La mañana amaneció gris sobre la ciudad.
No era un cielo de lluvia. Llover en Almería hubiera sido
noticia. Solo se trataba de unas nubes bajas, arrastradas desde el mar que apenas
dejaban pasar una luz pálida que casi conseguía calentar la tierra.
Paquillo Mañas llegó al cementerio cuando los sepultureros
aún no habían soltado las palas de sus manos.
Habían abierto tres sepulturas.
Tres nuevas estancias bajo la tierra, donde ninguno de los
que las ocuparían volvería a contemplar la luz. Allí abajo comenzaría el último
de sus viajes, aquel que, según creen algunos, habría de conducirlos hasta San
Pedro.
Los cuerpos aguardaban sobre unas tablas.
El Gallego ocupaba la primera. A su lado descansaban los dos
hombres de la guardia que habían caído junto a él durante la noche.
Paquillo se detuvo frente a ellos.
Durante un instante no vio cadáveres, vio hombres. Soldados
que habían estado de pie unas horas antes. Hombres que habían hablado,
discutido, bebido quizá; sentido el frio de la noche sobre el rostro y escuchado
el ruido del mar antes de que la muerte viniera a buscarlos.
Ahora permanecían envueltos en sus mortajas.
El viento levantó unos de los extremos de la tela y dejó al
descubierto por un instante una mano.
Paquillo la reconoció.
No dijo nada.
Un soldado se acercó y volvió a cubrirla.
Aquel gesto, sencillo y casi doméstico, le pareció más
doloroso que cualquier lamento.
El Gallego, hombre de mar, había recorrido una distancia que
otros habrían considerado suficiente para llenar una vida y, con todo, encontró
la muerte precisamente allí, en una ciudad que seguramente nunca hubiera
pensado en sentirla suya.
El capitán bajó la mirada.
No existía gloria en una muerte como aquella. Tampoco
deshonra. Solo una ausencia. La falta de un hombre gruñón que se había forjado
viendo muchos horizontes, que sabía mirar al mar como nadie y que ahora dejaba
un vacío considerable.
El sacerdote comenzó las oraciones.
Las palabras se elevaron sobre las sepulturas y se perdieron
enseguida entre el viento. Algunos hombres inclinaron la cabeza. Otros
continuaron impertérritos mirando la tierra.
Paquillo no apartaba los ojos de los muertos. Había
aprendido durante muchos años que los soldados acostumbraban a hablar de la
muerte antes de encontrarla y que después, cuando esta llegaba, casi nunca
tienen nada que decir.
Una de las palas entró en la tierra. El golpe seco rompió el
silencio y la primera palada empezó a caer sobre el hombre.
Paquillo escuchó el sonido sin moverse. Aquello era todo.
Otro hombre desaparecía bajo unas cuantas palabras que solo perduraría durante
algún tiempo en la memoria de quienes lo conocieron.
Entonces, escuchó un grito.
Un grito que no procedía de ninguna de las tres sepulturas.
Unos pasos más atrás, junto a la tumba de unos de los
hombres de la guardia, una mujer se desplomó de rodillas.
Era joven. Demasiado joven, pensó Paquillo, aunque la muerte
nunca tiene consideración con la edad.
Era la esposa.
Había intentado mantenerse en pie mientras enterraban a su
marido, pero las fuerzas la abandonaron cuando el manto de tierra comenzó a
ejercer de abrigo.
La mujer se llevó las manos al rostro. El llanto le salió
sin medida, como si hubiera estado aguardando hasta aquel momento para romper
todo cuanto todavía le mantenía en pie.
Junto a ella, un anciano que parecía pertenecer a la familia
tenía los hombros vencidos por los años y una cicatriz en el rostro que le
atravesaba la mejilla. El acero que la había dibujado debió de acariciarle con
la misma delicadeza con que un enemigo acaricia aquello que pretende destruir.
El hombre conocía otras guerras. Eso se veía también en sus
manos y en sus ojos. Pero, sobre todo, en la forma en que permanecía junto a
aquella mujer sin intentar detener su llanto. Sabía que, en ciertas situaciones
es mejor no interrumpir las lágrimas.
La joven levantó la cabeza.
—No puede ser que esté muerto —dijo.
El anciano no respondió. Miró la sepultura y después a ella.
