Yo estaba aquí antes que ellos.
Antes de que Almería tuviera murallas. Antes de que la Alcazaba
dominara la ciudad y antes de que los barcos aparecieran por el horizonte
cargados de hombres que llegaban desde lugares que no ni siquiera podía conocer.
Durante siglos fui solamente parte de la montaña.
Permanecía inmóvil, mientras el paisaje cambiaba a mi
alrededor. El sol recorría cada día las mismas laderas; el viento traía desde
el mar olores que todavía no sabía nombrar. Nada me distinguía de las piedras
que me rodeaban.
Hasta que llegaron los hombres. Y traían con ellos herramientas.
Los primeros no venían buscando oro ni minerales que fueran
útiles. Se acercaron a la montaña, observaron sus paredes y sin más, empezaron
a golpear.
Al principio no comprendí que pretendían. Cada golpe abría
una grieta. Cada grieta separaba una parte de mi de aquello a lo que había
pertenecido desde siempre. Y entonces descubrí que también una piedra puede
emprender un viaje.
Me arrancaron de la montaña. No sabía adónde iba. Tampoco
podía saber que estaban construyendo una ciudad. Menos aún, podía imaginar que
aquella primera separación sería solamente el comienzo. Porque durante mucho
tiempo otras como yo seguirían saliendo de estas laderas. Una tras otra hacia
un lugar que no conocíamos.
Hacia Almería.
No tardé en comprender para qué me habían arrancado de la
montaña.
Me llevaron hacia una ciudad que estaba creciendo frente al
mar. Allí había hombres que levantaban muros, otros que transportaban
materiales y otros dirigían el trabajo. Cada uno parecía saber lo que debía
hacer.
Yo no.
Para mí aquello era nuevo. Había dejado de pertenecer a la
montaña, pero todavía no sabía a qué iba a pertenecer.
Fue entonces cuando comenzaron a colocarme junto a otras:
una piedra, después otra, después otra más y poco a poco dejamos de ser piedras
aisladas para convertirnos en una ciudad.
Corría el año 955. Abd al-Rahmán III había decidido reforzar
aquel enclave junto al mar y darle una importancia que hasta entonces no había
tenido. La ciudad crecía, y con ella crecía también la necesidad de levantar
defensas capaces de protegerla.
Yo no conocía quien era aquel hombre. Tampoco entendía de
califas ni fronteras. Solo sabía que cada día llegaban más de mis hermanas.
Algunas desaparecían detrás de los muros y otras eran colocadas sobre ellas.
Las más grandes servían para sostener, mientras que las pequeñas rellenaban los
espacios que quedaban entre unas y otras.
Cada una encontraba su lugar y así, poco a poco comenzó a
levantarse la Alcazaba.
Desde allí arriba podía contemplar el mar. El mismo mar que
había visto durante siglos cuando todavía formaba parte de la montaña. Pero
ahora de otra manera. Y desde mi nueva posición podía observar los barcos que
se acercaban al puerto, las gentes que entraban y salían de la ciudad y las
construcciones que iban apareciendo alrededor.
Durante mucho tiempo pensé que aquel sería mi destino. Que
pertenecería a aquel nuevo lugar. Que mi función sería sostener aquel muro y
que vería pasar los días sobre la ciudad.
No podía imaginar que todo aquello que los hombres estaban
construyendo no sería el final de un viaje.
Solo era el primero.
Durante los años que estuve allí, aprendí que yo y mis
hermanas no éramos las únicas. Desde las laderas de donde habíamos nacido
seguían llegando otras piedras. Las veía aparecer cargadas sobre carros,
transportadas por hombres que conocían el camino mucho mejor que nosotras.
Algunas terminaron junto a mí, en las murallas y otras fueron llevadas a
edificios que yo desde mi sitio no alcanzaba a ver. Algunas terminaron ocultas
en el interior de los muros donde encontraron algo parecido a un hogar. Desde
allí permanecerían protegidas de la lluvia, del viento y del sol. Seguirían sin
conocer las largas tardes de verano ni las noches frías. Apenas vieron el cielo
durante el poco tiempo que duró su viaje.
En cambio, las que permanecimos a la vista tuvimos otra
suerte. El sol nos acariciaba directamente. El viento pasaba sobre nosotras y,
cuando llegaban las lluvias, éramos las primeras en recibirlas.
También aprendimos que estar cerca del suelo tenía sus
inconvenientes. Los hombres caminaban sobre nosotras, los animales no siempre
distinguían una piedra de cualquier otro lugar y, de vez en cuando, algún
caminante parecía tener la extraña costumbre de dejarnos un recuerdo a su paso.
