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martes, 22 de septiembre de 2026

El cementerio musulmán de Almería: una historia bajo nuestros pasos.

 

La mañana amaneció gris sobre la ciudad.

No era un cielo de lluvia. Llover en Almería hubiera sido noticia. Solo se trataba de unas nubes bajas, arrastradas desde el mar que apenas dejaban pasar una luz pálida que casi conseguía calentar la tierra.

Paquillo Mañas llegó al cementerio cuando los sepultureros aún no habían soltado las palas de sus manos.

Habían abierto tres sepulturas.

Tres nuevas estancias bajo la tierra, donde ninguno de los que las ocuparían volvería a contemplar la luz. Allí abajo comenzaría el último de sus viajes, aquel que, según creen algunos, habría de conducirlos hasta San Pedro.

Los cuerpos aguardaban sobre unas tablas.

El Gallego ocupaba la primera. A su lado descansaban los dos hombres de la guardia que habían caído junto a él durante la noche.

Paquillo se detuvo frente a ellos.

Durante un instante no vio cadáveres, vio hombres. Soldados que habían estado de pie unas horas antes. Hombres que habían hablado, discutido, bebido quizá; sentido el frio de la noche sobre el rostro y escuchado el ruido del mar antes de que la muerte viniera a buscarlos.

Ahora permanecían envueltos en sus mortajas.

El viento levantó unos de los extremos de la tela y dejó al descubierto por un instante una mano.

Paquillo la reconoció.

No dijo nada.

Un soldado se acercó y volvió a cubrirla.

Aquel gesto, sencillo y casi doméstico, le pareció más doloroso que cualquier lamento.

El Gallego, hombre de mar, había recorrido una distancia que otros habrían considerado suficiente para llenar una vida y, con todo, encontró la muerte precisamente allí, en una ciudad que seguramente nunca hubiera pensado en sentirla suya.

El capitán bajó la mirada.

No existía gloria en una muerte como aquella. Tampoco deshonra. Solo una ausencia. La falta de un hombre gruñón que se había forjado viendo muchos horizontes, que sabía mirar al mar como nadie y que ahora dejaba un vacío considerable.

El sacerdote comenzó las oraciones.

Las palabras se elevaron sobre las sepulturas y se perdieron enseguida entre el viento. Algunos hombres inclinaron la cabeza. Otros continuaron impertérritos mirando la tierra.

Paquillo no apartaba los ojos de los muertos. Había aprendido durante muchos años que los soldados acostumbraban a hablar de la muerte antes de encontrarla y que después, cuando esta llegaba, casi nunca tienen nada que decir.

Una de las palas entró en la tierra. El golpe seco rompió el silencio y la primera palada empezó a caer sobre el hombre.

Paquillo escuchó el sonido sin moverse. Aquello era todo. Otro hombre desaparecía bajo unas cuantas palabras que solo perduraría durante algún tiempo en la memoria de quienes lo conocieron.

Entonces, escuchó un grito.

Un grito que no procedía de ninguna de las tres sepulturas.

Unos pasos más atrás, junto a la tumba de unos de los hombres de la guardia, una mujer se desplomó de rodillas.

Era joven. Demasiado joven, pensó Paquillo, aunque la muerte nunca tiene consideración con la edad.

Era la esposa.

Había intentado mantenerse en pie mientras enterraban a su marido, pero las fuerzas la abandonaron cuando el manto de tierra comenzó a ejercer de abrigo.

La mujer se llevó las manos al rostro. El llanto le salió sin medida, como si hubiera estado aguardando hasta aquel momento para romper todo cuanto todavía le mantenía en pie.

Junto a ella, un anciano que parecía pertenecer a la familia tenía los hombros vencidos por los años y una cicatriz en el rostro que le atravesaba la mejilla. El acero que la había dibujado debió de acariciarle con la misma delicadeza con que un enemigo acaricia aquello que pretende destruir.

El hombre conocía otras guerras. Eso se veía también en sus manos y en sus ojos. Pero, sobre todo, en la forma en que permanecía junto a aquella mujer sin intentar detener su llanto. Sabía que, en ciertas situaciones es mejor no interrumpir las lágrimas.

La joven levantó la cabeza.

—No puede ser que esté muerto —dijo.

El anciano no respondió. Miró la sepultura y después a ella. Apoyó una mano sobre su hombro y no dijo nada. No existen palabras para aquello. Para un hombre como él curtido en otras tierras y ante otras tumbas, hablar solo servía para hacer más ruido alrededor del dolor.

