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miércoles, 2 de septiembre de 2026

La Cueva del Tesoro

 

Yo estaba aquí antes que ellos.

Antes de que Almería tuviera murallas. Antes de que la Alcazaba dominara la ciudad y antes de que los barcos aparecieran por el horizonte cargados de hombres que llegaban desde lugares que no ni siquiera podía conocer.

Durante siglos fui solamente parte de la montaña.

Permanecía inmóvil, mientras el paisaje cambiaba a mi alrededor. El sol recorría cada día las mismas laderas; el viento traía desde el mar olores que todavía no sabía nombrar. Nada me distinguía de las piedras que me rodeaban.

Hasta que llegaron los hombres.  Y traían con ellos herramientas.

Los primeros no venían buscando oro ni minerales que fueran útiles. Se acercaron a la montaña, observaron sus paredes y sin más, empezaron a golpear.

Al principio no comprendí que pretendían. Cada golpe abría una grieta. Cada grieta separaba una parte de mi de aquello a lo que había pertenecido desde siempre. Y entonces descubrí que también una piedra puede emprender un viaje.

Me arrancaron de la montaña. No sabía adónde iba. Tampoco podía saber que estaban construyendo una ciudad. Menos aún, podía imaginar que aquella primera separación sería solamente el comienzo. Porque durante mucho tiempo otras como yo seguirían saliendo de estas laderas. Una tras otra hacia un lugar que no conocíamos.

Hacia Almería.

No tardé en comprender para qué me habían arrancado de la montaña.

Me llevaron hacia una ciudad que estaba creciendo frente al mar. Allí había hombres que levantaban muros, otros que transportaban materiales y otros dirigían el trabajo. Cada uno parecía saber lo que debía hacer.

Yo no.

Para mí aquello era nuevo. Había dejado de pertenecer a la montaña, pero todavía no sabía a qué iba a pertenecer.

Fue entonces cuando comenzaron a colocarme junto a otras: una piedra, después otra, después otra más y poco a poco dejamos de ser piedras aisladas para convertirnos en una ciudad.

Corría el año 955. Abd al-Rahmán III había decidido reforzar aquel enclave junto al mar y darle una importancia que hasta entonces no había tenido. La ciudad crecía, y con ella crecía también la necesidad de levantar defensas capaces de protegerla.

Yo no conocía quien era aquel hombre. Tampoco entendía de califas ni fronteras. Solo sabía que cada día llegaban más de mis hermanas. Algunas desaparecían detrás de los muros y otras eran colocadas sobre ellas. Las más grandes servían para sostener, mientras que las pequeñas rellenaban los espacios que quedaban entre unas y otras.

Cada una encontraba su lugar y así, poco a poco comenzó a levantarse la Alcazaba.

Desde allí arriba podía contemplar el mar. El mismo mar que había visto durante siglos cuando todavía formaba parte de la montaña. Pero ahora de otra manera. Y desde mi nueva posición podía observar los barcos que se acercaban al puerto, las gentes que entraban y salían de la ciudad y las construcciones que iban apareciendo alrededor.

Durante mucho tiempo pensé que aquel sería mi destino. Que pertenecería a aquel nuevo lugar. Que mi función sería sostener aquel muro y que vería pasar los días sobre la ciudad.

No podía imaginar que todo aquello que los hombres estaban construyendo no sería el final de un viaje.

Solo era el primero.

Durante los años que estuve allí, aprendí que yo y mis hermanas no éramos las únicas. Desde las laderas de donde habíamos nacido seguían llegando otras piedras. Las veía aparecer cargadas sobre carros, transportadas por hombres que conocían el camino mucho mejor que nosotras. Algunas terminaron junto a mí, en las murallas y otras fueron llevadas a edificios que yo desde mi sitio no alcanzaba a ver. Algunas terminaron ocultas en el interior de los muros donde encontraron algo parecido a un hogar. Desde allí permanecerían protegidas de la lluvia, del viento y del sol. Seguirían sin conocer las largas tardes de verano ni las noches frías. Apenas vieron el cielo durante el poco tiempo que duró su viaje.

En cambio, las que permanecimos a la vista tuvimos otra suerte. El sol nos acariciaba directamente. El viento pasaba sobre nosotras y, cuando llegaban las lluvias, éramos las primeras en recibirlas.

