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lunes, 3 de agosto de 2026

Los cosarios que aterrorizaron Almería en el siglo XII

 El mar estaba en calma. Demasiado para una ciudad recién conquistada.

Paquillo Mañas apoyó los antebrazos sobre el parapeto de la muralla y dejó que la mirada recorriera lentamente la bahía. Hacía apenas unos meses aquel mismo horizonte había aparecido cubierto por centenares de velas cristianas. Ahora solo algunas galeras de aquel ejercito esperan el regreso de algunos pesqueros tras una noche de faenar y la llegada de algún mercante que buscara refugio antes de la caída del sol.

Nada hacía presagiar peligro alguno.

Precisamente por eso, Paquillo desconfiaba. Desde la conquista, había aprendido que el enemigo rara vez anunciaba su llegada con tambores.

El vigía rompió el silencio.

—¡Velas al sur!

No gritó. No hacía falta. Bastó el tono de voz suficiente para que los hombres abandonaran herramientas, conversaciones y mercancías. Los albañiles dejaron las piedras sobre el andamio de la muralla. Los estibadores soltaron los fardos, incluso los porteadores volvieron la cabeza hacia el mar al mismo tiempo.

Paquillo ya corría.

Subió los últimos escalones de la torre de vigilancia de dos en dos.

Allí estaban.

Tres embarcaciones pequeñas y demasiado ligeras para ser mercantes. No llevaban estandartes. Porque este tipo de naves nunca los llevan.

—¿Otra vez…? —murmuró unos de los soldados.

Paquillo no respondió. No era la primera incursión pirata y todos sabían que tampoco sería la última.

Normalmente las primeras voces de un día cualquiera comenzaban mucho antes del amanecer y no eran la de los soldados. Eran las de los mercaderes. Porque en el barrio de al-Hawd, los escribanos ya habían desplegado sus mesas junto a los almacenes. Uno anotaba la llegada de un cargamento de aceite procedente de Cartagena y otro discutía con un comerciante genovés el importe de los derechos portuarios establecidos por el nuevo gobernador. Más allá, a pie de puerto, varios estibadores descargaban sacos de trigo mientras un grupo de carpinteros calafateaba el casco de una galera dañada por la travesía.

Almería volvía a parecer una ciudad próspera… Al menos durante las próximas horas.

Paquillo hubiera observado aquel movimiento cotidiano apoyado sobre la empuñadura de su espada. Ya no era el soldado que había luchado entre los hombres del emperador. Ahora mandaba una compañía encargada de proteger la ciudad. No era un destino glorioso. Era mucho más importante de lo que parecía y sabía que, si el puerto caía en el caos, toda la ciudad lo haría detrás.

Fue entonces, cuando seguía la dirección del dedo del vigía que apuntaba hacia las embarcaciones sin estandarte, cunado sintió que un nudo en el estómago se apoderó de él mientras comprendía que los cosarios habían vuelto.

El segundo grito llegó desde el espigón.

—¡Velas!

Durante un instante nadie se movió. El grito atravesó el puerto como una flecha.

Los comerciantes dejaron de regatear. Los escribanos cerraron apresuradamente los libros de cuentas. Un mercader señaló el horizonte mientras discutía con un funcionario del puerto sobre el pago de unos derechos.

El gobernador Otton de Bonvillano interrumpió la conversación.

—¿Qué ocurre?

—Tres… no… cuatro embarcaciones.

Otton dio un paso hacia el muelle.

—¡Tocad a rebato!

Nadie se movió.

—¡¿Dónde está el capitán?! —miró a un soldado.

—¡Buscad a ese hombre!

Sin embargo, Paquillo no buscaba al gobernador. Llevaba varios minutos preparando ya la defensa. Los albañiles siguieron levantando la muralla como si nada ocurriera. Los pescadores continuaron remendando redes y los estibadores descargaban sacos de trigo con la misma naturalidad. Solo los soldados cambiaban discretamente de posición.

Dos junto al espigón. Cuatro entre los almacenes. Seis ocultos tras los carros del muelle y los arqueros desaparecieron de la vista para ocupar las troneras.

—¿Y las campanas? —preguntó un oficial.

Paquillo negó con la cabeza.

—Ni una.

—Pero capitán…

—Si el puerto entra en pánico, habremos perdido antes de empezar.

Las embarcaciones no redujeron la velocidad hasta encontrarse a menos de doscientos pasos del espigón. Entonces los remos cayeron casi al mismo tiempo. Durante unos segundos solo se oyó el rumor de las olas golpeando los cascos.

El hombre que ocupaba la proa sonrió. No escuchó campanas. No veía soldados corriendo de un lado para otro y no había ni una sola puerta cerrada.

—Llegamos antes de que pudieran reaccionar —dijo unos de los cosarios.

El jefe asintió.

—Llevémonos lo que podamos y partiremos con la misma rapidez.

Cuando las quillas rozaron la arena, los primeros hombres saltaron al agua con las espadas aún envainadas. No esperaban resistencia. Creían haber llegado a un puerto indefenso.