Sin embargo, no todas las historias que comenzaban junto a
una montaña tenían la misma dignidad. Porque no todos los hombres que pasaban
por allí tenían la misma educación.
Éramos hermanas, pero cada una comenzaba a vivir una
historia diferente… como los humanos, supongo.
Yo aprendí a reconocerlas por el tiempo que tardaban en
desaparecer de la montaña.
Primero llegan los hombres.
Después, los golpes.
Luego el silencio.
Y finalmente, el viaje.
Así fue durante mucho tiempo.
Hasta que dejé de contar las estaciones.
Con los años, ciudad había cambiado varias veces de aspecto,
pero yo continuaba allí. Seguía adquiriendo nuevos conocimientos. Sabía
reconocer el movimiento del puerto cuando los barcos llegaban cargados de
mercancías y volvían a marcharse con sus bodegas llenas.
Algunos se quedaban apenas unos días y otros solo unas
horas. Para mí, todos acababan desapareciendo por la misma línea del horizonte
del que habían venido.
Un día, aquel horizonte dejó de ser el mismo. Al principio fueron
solo unas velas, pero poco después aparecieron muchas más. Desde las murallas,
los hombres comenzaron a moverse de otra manera. Ya no caminaban. Corrían.
Subían y bajaban señalando al mar mientras preparaban armas.
Yo no entendía que estaba ocurriendo. Una piedra no entiende
de enemigos y tampoco de aliados. Ni sabe qué bandera pertenece a un amigo ni
cuál anuncia a un enemigo. Solo sabe que, esta vez, aquellos barcos no habían
venido a comerciar.
Las galeras se acercaron. Y entonces escuché el primer
impacto.
Una de mis hermanas, que durante generaciones había formado
parte de la muralla, desapareció bajo el golpe. Después cayó otra y a
continuación una más. Mas tarde llegaban los gritos de los hombres y el
estruendo de las máquinas que respondían con proyectiles.
El aire se llenó de polvo y yo solo pude contemplar cómo se
destruía aquello que durante generaciones habíamos ayudado a levantar. Porque
para las personas una batalla puede significar un principio y un final: una
defensa, una conquista, destrucción o aumento de riqueza dependiendo de quien
gane o pierda.
Para nosotras solo
era otro cambio de lugar.
Después llegó el silencio. No fue inmediato. Durante un
tiempo la batalla se negó a desaparecer. Todavía se escuchaban voces, pasos,
golpes y el ruido de los hombres moviéndose entre las murallas. Pero las
máquinas dejaron de lanzan sus proyectiles y el polvo empezó a posarse sobre
nosotras.
Algunas de mis hermanas habían quedado donde siempre
quedaron. Otras ya no. Las que habían sido arrancadas y habían caído durante el
ataque quedaron mezcladas con los restos de otras construcciones… Unas cuantas
volvieron a ser utilizadas, porque eso también lo aprendimos de los hombres:
una piedra que cae no siempre deja de servir.
Cuando llegaron otros hombres, no eran los mismos que habían
defendido las murallas y tampoco eran los mismos que habían llegado desde el
mar. Traían nuevas banderas y otras preocupaciones. Aunque para mí todo seguía igual: el mismo mar
de siempre, el mismo sol recorriendo las murallas y nosotras allí, sosteniéndolas.
Con los nuevos hombres regresó también el movimiento en la
montaña. Otra vez comenzaron a desfilar frente a nosotras nuevas hermanas, recién
arrebatadas de las extrañas de la madre, todavía ásperas, todavía jóvenes, sin
conocer aún el lugar al que las llevaban.
La ciudad volvía a crecer. Había que reparar lo destruido,
levantar nuevos muros y cerrar el cerco alrededor de Almería.
Y para todo aquello volvían a necesitarnos.
Las veíamos pasar. Unas más grandes que otras. Algunas
incluso demasiado pequeñas, casi insignificantes, y a las que nadie parecía
prestarles demasiada atención.
Entre ellas apareció un día una especialmente joven.
Distinta. Conservaba en varias de sus aristas el color de la roca recién
abierta y parecía no comprender aquel ir y venir que para nosotras se había
convertido en algo cotidiano. Y, sin embargo, para ella todavía le quedaba por
descubrir que historia le había tocado vivir.
-¿A dónde me llevan? -habría preguntado, si las piedras
pudiéramos hablar entre nosotras.