También aprendimos que estar cerca del suelo tenía sus inconvenientes. Los hombres caminaban sobre nosotras, los animales no siempre distinguían una piedra de cualquier otro lugar y, de vez en cuando, algún caminante parecía tener la extraña costumbre de dejarnos un recuerdo a su paso.

Sin embargo, no todas las historias que comenzaban junto a una montaña tenían la misma dignidad. Porque no todos los hombres que pasaban por allí tenían la misma educación.

Éramos hermanas, pero cada una comenzaba a vivir una historia diferente… como los humanos, supongo. 

Yo aprendí a reconocerlas por el tiempo que tardaban en desaparecer de la montaña.

Primero llegan los hombres.

 Después, los golpes.

Luego el silencio.

Y finalmente, el viaje.

Así fue durante mucho tiempo.

Hasta que dejé de contar las estaciones.

Con los años, ciudad había cambiado varias veces de aspecto, pero yo continuaba allí. Seguía adquiriendo nuevos conocimientos. Sabía reconocer el movimiento del puerto cuando los barcos llegaban cargados de mercancías y volvían a marcharse con sus bodegas llenas.

Algunos se quedaban apenas unos días y otros solo unas horas. Para mí, todos acababan desapareciendo por la misma línea del horizonte del que habían venido.

Un día, aquel horizonte dejó de ser el mismo. Al principio fueron solo unas velas, pero poco después aparecieron muchas más. Desde las murallas, los hombres comenzaron a moverse de otra manera. Ya no caminaban. Corrían. Subían y bajaban señalando al mar mientras preparaban armas.

Yo no entendía que estaba ocurriendo. Una piedra no entiende de enemigos y tampoco de aliados. Ni sabe qué bandera pertenece a un amigo ni cuál anuncia a un enemigo. Solo sabe que, esta vez, aquellos barcos no habían venido a comerciar.

Las galeras se acercaron. Y entonces escuché el primer impacto.

Una de mis hermanas, que durante generaciones había formado parte de la muralla, desapareció bajo el golpe. Después cayó otra y a continuación una más. Mas tarde llegaban los gritos de los hombres y el estruendo de las máquinas que respondían con proyectiles.

El aire se llenó de polvo y yo solo pude contemplar cómo se destruía aquello que durante generaciones habíamos ayudado a levantar. Porque para las personas una batalla puede significar un principio y un final: una defensa, una conquista, destrucción o aumento de riqueza dependiendo de quien gane o pierda.

 Para nosotras solo era otro cambio de lugar.

Después llegó el silencio. No fue inmediato. Durante un tiempo la batalla se negó a desaparecer. Todavía se escuchaban voces, pasos, golpes y el ruido de los hombres moviéndose entre las murallas. Pero las máquinas dejaron de lanzan sus proyectiles y el polvo empezó a posarse sobre nosotras.

Algunas de mis hermanas habían quedado donde siempre quedaron. Otras ya no. Las que habían sido arrancadas y habían caído durante el ataque quedaron mezcladas con los restos de otras construcciones… Unas cuantas volvieron a ser utilizadas, porque eso también lo aprendimos de los hombres: una piedra que cae no siempre deja de servir.

Cuando llegaron otros hombres, no eran los mismos que habían defendido las murallas y tampoco eran los mismos que habían llegado desde el mar. Traían nuevas banderas y otras preocupaciones.  Aunque para mí todo seguía igual: el mismo mar de siempre, el mismo sol recorriendo las murallas y nosotras allí, sosteniéndolas.

Con los nuevos hombres regresó también el movimiento en la montaña. Otra vez comenzaron a desfilar frente a nosotras nuevas hermanas, recién arrebatadas de las extrañas de la madre, todavía ásperas, todavía jóvenes, sin conocer aún el lugar al que las llevaban.

La ciudad volvía a crecer. Había que reparar lo destruido, levantar nuevos muros y cerrar el cerco alrededor de Almería.

Y para todo aquello volvían a necesitarnos.

Las veíamos pasar. Unas más grandes que otras. Algunas incluso demasiado pequeñas, casi insignificantes, y a las que nadie parecía prestarles demasiada atención.

Entre ellas apareció un día una especialmente joven. Distinta. Conservaba en varias de sus aristas el color de la roca recién abierta y parecía no comprender aquel ir y venir que para nosotras se había convertido en algo cotidiano. Y, sin embargo, para ella todavía le quedaba por descubrir que historia le había tocado vivir.

