La tarde comenzaba a perder fuerza sobre Almería.
El sol aún alcanzaba las zonas más altas de las casas, pero en
las calles estrechas la sombra le iba ganando terreno. Desde el puerto llegaba
una brisa que arrastraba el olor salado del mar mezclado con el de pescado,
aceite caliente y madera húmeda. En algún lugar cercano alguien había puesto
especias sobre el fuego y el aroma se extendía por toda la calle.
La taberna de Herminia tenía la puerta abierta. Dentro hacía
calor y eso se agradecía. No porque fuera hiciera frio, sino porque ese
ambiente cálido anunciaba fritanga.
Tres hombres ocupaban una mesa junto a la pared. Hablaban
demasiado alto, como suelen hacerlo quienes llevan varias copas encima. Un
marinero dormía con la cabeza apoyada sobre los brazos, cerca de la entrada, un
comerciante contaba las monedas antes de guardarlas en una vieja faltriquera.
Ella estaba detrás del mostrador.
Tenía dieciocho años y se movía por la taberna con la
soltura de quien llevaba tiempo haciéndolo. Recogía vasos, llenaba jarras,
lavaba platos y sabía esquivar las manos de los hombres que confundían su
atrevimiento con una invitación.
No era tímida. Tampoco es que necesitara demostrarlo.
Paquillo entró cuando el sol ya había dejado de tocar la
puerta.
Ella levantó la cabeza.
Lo conocía de vista. Porque allí todo el mundo conocía a
Paquillo de una forma o de otra. No por ser un hombre importante. Al contrario.
Era de esos hombres que parecían saber siempre dónde
encontrar lo que uno necesitaba y, sobre todo, lo que hacer después. Un día
podía aparecer con un pescado y al siguiente con una tela. Otro llegaba con
unas monedas que nadie preguntaba de dónde habían salido.
Había aprendido a vivir aprovechando las oportunidades y
sabía cuál de ellas no merecía esperar.
Paquillo se detuvo junto a la puerta y recorrió la sala con
la mirada. Primero observó a los hombres. Después al comerciante y, por último,
a ella.
—¿Está Herminia?
Ella dejó la jarra sobre la barra.
—Depende.
Paquillo arqueó una ceja.
—¿De qué?
—De quién pregunte.
Él sonrió levemente.
—Paquillo.
—Eso ya lo sé.
La respuesta lo hizo detenerse un instante. No estaba
acostumbrado a que una muchacha le contestara de aquella manera.
—Entonces sabrás también que busco a tu madre.
—Eso dicen todos los hombres que vienen aquí.
Paquillo miró alrededor.
—¿Todos?
—Solo los que preguntan por ella —contestó mientras volvió a
coger la jarra. —Bueno, algunos ni siquiera preguntan.
Paquillo siguió con la mirada cómo se alejaba entre las mesas.
Entró para hablar con Herminia, o eso era lo que pensaba,
pero cuando la muchacha desapareció detrás de una cortina, descubrió que ya no recordaba
qué asunto tenía que tratar con su madre. Y eso, aunque no podía saberlo aún,
iba a ocurrirle muchas más veces.
Herminia salió de una pequeña estancia situada detrás del
mostrador secándose las manos con un paño. Era una mujer que no necesitaba levantar
la voz para hacerse obedecer. Bastaba con que mirara a uno de aquellos hombres
durante unos segundos para que recordara de pronto que tenía otras cosas que
hacer.
Al ver a Paquillo, sonrió.
—Tú otra vez… y vivo.
—Buenas tardes, Herminia.
—Eso no responde a lo que he dicho.
Paquillo se acercó al mostrador.
—Tengo que hablar contigo.
Herminia miró un instante hacia la cortina por la que había
desaparecido su hija y volvió los ojos hacia él.
—¿Y no podías esperar, supongo?
—No.
—Eso quiere decir que debe de ser algo importante.
—Lo es.
Herminia esperó.
Paquillo metió una mano bajo el jubón y sacó un pequeño
envoltorio de tela.
—Me han hablado de un comerciante judío que busca unas
piezas de cobre.
Herminia no miró el envoltorio.
—¿Y?
—Dicen que tú conoces al hombre que puede llevarme ante él.
