Los jinetes permanecían inmóviles. Tanto que parecían formar parte del propio relieve. No llevaban estandartes ni trompetas. Tampoco había una formación de soldados detrás de ellos, Solo cinco o seis hombres a caballo que estaban demasiado lejos para haber llegado hasta allí por casualidad y demasiado cerca para que alguien pudiera ignorarlos.

El capitán de la guardia los observaba desde la muralla.

Uno de los jinetes levantó ligeramente el brazo. No parecía un saludo. Tampoco una amenaza. Señaló hacia la ciudad y después volvió a bajar la mano.

El hombre de la muralla sintió que se le tensaba la mandíbula.

—¿Qué hacemos? —preguntó uno de los soldados.

Tardó en responder.

—Nada.

—¿Nada?

—Todavía no.

Los jinetes seguían allí. Mirando… y esperando.

El capitán conocía aquella clase de silencio. No era la clase de silencio de quien se había perdido. Era el de quién había venido a observar.

Se volvió hacia sus hombres y dijo:

—Necesito saber quiénes son.

Dos soldados se adelantaron.

—Vosotros.

Señaló hacia la colina.

—Bajad por el camino del este. No os acerquéis más de lo necesario. Mirad cuantos son en total y hacia dónde se dirigen.

Uno de los hombres asintió. El otro miró de nuevo a los jinetes.

—¿Y si nos ven?

El capitán sostuvo su mirada.

—Entonces procurad que no sepan que los estéis observando.

Poco después, sus caballos comenzaron a descender por la ladera hasta que la pendiente comenzó a ocultarlos. Y durante el resto de la mañana, la noticia permaneció solo en aquellas murallas.

Aunque no tardaría en bajar de ellas.

Primero llegó al zoco, más tarde al puerto y finalmente alcanzó Al-Hawd.

Allí las cosas eran diferentes.

En aquel barrio, donde los hombres del mar habían aprendido a vivir entre mercancías, lenguas extranjeras y noticias distintas que llegaban con cada embarcación, los rumores no provocaban siempre el mismo efecto.

La primera discusión comenzó junto a una de las tabernas.

—Los han enviado a la colina —dijo un hombre.

—¿A quién?

—A dos soldados.

—¿Y?

—No han vuelto.

Un marinero que estaba sentado sobre un barril levantó la cabeza.

—¿Quizá se hayan perdido?

Hubo algunas risas.

—¿Dos soldados?

—Dos hombres pueden perderse, pero no cuando llevan caballos.

El marinero se encogió de hombros.

—Entonces quizá no quieran volver.

Esta vez nadie rió.

Un instante después el tabernero sonrió.

—¿Qué?

—Nada.

—Hablas como si supieras algo.

El tabernero dejó una jarra sobre la barra antes de responder.

—Como marinero, deberías saber que cuando el mar empieza a traer la misma noticia desde varios puertos, es conveniente escucharla.

—¿Y que noticia me he perdido?

El tabernero soltó también el trapo que sostenía y salió de detrás de la barra.

—Yo solo os digo que aquí, en esta parte de la ciudad, hay hombres que ya no tienen miedo a nada.

Aquellas palabras provocaron un silencio alrededor, porque todos sabían a que se refería.

Durante los días anteriores, algunos hombres de Al-Hawd habían empezado a comportarse de una manera que no pasaba desapercibida. Sobre todo, los musulmanes.

Se reunían en las esquinas. Hablaban más alto de lo habitual y cuando alguien mencionaba a los almohades, no bajaban la voz. Al contrario…, parecían esperar que alguien los escuchara.

Aquella tarde, un grupo de jóvenes salió de una casa de té dando voces. Uno llevaba algo en la mano y otro golpeaba la puerta con el puño mientras caminaba.

—¡Volverán!

—¡Volverán!

El grito fue respondido desde otra calle.

—¡Almería volverá a ser nuestra!