Avanzaron unos pasos y entonces ocurrió: el escribano dejó el pergamino y agarró una ballesta ya armada bajo la mesa. Los albañiles soltaron las paletas y empuñaron unas lanzas ocultas entre los andamios. El carro de madera se cruzó en mitad del muelle, cerrando el paso hacia los almacenes. Y desde las troneras de la muralla surgieron los primeros arqueros.

—¡Ahora! —gritó Paquillo.

La primera lluvia de flechas no pretendía matar. Cayó sobre la propia playa antes de que los cosarios comprendieran que todo había sido una trampa.

Dos cosarios cayeron sobre la arena. Los demás levantaron los escudos casi por instinto y aquella vacilación bastó.

—¡Lanceros! ¡Adelante!

Los soldados salieron de entre los almacenes formando una línea cerrada. No corrieron. Avanzaron despacio escudo contra escudo con la lanza hacia adelante como una única pared de hierro.

Los cosarios dudaron. Aquello no era el caos que esperaban encontrar. Intentaron abrirse paso hacia las mercancías junto al muelle, pero el carro atravesado les cerraba el camino. A su espalda seguían cayendo flechas desde la muralla.

Paquillo no levantó la espada. Levantó la mano.

—¡No los persigáis!

Un soldado, llevado por su ímpetu, dio dos pasos hacia la playa.

—¡He dicho que no!

El hombre se detuvo.

Los cosarios comenzaron a retroceder hacia las barcas.

Uno de los soldados más jóvenes sonrió.

—¡Huyen!

Paquillo negó lentamente.

—No… se retiran para volver mañana.

Aquellas palabras apagaron cualquier intento de celebración. En cambio, bajaron las armas, pero sin que nadie abandonara su puesto.

Los cosarios empujaron las embarcaciones hasta ganar profundidad. Antes de subir, el que parecía su jefe volvió la vista hacia el puerto.

No había conseguido nada. Solo había descubierto algo que no esperaba. A una ciudad que ya no era la misma desde que había sido conquistada por Alfonso VII.

Ahora tenía hombres capaces de defenderla.

Cuando la última embarcación desapareció tras el espigón, el gobernador apareció por fin en el puerto, acompañado por varios hombres de su guardia personal. Miró la playa, las flechas clavadas en la arena y los dos cuerpos que el mar empezaba a mecer. Después buscó con la mirada al capitán.

Paquillo seguía dando órdenes. Mandó recoger las flechas aprovechables. Reforzar la guardia en el muelle. Continuar con las obras de la muralla y abrir de nuevo los almacenes.

El gobernador se acercó lentamente.

—¿Ha acabado?

Paquillo miró un instante la bahía.

—No, mi señor. Solo ha empezado.

Aquella misma noche parecía que el puerto permanecía dormido. La luna apenas iluminaba la ciudad. Las últimas hogueras ardían sobre la muralla, demasiado lejos unas de las otras para romper la oscuridad que envolvía la bahía. Desde el adarve, el mar parecía una inmensa mancha negra donde el cielo y el agua se confundían.

Todo permanecía en silencio.

Paquillo llevaba más de una hora caminando lentamente por la muralla. No buscaba barcos, buscaba hombres. Sabía que los cosarios habían aprendido la lección de la mañana y no volverían a intentar tomar el puerto a plena luz del día.

Vendrían cuando nadie pudiera verlos.

Se detuvo junto a una pequeña poterna que descendía hasta las rocas. Era un lugar discreto. Apenas utilizado. El tipo de acceso que un marino experimentado descubriría con solo observar la costa durante unas horas.

Apagó la antorcha.

—Esperad.

Los soldados obedecieron sin hacer preguntas.

El viento traía olor a sal y a algo más.

Paquillo cerró los ojos. El agua se movía contra la piedra muy despacio, como si alguien intentara no hacer ruido. Entonces apareció una mano. Después otra. Los dedos buscaron apoyo entre las juntas de las piedras.

Un rostro cubierto de agua emergió lentamente. Tras él apareció un segundo hombre. Y luego un tercero.

Ninguno llevaba armadura. Solo cuchillos curvos, una pequeña hacha colgada del cinturón y una espada corta envuelta en cuero para que el agua salada no la delatara con reflejos.

El primero apoyó una rodilla sobre el adarve. Nunca volvió a levantarse.

—Ahora.

La oscuridad estalló. No hubo gritos. Solo acero. El golpe de un hacha partió un escudo de madera. Una daga apareció tan deprisa que un soldado casi no tuvo tiempo de apartar el cuello. El filo le abrió el pescuezo y la sangre cayó caliente sobre la piedra.

El espacio era pequeño y estrecho para grandes movimientos. Ni siquiera las espadas podían describir un arco. Aunque el verdadero combate era la lucha por respirar.