—Dicen muchas cosas.
—Por eso estoy aquí.
Herminia tomó el envoltorio, lo sopesó con la mano y lo dejó
sobre la madera.
—No sé nada.
—Eso me habían dicho.
—Quizá te han informado mal.
Paquillo sonrió.
—Quizá pueda ser.
Herminia lo conocía bien para saber cuándo estaba hablando
en serio y Paquillo tenía una manera particular de hacerlo. No apartaba la
mirada. No hablaba más deprisa y no parecía siquiera preocupado por intentar
convencer a nadie. Simplemente soltaba lo que tenía que decir y esperaba que el
otro decidiera que hacer con la que había escuchado.
—Siéntate —dijo Herminia.
Paquillo tomó asiento.
Ella le sirvió un poco de vino.
—Invita la casa.
Paquillo levantó la copa.
—Entonces es posible que vuelva más a menudo.
Herminia soltó una pequeña risa de lado.
—No me conviene.
—¿Por qué no?
—Porque cada vez que vienes acabas encontrando algo que
vender.
Paquillo bebió.
—Esa es otra de mis virtudes.
—No sabía que las tuvieras.
Él sonrió.
La conversación siguió durante unos minutos. Hablaron del
comerciante, de las piedras de cobre y de los hombres del puerto que conseguían
cosas y de cómo él alguna vez traía algo que mostrar.
Pero Paquillo escuchaba a medias. Porque, de vez en cuando,
la cortina se movía. Y detrás de ella estaba la muchacha.
La primera vez que apareció llevaba una cesta con pan. La
segunda, un cuenco y la tercera no llevaba nada. Tan solo cruzó la sala, pasó
junto a él y salió al patio.
Paquillo no dijo nada. Herminia tampoco. Pero cuando la
joven volvió a entrar, encontró a Paquillo mirándola.
Ella se detuvo.
No bajó los ojos.
—¿Y tú qué miras?
Paquillo sostuvo la mirada.
—Nada.
—Entonces miras demasiado.
Herminia no dijo nada ni levantó la cabeza, pero una pequeña
sonrisa se dibujó en sus labios.
Paquillo terminó el vino. Dejó unas monedas sobre la mesa y
se levantó.
—Tengo que irme.
Herminia tomó las monedas.
—¿Ya?
—Se ha hecho tarde.
—Qué pena.
Paquillo la miró.
—¿Por qué?
—Porque todavía no has comprado nada.
—Tal vez mañana —dijo, y se giró hacia la puerta.
—Tal vez —murmuró Herminia mientras guardaba las monedas.
Al salir a la calle, la luz había desaparecido casi por
completo y las primeras lámparas comenzaban a encenderse en algunas
puertas.
Caminó unos pasos y se detuvo. No sabía exactamente por qué.
Miró atrás y al hacerlo vio a la muchacha en la puerta de la taberna. No
sonreía. Solo lo observaba desde el umbral.
Paquillo levantó ligeramente la mano a modo de despedida y
apenas un segundo después, ella hizo lo mismo. Después ambos volvieron lo suyo.
Todavía no sabían que aquel gesto tan pequeño acabaría
siendo el principio de una historia que ninguno de los dos había pedido. Y que,
cuando llegara el momento de despedirse, ninguno estaría lo suficientemente
preparado para hacerlo.
Pasaron tres días antes de que Paquillo volviera.
Durante aquellos tres días tuvo cosas que hacer. Un
cargamento que debía llegar al puerto, un hombre que le debía dinero y un
pequeño negocio con unas piezas de cobre que finalmente no salió como esperaba.
No pensó demasiado en la taberna. O eso se dijo.
La tarde del cuarto día volvió a pasar por esa calle. No
tenía ningún motivo para hacerlo. Aun así, andaba por ella. No porque fuera la
más corta hacia donde fuera ni la más cómoda para llegar a ninguna parte allá
donde quisiera ir.
Cuando vio la puerta de la taberna, se detuvo. Podría
seguir. De hecho, estuvo a punto de hacerlo, pero escuchó una carcajada que
provenía desde dentro.
Era ella.
Paquillo entró.
La muchacha estaba colocando unas jarras sobre una mesa. Al
verlo, levantó los ojos y tardó apenas un instante en sonreír.