—¡Callaos! —soltó un comerciante mientras cerraba su puesto.

—¿Por qué? —reprochó uno de los jóvenes que se acercó.

—Porque hay niños.

El muchacho miró alrededor. Vio algunas puertas entreabiertas y algunas caras que observaban desde las ventanas.

—Precisamente —respondió—. Para que aprendan.

—¿Qué tienen que aprender?

El joven sonrió.

—Que Allah es el verdadero dueño de esta ciudad.

—Esta ciudad ya tiene dueño —dijo el comerciante.

—Por ahora.

Y aquella última palabra quedó flotando entre ellos.

Al caer la tarde, cuando el sol ya descendido de su pedestal empezaba a retirarse detrás de la sierra, un barco que venía del oeste entró en el puerto. Los hombres que lo vieron entrar reconocieron enseguida que algo no iba bien.

No por la carga ni las velas, sino en la manera que navegaba. Demasiado deprisa.

El capitán apenas había puesto un pie en tierra cuando comenzaron las preguntas.

—¿Qué ocurre?

—¿De dónde vienes?

—¿Qué has visto?

El hombre pidió agua.

Bebió.

Miró alrededor.

—¿Habéis oído hablar de Málaga?

Nadie respondió. No hacía falta.

—¿Ha caído?

El capitán volvió a beber.

—Eso dicen.

—¿Quién lo dice?

—Los que vienen del oeste.

—¿Lo has visto?

—No.

—Entonces no sabes si es verdad.

El capitán levantó los ojos y suspiró.

—Tampoco sabía que aquellos hombres estaban sobre la colina?

—¿Qué hombres?

El capitán tardó unos segundos en responder.

—Los que ahora todos dicen haber visto.

El silencio fue inmediato.

Entonces alguien, desde el fondo, gritó:

—¡Málaga ha caído!

En las calles cercanas comenzaron a escucharse el sonido de las puertas cerrarse. Una mujer retiró a sus hijos de la ventana y un anciano hizo la señal de protección que acostumbraba a hacer cuando tenía miedo.

En Al-Hawd, en cambio, la noticia produjo algunos vivas contenidos.

Esa misma tarde, el jefe militar recibió dos noticias casi al mismo tiempo.

La primera llegó desde la puerta oriental.

—Los exploradores no han regresado.

El jefe permaneció unos segundos en silencio.

—¿Habéis enviado a alguien a buscarlos?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no sabíamos a donde enviarlos.

Aquella respuesta no le gustó y ordenó el envío de otros dos.

—Señor…—el soldado dudó.

—¿Qué?

—Nadie quiere ir.

El jefe militar lo miró fijamente sin necesidad de preguntar por qué.

La segunda noticia llegó poco después. Un comerciante acababa de regresar del puerto asegurando que varios marineros hablaban de la caída de Málaga.

Nadie podía confirmarlo, pero tampoco había nadie que pudiera negarlo.

El jefe militar se acercó hasta una de las ventanas. Desde allí podía ver parte del puerto cuando las velas empezaban a desaparecer entre la penumbra. Y, entonces, tomó una decisión.

—Convocadlos.

—¿A quiénes?

—A todos los que tengan algo que decir.

Aquella misma noche, una sala próxima a la residencia del gobernador comenzó a llenarse.

El gobernador no estaba. Su ausencia pesaba más que cualquiera de los hombres que ocupaban la mesa.

Estaba Paquillo Mañas jefe militar encargado de la defensa de la ciudad. Le acompañaba un noble afincado en la ciudad, amigo directo de Ramón Berenguer IV. A su lado se sentaban dos de los comerciantes más ricos de Almería y frente a ellos, Fray Domingo en representación de la Iglesia. El obispo en esta ocasión no vino a rezar.

También había una cara desconocida. Se trataba de Álvaro Fáñez Enviado del emperador tras los primeros rumores meses atrás, cuando los primeros informes situaban a las tribus almohades organizándose en el norte de África y ni siquiera habían llegado aún a Algeciras.