Pero no hacía falta. Nosotras tampoco lo sabíamos. Solo
podíamos verla alejarse, colocada sobre el carro junto a otras piedras,
mientras descendía por el camino hacia la ciudad.
Después supe que la gran mayoría de aquellas piedras más jóvenes
terminarían el nuevo cerco que comenzaba a levantarse. Otras tomarían caminos
diferentes. Pero eso ya no era una preocupación para mí, porque yo ya había
aprendido aquello desde hacía mucho tiempo. Además, en aquellos días eran
tantas las piedras que descendían hacia la ciudad que resultaba imposible
seguirlas a todas.
Pasados uno días ocurrió algo extraordinario. Volvimos a
verla. Ya no parecía tan joven como cuando pasó frente a nosotras en aquel
carro. La habían colocado junto a otras muchas que conservaban el mismo tono
oscuro y a la vez brillante.
Desde mi lugar veía el cerco crecer y como cada piedra
ocupaba su lugar. Las otras, las más jóvenes con ese color diferente, en
cambio, se acumulaban sin prisa en mayor número. Ellas aún no entendían todavía
por qué esperaban sin tener aún un destino. Quizá porque cuando eres joven siempre
piensas que el primer lugar donde te llevan es el último. Pero las más
veteranas sabíamos que eso no es así. Que una piedra no pertenece al lugar
donde la colocan, sino a todos los lugares por los que ha estado. Más aún si
has visto varias mudanzas y a tantos hombres diferentes.
Yo permanecí.
Quizá para eso había sobrevivido a tantos golpes, a tantas
murallas y a tantos hombres. Será porque el destino me había conservado para
contar, algún día, lo que había visto.
De aquella piedra joven volví a saber mucho tiempo después
que había formado parte del pedestal del Cerro de San Cristóbal. Durante años
permaneció allí, sosteniendo el peso de aquello que los hombres habían
levantado sobre la montaña.
Después pasaron los siglos. Llegaron otras guerras y la
ciudad cambió. Lo hizo en la forma de defenderla y en la forma en la que lo
hicieron quien la habitaban.
Muchas de mis hermanas volvieron a emprender otro viaje.
Unas bajo nuevas construcciones, otras desaparecieron sin más y algunas
quedaron abandonadas cuando aquello que sostenían dejó de ser necesario.
Y, a medida que pasaron los siglos no supe nada más.
Hasta que un día, mucho tiempo después me pareció
reconocerla. Ahora formaba parte de la entrada principal de la Alcazaba. No
podía preguntarle que había visto durante todos aquellos años. Las piedras no
hablamos, y quizá sea por eso que conservamos tantas historias.
La reconocí por aquellas vetas oscuras que todavía conservaba
en unos de sus lados. Era ella.
La piedra joven.
La que un día había descendido de la montaña sin saber cuál
sería su destino. Y, ahora parecía estar bien. Incluso podría decirse que
estaba feliz, si una piedra pudiera saber qué significa serlo.
Las personas que llegaban hasta ella ya no llevaban espadas,
ni escudos, ni armas. Llevaban unos extraños objetos que apuntaban hacia
nosotras y desprendían pequeños destellos de luz.
Y sonreían.
Algunos incluso se colocaban delante de aquellas piedras,
como si necesitaran quedar atrapados durante uno instante junto a ellas.
Yo los observaba sin comprender demasiado. Había visto hombres
llegar para conquistar, para defender, para destruir y por alguna extraña
razón, estos nuevos hombres llegaban simplemente para mirar. Y quizá eso fuera
lo más desconcertante de todo: ya nadie parecía querer llevarse las piedras
consigo. Solo querían llevarse una imagen.
La ciudad ha vuelto a cambiar. Y nosotras con ella.
Ha pasado mucho tiempo desde que salí de la montaña. Lo sé
porque empiezo a notar el paso de los siglos en cada costado.
No sé lo que el futuro nos traerá con él. Nunca lo he
sabido.
Yo estaré aquí.
Como lo he estado siempre.
Esperando.
Porque mientras quede una piedra que pueda contarlo, la
historia todavía no habrá terminado.
Muy bueno. Se nota que vas madurando cada vez que escribes.
ResponderEliminarMe gusta como una piedra nos da algunas lecciones de vida.
Enhorabuena
Si las piedras pudieran hablar, seguramente nos contarían otra versión de la Historia o al menos la suya.
ResponderEliminarBien narrado.
Muy interesante 👍
ResponderEliminar