Cuando todo terminó, Paquillo, se quedó unos instantes más observando la escena. Después se volvió y dejó atrás las tumbas, al sacerdote, a los soldados y a la mujer que aún lloraba junto a la sepultura de su marido. Y mientras se alejaba, comprendió que aquello no era solamente un lugar donde acaban los hombres de la guardia.

Era otra ciudad… Un lugar junto a las murallas, interrumpido aquí y allá por piedras, matorrales y pequeñas elevaciones donde se abrían otras tumbas. Muchas a lo sumo.

Algunas recientes. Otras tan antiguas que nadie recordaría ya quien había removido la tierra para recibirlas.

Las familias que llegaban hasta allí siempre lo hacían desde el mismo camino. Hombres que acudían solos. Mujeres que llevaban a sus hijos de la mano. Ancianos que caminaban despacio hasta encontrar una tumba conocida.

Paquillo continuó caminando.

El camino se extendía junto al exterior de la muralla. Él también lo había recorrido muchas veces. Se detuvo frente a una sepultura antigua. La piedra que la señalaba estaba inclinada y a duras penas conservaba unas marcas que el tiempo se entretuvo en ir borrando. Nadie había colocado flores. Nadie se arrodillaba allí y nadie parecía recordar el nombre de quien yacía debajo.

Paquillo pasó los dedos por la superficie áspera.

—También tuvo a alguien que lo esperara —murmuró.

No supo por qué lo había dicho.

Tal vez porque resultaba difícil imaginar que un hombre pudiera desaparecer de la memoria con tanta facilidad. Aquel muerto también tuvo una madre, una esposa, un hijo o alguien que, en algún momento, hubiera esperado escuchar sus pasos al otro lado de una puerta.

Pero el tiempo no guarda las ausencias con la misma fidelidad que quienes las padecen. La vida seguía pasando junto a los que ya no están sin pedirle permiso y es posible que esa sea la mayor diferencia entre unos y otros.

Entre los vivos que tienen prisa y los muertos que ya no la necesitan.

Lo que se veía allí era otra urbe que, durante las últimas generaciones, estuvo en continuo crecimiento. Y con ella, también lo había hecho aquel lugar extramuros. Porque las murallas podrían proteger a los vivos, pero en ese terreno era donde la ciudad recibía a sus muertos.

Paquillo volvió la cabeza hacia Almería.

La ciudad ya despertaba.

En sus calles se abrían puertas. En el puerto comenzaban las primeras tareas y los soldados ocupaban sus lugares habituales de vigilancia. Dentro de aquellas murallas, la vida reclamaba su espacio.

Y unos y otros formaban parte de la misma ciudad.

Aunque todavía nadie podía saberlo, llegaría un tiempo en que las murallas perderían su función, las casas cambiarían de dueño y las calles volverían a trazarse de nuevo sobre las huellas de quienes vivieron allí.

El cementerio, no obstante, permanecería.

No como permanecen las fortalezas, desafiando al tiempo con la soberbia de sus piedras, sino de una manera más silenciosa: bajo los pies de los hombres. Oculto por capas de tierra, nuevas construcciones y ese olvido que suele acompañar a los que ya no pueden reclamar su lugar entre los vivos. Pero eso ocurriría bastante después.

Mientras tanto, la ciudad crecía y con ella, aumentaba también el número de los que acudían a aquel lugar.

Porque la tierra los recibía a todos.

No preguntaba por su oficio, por su riqueza ni por el nombre que hubieran llevado mientras caminaba. Bajo aquella tierra, las diferencias que tanto importaban arriba comenzaban a perder su sentido. Y, una ciudad que no dejaba de crecer, con sus límites desplazándose y una actividad que encontraba un espacio distinto, el cementerio quedaba un poco más cerca de la vida cotidiana.

Así que, con el paso del tiempo, aquello que había estado fuera de las murallas terminó integrado en su crecimiento.

Los vivos avanzaban hacia los muertos.

Pero los muertos no fueron llevados a otro lugar. Fueron cubiertos por el mundo de los vivos.

Y, durante un tiempo, el cementerio continuó allí, al otro lado de las murallas, recibiendo a quienes iban a emprender su último viaje.

La ciudad, sin embargo, no sabía permanecer quieta. Almería seguía avanzando con la misma obstinación con la que los hombres levantaban sus casas, abrían nuevos caminos y buscaban un lugar donde establecerse.

Cada nueva construcción acercaba un poco más la vida a las sepulturas. Y con ellas, llegó el ruido de las personas, ajenas ya al tiempo de Paquillo.