—Has vuelto.
Paquillo se quitó el polvo de las botas.
—Tenía que hablar con tu madre.
—¿Otra vez?
—Sí.
—¿Sobre ese hombre al que conoce?
Paquillo la miró.
—¿Lo recuerdas?
—Mi madre seguramente sí.
—Entonces es que lo consideró importante.
—Mi madre está dentro —dijo dirigiendo la mirada hacia la estancia
de detrás.
Paquillo no se movió.
Ella lo miró.
—¿No ibas a verla?
—Sí.
—Pues está detrás.
—Ya te he oído.
—Entonces...
Paquillo sonrió.
—Estás haciendo muchas preguntas.
—Y tú muchas visitas.
Él soltó una breve carcajada.
—Quizá tu madre tenga razón.
—¿Sobre qué?
—Sobre que hablo demasiado.
—No creo que sea eso.
—¿Entonces qué crees?
Paquillo se inclinó ligeramente hacia ella.
—Que todavía no lo sé.
La muchacha sonrió y se marchó hacia el patio.
Paquillo permaneció unos segundos donde estaba. Después fue
a buscar a Herminia.
Aquella tarde hablaron de negocios durante casi una hora.
Cuando salió de la taberna llevaba consigo un pequeño encargo y una pequeña
pieza de cobre.
La siguiente vez que volvió a la taberna preguntó por
Herminia antes incluso de sacudirse el polvo de las botas.
Dos días después llegó con una noticia del puerto.
Al día siguiente con un recado.
Luego con una bolsa que debía entregar a un hombre que nunca
apareció.
Y una tarde apareció sin traer absolutamente nada.
Ella estaba detrás de la barra.
—¿Qué necesitas hoy?
Paquillo dejó las manos sobre la madera y pensó la respuesta
unos segundos.
—Vino.
Ella llenó una copa.
—¿Solo eso?
—Por ahora.
La muchacha dejó la copa delante de él.
—Cada vez traes peores excusas.
Tomó un sorbo.
—¿Y quién te dice que sean excusas?
— Yo —respondió apoyando las manos sobre el mostrador.
—Pues tendré que buscar otras.
—No creo que encuentres muchas.
—Siempre se me ha dado bien encontrar lo que busco.
Ella sostuvo la mirada un momento y después sonrió.
—Eso dicen — y se alejó.
Paquillo bebió lentamente. Por primera vez empezó a
sospechar que quizá aquella taberna no era el lugar al que iba por las cosas
que encontraba. Quizá iba por la única cosa que todavía no sabía que estaba
buscando.
La tarde siguiente llovió. No fue una lluvia abundante.
Apenas unas gotas gruesas que golpearon los tejados y levantaron de la tierra
un olor que duró poco. La lluvia también duró poco. Lo suficiente para dejar
una humedad pegada en las paredes y un cielo gris sobre la ciudad.
La taberna estaba más llena de lo habitual. Los hombres
habían entrado buscando refugio y, como casi siempre, cuando les llega el olor
a migas terminan buscando vino.
Paquillo llegó cuando la noche ya estaba reemplazando a la
tarde. Esta vez no preguntó por nadie. Entró, miró alrededor y buscó directamente
a la muchacha.
Ella estaba junto al fuego, intentando secar con un paño
unas jarras que habían quedado húmedas.
Al verlo sonrió.
—Hoy no viene mi madre.
—Ya me había dado cuenta.
—Entonces no has venido por ella.
—No he dicho eso.
Se quitó el manto mojado y lo dejó sobre el respaldo de una
silla de enea.
—¿Tienes vino?
—Siempre.
Cogió una copa y cuando se la entregó, sus dedos se tocaron.
Fue solo un breve instante. Ninguno retiró la mano inmediatamente.
Ella fue la primera en hacerlo.
Paquillo bebió.
—¿Siempre haces eso?
—¿El qué?
—Mirar así a los hombres.
Ella lo miró.
—¿Así como?
—Como si supieras algo que ellos no saben.
—Quizá es que lo sé.
Paquillo sonrió.
—¿Y qué sabes de mí?
—Que vienes mucho —respondió encogiendo los hombros.