Todos habían llegado a aquella estancia en busca de respuestas. Pero lo que encontraron fue una gran preocupación y una pregunta que ninguno se atrevió a formular.

¿Y si aquello que estaban esperando ya había comenzado realmente?

Muy lejos de aquella sala, en Málaga, nadie necesitaba hacerse ya esa pregunta. Allí el movimiento había comenzado. Antes del amanecer, cuando todavía quedaba oscuridad sobre las calles, comenzaron a encenderse los primeros fuegos y los hombres se levantaban en silencio.

Los caballos fueron ensillados, las correas se ajustaron sobre los lomos y las armas ocuparon si lugar natural. Los sacos de grano fueron cargados sobre las mulas y los odres de agua pasaron de un carro a otro. Nadie necesitaba gritar. Los que habían recibido órdenes sabían lo que tenían que hacer y poco a poco, Málaga comenzó a vaciarse.

Primero salieron los exploradores, después los jinetes y tras ellos hombres con lanzas. Atrás, carros, animales de carga y hombres a pie con el rostro cubierto y cotas de malla que protegían su piel.

El ejército avanzó.

La ciudad quedó atrás.

Delante comenzaba el camino.

Almería estaba hacia el este.

Los cascos golpeaban la tierra húmeda de la mañana. Los carros chirriaban por el polvo suspendido. Las correas crujían, el metal de las armas chocaba unas con otras y por encima de todo aquello se escuchaba la respiración de los animales.

Después salió el sol.

La luz comenzó a caer sobre los cascos, las lanzas y las hojas de las cimitarras. El polvo empezó a levantarse bajo los pies de los hombres y poco a poco aquella columna comenzó a avanzar envuelta en una niebla amarillenta que ocultaba a los últimos hombres.

Desde lejos ya no parecía un ejército. Parecía una tierra que se movía. Una línea interminable que avanzaba lentamente entre las montañas.

Los primeros jinetes desaparecían tras la loma y cuando volvían a aparecer, detrás de ellos surgían otros. Y otros. Y otros más. Como si nadie pudiera ver dónde terminaba la columna.

Nadie se detenía más de lo necesario.

Porque el camino era largo.

Y delante había una ciudad que tomar.

Almería.

En Almería, mientras tanto, los rumores habían terminado.

La amenaza ya tenía un ejército.

Y sabían que avanzaba hacia ellos.

 

P.D.

Si esta historia te ha dejado con ganas de saber que ocurrió después…

muy pronto podrás seguir caminando por las calles de aquella Almería.

Un hombre sin armadura

Muy pronto en librerías

 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

La Cueva del Tesoro

 

Yo estaba aquí antes que ellos.

Antes de que Almería tuviera murallas. Antes de que la Alcazaba dominara la ciudad y antes de que los barcos aparecieran por el horizonte cargados de hombres que llegaban desde lugares que no ni siquiera podía conocer.

Durante siglos fui solamente parte de la montaña.

Permanecía inmóvil, mientras el paisaje cambiaba a mi alrededor. El sol recorría cada día las mismas laderas; el viento traía desde el mar olores que todavía no sabía nombrar. Nada me distinguía de las piedras que me rodeaban.

Hasta que llegaron los hombres.  Y traían con ellos herramientas.

Los primeros no venían buscando oro ni minerales que fueran útiles. Se acercaron a la montaña, observaron sus paredes y sin más, empezaron a golpear.

Al principio no comprendí que pretendían. Cada golpe abría una grieta. Cada grieta separaba una parte de mi de aquello a lo que había pertenecido desde siempre. Y entonces descubrí que también una piedra puede emprender un viaje.