Apoyó una mano sobre su hombro y no dijo nada. No existen palabras para
aquello. Para un hombre como él curtido en otras tierras y ante otras tumbas, hablar
solo servía para hacer más ruido alrededor del dolor.
Cuando todo terminó, Paquillo, se quedó unos instantes más
observando la escena. Después se volvió y dejó atrás las tumbas, al sacerdote,
a los soldados y a la mujer que aún lloraba junto a la sepultura de su marido.
Y mientras se alejaba, comprendió que aquello no era solamente un lugar donde
acaban los hombres de la guardia.
Era otra ciudad… Un lugar junto a las murallas, interrumpido
aquí y allá por piedras, matorrales y pequeñas elevaciones donde se abrían
otras tumbas. Muchas a lo sumo.
Algunas recientes. Otras tan antiguas que nadie recordaría
ya quien había removido la tierra para recibirlas.
Las familias que llegaban hasta allí siempre lo hacían desde
el mismo camino. Hombres que acudían solos. Mujeres que llevaban a sus hijos de
la mano. Ancianos que caminaban despacio hasta encontrar una tumba conocida.
Paquillo continuó caminando.
El camino se extendía junto al exterior de la muralla. Él
también lo había recorrido muchas veces. Se detuvo frente a una sepultura
antigua. La piedra que la señalaba estaba inclinada y a duras penas conservaba
unas marcas que el tiempo se entretuvo en ir borrando. Nadie había colocado
flores. Nadie se arrodillaba allí y nadie parecía recordar el nombre de quien
yacía debajo.
Paquillo pasó los dedos por la superficie áspera.
—También tuvo a alguien que lo esperara —murmuró.
No supo por qué lo había dicho.
Tal vez porque resultaba difícil imaginar que un hombre
pudiera desaparecer de la memoria con tanta facilidad. Aquel muerto también tuvo
una madre, una esposa, un hijo o alguien que, en algún momento, hubiera
esperado escuchar sus pasos al otro lado de una puerta.
Pero el tiempo no guarda las ausencias con la misma
fidelidad que quienes las padecen. La vida seguía pasando junto a los que ya no
están sin pedirle permiso y es posible que esa sea la mayor diferencia entre
unos y otros.
Entre los vivos que tienen prisa y los muertos que ya no la
necesitan.
Lo que se veía allí era otra urbe que, durante las últimas
generaciones, estuvo en continuo crecimiento. Y con ella, también lo había
hecho aquel lugar extramuros. Porque las murallas podrían proteger a los vivos,
pero en ese terreno era donde la ciudad recibía a sus muertos.
Paquillo volvió la cabeza hacia Almería.
La ciudad ya despertaba.
En sus calles se abrían puertas. En el puerto comenzaban las
primeras tareas y los soldados ocupaban sus lugares habituales de vigilancia.
Dentro de aquellas murallas, la vida reclamaba su espacio.
Y unos y otros formaban parte de la misma ciudad.
Aunque todavía nadie podía saberlo, llegaría un tiempo en
que las murallas perderían su función, las casas cambiarían de dueño y las
calles volverían a trazarse de nuevo sobre las huellas de quienes vivieron allí.
El cementerio, no obstante, permanecería.
No como permanecen las fortalezas, desafiando al tiempo con
la soberbia de sus piedras, sino de una manera más silenciosa: bajo los pies de
los hombres. Oculto por capas de tierra, nuevas construcciones y ese olvido que
suele acompañar a los que ya no pueden reclamar su lugar entre los vivos. Pero
eso ocurriría bastante después.
Mientras tanto, la ciudad crecía y con ella, aumentaba
también el número de los que acudían a aquel lugar.
Porque la tierra los recibía a todos.
No preguntaba por su oficio, por su riqueza ni por el nombre
que hubieran llevado mientras caminaba. Bajo aquella tierra, las diferencias
que tanto importaban arriba comenzaban a perder su sentido. Y, una ciudad que
no dejaba de crecer, con sus límites desplazándose y una actividad que
encontraba un espacio distinto, el cementerio quedaba un poco más cerca de la
vida cotidiana.
Así que, con el paso del tiempo, aquello que había estado
fuera de las murallas terminó integrado en su crecimiento.
Los vivos avanzaban hacia los muertos.