—Eso ya lo sabes.
—Que siempre quieres llevar la razón.
—Eso también.
—Y que cada vez te importa menos que alguien te crea.
Paquillo dejó la copa despacio.
—Eres observadora.
—Tú también.
Él la miró durante unos segundos.
—¿Sabes?... eso puede ser peligroso.
—¿Para quién?
Paquillo no respondió.
Desde una mesa cercana llegó una carcajada. Uno de los
hombres llamó a la muchacha.
—Ahora voy —respondió.
Volvió a mirar a Paquillo.
—¿Necesitas algo más?
Él negó con la cabeza.
Ella se marchó.
Paquillo se quedó junto a la barra, siguiendo con la mirada
cómo se movía entre las mesas.
Había conocido mujeres antes. Mujeres hermosas, algunas más
experimentadas que ella, otras más acostumbradas a los hombres como él y nunca
había tenido problemas para acercarse a una mujer. Lo difícil había sido
siempre lo contrario: encontrar una razón para quedarse. Y, sin embargo,
aquella noche comprendió que con ella empezaba a sucederle algo distinto.
No quería marcharse.
Y eso sí era un problema.
La muchacha regresó con varias jarras para dejarlas sobre el
mostrador. Una se tambaleó casi con la intención de caerse. Paquillo alargó la
mano para sostenerla y sus dedos volvieron a encontrarse.
Esta vez ella no retiró la mano. Levantó los ojos y al
hacerlo encontró que Paquillo ya la estaba mirando.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Nada.
—Otra vez nada.
A Paquillo se le dibujó una pequeña sonrisa en el rostro.
—Parece que siempre quieres saberlo todo.
—Solo lo que me interesa.
Desde una de las mesas alguien levantó la voz.
—¡Muchacha!
Ella no respondió. Seguía mirando a Paquillo.
—¡Muchacha! —esta vez la voz sonó más fuerte.
Ella continuó sin moverse.
Paquillo miró hacia la mesa.
—Te llaman.
—Ya lo he oído.
—Entonces deberías ir.
Ella negó con la cabeza.
—Ahora no.
El hombre de la mesa golpeó una jarra contra la madera.
—¡He dicho que vengas!
Ella seguía allí… Frente a Paquillo.
No parecía desafiar al hombre que la llamaba. Simplemente parecía
haberlo olvidado.
—¿Por qué no vas? —preguntó Paquillo en voz baja.
—Porque ahora estoy ocupada.
—¿Haciendo qué?
La muchacha bajó la mirada hacia las manos de ambos, todavía
demasiado cerca una de otra.
—Mirándote.
Paquillo no respondió.
Ella tampoco.
La voz del hombre volvió a escucharse al fondo.
Esta vez ella giró la cabeza.
—Ahora voy.
Pero antes de marcharse volvió a mirarlo y él no tuvo duda de
que ninguno de los dos había fingido.
Paquillo esperó lo suficiente para que la taberna recuperara
el ruido de antes y ella volviera a colocarse detrás del mostrador. Y entonces
se levantó.
Cruzó la sala sin prisa, como si fuera a pedir otra copa. Cuando
llegó junto a ella, apoyó una mano sobre la madera y se inclinó ligeramente.
—Cuando suenen las campanas de la noche —murmuró—, estaré
bajo el arco de las Atarazanas.
Ella no respondió.
—Esperándote.
Paquillo volvió a incorporarse.
—¿Y si no voy?
—Entonces esperaré un poco más.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente para saber que no querías venir.
Ella bajó la mirada hacia la jarra que tenía entre las manos
y volvió a mirarlo.
—Quizá no vaya.
—Quizá —dijo Paquillo antes de alejarse.
Ella lo siguió con la mirada hasta que salió por la puerta.
La tarde siguió su curso y ya se marchó del todo.
La taberna fue quedándose vacía poco a poco y las voces de
los últimos hombres fueron apagándose hasta quedar reducidas al ruido de las
jarras y al arrastre de alguna silla sobre el suelo.
Herminia recogía las últimas mesas cuando su hija se acercó.
—Madre.
—¿Qué?
—Cuando cerremos quiero salir.
Herminia levantó la cabeza.
—¿Salir?
—Si.