Me arrancaron de la montaña. No sabía adónde iba. Tampoco podía saber que estaban construyendo una ciudad. Menos aún, podía imaginar que aquella primera separación sería solamente el comienzo. Porque durante mucho tiempo otras como yo seguirían saliendo de estas laderas. Una tras otra hacia un lugar que no conocíamos.

Hacia Almería.

No tardé en comprender para qué me habían arrancado de la montaña.

Me llevaron hacia una ciudad que estaba creciendo frente al mar. Allí había hombres que levantaban muros, otros que transportaban materiales y otros dirigían el trabajo. Cada uno parecía saber lo que debía hacer.

Yo no.

Para mí aquello era nuevo. Había dejado de pertenecer a la montaña, pero todavía no sabía a qué iba a pertenecer.

Fue entonces cuando comenzaron a colocarme junto a otras: una piedra, después otra, después otra más y poco a poco dejamos de ser piedras aisladas para convertirnos en una ciudad.

Corría el año 955. Abd al-Rahmán III había decidido reforzar aquel enclave junto al mar y darle una importancia que hasta entonces no había tenido. La ciudad crecía, y con ella crecía también la necesidad de levantar defensas capaces de protegerla.

Yo no conocía quien era aquel hombre. Tampoco entendía de califas ni fronteras. Solo sabía que cada día llegaban más de mis hermanas. Algunas desaparecían detrás de los muros y otras eran colocadas sobre ellas. Las más grandes servían para sostener, mientras que las pequeñas rellenaban los espacios que quedaban entre unas y otras.

Cada una encontraba su lugar y así, poco a poco comenzó a levantarse la Alcazaba.

Desde allí arriba podía contemplar el mar. El mismo mar que había visto durante siglos cuando todavía formaba parte de la montaña. Pero ahora de otra manera. Y desde mi nueva posición podía observar los barcos que se acercaban al puerto, las gentes que entraban y salían de la ciudad y las construcciones que iban apareciendo alrededor.

Durante mucho tiempo pensé que aquel sería mi destino. Que pertenecería a aquel nuevo lugar. Que mi función sería sostener aquel muro y que vería pasar los días sobre la ciudad.

No podía imaginar que todo aquello que los hombres estaban construyendo no sería el final de un viaje.

Solo era el primero.

Durante los años que estuve allí, aprendí que yo y mis hermanas no éramos las únicas. Desde las laderas de donde habíamos nacido seguían llegando otras piedras. Las veía aparecer cargadas sobre carros, transportadas por hombres que conocían el camino mucho mejor que nosotras. Algunas terminaron junto a mí, en las murallas y otras fueron llevadas a edificios que yo desde mi sitio no alcanzaba a ver. Algunas terminaron ocultas en el interior de los muros donde encontraron algo parecido a un hogar. Desde allí permanecerían protegidas de la lluvia, del viento y del sol. Seguirían sin conocer las largas tardes de verano ni las noches frías. Apenas vieron el cielo durante el poco tiempo que duró su viaje.

En cambio, las que permanecimos a la vista tuvimos otra suerte. El sol nos acariciaba directamente. El viento pasaba sobre nosotras y, cuando llegaban las lluvias, éramos las primeras en recibirlas.

También aprendimos que estar cerca del suelo tenía sus inconvenientes. Los hombres caminaban sobre nosotras, los animales no siempre distinguían una piedra de cualquier otro lugar y, de vez en cuando, algún caminante parecía tener la extraña costumbre de dejarnos un recuerdo a su paso.

Sin embargo, no todas las historias que comenzaban junto a una montaña tenían la misma dignidad. Porque no todos los hombres que pasaban por allí tenían la misma educación.

Éramos hermanas, pero cada una comenzaba a vivir una historia diferente… como los humanos, supongo. 

Yo aprendí a reconocerlas por el tiempo que tardaban en desaparecer de la montaña.

Primero llegan los hombres.

 Después, los golpes.

Luego el silencio.

Y finalmente, el viaje.

Así fue durante mucho tiempo.