Un corsario embistió a Paquillo con el hombro. Los dos chocaron contra el muro. El olor a agua salada se mezcló con el del hierro recién derramado. El hombre intentó sacar la daga, pero Paquillo le sujetó la muñeca con ambas manos. Sintió la fuerza desesperada de quien sabe que solo tiene una oportunidad.

La daga cayó entre los dos. Rodó sobre la piedra a la vez que el cosario lanzó un cabezazo. Paquillo respondió con el pomo de la espada. El crujido fue seco, sin épica ni gloria, solo un acto de supervivencia. El hacha apareció otra vez. En esta ocasión demasiado cerca para detenerla con la espada. Retrocedió un paso y el filo golpeó la piedra arrancando una lluvia de chispas.

Paquillo aprovechó el desequilibrio para empujarlo. No hizo falta más. El cosario desapareció en la oscuridad y un instante después llegó el sonido del cuerpo golpeando contra las rocas.

Luego… El mar volvió a tragárselo.

Un momento después solo se escuchaba las respiraciones agitadas y el rumor constante de las olas. Paquillo supo que aquella noche había vencido. Limpió lentamente la hoja de la espada. Miró el agua y en su cabeza se quedó la idea de que el mar siempre devolvía a los suyos y que, tarde o temprano… los cosarios regresarían.

A bordo de la embarcación cosaria, el oficial golpeó la borda con el puño.

—¡Volvamos!¡Solo son unos pocos!

El jefe permanecía de pie observando lo sucedido. Las primeras luces del amanecer comenzaban a dibujar la silueta de Almería. Durante un rato no respondió. Después habló casi en un susurro.

—No.

—Han matado a ocho de los nuestros… Y matarían a ocho más.

—¡Podemos tomar ese puerto! — volvió a decir el oficial.

El jefe negó lentamente.

—No.

Podríamos saquearlo, pero tomarlo… es otra guerra. Anoche no luchamos contra unos soldados. Luchamos contra un capitán que sabía cómo hacer su trabajo.

El oficial calló.

—Izad la bandera-blanca —añadió el jefe.

El oficial lo miró desconcertado.

—¿Vamos a rendirnos?

—No —respondió el jefe —. Vamos a recoger a nuestros muertos.

La marea había descendido varios pasos desde la noche anterior. Entre las rocas permanecían inmóviles los cuerpos de los que no regresaron a sus embarcaciones.

Sobre la muralla nadie hablaba. Los soldados observaban el mar con las armas todavía en la mano.

Fue entonces cuando una pequeña barca se separó de la nave cosaria. Solo llevaba tres hombres; uno remaba, otro sostenía un palo del que colgaba un trapo blanco y un tercero se distinguía de pie en la proa.

—¿Será una trampa? —preguntó un soldado sin apartar la vista del agua.

—Puede —respondió Paquillo —. Pero si vienen con una bandera blanca… bajaremos solo los necesarios.

En ese instante apareció Otton, todavía con la capa sobre los hombros. Había acudido deprisa, alertado por la llegada de la embarcación.

—No pienso abrir las puertas de mi ciudad.

Paquillo lo miró sin desafío y le contestó con calma.

—Si hoy les negamos que puedan honrar a sus muertos… mañana puede que no nos permitan recoger a los nuestros.

Otton guardó silencio. Miró al mar. Luego miró los cuerpos y después asintió con un leve movimiento de cabeza.

La pequeña puerta del puerto se abrió solo lo suficiente para dejar pasar solo a tres hombres. Los cosarios desembarcaron despacio. Sin espadas desenvainadas y sin decir una sola palabra. Cada uno caminó directamente hacia los caídos. Los levantaban con el mismo cuidado con el que un padre sostiene a un hijo dormido.

Uno de ellos cerró los ojos de un compañero antes de envolverlo en su capa. Otro recuperó una daga que todavía se encontraba clavada en la arena.

Cuando terminaron, el jefe corsario se acercó hasta donde esperaba Paquillo. Los dos hombres permanecieron frente a frente durante unos instantes. Ninguno necesitó llevar la mano a la espada. El combate había terminado horas antes.

El cosario habló primero.

—Has defendido bien tu puerto.

Paquillo sostuvo la mirada.

—Vos habéis luchado con valor.

El hombre inclinó apenas la cabeza. No como una reverencia, sino con el reconocimiento que solo un guerrero concede a otro y después dio media vuelta.

Los tres empujaron la barca hacia el agua y comenzaron a remar sin volver la vista atrás.

Desde la muralla, un joven soldado observó cómo las siluetas se alejaban hacia las naves ancladas frente a la bahía.

—¿Volverán? —preguntó en voz baja.

Paquillo no contestó de inmediato. Contempló el horizonte, donde el sol empezaba a teñir al Mediterráneo de un rojo apagado.

—Mientras el mar siga trayéndoles riqueza… —… siempre volverán.

Y durante unos instantes nadie dijo nada más. Porque todos entendieron que la batalla de aquella noche había terminado, pero la guerra por conservar Almería acababa de empezar.