Pero el cementerio no desapareció de un día para otro. Continuó ofreciendo su servicio a quienes acudían a buscar a los suyos y la ciudad fue ocupando lentamente el terreno que lo rodeaba, como lo hace el agua cuando termina llegando a la orilla sin necesidad de anunciar su llegada.

Con el paso de los siglos, las murallas cambiaron, los caminos se transformaron y la ciudad siguió extendiéndose más allá de los límites que en otro tiempo parecían suficientes para protegerla.

En 1489, con la llegada de los Reyes Católicos, Almería entraría en otra historia. No solo cambiarían sus gobernantes. También cambiarían sus costumbres, los lugares de culto y la manera en que una ciudad se relaciona con sus muertos.

Aquel terreno, que durante generaciones recibió a los fallecidos de la ciudad musulmana, dejaría de ser el lugar que antaño fue. La nueva población necesitaría sus propios espacios y allí donde antes se acudía a rezar por los que ya no estaban, se levantarían las nuevas señales de una ciudad diferente.

El cementerio no desapareció de un solo golpe. Fue perdiendo su lugar en la superficie, como si la ciudad al crecer hubiera decidido avanzar sin detenerse a preguntar qué descansaba bajo sus nuevos cimientos. Y la tierra, que no sabe distinguir entre vencedores y vencidos, siguió guardando a los que fueron confiados a ella.

Con el tiempo, los vivos terminaron caminando sobre los muertos.

No como una metáfora que aquellos hombres pudieran comprender, sino como el resultado inevitable de una ciudad que necesitaba más espacio.

Hoy, quien recorre la zona de la Puerta de Purchena o se acerca a la iglesia de San Sebastián encuentra una ciudad distinta. El tráfico, los comercios, los edificios y el ritmo de quienes van y vienen han ocupado ese espacio que durante siglos estuvo alejado del centro de la vida cotidiana.

Es difícil imaginar aquel lugar sin el ruido de la ciudad actual. Y más difícil todavía pensar que, bajo una parte de ese paisaje hubo un terreno destinado a recibir a los difuntos.

Allí no se escuchaban motores. No se conocían escaparates ni aceras llenas de personas que caminaban con prisa. Había tierra removida, piedras, silencio y llantos, unos más contenidos que otros.

Hoy caminamos sobre ese mismo lugar sin detenernos a pensar en ellos. Puede que esa sea la forma más silenciosa en que un extinto continúa viviendo entre nosotros. No en las estatuas ni en los nombres grabados sobre la piedra, sino bajo nuestros pasos.

Y aún así, el capricho del destino ha querido colocar una estatua en la plaza de San Sebastián. Una mujer sentada, tranquila, con las manos descansando sobre su regazo.

Se llama La Espera.

No sabemos a quien espera. Tal vez a alguien que prometió volver o tal vez simplemente representa a quien lleva tanto tiempo esperando que ya parece pertenecer a aquel lugar. Porque resulta curioso que, durante siglos, en ese mismo lugar hubo hombres y mujeres esperando algo mucho más sencillo: que regresaran los suyos, que terminaran las guerras o que llegara el momento de enterrar a quien no había podido volver.

Ahora la gente pasa junto a ella sin detenerse demasiado. Unos cruzan la plaza creyendo que llegan tarde a su destino. Otros lo hacen mirando el teléfono y muy pocos se sientan cerca para descansar.

Y la mujer continúa esperando.

Al menos ella tiene una silla.

Los muertos del antiguo cementerio, en cambio, no tuvieron tanta suerte.

Tampoco es que ya tengan ninguna prisa.

5 comentarios:

  1. Como ya viene siendo habitual, cada publicación es una historia desconocida para mi. Estoy deseando leer el libro.

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  2. Es un placer leer estos relatos con tanto detalle, descritos con tanta claridad, entusiasmo y amor que al lector nos impacienta el momento en que podamos leer el libro. Espectacular como de costumbre

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  3. Me encanta este contenido.😍

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  4. Wow!!! Me ha encantado. Además recientemente he tenido que visitar un cementerio por un tema personal y no he podido contener la emoción al leer su relato.
    Escribes muy bien. Gracias.

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  5. Fascinante, me encanta la forma como describes el momento, los personajes, te hacen adentrarte en ese tiempo y lugar, es impresionantes lo que se puede aprender con el tiempo de lo que fue Almería y nunca hubiera sabido muchas de las cosas que describes de ella. Eres fascinante es ribiendo, ojalá sigas ofreciendonos estás magníficas historias de tu libro. Con muchas ganas que salga pronto tu libro y poder leerlo.

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