Hasta que dejé de contar las estaciones.

Con los años, ciudad había cambiado varias veces de aspecto, pero yo continuaba allí. Seguía adquiriendo nuevos conocimientos. Sabía reconocer el movimiento del puerto cuando los barcos llegaban cargados de mercancías y volvían a marcharse con sus bodegas llenas.

Algunos se quedaban apenas unos días y otros solo unas horas. Para mí, todos acababan desapareciendo por la misma línea del horizonte del que habían venido.

Un día, aquel horizonte dejó de ser el mismo. Al principio fueron solo unas velas, pero poco después aparecieron muchas más. Desde las murallas, los hombres comenzaron a moverse de otra manera. Ya no caminaban. Corrían. Subían y bajaban señalando al mar mientras preparaban armas.

Yo no entendía que estaba ocurriendo. Una piedra no entiende de enemigos y tampoco de aliados. Ni sabe qué bandera pertenece a un amigo ni cuál anuncia a un enemigo. Solo sabe que, esta vez, aquellos barcos no habían venido a comerciar.

Las galeras se acercaron. Y entonces escuché el primer impacto.

Una de mis hermanas, que durante generaciones había formado parte de la muralla, desapareció bajo el golpe. Después cayó otra y a continuación una más. Mas tarde llegaban los gritos de los hombres y el estruendo de las máquinas que respondían con proyectiles.

El aire se llenó de polvo y yo solo pude contemplar cómo se destruía aquello que durante generaciones habíamos ayudado a levantar. Porque para las personas una batalla puede significar un principio y un final: una defensa, una conquista, destrucción o aumento de riqueza dependiendo de quien gane o pierda.

 Para nosotras solo era otro cambio de lugar.

Después llegó el silencio. No fue inmediato. Durante un tiempo la batalla se negó a desaparecer. Todavía se escuchaban voces, pasos, golpes y el ruido de los hombres moviéndose entre las murallas. Pero las máquinas dejaron de lanzan sus proyectiles y el polvo empezó a posarse sobre nosotras.

Algunas de mis hermanas habían quedado donde siempre quedaron. Otras ya no. Las que habían sido arrancadas y habían caído durante el ataque quedaron mezcladas con los restos de otras construcciones… Unas cuantas volvieron a ser utilizadas, porque eso también lo aprendimos de los hombres: una piedra que cae no siempre deja de servir.

Cuando llegaron otros hombres, no eran los mismos que habían defendido las murallas y tampoco eran los mismos que habían llegado desde el mar. Traían nuevas banderas y otras preocupaciones.  Aunque para mí todo seguía igual: el mismo mar de siempre, el mismo sol recorriendo las murallas y nosotras allí, sosteniéndolas.

Con los nuevos hombres regresó también el movimiento en la montaña. Otra vez comenzaron a desfilar frente a nosotras nuevas hermanas, recién arrebatadas de las extrañas de la madre, todavía ásperas, todavía jóvenes, sin conocer aún el lugar al que las llevaban.

La ciudad volvía a crecer. Había que reparar lo destruido, levantar nuevos muros y cerrar el cerco alrededor de Almería.

Y para todo aquello volvían a necesitarnos.

Las veíamos pasar. Unas más grandes que otras. Algunas incluso demasiado pequeñas, casi insignificantes, y a las que nadie parecía prestarles demasiada atención.

Entre ellas apareció un día una especialmente joven. Distinta. Conservaba en varias de sus aristas el color de la roca recién abierta y parecía no comprender aquel ir y venir que para nosotras se había convertido en algo cotidiano. Y, sin embargo, para ella todavía le quedaba por descubrir que historia le había tocado vivir.

-¿A dónde me llevan? -habría preguntado, si las piedras pudiéramos hablar entre nosotras.

Pero no hacía falta. Nosotras tampoco lo sabíamos. Solo podíamos verla alejarse, colocada sobre el carro junto a otras piedras, mientras descendía por el camino hacia la ciudad.