—¿Esta noche?
—Si.
—¿Para qué?
—Necesito aire.
Herminia miró hacia la puerta abierta. Fuera corría una
brisa que entraba hasta el fondo de la taberna.
—Aquí tienes aire.
—Quiero caminar.
—¿A estas horas?
—No es tan tarde.
Herminia la observó con el ceño fruncido.
—¿A dónde quieres ir?
—Por ahí.
—Eso no es un lugar, que yo sepa.
—No tengo que ir a ningún sitio concreto. Solo quiero
caminar y que me dé el aire.
—¿Y con quién irás?
— Con nadie, madre.
—¿Sola?
—Ya te lo he dicho.
—No es una buena noche para pasear y menos sola.
Su hija se encogió de hombros.
—No voy a tardar.
—No he dicho que vayas a tardar. He dicho que no es una
buena noche.
—Pues ya está.
—¿Ya está qué?
—Que no voy a ninguna parte.
Herminia no preguntó nada más. Pero en su cabeza ya había
empezado a formarse algún pensamiento. Porque las madres no siempre necesitan
saberlo todo. A veces les basta con saber que algo ha cambiado para necesitar
salir de casa precisamente aquella noche.
Almería no era la misma ciudad que unos días atrás. Desde
las murallas se veían tiendas levantadas al otro lado de las defensas y durante
el día, hombres iban y venían entre ellas. El ejército que había llegado desde
fuera comenzaba a asentarse en torno a la ciudad. Había más soldados en las
calles, más armas, más caballos y demasiadas conversaciones que terminaban
siempre hablando de lo mismo.
La guerra aún no había comenzado, pero estaba allí. Y
Herminia lo sabía.
—No quiero que salgas sola esta noche —volvió a decir.
—Madre, ya no soy una niña.
—No, pero tampoco eres un soldado.
—Ya te he dicho que volveré pronto.
Herminia guardó silencio. Terminaron de recoger, apagaron
una de las lámparas y cerraron la puerta de la taberna.
—No tardes —dijo Herminia.
—No tardaré.
—Y no te alejes demasiado.
—No lo haré.
—Anda, ve.
La muchacha salió sin cuestionarlo esta vez.
Apenas había andado unos pasos cuando se arrepintió.
No de haber salido.
Sino de haberlo hecho sola.
La noche había cambiado las calles. Durante el día conocía
cada esquina, cada puesto y la puerta de cada vecino. Ahora, las sombras hacían
que todo pareciera distinto. Avanzó procurando no mirar hacia atrás.
Un hombre salió tambaleándose de un corral y estuvo a punto
de cruzarse con ella. Olía a vino y a sudor. Ella lo apartó de repente.
Más adelante, dos marineros hablaban apoyados contra la
pared. Uno la siguió con la mirada. Ella apretó el manto contra el cuerpo y
aceleró el paso.
Después aparecieron tres soldados. Uno de ellos reía y otro
llevaba el yelmo bajo el brazo.
La muchacha bajó la cabeza y siguió caminando. Ya no estaba
tan segura de querer llegar hasta las Atarazanas.
Pero siguió.
Porque ahora había algo peor que el miedo a la calle. Que
Paquillo estuviera esperándola y ella no apareciera.
Él llevaba allí más tiempo del que había pensado.
El arco de las Atarazanas estaba casi vacío. Desde el puerto
llegaba el olor del agua mezclado con el de las cuerdas, la madera y los restos
de pescado que aún quedaban en las proximidades de los muelles.
Paquillo permanecía apoyado contra una de las piedras. De vez
en cuando miraba hacia la calle. Luego al mar y después otra vez hacia la
calle. Había esperado mujeres antes, pero nunca de aquella manera.
Los minutos fueron pasando y empezó a pensar que quizá ella
no vendría. No se enfadó. Tampoco maldijo ni golpeó la piedra. Tenía muy claro
que desesperarse no hacía llegar antes a nadie. Así que esperó.
Y cuando ya empezaba a aceptar que la noche le avisaba de
que tendría que regresar solo… la vio.
Se separó de la pared para recibirla. Ella se detuvo a unos
pasos.
Los dos se miraron. Ella respiraba deprisa. Él, sin embargo,
sonrió.