-¿A dónde me llevan? -habría preguntado, si las piedras pudiéramos hablar entre nosotras.

Pero no hacía falta. Nosotras tampoco lo sabíamos. Solo podíamos verla alejarse, colocada sobre el carro junto a otras piedras, mientras descendía por el camino hacia la ciudad.

Después supe que la gran mayoría de aquellas piedras más jóvenes terminarían el nuevo cerco que comenzaba a levantarse. Otras tomarían caminos diferentes. Pero eso ya no era una preocupación para mí, porque yo ya había aprendido aquello desde hacía mucho tiempo. Además, en aquellos días eran tantas las piedras que descendían hacia la ciudad que resultaba imposible seguirlas a todas.

Pasados uno días ocurrió algo extraordinario. Volvimos a verla. Ya no parecía tan joven como cuando pasó frente a nosotras en aquel carro. La habían colocado junto a otras muchas que conservaban el mismo tono oscuro y a la vez brillante.

Desde mi lugar veía el cerco crecer y como cada piedra ocupaba su lugar. Las otras, las más jóvenes con ese color diferente, en cambio, se acumulaban sin prisa en mayor número. Ellas aún no entendían todavía por qué esperaban sin tener aún un destino. Quizá porque cuando eres joven siempre piensas que el primer lugar donde te llevan es el último. Pero las más veteranas sabíamos que eso no es así. Que una piedra no pertenece al lugar donde la colocan, sino a todos los lugares por los que ha estado. Más aún si has visto varias mudanzas y a tantos hombres diferentes.

Yo permanecí.

Quizá para eso había sobrevivido a tantos golpes, a tantas murallas y a tantos hombres. Será porque el destino me había conservado para contar, algún día, lo que había visto.

De aquella piedra joven volví a saber mucho tiempo después que había formado parte del pedestal del Cerro de San Cristóbal. Durante años permaneció allí, sosteniendo el peso de aquello que los hombres habían levantado sobre la montaña.

Después pasaron los siglos. Llegaron otras guerras y la ciudad cambió. Lo hizo en la forma de defenderla y en la forma en la que lo hicieron quien la habitaban.

Muchas de mis hermanas volvieron a emprender otro viaje. Unas bajo nuevas construcciones, otras desaparecieron sin más y algunas quedaron abandonadas cuando aquello que sostenían dejó de ser necesario.

Y, a medida que pasaron los siglos no supe nada más.

Hasta que un día, mucho tiempo después me pareció reconocerla. Ahora formaba parte de la entrada principal de la Alcazaba. No podía preguntarle que había visto durante todos aquellos años. Las piedras no hablamos, y quizá sea por eso que conservamos tantas historias.

La reconocí por aquellas vetas oscuras que todavía conservaba en unos de sus lados. Era ella.

La piedra joven.

La que un día había descendido de la montaña sin saber cuál sería su destino. Y, ahora parecía estar bien. Incluso podría decirse que estaba feliz, si una piedra pudiera saber qué significa serlo.

Las personas que llegaban hasta ella ya no llevaban espadas, ni escudos, ni armas. Llevaban unos extraños objetos que apuntaban hacia nosotras y desprendían pequeños destellos de luz.

Y sonreían.

Algunos incluso se colocaban delante de aquellas piedras, como si necesitaran quedar atrapados durante uno instante junto a ellas.

Yo los observaba sin comprender demasiado. Había visto hombres llegar para conquistar, para defender, para destruir y por alguna extraña razón, estos nuevos hombres llegaban simplemente para mirar. Y quizá eso fuera lo más desconcertante de todo: ya nadie parecía querer llevarse las piedras consigo. Solo querían llevarse una imagen.

La ciudad ha vuelto a cambiar. Y nosotras con ella.

Ha pasado mucho tiempo desde que salí de la montaña. Lo sé porque empiezo a notar el paso de los siglos en cada costado.

No sé lo que el futuro nos traerá con él. Nunca lo he sabido.

Yo estaré aquí.

Como lo he estado siempre.

Esperando.

Porque mientras quede una piedra que pueda contarlo, la historia todavía no habrá terminado.

3 comentarios:

  1. Muy bueno. Se nota que vas madurando cada vez que escribes.
    Me gusta como una piedra nos da algunas lecciones de vida.
    Enhorabuena

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  2. Si las piedras pudieran hablar, seguramente nos contarían otra versión de la Historia o al menos la suya.
    Bien narrado.

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