Después supe que la gran mayoría de aquellas piedras más jóvenes terminarían el nuevo cerco que comenzaba a levantarse. Otras tomarían caminos diferentes. Pero eso ya no era una preocupación para mí, porque yo ya había aprendido aquello desde hacía mucho tiempo. Además, en aquellos días eran tantas las piedras que descendían hacia la ciudad que resultaba imposible seguirlas a todas.

Pasados uno días ocurrió algo extraordinario. Volvimos a verla. Ya no parecía tan joven como cuando pasó frente a nosotras en aquel carro. La habían colocado junto a otras muchas que conservaban el mismo tono oscuro y a la vez brillante.

Desde mi lugar veía el cerco crecer y como cada piedra ocupaba su lugar. Las otras, las más jóvenes con ese color diferente, en cambio, se acumulaban sin prisa en mayor número. Ellas aún no entendían todavía por qué esperaban sin tener aún un destino. Quizá porque cuando eres joven siempre piensas que el primer lugar donde te llevan es el último. Pero las más veteranas sabíamos que eso no es así. Que una piedra no pertenece al lugar donde la colocan, sino a todos los lugares por los que ha estado. Más aún si has visto varias mudanzas y a tantos hombres diferentes.

Yo permanecí.

Quizá para eso había sobrevivido a tantos golpes, a tantas murallas y a tantos hombres. Será porque el destino me había conservado para contar, algún día, lo que había visto.

De aquella piedra joven volví a saber mucho tiempo después que había formado parte del pedestal del Cerro de San Cristóbal. Durante años permaneció allí, sosteniendo el peso de aquello que los hombres habían levantado sobre la montaña.

Después pasaron los siglos. Llegaron otras guerras y la ciudad cambió. Lo hizo en la forma de defenderla y en la forma en la que lo hicieron quien la habitaban.

Muchas de mis hermanas volvieron a emprender otro viaje. Unas bajo nuevas construcciones, otras desaparecieron sin más y algunas quedaron abandonadas cuando aquello que sostenían dejó de ser necesario.

Y, a medida que pasaron los siglos no supe nada más.

Hasta que un día, mucho tiempo después me pareció reconocerla. Ahora formaba parte de la entrada principal de la Alcazaba. No podía preguntarle que había visto durante todos aquellos años. Las piedras no hablamos, y quizá sea por eso que conservamos tantas historias.

La reconocí por aquellas vetas oscuras que todavía conservaba en unos de sus lados. Era ella.

La piedra joven.

La que un día había descendido de la montaña sin saber cuál sería su destino. Y, ahora parecía estar bien. Incluso podría decirse que estaba feliz, si una piedra pudiera saber qué significa serlo.

Las personas que llegaban hasta ella ya no llevaban espadas, ni escudos, ni armas. Llevaban unos extraños objetos que apuntaban hacia nosotras y desprendían pequeños destellos de luz.

Y sonreían.

Algunos incluso se colocaban delante de aquellas piedras, como si necesitaran quedar atrapados durante uno instante junto a ellas.

Yo los observaba sin comprender demasiado. Había visto hombres llegar para conquistar, para defender, para destruir y por alguna extraña razón, estos nuevos hombres llegaban simplemente para mirar. Y quizá eso fuera lo más desconcertante de todo: ya nadie parecía querer llevarse las piedras consigo. Solo querían llevarse una imagen.

La ciudad ha vuelto a cambiar. Y nosotras con ella.

Ha pasado mucho tiempo desde que salí de la montaña. Lo sé porque empiezo a notar el paso de los siglos en cada costado.

No sé lo que el futuro nos traerá con él. Nunca lo he sabido.

Yo estaré aquí.

Como lo he estado siempre.

Esperando.

Porque mientras quede una piedra que pueda contarlo, la historia todavía no habrá terminado.