—Has tardado.
Ella intentó recuperar el aliento.
—He estado a punto de no venir.
—Lo sé —Paquillo asintió.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque has tardado demasiado.
—Y aun así me esperaste.
Paquillo dio un paso hacia ella.
—Te dije que lo haría.
Y aquella fue la primera vez que ninguno de los dos necesitó
una excusa para estar juntos.
Paquillo la miró durante unos segundos.
—Pensé que no vendrías.
—Yo también.
—Pues entonces estamos los dos sorprendidos —dijo él
sonriendo.
Ella dio un paso hacia él.
—No te rías.
—No me rio.
—Si.
—Un poco.
Ella intentó mantener la seriedad, pero terminó sonriendo también.
Durante un momento permanecieron allí, bajo el arco, escuchando el rumor del
agua y las voces lejanas del puerto. Él levantó una mano y apartó suavemente un
mechón de cabello que la brisa había llevado hasta su rostro.
Ella no se apartó. Al contrario. Se acercó un poco más.
Esta vez no hubo palabras.
El primer beso fue breve. Casi tímido.
El segundo ya no.
Ella apoyó las manos sobre él y Paquillo la rodeó con los brazos.
Habían hablado muchas veces sin decir aquello que ahora podían decirse sin
palabras. Mientras tanto, la noche avanzaba y el puerto fue quedándose en
silencio.
Bajo aquel arco, lejos de las miradas de la ciudad, dejaron
de ser el hombre que siempre encontraba una excusa y la muchacha que siempre
fingía no entenderla.
Cuando regresaron a la taberna, ninguno de los dos era
exactamente el mismo.
Paquillo siguió entrando en la taberna como antes. Unos días
aparecía al caer la tarde; otros, cuando la noche ya se había echado sobre las
calles. A veces preguntaba por Herminia y otras ni siquiera se molestaba en
inventar una excusa.
Ella seguía detrás del mostrador.
Pero ahora sabía cuándo él entraba, aunque estuviera de
espaldas. Reconocía sus pasos.
Paquillo también había aprendido a encontrarla sin buscarla.
Bastaba con entrar y mirar una sola vez. Y durante esa mirada podían decirse
todo lo que no podían decir delante de los demás.
Ella se había vuelto más nerviosa. Si Paquillo permanecía
demasiado cerca, se le escapaba una sonrisa que intentaba esconder bajando la
cabeza. Si alguien pronunciaba su nombre, levantaba la mirada inmediatamente. Y
cuando él se marchaba, siempre encontraba alguna razón para mirar hacia la
puerta.
Herminia observaba sin decir nada. Una tarde, cuando la
muchacha lo estaba mirando, ella pasó junto a su hija.
—Ten cuidado con las jarras —dijo.
—¿Por qué?
—Porque últimamente se te caen cuando entra Paquillo.
La muchacha se quedó quieta y Herminia siguió caminando con
aire divertido.
Luego llegaron los días de la guerra. Fue antes de lo
esperado. Y con ellos desaparecieron las pequeñas costumbres que habían
aprendido a compartir.
Paquillo dejó de acudir a la taberna con la frecuencia de
antes. Cuando aparecía, casi siempre llevaba prisa. A veces llegaba al anochecer,
cubierto de polvo, y casi sin tiempo para beber una copa antes de volver al
campamento, junto a los demás hombres.
Durante el asedio, aprendieron que unas breves miradas
serían suficientes.
Y cuando Almería cambió de manos, no todo fue como esperaban.
La ciudad tardó poco en acostumbrarse a sus nuevos dueños,
pero Herminia tardó mucho menos en comprender que para su hija había llegado el
momento de pensar en algo más que en la ciudad que acababa de caer.
Había visto muchas cosas antes. A hombres llegar con armas y marcharse con
heridas. A familias separadas y otras que habían perdido todo. También ella
había perdido hijos en otras guerras anteriores y aquel recuerdo le produjo un
sentimiento que no pudo ocultar.
Para su hija quería un futuro diferente. Un futuro que no
dependiera de una guerra. Cuando supo que el séquito de la reina partía hacia Toledo,
tomó una decisión.
No era una decisión contra Paquillo.
Fue una decisión a favor de su hija.