Pero los muertos no fueron llevados a otro lugar. Fueron
cubiertos por el mundo de los vivos.
Y, durante un tiempo, el cementerio continuó allí, al otro
lado de las murallas, recibiendo a quienes iban a emprender su último viaje.
La ciudad, sin embargo, no sabía permanecer quieta. Almería
seguía avanzando con la misma obstinación con la que los hombres levantaban sus
casas, abrían nuevos caminos y buscaban un lugar donde establecerse.
Cada nueva construcción acercaba un poco más la vida a las
sepulturas. Y con ellas, llegó el ruido de las personas, ajenas ya al tiempo de
Paquillo.
Pero el cementerio no desapareció de un día para otro.
Continuó ofreciendo su servicio a quienes acudían a buscar a los suyos y la
ciudad fue ocupando lentamente el terreno que lo rodeaba, como lo hace el agua
cuando termina llegando a la orilla sin necesidad de anunciar su llegada.
Con el paso de los siglos, las murallas cambiaron, los
caminos se transformaron y la ciudad siguió extendiéndose más allá de los
límites que en otro tiempo parecían suficientes para protegerla.
En 1489, con la llegada de los Reyes Católicos, Almería
entraría en otra historia. No solo cambiarían sus gobernantes. También
cambiarían sus costumbres, los lugares de culto y la manera en que una ciudad se
relaciona con sus muertos.
Aquel terreno, que durante generaciones recibió a los fallecidos
de la ciudad musulmana, dejaría de ser el lugar que antaño fue. La nueva
población necesitaría sus propios espacios y allí donde antes se acudía a rezar
por los que ya no estaban, se levantarían las nuevas señales de una ciudad
diferente.
El cementerio no desapareció de un solo golpe. Fue perdiendo
su lugar en la superficie, como si la ciudad al crecer hubiera decidido avanzar
sin detenerse a preguntar qué descansaba bajo sus nuevos cimientos. Y la
tierra, que no sabe distinguir entre vencedores y vencidos, siguió guardando a
los que fueron confiados a ella.
Con el tiempo, los vivos terminaron caminando sobre los
muertos.
No como una metáfora que aquellos hombres pudieran
comprender, sino como el resultado inevitable de una ciudad que necesitaba más
espacio.
Hoy, quien recorre la zona de la Puerta de Purchena o se
acerca a la iglesia de San Sebastián encuentra una ciudad distinta. El tráfico,
los comercios, los edificios y el ritmo de quienes van y vienen han ocupado ese
espacio que durante siglos estuvo alejado del centro de la vida cotidiana.
Es difícil imaginar aquel lugar sin el ruido de la ciudad
actual. Y más difícil todavía pensar que, bajo una parte de ese paisaje hubo un
terreno destinado a recibir a los difuntos.
Allí no se escuchaban motores. No se conocían escaparates ni
aceras llenas de personas que caminaban con prisa. Había tierra removida,
piedras, silencio y llantos, unos más contenidos que otros.
Hoy caminamos sobre ese mismo lugar sin detenernos a pensar
en ellos. Puede que esa sea la forma más silenciosa en que un extinto continúa
viviendo entre nosotros. No en las estatuas ni en los nombres grabados sobre la
piedra, sino bajo nuestros pasos.
Y aún así, el capricho del destino ha querido colocar una
estatua en la plaza de San Sebastián. Una mujer sentada, tranquila, con las
manos descansando sobre su regazo.
Se llama La Espera.
No sabemos a quien espera. Tal vez a alguien que prometió
volver o tal vez simplemente representa a quien lleva tanto tiempo esperando que
ya parece pertenecer a aquel lugar. Porque resulta curioso que, durante siglos,
en ese mismo lugar hubo hombres y mujeres esperando algo mucho más sencillo:
que regresaran los suyos, que terminaran las guerras o que llegara el momento
de enterrar a quien no había podido volver.
Ahora la gente pasa junto a ella sin detenerse demasiado.
Unos cruzan la plaza creyendo que llegan tarde a su destino. Otros lo hacen
mirando el teléfono y muy pocos se sientan cerca para descansar.
Y la mujer continúa esperando.
Al menos ella tiene una silla.
Los muertos del antiguo cementerio, en cambio, no tuvieron
tanta suerte.
Tampoco es que ya tengan ninguna prisa.