La corte podía ofrecerle una vida que Almería, después de
todo lo ocurrido, todavía no podría prometerle.
Y así, mientras Paquillo empezaba a ocupar el lugar que la
guerra le había reservado, Herminia preparaba en silencio la partida de su hija.
La mañana en la que iba a ser nombrado Capitán Protector
llegó a la taberna antes de la ceremonia vestido con ropa limpia y el gesto
serio.
Buscó a Herminia.
Ella estaba sola en un extremo de la barra.
—Necesito hablar contigo.
Herminia dejó un trapo que tenía entre las manos.
—Lo sé.
—¿Y qué tienes que decir?
Herminia tardó unos segundos en responder.
—Mi hija se marcha.
Paquillo no entendió.
—¿Adónde?
—Con el séquito de la reina. A Toledo.
Paquillo permaneció inmóvil.
—¿Y ella que dice a todo esto?
Herminia lo miró fijamente.
—Ella no tiene nada que decir.
—¿Cómo que no?
—La decisión ya está tomada —respondió Herminia
Paquillo apretó la mandíbula.
—¿Por ella?
—Por su futuro.
Durante unos segundos solo se escuchó el ruido de la calle
al otro lado de la puerta.
La tarde antes de partir, Paquillo y la muchacha pasaron la
tarde junto al mar sentados en una roca. Allí se dijeron muchas cosas y
pensaron en otras tantas. Unas, como serían sus vidas a partir de ahí y otras
en cómo hubieran sido si las circunstancias hubieran girado de otra manera.
Al caer la noche entraron en la pequeña casa que conservaba
Paquillo junto a la muralla. Apenas estaba iluminada por la luz tímida de una lámpara. Por una rendija de la pared llegaba el aire de la noche y, a lo
lejos, el rumor del mar.
Ella estaba de pie junto a la puerta.
Paquillo la miró sin decir nada.
Habían hablado durante toda la tarde. Habían intentado
decirse aquello que seguramente recordarían después, pero las palabras se
habían quedado atrás.
Ella se acercó. Le tomó la mano.
Paquillo cerró los dedos alrededor de los suyos.
—No quiero que llegue mañana.
Él bajó la mirada.
—Yo tampoco.
Ella apoyó la frente contra su pecho.
Así quedaron varios segundos, quizá algo más, abrazados,
escuchando únicamente su respiración.
Paquillo pasó lentamente una mano por su espalda.
Ella levantó el rostro.
Se besaron.
Esta vez no hubo la timidez de la primera noche. Había
deseo, pero también algo más profundo. La necesidad de guardar en la memoria lo
que al amanecer ya no tendrían.
Ella volvió a buscar sus labios.
Paquillo la estrechó contra él.
El calor de sus cuerpos fue llenando el pequeño espacio. La
respiración de ambos se hizo más rápida. Afuera, el viento pasó junto a los
muros y agitó débilmente la llama de la lámpara.
Ella cerró los ojos.
Paquillo apoyó la frente sobre la suya.
La noche avanzaba y ninguno pensaba en nada que no fuera en aquel momento. Y entre besos, abrazos y silencios fueron dejando atrás el miedo a
la mañana.
Cuando finalmente quedaron tendidos uno junto al otro, ella
tenía la cabeza apoyada sobre su pecho desnudo. Escuchaba su respiración.
Paquillo tenía los ojos abiertos. Sentía todavía el calor de
su piel contra la suya.
No sabía qué decir.
Ella tampoco.
No hacía falta.
A veces el amor no encuentra palabras cuando sabe que el
tiempo se acaba.
Permanecieron abrazados hasta que la oscuridad empezó a
perder fuerza.
Cuando ella se incorporó, buscó entre sus pertenencias y
sacó un pequeño pañuelo y lo puso en la mano de Paquillo.
—Quiero que lleves esto contigo.
Él lo miró.
—Para que te acuerdes de mí.
Paquillo cerró la mano sobre el pañuelo.
—No necesito esto para acordarme de ti.
Ella lo miró durante unos segundos.
—Entonces llévalo para que yo sepa que todavía me recuerdas.
Fuera comenzaba a amanecer.
Y ninguno de los dos quiso mirar hacia la ventana.
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